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Principales acontecimientos de la historia judía
Antes de la era común
1800 aprox.- Epoca del patriarca Abraham
1300 ap.- Exodo de Egipto y entrega de la Torá en el Monte Sinaí
1260 ap.- Conquista y asentamiento de la tierra de Israel (Josué)
1000 ap.- Construcción del Primer Bet Hamikdash (Gran Templo de Jerusalem)
586- Destrucción del Primer Bet Hamikdash y comienzo de la diáspora en
Babilonia
537- Declaración de Ciro que permite a los judíos retornar a Sión
520 ap.- Construcción del Segundo Bet Hamikdash
355- Acontecimientos de Purim en Persia
167/165- Rebelión de los Hasmoneos y acontecimientos de Janucá
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Era común
70- Destrucción del Segundo Gran Templo y comienzo de la diáspora romana
200 ap.- Fin de la compilación de la Mishná
400 ap.- Fin de la compilación del Talmud de Jerusalem
500 ap.- Fin de la compilación del Talmud de Babilonia
1096- Primer Cruzada a la Tierra de Israel
1492- Expulsión de los judíos de España
1772- Aparición del Jasidismo
1897- Primer Congreso Sionista, Basilea
1939/1945- El Holocausto (Shoá), Segunda Guerra Mundial
1948- Independencia del Estado de Israel
1967- Liberación y reunificación de Jerusalem
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Análisis del Libro Bereshit (Génesis)
El libro de la Creación
En hebreo, este libro se titula como su primera palabra “Bereshit”, comúnmente
traducido como «En el principio» (1.1).
Génesis es el término griego con el que la traducción Septuaginta denomina al primer
libro de la Biblia. Significa “origen” o “principio”, ideas que responden en general al
contenido del libro: D-s y los orígenes del universo, del género humano y en particular,
del pueblo de Israel.
División del libro
El libro Bereshit, Génesis (=Gn), está formado por dos temas centrales:
a) Capítulos 1-11. Estos textos describen la llamada “historia de los orígenes” que
comienzan con el relato de la creación del mundo (1.1-2.4a). Se trata de una narración
poética de gran belleza, que incluye el origen del ser humano, creado por D-s para
mejorar y gobernar el mundo terrenal.
b) Capítulos 12-50. Estos textos narran los más remotos comienzos de la historia de
Israel e incluyen la llamada “historia de los patriarcas”: Abraham, Isaac y Jacob (padre,
hijo y nieto respectivamente).
La historia de la Creación
«En el principio creó D-s los cielos y la tierra» (1.1). Con este enunciado, categórico y
solemne, comienza el texto del Génesis y de toda la Torá. Es la afirmación del poder
total y absoluto de D-s, del único y eterno D-s, a cuya voluntad se debe todo cuanto
existe. El universo es resultado de la acción de D-s, quien con su palabra creó el mundo,
lo hizo habitable y lo pobló de seres vivientes. Entre los seres vivientes destacó al ser
humano al otorgarle un status especial, pues lo había creado «a Su imagen y semejanza»
(1.26-27).
El relato de la Torá describe al hombre y a la mujer en una particular relación con el
Creador: D-s le dió al ser humano la misión de gobernar el mundo terrenal del que forma
parte y hacer Su voluntad sobre la tierra(1.28-30; 2.19-20).
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El hombre (en hebreo, Adam) fue formado «del polvo de la tierra» (adamá), pero con
una gran diferencia: «D-s... sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser
viviente» (2.7). La creación del hombre (“Ish”), es seguida en el Génesis por la de la
mujer (“Ishá”), constituyendo ambos la pareja humana (2.22-24).
La relación que D-s establece con Adán y Eva se define como una permanente y especial
armonía, ofrecida por el Creador para que el ser humano la acepte y acate.
D-s, Creador de todo y soberano absoluto del universo, ofrece su amistad; el ser humano
es libre de aceptarla o rechazarla. El signo de la actitud humana ante la oferta divina se
identifica en el precepto que, por una parte, afirma la soberanía de D-s y por otra,
establece la responsabilidad de Adán en el goce de la libertad: «Del árbol de la ciencia del
bien y del mal no comerás» (2.17).
Pero Adán, el ser humano, por querer igualarse a D-s, quebranta la condición impuesta:
su acto de rebeldía lo lleva a trasgredir la imposición divina y en consecuencia se le niega
el acceso al «árbol de la vida» (3.22-24). Este acto del primer hombre origina la aparición
del instinto negativo y el pecado en el ser humano, cuyas consecuencias son el dolor y la
muerte hasta nuestros días.
La historia de los patriarcas
Esta segunda parte del Génesis (cap.12-50) representa el comienzo de una nueva etapa en
el desarrollo de la humanidad, una etapa en la que D-s actúa para liberar a los seres
humanos de la situación a la que el pecado los había conducido.
La historia entra en una nueva fase con la revelación de D-s a Abraham, a quien ordena
que deje atrás parientes y lugares familiares y emigre a tierras desconocidas. Le promete
hacer de él una gran nación, y prosperarlo y bendecirlo (12.1-3); y le confirma esta
promesa estableciendo un pacto, según el cual en Abraham habrían de ser benditas
«todas las familias de la tierra» (12.3).
El relato bíblico destaca que D-s no eligió a Abraham de forma arbitraria, sino que su
elección tiene un mensaje para toda la humanidad. El objeto último de este plan, la
universalidad de la acción de D-s, se manifiesta en el hecho simbólico del cambio del
nombre Abram por el de Abraham, que significa «padre de muchos pueblos» (17.5).
A la muerte de Abraham, su hijo Isaac pasó a ser el depositario de la promesa de D-s; y
después de Isaac, su hijo Jacob.
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Estos patriarcas eran pastores seminómadas, cuyos continuos desplazamientos y
asentamientos dan a la narración bíblica un carácter peculiar.
Jacob, después de su lucha con un ángel acaecida en Peniel (32.28; 35.10), recibió el
nombre de Israel («el que lucha con D-s»). Este nombre se usó más tarde para identificar
a las doce tribus y al pueblo judío hasta nuestros días.
José hijo de Jacob
Vendido como esclavo y llevado a Egipto, José se ganó la voluntad del faraón reinante,
que llegó a elevarlo hasta el segundo puesto en el gobierno de la nación (41.39-44). Su
privilegiada posición política le permitió al joven José traer a Egipto a su padre, cuando la
sequía y el hambre asolaron la tierra de Canaán (46.26). Jacob y su descendencia, se
establecieron en el delta del Nilo, en la región de Gosén, una tierra rica en pastos y
apropiada a sus necesidades y género de vida.
Al morir Jacob, sus hijos trasladaron el cuerpo a Canaán y lo sepultaron en Mearat
Hamajpelá, la parcela que Abraham había comprado en Hebrón (50.13) para enterrar a su
esposa Sara. Aquella compra tiene un importante sentido simbólico, porque documenta
la primera posesión israelita en la tierra que D-s prometió a los patriarcas.
Principales contenidos del libro de Bereshit:
1. Historia de la Creación (1.1-11.32)
2. Historia de los patriarcas (12.1-50.26)
a. Abraham (12.1-25.34)
b. Isaac (26.1-35)
c. Jacob (27.1-36.43)
d. José (37.1-50.26)
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Análisis del Libro Shemot (Éxodo)
El título
En hebreo el nombre del libro es una de sus palabras iniciales: Shemot, que significa
“nombres”.
Este libro toma su nombre del relato de la salida de Egipto de los israelitas y los años que
vivieron en el desierto antes de llegar a Canaán, la Tierra prometida. La traducción
Septuaginta denomina al libro con el vocablo griego “Exodus” que en español significa
“salida”.
La historia
El Éxodo (=Ex) ofrece algunos datos que permiten delimitar la época en que
acontecieron los hechos referidos. Tales datos, aunque no bastan para establecer fechas
precisas, son de un innegable valor histórico. Por ejemplo, 1.11 revela que los israelitas,
residentes en Egipto durante 210 años (12.40-41), fueron obligados a trabajar en la
construcción de dos ciudades: Pitón y Ramsés (llamada en egipcio Casa de Ramsés).
Este hecho sucedió entre finales del siglo 14 y principios del siglo 13 a.e.c.
Contenido del libro
La primera parte del libro Shemot (1.1-15.21) relata el cambio de situación para los
descendientes de Jacob, cuando «un nuevo rey, que no conocía a José» (1.8), comenzó a
reinar sobre Egipto. Después de la muerte de José, la hospitalidad egipcia (Gn 47.5-10) se
transformó en opresión y los israelitas fueron reducidos a la esclavitud (1.13). En aquella
penosa condición, sus súplicas llegaron a oídos del Señor (3.16), que se reveló ante
Moisés en la visión de la zarza ardiente en «Horeb, monte de D-s» (3.1) para confiarle la
misión de liberar al pueblo (3.15-4.17).
D-s castiga a Egipto con las diez plagas portentosas de carácter sobrenatural, que
culminan con la muerte de los primogénitos egipcios, hasta que finalmente el faraón se ve
obligado a liberar al pueblo de Israel (12.37-38). Como preparativos hacia la salida de
Egipto, D-s ordena a los israelitas el apartar un cordero por familia para luego sacrificarlo
y celebrar la festividad de Pesaj antes de la salida.
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La gran masa de esclavos, después de haber celebrado el primer Pesaj en Egipto antes de
su salida hacia la libertad, emprende la marcha camino de la Tierra Prometida.
A los siete días de la salida de Egipto, los israelitas fueron perseguidos por los egipcios y
acorralados frente al mar. Allí se produce el primer gran milagro de D’s para con su
pueblo: las aguas del mar se abrieron formando dos muros a derecha e izquierda, para
permitir el paso sobre tierra firme al pueblo de Israel. Los israelitas atravesaron el mar a
pie por el mismo punto en que luego las aguas cubrieron al ejército egipcio, ahogando a
todos sus soldados junto a sus carruajes. El pueblo, junto a Moisés y Miriam, expresa su
gratitud a D-s entonando un canto de alabanza, cuyo texto es uno de los testimonios más
antiguos de la milagrosa liberación de Israel (15.1-18, 21).
La segunda parte del libro (15.22-18.27) recoge una serie de episodios relacionados con la
marcha de los israelitas por el desierto. Una vez atravesado el mar, se adentraron en los
parajes secos y áridos de la península de Sinaí. En su nueva situación se vieron expuestos
a graves dificultades y peligros, desconocidos para ellos hasta aquel entonces. El hambre,
la sed y la abierta hostilidad de los pueblos de la región, como los amalecitas, fueron
causa de frecuentes quejas y murmuraciones contra Moisés y contra el Señor (15.24; 16.2;
17.2-7). Muchos protestaban y, pareciéndoles mejor comer y beber como esclavos que
asumir las responsabilidades de la libertad, clamaban: «Ojalá hubiéramos muerto a manos
en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos ante las ollas de carne, cuando comíamos
pan hasta saciarnos» (16.3).
Por esto, Moisés hubo de interceder en repetidas ocasiones delante de D-s en favor de
los israelitas, y el Señor los atendió una y otra vez en todas sus necesidades. Los alimentó
con codornices y maná (cap. 16), hizo brotar agua de la roca para que calmaran su sed
(17.1-7; Nm 20.2-13) y los libró de los enemigos que los acosaban (17.8-16).
La marcha por el desierto de Sinaí tenía como objetivo final el país de Canaán. Allí estaba
la Tierra prometida, descrita como «una tierra que fluye leche y miel» (3.8). Pero antes de
llegar a ella, el pueblo de Israel había de conocer que D-s lo había elegido para serle
consagrado como «el pueblo de su heredad», como «un reino de sacerdotes y gente santa»
(Dt 4.20; 7.6; Ex 19.5-6). El monte Sinaí fue el escenario escogido por D-s para
establecer Su pacto con Israel y constituirlo en Su pueblo elegido.
Ese pacto significaba un compromiso para el pueblo, que quedaba obligado a vivir en
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santidad, en respuesta a la elección con que D-s lo había distinguido de entre las demás
naciones.
Para hacerlo posible, D-s mismo se reveló ante Su pueblo, para otorgarle la Torá en el
Monte Sinaí. La Torá, Ley, otorgada a Israel a través de Moisés, tiene como base los
universalmente conocidos Diez Mandamientos, que comienzan con la declaración: «Yo
soy tu D-s, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses
ajenos delante de mí» (20.2-3). Con estas palabras queda establecida la vinculación
exclusiva y definitiva de Israel con el D-s que lo había liberado y lo había atraído a él
como «sobre alas de águila» (19.4). A partir del Decálogo, toda la Ley, con su evidente
preocupación por defender los derechos de los más débiles (por ej.: 22.21-27), viene a
sentar el fundamento jurídico de una comunidad creada para la solidaridad y la justicia, y
consagrada especialmente al culto del D-s único y verdadero (25-31; 35-40).
Los diez Mandamientos
Los Diez Mandamientos que le fueron entregados por D´s a Moisés y al pueblo de Israel
en el Monte Sinaí, abarcan todo el espectro de la actividad del ser humano en sociedad.
Es por ello que se convirtieron en el símbolo de los principios básicos de la Ley judía (y
de la mayoría de las culturas occidentales) para todas las generaciones.
Como es sabido, los Diez Mandamientos fueron escritos en dos tablas de piedra de tal
forma, que cinco de ellos estaban en una tabla y los otros cinco en la otra, de la siguiente
manera:
1) Creencia en un D's único
6) No asesinar.
2) La prohibición de la idolatría
7) No cometer adulterio.
3) No jurar en vano.
8) No robar.
4) Cuidar el Shabat
9) No prestar falso testimonio.
5) Honrar a los padres.
10) No codiciar.
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Principales contenidos del libro:
1. D-s libera a Israel de su esclavitud en Egipto (1.1-15.21)
2. Los israelitas en su camino hacia el monte Sinaí (15.22-18.27)
3. El pacto de D-s en el Sinaí, la entrega de la Torá (19.1-24.18)
4. Normas para la construcción del Mishkán (Tabernáculo) (25.1-31.17)
5. El becerro de oro. Renovación del pacto (31.18-34.35)
6. La construcción del Mishkán (Tabernáculo) (35.1-40.38)
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EL ANTIGUO EGIPTO
Muchos solo conocen hoy al antiguo Egipto solo por sus pirámides, la esfinge, la
escritura jeroglífica y los tesoros de sus gobernantes.
El Nilo. Sin el Nilo, Egipto habría sido solo un árido desierto. Cada año, ese río se
desborda y, al volver a su cauce normal, deja atrás una fértil capa de barro negro. En
estas franjas fértiles puede crecer gran variedad de granos. A ambos lados de ese faja
verde se extiende el desierto.
Historia Egipto es una de las civilizaciones más antiguas de la historia. El ser humano
habitaba el Valle del Nilo desde la edad de piedra. La historia escrita de Egipto y de sus
familias reales (los “faraones”) data de antes del año 3000 a.e.c. Antes de la época de
Abraham, poderosos faraones habían conquistado hasta las regiones al sur del Sudán. En
algún momento entre los años 1700 y 1650 a.e.c., Egipto fue invadido por un gran grupo
de extranjeros. Muchos de ellos eran semitas (gente de raza y lengua similares a las de los
patriarcas israelitas).
Estos extranjeros pronto conquistaron Egipto. Desde su capital al nordeste del delta del
Nilo, los gobernantes emitas (llamados “hicsos”) controlaron un imperio que abarcaba la
mayoría del territorio egipcio y toda Palestina. Algunos estudiosos opinan que fue uno
de esos faraones quien protegió a José (Gn 41-50). Cerca del año 1550 a.e.c., el imperio
hicso fue derrotado. Amosis I fundó una nueva dinastía de faraones. Su imperio se
expandió, alcanzando su máxima extensión en los reinados de Tutmosis III y Ramsés II.
Un considerable número de investigadores sostiene que el faraón de la época del Exodo
fue Ramsés II (Ex 5-14).
Fabricantes de adobes Para construir sus ciudades reales, los faraones necesitaban
ladrillos. Para hacerlos, los hombres excavaban arcilla y la mezclaban con paja. Con esa
mezcla llenaban moldes de madera y los ponían al sol para que la mezcla se secara y
endureciera. (Ex 5.7-19). Ese mismo método se emplea todavía en algunos países.
Escritura - La idea de la escritura, inventada en Babilonia entre los años 3500 y 3000
a.e.c., llegó rápidamente a Egipto. Los sacerdotes egipcios pronto inventaron su propio
sistema de expresar ideas por medio de dibujos (“jeroglíficos”).
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Gran parte de la información que se tiene sobre el antiguo Egipto proviene de los
jeroglíficos encontrados en edificios y monumentos. También fueron hallados libros,
cartas y crónicas escritos en un estilo manuscrito abreviado, llamado “hierático”.
Vestimentas - Las vestimentas egipcias eran de lino. Los hombres usaban faldas; las
mujeres, vestidos largos con grandes tirantes en los hombros. Los ricos vestían para
ocasiones especiales usaban pesadas pelucas y joyería (anillos, brazaletes, collares y cintas
para la cabeza). Mantenían su piel suave con aceite, usaban maquillaje negro para los ojos
y perfumes.
Hábiles artesanos - El rey y su corte empleaban muchos artesanos hábiles: pintores,
escultores, orfebres y plateros. Como los egipcios creían que la vida después de la muerte
era muy similar a la vida terrenal, llenaban las tumbas con hábitos familiares del difunto y
con pinturas que reproducían escenas de la vida cotidiana.
Los dioses egipcios - Los antiguos egipcios tenían muchos dioses: dioses que
gobernaban los fenómenos naturales, dioses de la verdad, la justicia, la sabiduría, etc. El
rey del mundo de los muertos) era Osiris, quien tenía las llaves de la vida eterna.
El faraón era el intermediario entre los dioses y las personas. En los templos, los
sacerdotes servían a los dioses como si se tratase de reyes humanos. La gente común solo
veía las imágenes de las grandes divinidades en los días festivos, cuando eran expuestas
públicamente ante los peregrinos.
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Análisis del Libro Vaikrá (Levítico)
El título
En hebreo el libro se denomina por su primera palabra: Vaikrá, que significa "y llamó".
La traducción Septuaginta llamó a este libro Levítico (=Lv), posiblemente para indicar
que el texto trata de modo particular a la tribu de los levitas y sus funciones.
Los Levitas
Los integrantes de la tribu de Leví, habían sido separados por D-s para servirlo, para que
cuidaran de los objetos sagrados y celebraran los oficios religiosos. Esta es la función
específica asignada a los levitas: desde la época de la travesía en el desierto cuando existía
el Mishkán (Tabenáculo), hasta después de haber conquistado la tierra de Israel, en el
Templo de Jerusalén. De la tribu de Leví y a partir de Aarón, hermano de Moisés, se
nombraron familias que fueron la base genealógica de los Cohanim (sacerdotes).
En el reparto de la tierra de Canaán, los levitas recibieron, en lugar de territorio, cuarenta
y ocho «ciudades donde habitar» (Nm 35.2-8; Jos 21.1-42; 1 Cr 6.54-81), dispersas
geográficamente entre las tierras asignadas al resto de las tribus.
Contenido del libro
En su mayor parte, el libro Vaikrá está formado por un conjunto de preceptos
extremadamente minuciosos, referentes a los Korbanot (sacrificios), como expresión de
la fe en D-s, un factor esencial en la vida del pueblo.
Este libro tiene un mensaje de alto valor religioso, en el que la santidad aparece como el
principio teológico predominante. El D-s de Israel, el D-s santo, requiere que su pueblo
escogido sea igualmente santo: «Santos seréis, porque santo soy Yo, vuestro D-s» (19.2).
En consecuencia, todas las normas y preceptoss del Levítico están ordenadas con el fin
último de establecer sobre la tierra una nación diferente de las demás, apartada para su
D-s, consagrada enteramente al servicio del Creador.
En consecuencia, todos los preceptos, normas legales y elementos simbólicos del culto
(como tipos de vestimentas, ornamentos, ofrendas y sacrificios) tienen una doble
función: a) Alabar y servir al Todopoderoso.
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b) Que el pueblo de Israel comprenda y concrete el significado de la santidad en su vida
cotidiana tanto a nivel personal como a nivel nacional.
División del libro
El libro puede dividirse en varias secciones. La primera de ellas (cap.1-7) está dedicada
por entero a reglamentar la presentación de las ofrendas y sacrificios ofrecidos como
demostración de gratitud al Señor o como signo de arrepentimiento y expiación de algún
pecado cometido.
La segunda sección (cap. 8-10) describe el ritual seguido por Moisés para consagrar como
Cohanim (sacerdotes) a Aarón y su descendencia. Consiste en un conjunto de ceremonias
oficiadas por Moisés conforme a las instrucciones recibidas de D-s (Ex 29.1-37). Estos
ritos de consagración, incluían sacrificios de animales y el uso de vestimentas especiales.
El cap. 10 relata la muerte de dos hijos de Aarón el día de inauguración del Tabernáculo.
Los cap. 11–16 forman la tercera sección del libro, dedicada a definir los términos de la
pureza y la impureza ritual. También fija las normas exigidas, para recuperar la pureza
legal. Esta sección se cierra con la descripción de los ritos propios del Iom Kipur (día de
la expiación), que todo el pueblo debe celebrar el día 10 del séptimo mes de cada año.
La cuarta sección (cap. 17-25) se ocupa de la llamada santidad del pueblo elegido,
enunciada de forma sintética en 19.2. En estos capítulos de la Torá, se dictan las normas
que Israel - sacerdotes y pueblo - está obligado a observar para que la vida de cada uno
en particular y de la comunidad en general permanezca regida por los principios de la
santidad, la justicia y el amor fraternal.
Los dos últimos capítulos incluyen, respectivamente, una serie de bendiciones y
maldiciones que corresponden a sendas actitudes de obediencia o desobediencia a D-s
(cap. 26). Asimismo estos capítulos incluyen una relación de personas, animales y cosas
que están consagradas al Todopoderoso (cap. 27).
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Principales contenidos del libro:
1. Korbanot: Ofrendas y sacrificios (1.1-7.38)
2. Consagración de los Cohanim (8.1-10.20)
3. Leyes sobre la pureza y la impureza legal (11.1-16.34)
4. Las normas de santidad del pueblo (17.1-25.55)
5. Berajot y Klalot: Bendiciones y maldiciones (26.1-46)
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Análisis del Libro Bemidbar (Números)
El título
En hebreo, el título del libro es “Bemidbar” ("en el desierto"), referencia expresa a la
región geográfica en la que se desarrollan los acontecimientos de este libro.
El nombre del cuarto libro del Pentateuco en español es “Números”. Este título
responde al relato en el texto de dos censos del pueblo de Israel (cap. 1 y 26), al reparto
del botín de guerra tras la victoria de los israelitas sobre los madianitas (31) y a ciertas
precisiones de orden cuantitativo relacionadas con los sacrificios y las ofrendas (7; 15; 2829).
Contenido del libro
En Números (=Nm) se pone de relieve la personalidad y la obra de Moisés, el gran líder
y legislador del pueblo de Israel. A esta misión, asumida por Moisés desde el principio, se
le agrega la función de organizar a los israelitas y guiarlos durante los años de su
peregrinación en busca de la Tierra prometida. En el cumplimiento de este cometido,
Moisés, que siempre actuó con total fidelidad a D-s y motivado por el amor a su pueblo
(14.13-19), se sintió a veces abrumado por la pesada carga moral de su responsabilidad
(11.10-15) y la incomprensión de la gente que lo rodeaba. Hasta sus mismos hermanos,
Aarón y Miriam, lo criticaron y murmuraron contra él, que era persona modesta, «más
que todos los hombres que había sobre la tierra» (12.3).
Moisés hasta el fin de sus días siguió velando por el destino de su pueblo. Al acercarse el
momento de su muerte, tomó las precauciones necesarias para que su sucesor, Josué,
pudiera concretar el objetivo de hacer ingresar al pueblo de Israel a la Tierra prometida y
tomar posesión de ella (27.15-23).
En contraste con la figura de Moisés, la conducta de los israelitas se describe en
Números con rasgos bastante negativos. Ciertamente de Egipto había salido una «gran
multitud de toda clase de gentes» (Ex 12.38), las cuales comenzaron a constituir en el
desierto una colectividad alentada por los mismos intereses y un destino común. Pero
con los agobios del penoso caminar hacia una meta todavía desconocida y que debía
parecerles siempre lejana, aquellos liberados de la amarga cautividad egipcia protestaban y
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en sus quejas, incluso añoraban como mejores tiempos los pasados en esclavitud. En
consecuencia, provocaron la ira de D-s y atrajeron castigos sobre Israel (por ej.: cap. 14).
Sin embargo, pese a tan constantes faltas de fidelidad, el Señor no dejó de ser compasivo
y perdonador: así D-s, hablando con Moisés «cara a cara... y no con enigmas» (12.8), lo
escucha y acepta sus palabras cuando éste intercede a favor del pueblo, cuando le ruega
que perdone a los culpables (11.2; 12.13; 14.13-19; 21.7).
Composición
El relato del libro Bemidbar, continúa la línea histórica del Éxodo: informa de los
movimientos de Israel posteriores a su permanencia en el Sinaí hasta la llegada al Jordán.
El texto incluye los preparativos del pueblo para reanudar el camino (cap. 1-8), la
celebración de Pesaj (cap. 9), la marcha del Sinaí a Moab (cap. 10.11-21.35), la
permanencia en Moab (cap. 22-32) y las instrucciones que Moisés da al pueblo junto al
Jordán (cap. 33-36).
Principales contenidos del libro:
1. La permanencia del pueblo de Israel en el Sinaí (1.1-10.10)
2. La larga marcha hasta Moab (10.11-21.35)
3. En las llanuras de Moab (22.1-36.13)
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Análisis del Libro Devarim (Deuteronomio)
Marco Histórico: La generación de los hijos de Israel que había salido de Egipto, había
muerto en el desierto. En consecuencia, era imperativo que la Ley fuera repetida y
expuesta a la nueva generación antes que entrara a la Tierra de Canaán.
Contenido: Una serie de discursos y exhortaciones dados por Moisés en las llanuras de
Moab, antes de cruzar el Jordán. Moisés hace un rrecuento de las leyes proclamadas en el
Sinaí, con un llamado a la obediencia, mezclado con un repaso a la experiencia de la
generación pasada.
El título
El título hebreo del quinto libro del Pentateuco es “Devarim” (palabras). La traducción
Septuaginta lo llamó Deuteronomio. El significado de este término griego es "segunda
ley", aunque no en el sentido de una ley diferente de la "primera" (otorgada en Sinaí),
sino de una repetición de la misma.
La situación histórica
La llegada de los israelitas a tierras de Moab es el hecho que señala el final del recorrido
iniciado en Egipto cuarenta años atrás (1.3). Las llanuras de Moab, al este del Jordán,
fueron la última etapa de aquel larguísimo recorrido, en el curso del cual fueron cayendo,
uno tras otro, los miembros del pueblo que habían vivido los tiempos de esclavitud y que
luego, colectivamente, habían protagonizado el drama de la liberación (1.34-39; Nm
14.21-38). Ese fue el castigo de la pertinaz rebeldía de Israel: que, «exceptuando a Caleb
hijo de Jefone y a Josué hijo de Nun», ninguna de las personas que pertenecían a la
generación del éxodo entraría en la tierra de Canaán. (Posteriormente y por causa de otra
falta de fe, incluso el propio Moisés, fue también castigado y quedó sin ingresar a la tierra
de Canaán (1.34-40; 34.1-5; Nm 14.21-38).
En Moab, frente a Jericó, comprendiendo que ya estaba muy cerca el término de su vida,
«resolvió Moisés proclamar esta ley» al pueblo (1.5). Así reunió, por última vez, a todo el
pueblo para entregarle lo que podría llamarse su "testamento espiritual". Ante «todo
Israel» (1.1), Moisés evocó los años vividos en común, instruyó a los israelitas acerca de la
conducta que habían de observar para ser realmente el pueblo de D-s y les recordó que
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su permanencia en la Tierra prometida dependía de la fidelidad con que observaran los
mandamientos y preceptos divinos (8.11-20).
El contenido del libro
El Deuteronomio (=Dt), al igual que otros textos de carácter normativo recogidos en el
Pentateuco, pone de manifiesto lo que D-s requiere de su pueblo escogido. «Amarás a tu
D-s, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas» (6.5). Estas palabras
son la médula espinal de todo el discurso mosaico, que ahora asume un carácter más
personal que cuando el pueblo lo escuchaba en el Sinaí (llamado «Horeb» en Dt, salvo en
33.2), porque allí Moisés se limitó a transmitir lo que recibía de D-s, mientras que en
Moab se expresa en primera persona, para, en su calidad de profeta (18.15-18), revelarle
al pueblo la voluntad del Señor (4.40; 5.1-5, 22-27; 28.1).
El texto del libro Devarim pone de relieve esta imagen de Moisés mediante frases
introductorias como: «Estas son las palabras que habló Moisés a todo Israel» (1.1; por ej.:
1.3, 5; 4.44; 5.1). El libro incluye el llamado "código deuteronómico" (cap. 12-26), que
comienza con una serie de «estatutos y decretos» (12.1) relativos al establecimiento de un
solo lugar de culto, de un solo santuario, al que todo Israel estaría obligado a acudir: «El
lugar que D-s, vuestro D-s, escoja entre todas vuestras tribus... ese buscaréis, y allá iréis»
(12.5; 1-28). A este núcleo de carácter legal, que aparece precedido de los dos grandes
discursos (cap. 1.6-4.40 y 5.1-11.32), lo siguen algunas disposiciones complementarias
(por ej.: en el cap. 31, el nombramiento de Josué como sucesor de Moisés), y también
advertencias y exhortaciones varias (cap. 27-31). Los últimos capítulos contienen el
cántico de Moisés conocido como “Shirat Haazinu", las "bendiciones a las doce tribus"
(cap. 32-33), la muerte de Moisés (34.5) y su sepultura en un ignorado lugar de Moab
(34.6).
El mensaje
La especial relación que D-s establece con su pueblo es sin duda la proclamación que el
Deuteronomio subraya con mayor énfasis. El D-s todopoderoso, creador del cielo y de la
tierra (10.14), escogió a Israel para establecer una particular alianza basada sobre Su amor
al pueblo elegido de entre todas las naciones. Antes que el propio Israel fuera llamado a
la existencia, ya D-s lo había elegido en los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, a quienes
prometió que sus descendientes heredarían la tierra de Canaán (6.10; 7.6-8).
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El cumplimiento de la promesa divina está permanentemente contemplado en el
contexto del libro Devarim: por una parte, se recuerdan los hechos milagrosos que
pusieron fin a la esclavitud de Israel en Egipto y por otra, los muchos prodigios con los
cuales D-s cuidó a su pueblo durante los años del desierto.
En el presente del libro Devarim, cuando el pueblo llegó a las puertas de la tierra de
Canán junto a la margen oriental del Jordán y el cumplimiento de la promesa divina está a
punto de convertirse en una espléndida realidad, Moisés exhorta a los israelitas a que
libremente se atengan al compromiso del pacto con D-s: «Os he puesto delante la vida y
la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu
descendencia, amando a D-s, tu D-s, atendiendo a su voz y siguiéndolo a El» (30.19-20).
Al amor de D-s, Israel debe corresponder con su entrega total y sin reservas, acatando la
divina voluntad: «Amarás, pues, a D-s, tu D-s, y guardarás sus ordenanzas, sus estatutos,
sus decretos y sus mandamientos, todos los días» (11.1).
Principales contenidos del libro:
1. Primer discurso de Moisés (1.1-4.49)
2. Segundo discurso de Moisés (5.1-11.32)
3. El código deuteronómico (12.1-26.19)
4. Bendiciones y maldiciones (27.1-28.68)
5. El pacto de D-s con Israel (29.1-30.20)
6. Últimas disposiciones. Muerte de Moisés (31.1-34.12)
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Análisis del Libro de Ieoshúa (Josué)
El libro
El libro de Ieoshúa, Josué (=Jos), es el primero de los seis libros que integran la serie de
los Profetas anteriores.
El texto relata la entrada del pueblo de Israel a la tierra de Canaán, cuarenta años después
de haber sido liberado de su cautiverio en Egipto. Con la conquista y la posesión del país
ven los israelitas el cumplimiento de la promesa de D-s a Abraham, Isaac y Jacob, de dar
esta tierra a sus descendencia para siempre (Gn 13.14-17; 26.3-5; 28.13-14). El pueblo de
Israel liderado por Josué, fueron los herederos de las promesas divinas. Tomaron
posesión de Canaán, y «no faltó ni una palabra de todas las buenas promesas que D-s
había hecho a la casa de Israel. Todo se cumplió» (21.45).
El asentamiento en la tierra prometida de Canaán es la concreción de la palabra de D-s,
condicinada a la conducta del pueblo escogido tal como está expresamente definido en el
pacto entre D’s y los israelitas. Si bien en la posesión de aquella tierra se contemplaba el
don de D-s, el permanecer en ella dependía de la fidelidad y rectitud con que los israelitas
observaran la ley transmitida por Moisés. Esta situación está claramente expuesta en el
relato bíblico: los triunfos o derrotas de Israel en las batallasas por la conquista de
Canaán dependían del ser o no ser fieles a su Señor (7.1-5). Lo mismo que sus
antepasados habían visto cuando, en vida de Moisés, vencieron a los amalecitas en
Refidim (Ex 17.8-16), o cuando, por el contrario, los amalecitas y los cananeos «los
hirieron, los derrotaron y los persiguieron hasta Horma» (Nm 14.20-23, 40-45).
Una primera lectura del libro puede dar la impresión que la conquista de Canaán
consistió en un rápido movimiento estratégico de combate de los israelitas, dirigidos por
Josué. Puede suponerse que penetraron con facilidad en el país, y que una serie de
acciones militares de prodigiosa eficacia les permitió apoderarse en poco tiempo y por
completo del territorio que les fue prometido. En realidad, los hechos no fueron tan
simples: ni Israel logró conquistar rápidamente los territorios canaaneos, ni los habitantes
del país fueron del todo exterminados. De hecho, muchos de ellos se mantuvieron firmes
en sus posiciones (15.63; 17.12-13); e incluso establecieron a veces alianzas con los
invasores, teniendo que aprender a convivir en paz (9.1-27; 16.10).
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La conquista de Canaán no fue el resultado de una guerra relámpago de conquista, sino
un avance lento y sostenido con algunas dificultades, probablemente por la falta en Israel
de una estructura central de gobierno nacional. (Esta situación solo se concretó
posteriormente, con la instauración del reino de David). En consecuencia, durante la
época de Josué, cada una de las tribus era autónoma y actuaba por su propia cuenta,
tanto en la paz como en la guerra.
Contenido del libro
El libro de Josué se divide en dos grandes secciones, formadas respectivamente por los
cap. 1-12 y 13-22, y una menor que incluye los cap. 23-24 a modo de conclusión.
Tras la muerte de Moisés, Josué toma la dirección del pueblo (1.1-2; Dt 31.7-8), cuya
entrada y asentamiento en Canaán relata la primera sección del libro. Los israelitas, que se
encontraban reunidos en las llanuras de Moab, atraviesan el Jordán y acampan en su
ribera occidental, puestos ya los pies en Canaán. A partir de aquel momento, Josué
organiza diversas campañas militares destinadas a adueñarse de la totalidad del país.
Primero ataca localidades del centro de Palestina, y más tarde se extiende hacia los
territorios del norte y del sur. Estas acciones aparecen en el libro precedidas de un
discurso introductorio del propio Josué, que sitúa la narración histórica en su contexto
teológico: «Yo os he entregado, tal como lo dije a Moisés, todos los lugares que pisen las
plantas de vuestros pies» (1.3). Esta manifestación ratifica la idea de que el
establecimiento en Canaán no es una mera conquista humana, sino un don que Israel
recibe del Señor. La sección concluye en 12.24, con la relación de los reyes que fueron
vencidos en batallas a ambos lados del Jordán.
La segunda sección (cap. 13-22) se ocupa de las varias incidencias relacionadas con la
asignación de tierras a las tribus de Israel. La lectura de estos capítulos, con sus
estadísticas y sus largas listas de ciudades importantes y de pequeñas poblaciones, aportan
datos de un interés histórico evidente, gracias a los cuales han podido conocerse los
límites territoriales de las tribus y se ha logrado la identificación de diversos puntos
geográficos citados en la Biblia. Asimismo, la descripción del texto de la división del
territorio conquistado revela la atención que los israelitas prestaron a la justicia
distributiva, a fin que cada una de las tribus dispusiera de un espacio donde establecerse:
«Dio D-s a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres. Tomaron posesión de
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ella, y la habitaron» (21.43). También la tribu sacerdotal de Leví había de contar con
lugares de residencia.
Los dos últimos capítulos del libro (23-24) recogen el discurso de despedida de Josué
(cap. 23), la renovación del Pacto y finalmente, la muerte y sepultura del sucesor de
Moisés. Ieoshúa fue un fiel servidor de D-s que supo liderar al pueblo después de
Moisés, y guiarlo hasta su anhelado destino (cap. 24).
Principales contenidos del libro:
1. La conquista de la tierra de Canaán (1.1-12.24)
2. Distribución del territorio entre las tribus de Israel (13.1-22.34)
3. Últimas palabras de Josué. Renovación del Pacto entre D-s y el pueblo de Israel
(23.1-24.33)
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Análisis del Libro Shoftim (Jueces)
El libro
Con el nombre de “Shoftim” (Jueces) se designa a una serie de líderes que se esforzaron
por dirigir al pueblo y mantenerlo a salvo de la hostilidad y el dominio de sus vecinos.
Estos personajes vivieron durante el período comprendido entre la muerte de Josué y los
años inmediatamente anteriores al inicio de la monarquía de Israel (siglos 13-11 a.e.c.).
Los Shoftim, tenían una función más amplia que los jueces como encargados de
administrar justicia. Estos personajes eran líderes políticos y héroes militares que guiaron
a las tribus de Israel en su lucha por asentarse en los territorios conquistados (2.16).
El libro de Jueces (=Jue) narra algunas de las acciones de guerra en las que aquellos
héroes acaudillaron a una o más de las tribus de Israel. En situaciones difíciles, cuando
enemigos externos hicieron peligrar la supervivencia del pueblo en Canaán, «D-s levantó
un libertador a los hijos de Israel y los liberó» (3.9). Aunque el carácter militar de estos
jueces es evidente, el libro pone de relieve que todos ellos actuaron como instrumentos
del Señor, suscitados y movidos por su Espíritu para llevar a cabo una misión especial, en
un preciso momento y por un tiempo limitado. En las hazañas que realizaron se reveló
siempre el poder de D-s, que, pese a las frecuentes actitudes reprobables de los israelitas,
nunca dejó de cuidarlos con solicitud paternal y de sostenerlos para que no sucumbieran
víctimas de sus vicisitudes.
En la descripción de estos personajes no existe un patrón común de identificación. Así
encontramos por ejemplo a la profetisa Débora que, al pie de una palmera, gobierna al
pueblo y atiende a quienes solicitan su mediación en casos de litigio (4.4-5). Gedeón es
un campesino de humilde extracción social (6.11); Jefté capitaneó, al parecer, una banda
de malhechores (11.1,3); y Sansón, el joven celebrado por su excepcional fortaleza física
(16.3), no sabe resistirse a los encantos de una mujer filistea (16.17).
Contenido del libro
La historia de los Shoftim se reduce en el libro a una serie de narraciones episódicas, no
siempre conectadas entre sí. Asimismo, la extensión del relato bíblico respecto a los
distintos Jueces es desigual: mientras que a unos pocos se les dedican varios capítulos
(Débora, Gedeón, Jefté, Sansón y Micaía), en otros casos solo se menciona el nombre del
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protagonista acompañado de una brevísima noticia personal (Otniel, Aod, Samgar, Tola,
Jair, Ibzán, Elón y Abdón).
Se ha observado, en cambio, que los episodios registrados en el libro Shoftim se ajustan a
un cierto modelo, que otorga una visión global de la época de referencia. Dicho modelo,
definido como «esquema de cuatro tiempos», es el siguiente:
Primer tiempo: Fidelidad del pueblo. Bajo el liderazgo de un juez que gobierna o
dirige, el pueblo se mantiene fiel al Señor y vive un período de paz y de prosperidad
(3.11,30; 5.31; 8.28).
Segundo tiempo: Infidelidad del pueblo. A la muerte del juez sobreviene una etapa en
que los israelites vuelven «a hacer lo malo ante los ojos de D-s» (4.1; 13.1), se apartan del
Señor y van «tras otros dioses, los dioses de los pueblos que estaban en sus alrededores»
(2.12-13; 3.7; 10.6).
Tercer tiempo: Enojo de D-s. La infidelidad de Israel provoca la ira del Señor, que los
entrega en manos de sus enemigos (2.14,20-21; 3.8; 4.2; 10.7).
Cuarto tiempo: Arrepentimiento de Israel. Sometidos a la opresión de sus vecinos, los
israelitas lamentan haber sido infieles al Señor. Arrepentidos, suplican su auxilio (3.9,15;
4.3; 6.6), Israel recupera la libertad y vive tranquilo durante cuarenta años (3.11; 5.31; 8.28;
por excepción, en 3.30 se lee ochenta años, que equivale a dos veces cuarenta años). Al cabo
de ese período en que "reposa" el país, comienza nuevamente el ciclo de las cuatro
etapas.
Principales temas del libro:
1. Introducción general al período de los jueces (1.1-3.6)
a. Los israelitas se establecen en Cannaán (1.1-2.5)
b. Síntesis histórica del período de los jueces (2.6-3.6)
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2. Los jueces de Israel (3.7-16.31)
a. De Otniel a Samagar (3.7-31)
b. Débora, la profetisa (4.1–5.31)
c. Gedeón y Abimelec (6.1–9.57)
d. Tola y Jair (10.1-5)
e. Jefté (10.6-12.7)
f. De Ibzán a Absón (12.8-15)
g. Sansón (13.1-16.31)
3. Apéndices (17-21)
a. El sacerdote Micaía y los danitas (17.1-18.31)
b. La guerra contra la tribu de Benjamin (19.1-21.25)
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Análisis del Libro Shmuel I (1 Samuel)
Historia
Una mirada panorámica a los dos libros del profeta Shmuel (que en realidad son una sola
obra) destaca la presencia sobresaliente de tres nombres ilustres y grandes protagonistas
de la historia de Israel: Samuel, Saúl y David. Asimismo, el libro describe un
acontecimiento clave en el desarrollo del pueblo: la integración de las tribus israelitas en
un cuerpo nacional gobernado por un único soberano.
La época a la que corresponden los hechos narrados en este libro se puede situar
aproximadamente entre la primera parte del s. XI y la primera del s. X a.e.c. Comienza
con el nacimiento de Samuel y concluye con los últimos tiempos de la vida de David.
Con Samuel se cierra la etapa de los Jueces de Israel. Este profeta fue el último
representante de los tiempos de anarquía en que las tribus carecían de cohesión entre sí y
a las cuales Samuel "juzgó" a lo largo de toda su vida (1 S 7.15). Sin embargo, Samuel no
solo significó el punto final de aquel período, sino que, al iniciar la serie de los grandes
profetas de Israel con el ungimiento (es decir, la consagración) de sus dos primeros reyes,
Saúl y David (1 S 9.27-10.1; 16.13), dio paso a la institución de la monarquía y a la
posterior dinastía de la Casa de David.
Los comienzos del reinado de Saúl (c. 1040-1010 a.e.c.) quedaron felizmente señalados
con una fulgurante victoria sobre los amonitas, antiguos enemigos de Israel (1 S 11). Sin
embargo, no pasó mucho tiempo sin que la imagen de fortaleza y valor del Saúl joven
empezara a desvanecerse. El rey se hizo inestable y paranoico. En su derredor,
especialmente a causa de David, veía continuas amenazas contra su autoridad y, sin duda,
contra su propia vida (1 S 18.6-11). En tales circunstancias, mermada la capacidad de Saúl
para gobernar a su pueblo, el Señor lo desestimó (1 S 15.23, 26), y envió al profeta
Samuel a ungir a David como nuevo rey de Israel (1 S 16.12-13).
El rey David (c. 1010-972 a.e.c.), es quien afianza e instituye la unidad y la independencia
de la nación. Valeroso, decidido y dotado de clara inteligencia, David combatió más allá
de sus fronteras para consolidar y extender el reino y, dentro de ellas, para sofocar
conjuras contra su gobierno, como la promovida por su propio hijo Absalón (2 S 15-18).
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La religiosidad profunda de David es una constante de su biografía (2 S 6.14, 21-22; 7.1829), como también lo es su preocupación por asentar sobre bases firmes la
administración de justicia y la organización del reino.
Todas estas virtudes llevaron a idealizar la personalidad de David dentro del pueblo de
Israel, aun cuando tampoco dejara de reconocérsele flaquezas y pecados, como el
adulterio con Betsabé y la muerte de Urías (2 S 11.1-12.25). Tanto el reinado como la
persona misma del rey David dejaron una extraordinaria influencia en el mundo judío a
través de las generaciones esencialmente con el establecimiento de Jerusalén como ciudad
capital y centro espiritual del reino.
Contenido y composición de los libros
Las particularidades del nacimiento de Samuel y de su relación desde niño con el
sacerdote Elí se hallan recogidas en 1 S 1.1-2.11. Asociados a Elí en el servicio del
santuario de Shilo, estaban sus hijos, Ofni y Pinjas, igualmente sacerdotes (1 S 1.3); pero
«los hijos de Elí eran hombres impíos, que no tenían conocimiento de D-s» (1 S 2.12).
En uno de los muchos enfrentamientos con los filisteos, Israel resultó vencido, «el Arca
de D-s fue tomada y murieron los dos hijos de Elí» (1 S 4.11; 4.1b-5.2). El conocimiento
de estas desgracias precipitó la muerte del anciano sacerdote (1 S 4.18). Entonces Samuel,
a quien D-s ya había llamado a ser profeta (1 S 3), comenzó a dirigir a Israel también
como juez (1 S 7.2–17), lo cual hizo hasta que el pueblo expresó el deseo de tener «un rey
que nos juzgue, como tienen todas las naciones» (1 S 8.5).
La institución de la monarquía se presenta en 1 Samuel como una concesión de D-s a este
deseo popular, pero en ningún modo significa que él renunciara a ejercer la autoridad
última sobre Israel, del cual es el verdadero y definitivo Rey. Por eso, a renglón seguido
de aquella concesión, las palabras del profeta Samuel exhortan con vehemencia al pueblo:
«Si teméis a D-s y lo servís, si escucháis su voz y no sois rebeldes a la palabra de D-s, si
tanto vosotros como el rey que reina sobre vosotros servís a D-s, vuestro D-s, haréis
bien» (1 S 12.14).
Saúl, el primer rey de Israel, fue presa de un fuerte desequilibrio emocional, manifestado
de modo violento en la persecución de que hizo objeto a David, tan encarnizada que
obligó a este a convertirse en fugitivo y hasta a ofrecerse como mercenario a los filisteos
(1 S 16-30).
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La historia de Saúl, de David y de las abruptas relaciones entre el uno y el otro, se
presenta como un cuadro lleno de contrastes, luminoso al evocar la espléndida trayectoria
ascendente del joven David, y sombrío cuando considera la figura de Saúl, con la
imparable decadencia de su personalidad y la tragedia que rodea su muerte y la de sus
hijos en la batalla de Gilboa (1 S 31).
El relato del dramático final del rey, con que se cierra el Primer libro de Samuel (=1 S)
prosigue al comenzar el segundo. Aquí se muestra a un David emocionado que, en
homenaje póstumo a Saúl y a su hijo Jonatán, pronuncia una poesía donde resuena
vibrante el estribillo: «¡Cómo han caído los valientes!» (2 S 1.19, 25, 27; 17-27). Más tarde,
pasados esos acontecimientos, David se dirigió a Hebrón, donde fue proclamado «rey
sobre la casa de Judá» (2 S 2.1-4) y más tarde sobre Israel (2 S 5.1-5).
Según el autor de 1 y 2 de Samuel, David contaba «treinta años cuando comenzó a
reinar... Reinó en Hebrón sobre Judá durante siete años y seis meses, y reinó en Jerusalén
treinta y dos años y medio sobre todo Israel y Judá» (2 S 5.4–5; cf. v. 1–5). El resto del
libro 2 Samuel está enteramente dedicado a los hechos ocurridos durante el reinado de
David: la recuperación del Arca del pacto, los aciertos y desaciertos del monarca, sus
campañas militares y las sublevaciones que hubo de reprimir. Los capítulos finales son
como apéndices, en los cuales figura una reproducción del Salmo 18 (cap. 22) y la reseña
de un censo nacional ordenado por David (2 S 24.1-9).
Principales temas del libro:
1. Infancia de Samuel, profeta y juez sobre Israel (1.1-7.17)
2. Institución de la monarquía de Israel (8.1-12.25)
3. Luces y sombras del reinado de Saúl (13.1-15.35)
4. David, ungido rey para suceder a Saúl (16.1-31.13)
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Análisis del Libro Shmuel II (2 Samuel)
Tema Principal: El reinado de David.
Primer Período : Los primeros años del reinado. Durante este período, el rey, aunque
tomó parte en las campañas militares, comunes de la época, manifestó disposición
espiritual.
Período Medio: Describe el gran éxito militar del rey. Su caída y castigo.
Período Final: Los últimos años de David.
El libro Shmuel II (=2 S) continúa el relato iniciado en el primer libro, pues en realidad
forman una sola obra. Comienza con el poema en el que David lamenta la muerte de Saúl
y Jonatán (cap.1). Después la narración se concentra en la historia del reinado de David,
primero sobre la tribu de Judá (cap. 2-4) y luego sobre todo Israel (cap. 5-24).
Principales temas del libro:
1. Los comienzos del reinado de David: el pacto de D-s con David; las
campañas militares y la unificación del reino (1.1-8.18)
2. Hechos y circunstancias del reinado de David (9.1-20.26)
3. Apéndices: el Salmo 18 y el censo nacional (21.1-24.25)
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Análisis del Libro Melajim I (1 Reyes)
Historia
A manera de introducción al libro Melajim I (1 R), el autor narra la última etapa de la
historia de David desde el punto en que la había dejado 2 Samuel. La avanzada edad del
rey hace prever la proximidad de su muerte, y la monarquía de Israel ha de encarar el
problema de la sucesión al trono. Requerido por Betsabé y el profeta Natán, David
dispone que se unja y proclame rey a su hijo Salomón (1 R 1-2), comenzando así a
establecerse la dinastía de la Casa de David. De esta forma, la historia del pueblo de Israel
entra en una nueva fase, la sucesión monárquica, que cubre el período entre el comienzo
del reinado de Salomón (c. 970 a.e.c.) y la caída de Jerusalén en tiempos de Sedequías
(586 a.e.c.).
Sobre el rey Salomón, el texto destaca su gran inteligencia y sabiduría, sus riquezas y la
monumental obra de la edificación del Bet Hamikdash (el Gran Templo de Jerusalén).
Desde el punto de vista político, es destacable que Salomón supo siempre mantener la
unidad del reino y evitar que Israel se viera envuelto en conflictos bélicos. Sin embargo,
cuando él murió (930 a.e.c.) y su hijo Roboam ocupó el trono, se precipitaron los
acontecimientos que fueron causa de la división del reino en dos estados independientes:
el de Judá o reino del sur, y el de Israel o reino del norte. Dos siglos más tarde, en el año
721 a.e.c., Israel quedó sometido a la dominación asiria, y cerca de siglo y medio después,
en el 586 a.e.c., cayó Judá bajo el poder del imperio neobabilónico.
El período de los reyes está documentado por los libros de Melajim y Divrei Haiamim
(Reyes y Crónicas), que ciertamente proveen una considerable cantidad de datos
cronológicos. Esas indicaciones, no obstante, son a menudo tan imprecisas que no
bastan para establecer con exactitud las fechas de principio y final de los reinados
correspondientes. Esto explica las variaciones de algunos años que se aprecian en
cronologías propuestas por diferentes historiadores.
Contenido y composición de los libros
El reinado de Salomón ocupa varios capítulos de la primera parte del libro (1 R 2.1211.43), donde se hace evidente la intención del texto en realzar la personalidad del rey.
Recuerda su inteligencia y sabiduría, las riquezas que atesoró y las grandiosas
construcciones que impulsó; entre otras, el complejo de edificios amurallados del palacio
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real, las enormes caballerizas de Meguido, las ciudades-campamento y, destacando sobre
todas ellas, el Gran Templo de Jerusalén que hizo construir en los terrenos adquiridos
por David a tal efecto (2 S 24.18-25). Esta «Casa de D-s», santuario único de Israel,
habría de tener una importancia sin par en la vida religiosa y en la cultura del pueblo, tal y
como lo expresó el mismo Salomón en su plegaria durante la ceremonia de inauguración
del Templo (1 R 8.23-53).
Salomón, a fin de consolidar su poder, y conforme a los usos y costumbres de la época,
estableció acuerdos políticos y comerciales con naciones vecinas tomando por esposas a
princesas extranjeras (1 R 7.8; 11.1-3); de modo que tuvo muchas mujeres no israelitas,
«las cuales quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses». El libro 1 Reyes
también informa acerca del alto costo de las construcciones promovidas por Salomón.
Para sufragarlas se recurrió a la imposición de tributos públicos, que convirtieron en
realidad las advertencias de Samuel acerca de los peligros de la institución de una
monarquía en Israel (1 S 8).
Considerados por muchos como cargas en extremo onerosas, dieron lugar a un clima de
tensión que no tardó en extenderse por todo el país. Aquel descontento, agravado con el
renacer de viejas desavenencias entre las poblaciones del norte y del sur (2 S 20.1-2),
pronto quebró la frágil unidad política alcanzada en el reinado de David (2 S 2.4; 5.1-3).
Una vez narradas las circunstancias en que se produjo la ruptura de la unidad nacional
bajo el gobierno de Roboam (1 R 12) y la fundación del reino del norte, el libro de
Melajim aborda en forma paralela las historias de Judá y de Israel, separadas para siempre
e incapaces de superar su mutua hostilidad. Los reyes de uno y otro reino aparecen
alternativamente, encuadrados en fórmulas literarias que se repiten en cada caso y
siguiendo el respectivo orden dinástico. En general, el autor no entra en pormenores,
sino que se limita a relacionar o describir algunos de los hechos más significativos de los
monarcas y a juzgar su conducta sobre la base de la ley de Moisés. Estos juicios revisten
la máxima severidad. Tratándose de Judá, se aprueba el comportamiento de algunos reyes
que siguieron los pasos de David, como Asa (1 R 15.11), Josafat (1 R 22.43), Ezequías (2
R 18.3), Josías (2 R 22.2) y otros; pero son muchos más los que merecen el veredicto de
reprobación: «Hizo lo malo ante los ojos de D-s» (p.e., 1 R 15.26; 22.52; 2 R 13.2). En
cuanto a los monarcas de Israel, ninguno queda libre de un juicio tan grave como:
«Anduvo en el camino de Jeroboam, y en el pecado con que este hizo pecar a Israel» (1 R
15.34).
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Jeroboam I (929-909 a.e.c.) es propuesto así como prototipo de infidelidad al Señor y a la
unicidad de su Templo en Jerusalén. Con Jeroboam I se inicia la cadena de infidelidades
de los reyes del norte, que provocan la ira de D-s y arrastran al reino a su trágico final del
año 721 a.e.c.: «En el año nueve de Oseas, el rey de Asiria tomó Samaria y llevó a Israel
cautivo a Asiria» (2 R 17.6; 7-23).
La situación política de Israel adoleció siempre de gran inestabilidad. En sus algo más de
dos siglos de existencia (929-721 a.e.c.), el reino contó nueve dinastías para un total de
diecinueve reyes, muchos de los cuales llegaron al trono usando de medios violentos. En
Judá, por el contrario, los reyes que se sucedieron durante los tres siglos y medio de
permanencia del reino (929-586 a.e.c.) fueron todos descendientes de David, a excepción
de la reina Atalía, que, habiendo usurpado el trono, logró mantenerse en él durante seis
años.
La última parte del libro Reyes (2 R 18-25) está dedicada a los tiempos siguientes a la caída
de Samaria y la desaparición del reino del norte. Se distingue en estos capítulos la época
de Josías, a causa de la reforma religiosa que él impulsó, pero que, pese a su importancia,
no bastó para contener la desintegración moral y política de Judá (2 R 23.26-27). Después
de Josías, la sucesión monárquica se encaminó directamente hacia su dramático final con
la destrucción de Jerusalén y el exilio babilónico.
En el marco histórico del libro Melajim, el texto describre también la vida de algunos
profetas. Objeto de singular atención son Elías (1 R 17-2 R 1) y Eliseo (2 R 2.1-8.15;
13.14-20), los dos grandes representantes del profetismo; pero a su lado figuran también
los nombres de otros profetas, que van de Natán (1 R 1.45) a Hulda (2 R 22.14-20)
pasando por Ahías de Shilo (1 R 11.29-40), Semaías (1 R 12.21-24) e Isaías (2 R 19.2020.19).
Dado el carácter narrativo de los libros de Reyes, el autor atiende especialmente a mostrar
la actitud de los profetas en momentos de importancia decisiva para la historia de Israel.
No se limita a recoger y transmitir el mensaje profético como tal, sino que presenta a los
profetas en su personal relación con el acontecer histórico. De particular significación
son los pasajes en que un profeta se enfrenta con un rey para recriminarle su mala
conducta y falta de fidelidad al Señor (1 R 18.16–19; 21.17–29; 2 R 1.15-16).
En la Biblia hebrea, los libros de Reyes están incluidos en el grupo de los denominados
Profetas anteriores. Esto significa que, aun cuando en principio sean catalogados estos
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escritos como género narrativo, su propósito, más allá de lo puramente histórico, es
transmitir una reflexión profética sobre esa etapa de la historia judía.
Al igual que los libros de Samuel y Crónicas, también Reyes es una sola obra compuesta de
dos volúmenes. Esta división del texto no se debe a ningún plan previo, sino que es más
bien artificiosa, hecha en el s. III a.e.c. por los traductores de la Septuaginta.
El autor de Reyes se sirvió de diversas fuentes, p.e. los archivos del Templo, y también de
un número desconocido de narraciones contemporáneas relativas a los profetas. De
modo expreso, el texto alude a algunos documentos perdidos hasta hoy para la
investigación histórica:
Libro de los hechos de Salomón: 1 R 11.41
Libro de las historias de los reyes de Israel: 1 R 14.19
Crónicas de los reyes de Judá: 1 R 14.29
El mensaje
Ciertamente, la historia de los dos reinos, Judá e Israel, se deja ver como una
interminable serie de fracasos, delitos y flagrantes infidelidades al Señor, de los cuales
fueron responsables inmediatos y principales los propios monarcas. El gobierno del
pueblo de D-s se les había confiado para que lo ejercieran con sabiduría, no
arbitrariamente o con despotismo, sino como un auténtico servicio de guía y protección
(1 R 12.7). Pero aquellos reyes se dejaron arrastrar por la corrupción, cayeron en la
idolatría y condujeron su nación al desastre y a la pérdida de la libertad y la
independencia. Como paradigmas de depravación y de impiedad se describen los
reinados de Oseas sobre Israel (2 R 17) y de Manasés sobre Judá (2 R 21.1-18).
El mensaje de Reyes no debe entenderse de ninguna manera en un sentido negativo. Junto
a personajes malvados que formaron parte de las monarquías en Judá e Israel, hubo otros
reyes fieles al camino de la Torá y la voluntad de D-s y deseosos de conducir al pueblo
por los caminos de la ley divina.
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Principales temas del libro:
1. Fin del reinado de David. Salomón es proclamado rey (1.1-2.12)
2. Reinado de Salomón (2.13-11.43)
3. División del reino (12.1-33)
4. Los dos reinos: Israel y Judá. (13.1-16.34)
5. El profeta Elías y el rey Acab (17.1-22.40)
6. Reinados de Josafat (Judá) y Ocozías (Israel) (22.41-53)
Análisis del Libro Melajim II (2 Reyes)
El libro Melajim II (=2 R) continúa la historia que comienza en el primero, termina la
narración de la vida del profeta Elías e introduce algunos episodios de la vida de Eliseo
(Elisha), su discípulo y sucesor. Presenta la historia de los dos reinos, hasta la caída de
Samaria, capital del reino del norte, en el 721 a.e.c., y finalmente incluye la última etapa
del reino del sur y la destrucción de Jerusalén.
Principales temas del libro:
1. El profeta Elías y el rey Ocozías (1.1-18)
2. El profeta Eliseo sucede a Elías (2.1-25)
3. Actividades de Eliseo (3.1-8.15)
4. Judá e Israel hasta la muerte de Eliseo (8.16-13.25)
5. Judá e Israel hasta la destrucción de Samaria (14.1-17.41)
6. Judá hasta el exilio en Babilonia (18.1-25.30)
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Análisis del Libro del Profeta Ieshaiau (Isaías)
El profeta y su medio
Ieshaiau hijo de Amotz fue un profeta en el reino de Judea, desde «el año en que murió el
rey Uzías» (6.1), el 738 a.e.c., hasta probablemente los albores del siglo 7 a.e.c.; un
período que conoció los reinados de Jotam, Acaz y Ezequías (1.1).
Se sabe que a la esposa de Isaías se la llamaba «la profetisa», quizá porque su marido era
profeta, y que tuvo por lo menos dos hijos, que recibieron nombres simbólicos: Sheariashub (que significa «un remanente volverá», 7.3) y Maher-shalal-hasbaz (o «muy pronto
llegarán saqueo y destrucción», 8.3). Ciertos datos dispersos entre los capítulos 1 y 39 del
libro revelan a Isaías como un hombre influyente, miembro quizá de la clase aristocrática
de la Jerusalén del siglo 8 a.e.c. y dotado de autoridad. Su alta posición social se revela en
la libertad con que se movía en los medios cortesanos (7.3-17; 39.3; 37.2) e intervenía en
asuntos de estado (por ej.: 37.5-7) o se relacionaba con los sacerdotes y altos funcionarios
de la capital del reino (8.2).
Desempeñó Isaías su ministerio en una época muy conflictiva, llena de violencia y
marcada por la pertinaz hostilidad de Israel (el reino del norte) y Siria, que «en los días de
Acaz hijo de Jotam» se aliaron contra Judá y «subieron contra Jerusalén para combatirla»
(7.1-2a). Sucedió también que «en el año catorce del rey Ezequías, Senaquerib, rey de
Asiria, subió contra todas las ciudades fortificadas de Judá, y las tomó» (cap. 36-37).
Finalmente, en el 721 a.e.c., Sargón II, sucesor del rey Salmanasar, conquistó y arrasó la
ciudad de Samaria (2 R 17.3-6), poniendo fin con su destrucción a la independencia
nacional del reino de Israel, que desde entonces quedó reducido a la simple condición de
provincia del imperio asirio.
El libro y su mensaje
Los 66 capítulos del libro de Isaías (=Is) pueden agruparse en tres grandes secciones:
formadas respectivamente por los cap. 1-39, 40-55 y 56-66.
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a) Capítulos 1-39. En la primera sección, Isaías condena con dureza los pecados y la
infidelidad de su pueblo, que con su conducta ofende a D-s, el Santo de Israel. Porque el
Señor, cuya gloria y santidad ensalzan los serafines (6.1-3), es un D-s justo, que exige
justicia de parte de quienes le tributan adoración; pero mientras no deje de oírse en el
pueblo el clamor de los oprimidos (5.7), mientras las manos de los que ofrendan y
sacrifican estén manchadas de sangre inocente (1.15-17), el culto del Templo no será otra
cosa que un mero ceremonial insincero y vacío de contenido.
Isaías dedicó gran parte de su mensaje a los responsables políticos y militares de Judá,
especialmente a aquellos que confiaban en salvar el país mediante pactos y acuerdos con
otras naciones (30.1-5). La proclama profética de Isaías estuvo en todo momento ligada
al acontecer histórico de la época; así fue en la guerra «siro-efraimita», a la que se refieren
los cap. 6–12, llamados «Libro del Emanuel» (7.14); e igualmente en el asedio puesto a
Jerusalén por Senaquerib, rey de Asiria (cap. 36-37).
Pero junto a los pronósticos del juicio contra Jerusalén y contra toda Judá, el profeta
prevee también el tiempo glorioso de la venida del Mesías hijo de David. Cuando él
llegue se cumplirán las esperanzas de Israel, se harán realidad las palabras del anuncio:
«El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; a los que moraban en tierra de sombra
de muerte, luz resplandeció sobre ellos. Multiplicaste la gente y aumentaste la alegría»
(9.2-3).
En esta primera sección aparecen mezclados algunos mensajes que corresponden a
diversos contextos históricos. Es el caso de los oráculos contra naciones paganas
recogidos en los cap. 13-23, o el «apocalipsis de Isaías» en 24-27, o los poemas de 34-35,
o los relatos de 36-39.
b) Los capítulos 40 a 55 constituyen la segunda sección. Son como un vibrante discurso
de consuelo, dirigido a los israelitas exiliados en las lejanas tierras de Babilonia. La
esperanza de un próximo retorno a la patria es el anuncio con que el Señor, mediante la
palabra del profeta, pone alegría en el corazón de los desterrados. El rey persa Ciro fue el
instrumento escogido por D-s para llevar a cabo la liberación y repatriación del pueblo
(44.28; 45.1-4), descritas a veces con palabras que evocan el éxodo de Egipto (43.18-19).
La confianza en D-s, Creador de todas las cosas, es un tema recurrente en esta sección.
Él es Señor del universo y nada escapa a su dominio (40.28; 41.1-4; 42.5; 45.11-13; 51.13, 6, 13-16). Y es asimismo el D-s que, habiendo escogido primero a Israel, lo entregó
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luego, a causa de su infidelidad, en manos de sus enemigos (47.6). Pero él nunca olvidó a
su pueblo elegido … y es por ello que llegado el día, en un momento preciso, lo liberará
haciendo uso del mismo poder que desplegó en la creación del mundo (40.28-31; 51.1516).
Pasajes importantes de esta sección son los cuatro «Cánticos del Siervo de D-s» (42.1-9;
49.1-6; 50.4-11; 52.13-53.12), que consideran la figura del auténtico creyente, de aquel
que, aun a costa de duros sufrimientos personales, se mantiene fiel al Señor y proclama
públicamente su fe en él. Quien así sea, «será prosperado, será engrandecido y exaltado,
será puesto muy alto» (52.13).
c) La tercera gran sección del libro (capítulos 56-66) consta de una variada serie de
mensajes, dirigidos sin duda a los judíos repatriados de Babilonia. La condiciones
históricas que se describen aquí parecieran indicar que esta parte de la profecía de Isaías
se refiere a una época posterior a las que hacen referencia las dos grandes secciones
anteriores.
El profeta trata aquí de luchar con el desánimo que se había apoderado de quienes, faltos
de medios y soportando la enemistad de las naciones vecinas, trabajaban por reconstruir
la suya y devolver a Jerusalén su antiguo esplendor. La causa de los males, proclama el
profeta, está en el pecado. La salvación definitiva no alcanza a Israel porque se lo
impiden los graves pecados en que incurren el pueblo y sus malos gobernantes (56.9-12):
corrupción del derecho y la justicia (59.14-15), perversión de los valores y las prácticas de
la religión (57.4-5, 9; 58.1-14; 59.12–13; 65.3-5; 66.3) y comportamientos inmorales (59.3,
6-7).
Sin embargo, el Señor hará que un día Jerusalén resplandezca, pues él, que es fiel a sus
promesas, así lo anuncia por medio del profeta: «Ha venido tu luz y la gloria de D-s ha
nacido sobre ti» (60.1). Entonces, en los «nuevos cielos y nueva tierra» que D-s ha de
crear (65.17; 66.22), todas las naciones verán la ciudad de Sión como «corona de gloria en
la mano de D-s» (62.3).
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Principales temas del libro:
1. Primera sección (1.1-39.8)
a. Mensajes sobre Jerusalén y Judá
b.
Mensajes sobre las naciones extranjeras
c.
Apocalipsis de Isaías
d. Juicios diversos sobre Judá e Israel
e. Episodios de la historia de Ezequías
2. Segunda sección: mensaje de consuelo a Israel (40.1-55.13)
3. Tercera sección: mensaje a los repatriados (56.1-66.24)
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Análisis del Libro del Profeta Irmiahu (Jeremías)
Temas Principales: La reincidencia, la esclavitud y la restauración de los judíos.
El profeta y su medio
Probablemente entre los años 650 y 645 a.e.c., nació en el seno de una familia sacerdotal
de Anatot, pequeño lugar cercano a Jerusalén, el niño que más tarde sería conocido como
el profeta Jeremías (1.1). Siendo todavía muy joven (1.6), el Señor lo llamó a su servicio;
corría por entonces el año 626, decimotercero del reinado de Josías (1.2), poco más de un
siglo después de la época en que había vivido y ejercido su ministerio el profeta Isaías
(véase Is 1.1 n.).
En aquel tiempo, el poderío asirio estaba tocando a su fin. El imperio neobabilónico
había terminado por imponerse a los restos de la grandeza de Asiria, la nación que,
especialmente entre los siglos 10 y 7 a.e.c., había logrado ampliar sus límites invadiendo
enormes espacios de Mesopotamia, Siria y Asia Menor. La decadencia asiria fue muy
rápida. El mismo siglo 7 a.e.c., testigo de las mayores glorias de aquel gran imperio, lo fue
también de la pérdida de su hegemonía y del final de su historia como estado
independiente. En su lugar, entre el 610 y el 605 a.e.c., se levantó Babilonia, poderosa y
renovada.
La desaparición del invasor asirio representó un corto período de libertad para los
pueblos que le habían estado sometidos, los cuales fueron cayendo después,
paulatinamente, bajo el dominio de los babilonios. Pero entre uno y otro momento,
aprovechando algunas circunstancias favorables, el rey Josías, de Judá, comenzó a
desarrollar una política de nación independiente y a promover la reforma religiosa que
dio a su reinado un relieve especial (2 R 22.1-23.27; 2 Cr 34.1-35.19). Fue un brillante
proceso de restauración que quedó truncado en el 609 a.e.c., cuando Josías, a los 39 años
de edad, cayó herido de muerte en Meguido, en la batalla sostenida contra el ejército del
faraón Necao (2 R 23.24-30; 2 Cr 35.20-27). Los monarcas sucesores de Josías, ineptos
ellos mismos y faltos de prudencia sus consejeros, no supieron evitar la desintegración
política y moral del reino de Judá, cuya degradación culminó en la destrucción de
Jerusalén (586 a.e.c.) y la masiva deportación a Babilonia de sus habitantes.
Jeremías inició su ministerio en tiempos de Josías, y continuó desarrollando su actividad
profética bajo los reinados de los últimos reyes de Judá: Joacaz (también llamado Salum),
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Joacim (o Eliaquim), Joaquín (o Jeconías) y Sedequías (o Matanías). Los tiempos eran
difíciles para el pueblo, cuyos dirigentes mantenían posiciones políticas enfrentadas: unos
eran partidarios de someterse con serenidad y como mal menor al gobierno de Babilonia,
en tanto que los otros abogaban por aliarse con Egipto en contra de ella. Jeremías, que se
vio obligado a tomar posición en el conflicto, trató de convencer a Sedequías de que una
alianza con los egipcios acabaría en desastre (27.6-8). Pero los esfuerzos del profeta,
además de acarrearle no pocos sufrimientos (38.1-13), fueron totalmente inútiles, pues el
rey, inclinándose a favor del consejo opuesto, decidió solicitar el apoyo del faraón Necao.
El resultado fue catastrófico para Judá, porque las fuerzas egipcias se hallaban en franca
inferioridad respecto de las babilónicas, como ya se había visto en el 605 a.e.c., en la
batalla de Carquemis, junto al Éufrates, «el año cuarto de Joacim hijo de Josías, rey de
Judá». Ese triunfo de Nabucodonosor había significado la consolidación de la supremacía
de Babilonia (46.2) y su dominio sobre los países invadidos.
El libro y su mensaje
El libro de Irmiahu, Jeremías (=Jer), es una de las colecciones más extensas de escritos
proféticos. Puede dividirse en tres secciones: la primera comprende los capítulos 1 al 25.
La segunda, los capítulos 26 al 45. La tercera, los capítulos 46 al 51. El capítulo 52, cierra
el libro y es una especie de epílogo del relato de la caída de Jerusalén.
a) La primera sección, poética en su mayor parte, corresponde a los dos primeros
decenios del ministerio de Jeremías, quien dirige su predicación especialmente a Judá y a
la ciudad de Jerusalén, a fin de que sus habitantes tomen conciencia de sus propios
pecados. Propone al pueblo el ejemplo de la maldad de Israel (cap. 2.1-4.2), lo exhorta a
cambiar de conducta (4.3-4) e insiste en denunciar la mentira, la violencia, la injusticia y la
terquedad de corazón de la gente de Judá, males cuya raíz se halla en la infidelidad al
Señor, en haberlo abandonado para ir tras D-ses ajenos (2.13, 19, 27; 3.1; 7.24; 9.3 11.913; 13.10; 16.11-12). La infidelidad al pacto de D-s había de implicar, como inevitable
consecuencia, el juicio condenatorio contra Judá; y así, el profeta anuncia sin ambages la
inminencia del desastre, y hasta se atreve a predecir abiertamente la destrucción del
templo de Jerusalén (7.14).
Sobre todo después de la muerte de Josías, las acusaciones y advertencias de Jeremías
eran de día en día peor recibidas. Sus paisanos las rechazaban con creciente obstinación,
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y con ellas rechazaban también la presencia del profeta (11.18-19). El porqué de aquella
terquedad lo afectaba dolorosamente, de modo que al cabo llegó a conclusiones llenas de
pesimismo: «este pueblo tiene corazón falso y rebelde» (5.23); «el pecado de Judá está
escrito con cincel de hierro y con punta de diamante» (17.1); la cigüeña, la tórtola, la
grulla y la golondrina conocen el curso del tiempo, «pero mi pueblo no conoce el juicio
de D-s» (8.7), y así como el leopardo no puede cambiar por otras las manchas de su piel,
tampoco las gentes de Judá podrán cambiar en bueno su habitual mal obrar (13.23).
La expresión más conmovedora de estas dolorosas experiencias se halla en las llamadas
«Confesiones de Jeremías», contenidas en esta sección: 11.18-12.6; 15.10-21; 17.14-18;
18.18-23; 20.7-18. La lectura de estos pasajes, semejantes de alguna manera a los salmos
de lamentación (p.e., 22, 32, 39, 143), permite descubrir la sinceridad y la hondura del
diálogo que en sus momentos de crisis mantuvo el profeta con el Señor. Jeremías
demuestra su decepción y amargura por los graves padecimientos que se le habían
derivado del cumplimiento de su misión profética; pero las respuestas que recibe del
Señor son desconcertantes: unas veces consisten en nuevas preguntas, y otras, en hacerle
entender que las pruebas no han terminado y que aún serán más duras las que le quedan
por atravesar. De este modo, el Señor, gradualmente, revela a Jeremías que sufrir por
fidelidad a la palabra de D-s es un elemento inseparable del ministerio profético.
b) En la segunda sección predomina el género narrativo; por lo tanto, casi toda ella está
redactada en prosa. El autor centra su atención en el relato de ciertos incidentes de su
propia vida, entre los cuales introduce algunos resúmenes de sus mensajes proféticos.
Estos capítulos (26–45) describen los dramáticos ataques de que Jeremías fue hecho
objeto, y el valor con que los soportó sin claudicar en su misión. También esta sección
contiene datos que permiten reconstruir el proceso de redacción del texto de Jeremías
(36.1-4, 27-32); además, en ella se hace referencia a Baruc hijo de Nerías, compañero del
profeta y quien a su dictado escribió «en un rollo en blanco... todas las palabras que D-s
le había hablado» (36.4).
Pero Jeremías no solamente había sido enviado para arrancar, destruir, arruinar y
derribar, sino también «para edificar y plantar» (1.10). Por eso, la serie de relatos de
carácter histórico se interrumpe en los capítulos 30 a 33, para dar lugar a diversas
promesas de esperanza y salvación. Son consoladores discursos emplazados junto a los
relatos de la caída de Jerusalén y la descripción de los padecimientos de Jeremías, que
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ponen de relieve la necesidad de que el pueblo, aún en medio de las más desdichadas
circunstancias, mantenga firme su confianza en el Señor y en su misericordia.
Entre tales promesas de salvación destaca con luz propia el anuncio de que D-s va a
restablecer con Israel la relación que el pueblo había perdido a causa de sus infidelidades.
Aquel antiguo pacto va a ser sustituido por otro, por un pacto nuevo no grabado en
tablas de piedra: «Pondré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón; yo seré su D-s,
y ellos serán mi pueblo» (31.33).
c) La tercera parte del libro de Jeremías (cap. 46-51) está formada por un conjunto de
mensajes contra las naciones paganas del entorno palestino, mencionadas esencialmente
en el mismo orden, de Egipto a Babilonia, en que a manera de introducción aparecen en
25.15-38. Sin embargo, también incluyen anuncios de salvación para algunas de esas
naciones (46.26; 48.47; 49.6, 39). Cierto es que la actividad del profeta tenía a Judá y
Jerusalén como primer término de su compromiso, pero en su predicación no podía
olvidar la realidad de los pueblos vecinos y el importante significado de su presencia en el
transcurso de la historia de Israel (27.1-3). Además, los mensajes que Jeremías les dirige
son testimonio de la profunda convicción que lo anima y con que declara que D-s no es
solo el D-s de Israel, sino de todo lo creado; no solo es el Señor de una historia
particular, como la del pueblo elegido, sino que él rige la historia de todas las naciones y
de todo lo que es y existe.
El cap. 52, último del libro, es una especie de apéndice histórico que reproduce con
algunas variantes el relato de 2 R 24.18-25.30 sobre la caída de Jerusalén. Esta narración,
así introducida, demuestra la autenticidad del ministerio de Jeremías, confirmado por el
Señor mediante los hechos que dieron pleno cumplimiento a la palabra del profeta ( Dt
18.21-22).
Principales temas del libro:
1. Mensajes contra Judá y Jerusalén (1.1-25.38)
2. Relatos autobiográficos y anuncios de salvación (26.1-45.5)
3. Mensajes contra las naciones paganas (46.1-51.64)
4. Apéndice: la caída de Jerusalén (52.1-34)
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Análisis del Libro del Profeta Iejezkel (Ezequiel)
Este libro, puede ser llamado un libro de misterio. Contiene un estilo metafórico que es
difícil de interpretar. Sin embargo, muchas de sus enseñanzas son claras y de gran valor.
El profeta y su medio
En Melajim II, 24.8 leemos: «Joaquín tenía dieciocho años cuando comenzó a reinar, y
reinó en Jerusalén tres meses». Tan brevísimo reinado terminó en el 597 a.e.c., cuando el
rey Nabucodonosor penetró en Jerusalén, la despojó de todas sus riquezas y deportó a
Babilonia a gran parte de sus habitantes: a Joaquín, rey de Judá, a los aristócratas, a los
militares y a los artesanos cualificados; a todos ellos junto con sus familias (2 R 24.8-17).
Es muy probable que en aquel entonces, entre los componentes de aquella primera
deportación figurara también el sacerdote Ezequiel hijo de Buzi, el cual fue a residir a
orillas del río Quebar, entre sus compatriotas cautivos, y a quien allí mismo llamó el
Señor a ejercer el ministerio de la profecía (1.1-3).
Su vocación le llegó en medio de una visión que cambió por completo su vida. A partir
de aquel momento, Ezequiel se convirtió en el portavoz de D-s cerca de los exiliados
(3.10–11), actividad que desempeñó por lo menos hasta el 571 a.e.c., año al que
corresponde el último de los datos cronológicos contenidos en el libro. En una época de
grandes convulsiones y cambios políticos como fue la suya, el profeta, desde la dura
realidad del momento que vivía (18.2, 31–32), miraba con tristeza la historia de las
infidelidades de Israel: «Se rebeló contra mí la casa de Israel en el desierto» (20.13; caps.
16, 20 y 23). Sin embargo, veía con esperanza un futuro de salvación: «Habitaréis en la
tierra que di a vuestros padres y vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro D-s» (36.28;
caps. 36-37).
En realidad, la situación del reino de Judá, nunca del todo estabilizada después de los
reinados de David y Salomón, se fue haciendo cada vez más difícil, hasta que en el año
586 a.e.c. llegó la hora del desastre definitivo: Nabucodonosor destruyó a Judá, asedió,
tomó y arrasó Jerusalén, incendió el Templo y desterró a Babilonia a lo más
representativo de la población que todavía quedaba en la ciudad (2 R 25.1-21).
Con el transcurso del tiempo, muchos de los exiliados acabaron por acomodarse a su
situación, porque en Babilonia disfrutaban de una media libertad que les permitía formar
familia, trabajar, negociar, crear riqueza e incluso alcanzar cargos importantes.
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En efecto, hubo igualmente muchos que acogiéndose al edicto del rey Ciro volvieron a
Palestina, a la Tierra prometida y a la añorada Jerusalén, la «ciudad de D-s» (Sal 46.4).
El profeta Ezequiel fue sin duda una de las personas que más contribuyeron a mantener
vivo entre los judíos del destierro el anhelo del retorno. Esas ansias de regreso eran
necesarias para emprender la reconstrucción de la ciudad y del Templo. Además, eran
indispensables para evitar que el pueblo llegara a perder su identidad nacional a causa de
la permanencia durante un tiempo excesivo en un lugar tan lleno de atractivos como era
entonces Babilonia, el más brillante centro político y cultural del Medio Oriente (Sal 137).
El libro y su mensaje
En la primera etapa de su ministerio, antes que Jerusalén fuera destruida, como se indica
en el libro de Iejezkel, Ezequiel (=Ez), el profeta ya había anunciado que la ruina de la
ciudad se acercaba irremisiblemente (9.8-10). La historia de las gentes de Israel era por
entero una sarta de infidelidades a D-s, a quien una y otra vez habían abandonado para
rendir honores a ídolos de D-ses extraños; pero la ciudad de Jerusalén era donde se daba
la mayor concentración de maldad (caps. 8-12), un lugar lleno de crímenes que no podía
dejar impune la justicia de D-s (22).
Ezequiel quería dar vigor al mensaje que predicaba, para hacerlo calar más hondo en el
corazón de sus oyentes, a menudo rebeldes y escépticos. Como poseía una voz hermosa
(33.32), los sorprendía a veces con extrañas dramatizaciones, con gestos simbólicos (caps.
4-5) que los invitaban a preguntarle: «¿No nos enseñarás qué significan para nosotros
estas cosas que haces?» (24.19).
La caída de Jerusalén vino a demostrar la autenticidad de las predicciones de Ezequiel
(33.21-22). En aquellos momentos, su prestigio alcanzó probablemente las cotas más
elevadas en la consideración de sus compatriotas exiliados. De forma especial, la misión
del profeta consistió entonces en hacer comprender a la gente las verdaderas causas del
desastre sufrido, y en prepararla para la obra de reedificación a la que habrían de
dedicarse los repatriados (36.16-19). Y no cabe duda de que su ministerio contribuyó en
gran medida a hacer precisamente del exilio en Babilonia una de las épocas más fecundas
de la historia del pueblo de D-s. Ezequiel veía en el destierro babilónico una especie de
regreso al éxodo de Egipto, a aquel desierto que Israel hubo de atravesar antes de entrar
en Canaán. Y ahora, del destierro en Babilonia, había de salir, purificado, el nuevo pueblo
de D-s (20.34-38).
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Los temas de la predicación de Ezequiel en aquel período de su actividad encierran una
gran riqueza doctrinal, basada en la esperanza de la salvación que había de llegar. Él
anuncia que el pueblo disperso había de ser reunido de nuevo y conducido a la Tierra
prometida (34.13; 36.24). Como el pastor apacienta sus ovejas, así lo apacentará el Señor
y lo guiará a lugares de descanso: "Yo apacentaré a mis ovejas y les daré aprisco", dice Ds, el Señor» (34.15). Particularmente significativo es el lenguaje del profeta cuando se
refiere a la transformación que el Señor ha de realizar en el pueblo rescatado del exilio:
«Esparciré sobre vosotros agua limpia y seréis purificados... Os daré un corazón nuevo y
pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vosotros el corazón de piedra y
os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis
en mis estatutos y que guardéis mis preceptos y los pongáis por obra» (36.25-27).
La predicación de Ezequiel en cuanto se refiere primero al exilio y después a la
restauración de Judá y Jerusalén está contenida en las respectivas secciones de los caps. 424 y 33-39. Entre ellas se intercala una serie de profecías dirigidas contra ciudades y
naciones paganas relacionadas con Israel (caps. 25–32); porque si bien en algún momento
D-s se sirvió de los paganos como instrumentos de su ira, la soberbia y la crueldad con
que se condujeron los hizo acreedores al castigo que habrían de sufrir.
Se dice que en la persona de Ezequiel conviven el profeta y el sacerdote, el hombre
contemplativo y el de acción, el poeta y el razonador, el anunciador de males y el heraldo
de salvación. Tal riqueza de personalidad se revela en su mensaje profético, igualmente
rico y complejo. En su condición de profeta, Ezequiel estaba persuadido de haber sido
llamado a ejercer de centinela sobre Israel en uno de los períodos más críticos de la
historia nacional: «... vino a mí palabra de D-s, diciendo: "Hijo de hombre, yo te he
puesto por atalaya a la casa de Israel"» (3.16–21; 33.1–9); al mismo tiempo, en su
condición de sacerdote anhela el retorno de la gloria de D-s al templo de Jerusalén (43.15; 10.18–22), y revela un gran horror hacia cuanto significa impureza ritual (4.14) y una
extrema minuciosidad en la distinción entre lo sagrado y lo profano (43.6-46.24).
Los capítulos finales (40-48) contienen una visión del profeta referida a la situación del
pueblo de Israel, cuando en el futuro se reorganice como nación y vuelva a celebrarse el
culto en el Templo restaurado (40; 43.7, 18).
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Principales temas del libro:
1. Vocación de Ezequiel (1.1-3.27)
2. Profecías acerca de la caída de Jerusalén (4.1-24.27)
3. Profecías contra las naciones paganas (25.1-32.32)
4. La restauración de Israel (33.1-39.29)
5. El nuevo Templo en la Jerusalén futura (40.1-48.35)
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Análisis del Libro del Profeta Oshea (Oseas)
Mensaje Espiritual: La apostasía equivale a adulterio espiritual.
D-s, el esposo, 2:20 :
"Te desposaré conmigo en fidelidad, y
conocerás a D-s."
Israel, la esposa infiel, 2:2 :
¡Contended con vuestra madre,
contended, porque ella no es mi mujer ni
yo su marido! Que aparte de su rostro sus
prostituciones, y sus adulterios de entre
sus pechos…!
El profeta y su medio
Oseas hijo de Beeri ejerció su actividad profética aproximadamente entre los años 750 y
730 a.e.c., durante los reinados «de Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías, reyes de Judá, y en
días de Jeroboam hijo de Joás, rey de Israel» (Os 1.1). Inició su ministerio público poco
después de Amós, aunque lo desempeñó durante bastante más tiempo que él (Os 1.1;
Am 1.1) y predicando en el mismo escenario: Israel (cf. Am 7.12), de donde Oseas
procedía.
El largo y próspero gobierno de Jeroboam II (783-743 a.e.c.) aún no había finalizado
cuando este profeta comenzó a actuar. En su discurso hace frecuentes alusiones a la
situación política del reino del norte. Tales alusiones, a veces difíciles de interpretar, son
en otros momentos un claro anuncio del desastre al que se dirigía el país, del inevitable
final que había de llegarle con la caída de Samaria, arrasada en el 721 a.e.c. por el furor
del ejército asirio (2 R 17.1-6). Respecto a si el propio profeta fue o no testigo presencial
de aquellos trágicos acontecimientos que determinaron el final de la independencia
política de Israel, nada dice el libro.
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El libro y su mensaje
El libro de Oshea, Oseas (=Os), está compuesto de dos secciones. La primera (caps. 1-3)
se caracteriza por su unidad temática. La segunda, de contenido más heterogéneo, abarca
el resto del libro (caps. 4-14).
La literatura de Oseas es apasionada, llena de vehemencia. En ella, más que en la de
ningún otro profeta, se revelan intensos y mezclados sentimientos de amor y de ira, de
esperanza y desilusión. La indiferencia de Israel y su rebeldía frente a las manifestaciones
de la paciencia y la misericordia de D-s se resuelven en un lenguaje sumario, conciso,
construido con frases tan cortas y rápidas que a veces resulta oscuro y de traducción
difícil e insegura.
El comienzo del mensaje de Oseas es de un extraordinario vigor dramático. Desde la
consideración de su propia vida conyugal y de las circunstancias que la rodean, el profeta
denuncia la infidelidad de Israel hacia D-s, quien a pesar de todo sigue teniéndolo por su
pueblo escogido. Quizás el rasgo más notable del discurso sea su expresión de las
relaciones entre D-s e Israel como una relación de amor y frustración entre marido y
mujer. Y ese es también el núcleo de la predicación profética: Israel ha sido infiel a D-s,
pero D-s no ha dejado de amar a Israel.
Del cap. 4 en adelante, el profeta pasa revista a la perversión en que se halla sumida la
sociedad israelita. Todo en ella está deteriorado o trastocado: el culto, el sacerdocio, la
justicia, la moral y la política, e Israel sufrirá las consecuencias de su desvío. Con todo,
aún queda lugar para la esperanza, evocada en el cap. 11 con acento emocionado: «Con
cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor» (v. 4), por más que «Mi pueblo está
aferrado a la rebelión contra mí» (v. 7). Luego, en el cap. 14, habiendo suplicado:
«Vuelve, Israel, a D-s, tu D-s» (v. 1), el profeta anuncia: «Yo los sanaré de su rebelión, los
amaré de pura gracia» (v. 4). Nadie antes había proclamado con tan patética intensidad
que es mayor la profundidad del amor divino que los abismos del pecado; que sobre el
enojo causado por la ofensa, prevalecen en D-s la compasión y el perdón.
La lucha de Oseas contra la idolatría se desarrolla en un marco bien definido. Los
israelitas habían sucumbido a la tentación de ofrecer culto a D-ses extraños,
especialmente a D-ses de la fertilidad propios de otras gentes pobladoras de Canaán (8.414). Eran rituales politeístas en súplica de ayuda y protección para los ganados y las
cosechas; ceremonias idolátricas que Oseas denuncia y combate.
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También caracterizan a este libro el respeto y aun la veneración con que se refiere al
ministerio profético, cuyos orígenes se remontan a Moisés, pues por medio de él D-s
«hizo subir a Israel de Egipto» (12.13). En cuanto a temas de orden político, Oseas
afirma que Israel no debe buscar salvación en alianzas con Egipto o Asiria (12.1; 14.3; Is
30.1–5), sino solamente en D-s.
La profecía de Oseas es, en resumen, un ataque frontal contra los pecados cometidos por
el pueblo, que ha pecado siendo infiel a D-s y ha adorado los ídolos de dioses ajenos.
Israel se ha hecho así merecedor de castigo; sin embargo, el Señor no le ha cerrado su
corazón, porque sigue amándolo y cuidando de él (2.19–20). Otra vez el Señor lo llevará
al desierto (2.14) y le dará por morada tiendas de campaña (12.9), y allí le dirá: «Tú eres
mi pueblo», e Israel le responderá: «D-s mío» (2.23).
Principales temas del libro:
1. Primera parte (1.1-3.5)
a. Título
b. Vida conyugal del profeta
2. Segunda parte (4.1–14.9)
a. Infidelidad y castigo de Israel
b. Arrepentimiento de Israel y su recompensa
c. Advertencia final
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Análisis del Libro del Profeta Joel
El profeta
El comienzo del libro de Joel (=Jl) aporta el único dato conocido acerca de la
personalidad del profeta: «Joel hijo de Petuel» (1.1). Fuera de esto, no existe noticia
alguna que permita saber cuándo ni dónde vivió Joel, ni cuál fue su lugar de origen o su
edad y actividad.
Semejante falta de información biográfica ha dado pie a diversas conjeturas relativas a la
época en que el profeta ejerció su ministerio y, por tanto, relativas a las gentes a quienes
dirigió su mensaje o a las naciones a las que hizo referencia.
Tan solo algunos velados indicios puestos al descubierto por el análisis literario del texto,
permiten suponer que Joel predicó en fechas posteriores al exilio en Babilonia, quizás
alrededor del año 400 a.e.c. Se puede pensar que el desastre del año 586 a.e.c., con la
destrucción de Jerusalén y la cautividad babilónica de sus habitantes (2 R 25.1-26), está
presente en la mente de Joel cuando anuncia el castigo divino contra las naciones que
«esparcieron» a Israel, «repartieron» la tierra de Judá, enviaron al destierro a los habitantes
de Jerusalén y hasta los vendieron como esclavos a los griegos (3.2-6). En apoyo de esta
hipótesis puede observarse también que, según Joel, la autoridad en Jerusalén está en
manos de los ancianos y de los sacerdotes. Ya no la asume el rey ni descansa en los
funcionarios de la monarquía, institución que este libro no menciona.
A diferencia de los profetas anteriores al exilio, Joel se une en su mensaje al dolor de los
sacerdotes, porque del Templo ha desaparecido «la ofrenda y la libación» (1.9), es decir,
porque se ha interrumpido la actividad cúltica junto con todo lo que ella implica (1.9, 13,
14, 16; 2.14-15). En este libro parecen resonar las palabras de algunos de aquellos
profetas preexílicos: comparar 1.15 con Is 13.6; 2.32; Abd 17; 3.16; Am 1.2; 3.18; Am
9.13.
El libro y su mensaje
El mensaje de este profeta está enteramente enfocado en una misma dirección: «Viene el
día de D-s,... día de tinieblas y de oscuridad,... grande y espantoso» (2.1, 2, 31). Pero sobre
el telón de fondo del juicio de D-s, Joel describe lo dramático del momento presente: una
terrible plaga de langostas ha caído sobre el país como un ejército bien entrenado, y ni
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una brizna de vegetación ha quedado después que ellas pasaran en oleadas devorándolo
todo (1.4, 6-7). Pero ahí no acaban las cosas, sino que al ataque de las langostas le sigue
una gravísima sequía, que deja sin agua ni alimentos a personas y a bestias. La situación
llega a ser extremadamente crítica, de modo que incluso el culto en el Templo se resiente,
pues por la escasez de cereales y de vino se hace necesario restringir las ofrendas y las
libaciones (1.9, 13, 16).
En esas circunstancias, Joel invita a los sacerdotes a que convoquen al pueblo de Judá
para que se reúna en el Templo, en asamblea (1.14; 2.15-16), a fin de ayunar y condolerse
delante de D-s y, sobre todo, de demostrar un sincero arrepentimiento (2.13).
Pese a la inmediatez de los acontecimientos narrados, el profeta no pierde de vista el
objeto último y principal de su anuncio: las presentes penalidades son el preludio del
momento en que D-s, Señor y Juez universal, habrá de juzgar a todos los pueblos y
naciones de la tierra (1.15; 2.1–2; 3.14). Ese instante último y terrible será el día ante el
cual «se pondrán pálidos todos los semblantes» (2.6). Aunque también será un día de
gracia y de salvación, porque «todo aquel que invoque el nombre de D-s será salvo»
(2.32).
Así, a cuantos presten atención a este mensaje se les anuncia las maravillas de D-s, sus
grandes obras en favor de ellos y su voluntad misericordiosa (2.21, 18–27; 3.18–24).
Principales temas del libro:
1. Devastación de la langosta; el "día de D-s" (1.1–2.2a)
2. Nuevo anuncio del "día de D-s" (2.2b-11)
3. La misericordia de D-s (2.12–27)
4. Juicio de D-s sobre las naciones (3.1–15)
5. Liberación de Judá (3.16–21)
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Análisis del Libro del Profeta Amós
Fecha: Profetizó durante los reinados de Joroboam II en Israel, y Uzías en Judá.
El profeta y su medio
Amós fue uno de los grandes profetas del siglo 8 a.e.c., aunque él prefería verse a sí
mismo como un hombre sencillo, dedicado a sus trabajos campesinos, como «uno de los
pastores de Tecoa» (1.1). Así lo manifiesta en su controversia con el sacerdote Amasías,
que lo acusa de traicionar al rey de Israel: «No soy profeta ni soy hijo de profeta, sino que
soy boyero y recojo higos silvestres» (7.14).
Llegó, sin embargo, un día en el que tuvo lugar la transformación de Amós en el
mensajero enviado por D-s a profetizar en el reino del norte. Como él mismo dice: «D-s
me tomó de detrás del ganado, y me dijo: "Ve y profetiza a mi pueblo Israel"» (7.15).
A unos 10 km. al sur de Bet Lejem, cerca del Mar Muerto y como colgada entre las
montañas de Judá, se encontraba la pequeña ciudad de Tecoa. Amós residía en ella,
aunque por alguna razón que ignoramos desarrolló en el reino del norte su actividad
profética. Debió de hacerlo alrededor del año 750 a.e.c., «dos años antes del terremoto»
(Zac 14.5), durante el reinado de Jeroboam II (783-743 a.e.c.).
Era aquella una época de prosperidad para el reino. Bajo el cetro de Jeroboam, el
comercio con otros países enriqueció al estado; Israel recobró el esplendor de los días de
David, y por la fuerza de las armas (6.13) logró recuperar territorios que había perdido al
oriente del Jordán (2 R 14.25).
Ciertamente, los éxitos militares y el incremento de la riqueza despertaron en el pueblo
grandes entusiasmos; pero al propio tiempo fueron causa de que creciera la desigualdad
entre los diversos estratos sociales. Los ricos aumentaron sus riquezas, en tanto que los
pobres se hundían cada vez más en la miseria. El pueblo humilde sufría la opresión de los
poderosos, una opresión agravada por la corrupción de los jueces y de los tribunales de
justicia (2.6-7; 5.7-12). Incluso la vida religiosa se había corrompido. El culto se contagió
de las prácticas paganas de otras gentes (5.26), y las ceremonias religiosas, externamente
espléndidas, perdieron su autenticidad y su piedad sincera (5.21-23).
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El libro y su mensaje
Comienza el libro de Amós (=Am) con el anuncio del castigo que van a sufrir las naciones
y ciudades vecinas a Israel a causa de la crueldad de su conducta en la guerra. Damasco,
Bet-edén, Gaza, Asdod y otros lugares son mencionados en una serie de oráculos que
preceden al de la condenación a que también Judá e Israel se han hecho acreedoras (1.32.16); pues no por ser ellas el pueblo escogido, dejará D-s impunes los pecados que
cometieron. Muy al contrario, precisamente a causa de su elección es mayor el
compromiso contraído por Israel y mayor su responsabilidad ante los ojos de D-s. En
consecuencia, más severa será la sanción que merezca su conducta (3.1-2).
El mensaje central de Amós representa así una dura crítica contra la sociedad israelita de
la época. Fustiga el profeta la injusticia social reinante, el enriquecimiento de muchos a
costa de los débiles, explotados sin compasión (3.10; 5.11; 8.4-6); el soborno y la
prevaricación de jueces y tribunales (5.12); la opresión, la violencia y hasta la esclavitud a
que los más pobres son sometidos (2.6; 8.6).
El profeta proclama que el Señor no permanecerá indiferente ante tales pecados, sino que
castigará a quienes los cometen (2.13-16; 4.2-3; 5.18-20; 8.3); por eso urge a todo Israel:
«¡Prepárate para venir al encuentro de tu D-s!» (4.12).
La última parte del libro (7.1-9.10) contiene una serie de visiones que profetizan la
imposibilidad de escapar al juicio de D-s, al castigo inminente que ha de sobrevenir a
pesar de las insistentes súplicas de Amós (7.2, 5). Pero si bien tales juicio y castigo son
ineludibles, también es cierto que D-s no quiere destruir a Israel, sino reconstruirlo y
restaurarlo, para que siga siendo, ya en libertad, el pueblo de su elección (9.11-15).
Principales temas del libro:
1. Juicios contra las naciones vecinas (1.1-2.5)
2. Juicio contra Israel (2.6-16)
3. Denuncias y amenazas (3.1–6.14)
4. Visiones de castigo (7.1-9.10)
5. Restauración futura de Israel (9.11-15)
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Análisis del Libro del Profeta Ovadia (Abdías)
La profecía se centra en torno a una disputa antigua entre Edom e Israel. Los edomitas
eran descendientes de Esaú y le tenían mala voluntad a Israel porque Jacob había
estafado a su predecesor de sus derechos de primogenitura. (Gn 25:21- 34; 27:41).
Lección Espiritual: El especial cuidado providencial de D-s hacia el pueblo de Israel y
la certeza del castigo para aquellos que los persigan.
El profeta
Aun cuando la investigación histórica no ha logrado aportar datos exactos acerca de la
persona y las actividades del profeta Abdías, sí que da como probable que este libro, el
más breve del Tanaj, fuera redactado en Judá; e incluso se apunta al siglo 5 a.e.c. como
posible época de su composición.
El libro y su mensaje
La profecía de Abdías (=Abd) es una apasionada diatriba contra Edom, un anuncio del
juicio y del castigo que habían de caer sobre aquel pueblo a causa de la violencia con que
se volvió contra su «hermano Jacob» (v.1), contra la nación israelita. Porque Edom, que
primeramente se había unido con otros pueblos a Israel en alianza bélica contra
Babilonia, después, traicionando el acuerdo, cuando el ejército de Nabucodonosor sitió a
Jerusalén se pasó al bando de los vencedores, para entrar a saquear la ciudad y repartir
con ellos tierras y botín (v. 11–14).
Estos hechos reavivaron la enemistad que ya de antiguo enfrentaba a los descendientes
de Esaú con los de Jacob, o sea, a Edom con Israel (Gn 25.30; 32.28; 25.23); enemistad
que se manifiesta especialmente en algunos textos pertenecientes a los períodos exílico y
postexílico (Sal 137.7; Is 34; Lam 4.21; Ez 25.12-14; 35).
En la primera sección del libro (1-14), el pensamiento de Abdías coincide con ciertos
versículos del capítulo 49 de Jeremías: Abd 1b-4 y Jer 49.14–16; Abd 5 y Jer 49.9; Abd 6
y Jer 49.10a. Luego, en la segunda parte (v. 15-18), el texto se orienta en sentido
escatológico. El profeta contempla entonces la proximidad del «día de D-s», el día del
juicio que ha de llegar a todas las naciones, el día en que el Señor les dará el pago que
hayan merecido sus malas acciones (v. 15-16).
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Israel, en cambio, será restaurado; los que antes fueron cautivos y oprimidos, poseerán la
tierra y formarán parte del «reino de D-s» (v. 19-21).
Principales temas del libro:
1. Humillación de Edom (1-14)
2. El día de D-s y el juicio de las naciones (15-18)
3. La exaltación de Israel (19-21)
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Análisis del Libro del Profeta Ioná (Jonás)
El profeta y el mensaje
La mención de Amitai, el padre de Jonás (1.1), es la única noticia que el libro de Ioná,
Jonás (=Jon), facilita para la identificación personal del profeta. Es la misma información
que se halla en 2 R 14.23-25, donde se añade que Jonás vivió en tiempos de Jeroboam II,
rey de Israel (783-743 a.e.c.). Sin embargo, de un modo diferente al habitual de prestar a
la figura del profeta una atención meramente circunstancial (por ej.:Is 6.5; Jer 7.1-15;
26.1-19; Os 1.2–3.5; Am 7.10-17), el libro de Jonás, escrito probablemente mucho más
tarde, consiste de principio a fin en una especie de relato biográfico. Se trata de la
peripecia protagonizada por el propio profeta, un hombre que, en contra de sus deseos,
es enviado por D-s a cumplir fuera de Israel, en Nínive, la lejana capital del imperio
asirio, el arduo cometido de anunciar a sus habitantes que en el término de cuarenta días
la ciudad sería destruida (3.4).
La narración propone a Nínive como paradigma del pecado. A los ojos de D-s, la maldad
ha crecido allí (1.2) hasta el punto de que su inminente castigo ya ha sido decretado. La
gravedad del asunto convierte en sumamente delicada la misión del profeta. Este,
consciente del problema, busca en la huida la manera de zafarse de su responsabilidad, y
en vez de emprender hacia oriente el camino que conducía por tierra a la capital de
Asiria, se embarca en una nave rumbo a Tarsis, hacia occidente, para escapar «de la
presencia de D-s» (1.3).
Desde la perspectiva de su negativa a cumplir el mandato divino, Jonás puede ser
comparado a otros profetas del Tanaj que igualmente se resistieron a aceptar la misión
que D-s les encomendaba. Moisés, Elías, Jeremías y otros, apelando a posibles razones de
incompetencia, debilidad o temor, trataron, lo mismo que Jonás, de evitar la
responsabilidad que D-s cargaba sobre sus hombros.
Pero probablemente fue Jonás el profeta que con mayor tenacidad mantuvo su
resistencia. Y cuando se vio forzado a ir a Nínive y comunicar el mensaje de que era
portador, lo hizo con enojo, llegando al extremo de lamentar amargamente la salvación
de la ciudad a la cual había él anunciado la inminencia del desastre. Le dolió que los
ninivitas se convirtieran de su mala conducta, y que D-s se volviera atrás «del mal que
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había anunciado hacerles, y no lo hizo» (3.10). Porque Jonás, que no había tenido miedo
de confesar su nacionalidad y su fe (1.9), e incluso que no había dudado en ofrecer su
vida para que otros se salvaran (1.11-12), temía en cambio la pérdida de su prestigio de
profeta, temía quedar mal ante los ojos de los demás. Y prefería la muerte a seguir
viviendo tras lo que él consideraba el fracaso de su misión (4.1-3).
Por otra parte, en la figura de Jonás se descubre al israelita estrecho de miras, para quien
la salvación es un privilegio otorgado por D-s en forma exclusiva al pueblo judío. Pero
precisamente el desarrollo del relato conduce a la conclusión opuesta de que D-s no hace
diferencias entre un ser humano y otro. Esta es la actitud que el profeta no entiende en
D-s, en «su D-s», al que él oraba «desde el vientre del pez» (2.1). Sin embargo, en esa su
incapacidad de comprender el valor universal del amor de D-s radica la extraordinaria
fuerza dramática del libro. Todos, se trate de judíos o de gentiles, son objeto por igual de
la misericordia de D-s; y todo pecador que se arrepiente y cambia de conducta tiene la
puerta abierta a su perdón (1.16; 3.10; 4.10-11, Jer 18.8; Ez 18.23, 31-32).
Principales temas del libro:
1. Jonás huye de D-s (1.1-16)
2. Oración de Jonás (1.17-2.10)
3. El arrepentimiento de Nínive (3.1-10)
4. El enojo de Jonás (4.1-11)
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Análisis del Libro del Profeta Mijá (Miqueas)
Fecha: Profetizó durante los reinados de Jotam, Acaz y Ezequías, fue contemporáneo de
Isaías.
El profeta y su medio
El encabezamiento del libro (1.1) dice que Miqueas, natural de Moreset (o Moreset-gat,
1.14), lugar situado a unos 40 km. al sudoeste de Jerusalén, vivió «en los días de Jotam,
Acaz y Ezequías, reyes de Judá». Fue, por tanto, uno de los profetas del siglo VIII a.e.c.,
contemporáneo de Isaías (Is 1.1), Oseas (Os 1.1) y Amós (Am 1.1).
Miqueas, lo mismo que Isaías, ejerció su actividad en Judá; pero dirigió también sus
proclamas a Israel, el reino del norte. Y su talante, lo mismo que el de Amós («uno de los
pastores de Tecoa», Am 1.1), está marcado con el signo de la vida campesina. En este
profeta se descubre un interés inmediato por problemas característicos de la sociedad
agrícola. En medio de ella, sin duda, se había desarrollado su personalidad, puesto que las
labores del campo eran las propias de la Sefela, región a la que Moreset pertenecía, la
zona de monte bajo que se extiende entre las montañas de Judá y las llanuras de la costa
del mar Mediterráneo. Una tierra buena, de suaves y fértiles colinas, donde Miqueas vivió
desde niño las amarguras del campesino humilde y sometido a la prepotencia de quienes
«codician campos..., oprimen al hombre y a su familia, al hombre y a su heredad» (2.2).
El libro y su mensaje
El libro de Mijá, Miqueas (=Miq), consta de tres partes. La primera está formada por los
cap. 1-3, y en ella predominan los temas de índole social, con el mismo trasfondo crítico
propio del profetismo de aquella época. En la voz del profeta Mijá se perciben tonos
extremadamente duros cuando reprende a «Samaria y a Jerusalén», es decir, a Israel y a
Judá. Porque en ambas se fomenta la maldad de los gobernantes y los poderosos (3.1-3),
la injusticia de los jueces (3.9-10) y la corrupción de los sacerdotes y los profetas (3.5-7,
11); de modo que por causa de todos ellos, «Sión será un campo arado, Jerusalén se
convertirá en montones de ruinas y el monte de la Casa se cubrirá de bosque» (3.12).
Este terrible anuncio de la destrucción de Jerusalén y del Templo impresionó tan
profundamente a los habitantes de la ciudad santa, que un siglo después lo recogió
íntegramente Jeremías en su profecía (Jer 26.18).
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Los capítulos 4-5 componen la segunda sección del libro. Todavía se escucha en ella el
eco de las anteriores amenazas, pero en el pensamiento de Miqueas predomina ya la
esperanza de un tiempo último (4.1) en el que Judá e Israel andarán «en el nombre de
D-s, nuestro D-s, eternamente y para siempre» (4.5). Entonces habrá salvación, Jerusalén
será restaurada y acudirán a ella las naciones, diciendo: «Venid, subamos al monte de D-s,
a la casa del D-s de Jacob». Allí conocerán los caminos del Señor y recibirán la
instrucción de su palabra (4.1-2). Entonces se acabarán las guerras, y las armas se
transformarán en instrumentos de paz y de trabajo; entonces «convertirán sus espadas en
azadones y sus lanzas en hoces. Ninguna nación alzará la espada contra otra nación»
(4.3).
El texto de Miqueas, en su tercera sección (cap. 6-7), se dirige particularmente a Israel.
Hay un intenso acento de amargura cuando el profeta reprocha la infidelidad con que el
pueblo responde a la bondad de D-s: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho o en qué te he
molestado?» (6.3); porque en Israel triunfa la maldad (6.10-7.6), y es tanta la corrupción
moral, que la amistad se desvanece, la justicia se compra y se vende, la desconfianza
separa incluso a los cónyuges y la recíproca falta de respeto destruye la convivencia
familiar (7.1-6). Pero, no obstante, en la profecía prevalece la esperanza sobre todos estos
males, la seguridad de que todavía el Señor tendrá misericordia de los suyos, del pequeño
«remanente de su heredad» que haya quedado limpio de pecados e infidelidades tras la
prueba purificadora que el Señor traerá sobre Israel (7.18; 2.12; 4.6-7; 5.7-8). Miqueas, al
fin del libro, expresa su confianza en que el Señor, el cual «se deleita en la misericordia»
(7.18), cuidará a Israel también en el futuro, lo pastoreará como ya hizo «en el tiempo
pasado», cuando lo sacó de Egipto y le mostró sus maravillas (7.14-20).
Principales temas del libro:
1. El juicio de D-s sobre Israel y sobre Judá (1.1-3.12)
2. El reinado universal de D-s (4.1-5.15)
3. La corrupción de Israel y la misericordia de D-s (6.1-7.20)
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Análisis del Libro del Profeta Nahúm
El profeta y su medio
Lo que hasta el día de hoy se conoce en relación con la vida de Nahúm es exclusivamente
lo que el propio libro aporta: que nació en Elcosh (1.1). Pero incluso este dato es poco
significativo, ya que no se ha logrado identificar la población así llamada ni existe acuerdo
respecto a su emplazamiento. Unos piensan que Elcos pertenecía a Judá y estaba situada
en la región de la Sefela, cerca de Moreset-gat; otros, en cambio, suponen que estaba en
Galilea, y más concretamente en el lugar donde después se alzó la ciudad de Capernaúm.
La actividad de Nahúm parece corresponder al período entre los años 663 y el 612 a.e.c.,
y es probable que el libro fuera compuesto poco antes del 612 a.e.c., año en que los
aliados medo-caldeos atacaron y destruyeron la ciudad de Nínive.
Desde su aparición en el panorama general de la historia, los asirios se habían
manifestado como un pueblo belicoso y como los más feroces dominadores de las
naciones conquistadas, a las cuales sometieron a toda suerte de violencias y deportaciones
(2 R 17.3–6). Por eso, los pueblos del Medio Oriente, entre ellos el reino de Judá, que
durante un largo siglo habían sufrido el yugo de la opresión asiria ( 2 R 18.13-37),
celebraron con inmensa alegría la destrucción de Nínive.
El libro y su mensaje
La caída de aquella gran capital, centro vital del poder imperial de Asiria, constituye el
objeto único de la profecía de Nahúm. Alrededor del tan anhelado acontecimiento gira su
mensaje, que es un vibrante poema lleno de pasión.
De las tres partes en que puede dividirse el libro de Nahúm (=Nah), la primera (1.2-10) se
presenta en forma alfabética: hasta el v. 8, la letra inicial de cada verso sigue el orden del
alefato hebreo. El texto canta aquí la gloria de D-s, el «D-s celoso y vengador», cuyo
poder supera a cualquier poder humano y aun a las más violentas manifestaciones de la
naturaleza (1.3b-6). D-s, el D-s de Israel, protegerá a los suyos y los librará de sus
enemigos los asirios (1.8-10); él, que es el Señor de la historia y tiene en sus manos el
destino de las naciones, «consumirá a sus adversarios» (1.8) y hará que cambie la suerte de
Judá y de Israel.
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Los siguientes versículos (1.11-15) son un pasaje de transición en el que se entremezclan
las promesas de paz y restauración dirigidas al pueblo elegido, con la amenaza de los
males terribles que han de caer sobre Nínive.
Por último, en la tercera sección del libro (2.1-3.19), el profeta describe con acentos
patéticos el asalto a la ciudad odiada, la cual ha de arrastrar en su derrota el hundimiento
definitivo del imperio asirio. Ahora el ritmo poético del lenguaje de Nahúm, el
dramatismo de sus metáforas y la sonoridad de sus palabras evocan el rodar de los carros
de guerra, el galopar de los caballos y el furioso fragor de la batalla. Y hasta parece
escucharse, como brotando de ese fondo de desastre y de muerte, el clamor victorioso
del pueblo de D-s.
Principales temas del libro:
1. La ira vengadora de D-s (1.1-14)
2. Anuncio de la caída de Nínive (1.15-2.12)
3. Destrucción total de Nínive (2.13-3.19)
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Análisis del Libro del Profeta Habacuc
Texto Clave: 1:3
"¿Por qué me haces ver iniquidad y haces que vea tanta
maldad? Ante mí solo hay destrucción y violencia; pleito y
contienda se levantan."
El profeta y su medio
Este libro, octavo entre los doce denominados "profetas menores", no incluye el menor
dato personal de Habacuc, ni en parte alguna del Tanaj se vuelve a mencionar su nombre.
Partiendo de la referencia que en 1.6 se hace a «los caldeos, nación cruel y presurosa»,
algunos han deducido que Habacuc profetizó en tiempos cercanos a la destrucción de
Nínive (612 a.e.c.); pero, a falta de cualquier documento que permita fijar la fecha con
exactitud, hay también quienes piensan que la actividad del profeta debe fijarse entre el
año 605 a.e.c. (comienzo del reinado de Nabucodonosor en Babilonia -Jer 25.1) y el año
586 a.e.c. (destrucción y caída de Jerusalén -2 R 24.10-12). Las dificultades para la
identificación de la fecha de su actividad profética se acrecientan a causa del simbolismo
que más tarde adquirió la imagen de Babilonia, nombre que llegó a ser ejemplo cumbre
de opresión, maldad y violencia.
El libro y su mensaje
A partir del título del libro de Habacuc (=Hab), en 1.1, la profecía consta de tres secciones
bien diferenciadas.
La primera de ellas (1.2-2.4) es una especie de diálogo entre D-s y el profeta. Habacuc
clama a causa de la violencia y la injusticia practicadas ante sus propios ojos por las
gentes de su nación (1.2-4); y el Señor le responde afirmando que la maldad será
castigada y que los caldeos serán el brazo ejecutor del castigo (1.5-11). Pero con esta
respuesta crece la confusión del profeta, que no comprende cómo D-s puede valerse de
los crueles caldeos para invadir y arrasar el país: «¿Por qué... callas cuando destruye el
impío al que es más justo que él?» (1.13).
En la segunda parte (2.5-20), D-s invita al profeta a poner en él toda su confianza.
Vendrá un día en que también los caldeos serán abatidos. Su propia soberbia los
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consumirá cuando llegue el momento del triunfo de la justicia, cuando el malvado
recibirá el pago merecido, en tanto que «el justo por su fe vivirá» (2.4).
El capítulo 3 constituye la tercera sección del libro. Es una oración en forma de salmo,
compuesta para cantar la gloria de D-s y para expresar con un vibrante lenguaje poético
la seguridad del profeta en la protección que le dispensará el D-s de su salvación, el Señor
que es su fortaleza (3.18-19).
Principales temas del libro:
1. Habacuc se queja de injusticia (1.1-4)
2. Los caldeos castigarán a Judá (1.5-11)
3. Protesta de Habacuc (1.12-17)
4. D-s responde a Habacuc (2.1-5)
5. Oración de Habacuc (3.1-19)
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Análisis del Libro del Profeta Tzefania (Sofonías)
Tzefania profetizó durante el reinado de Josías, rey de Judá; se cree que pronunció su
profecía cerca de los comienzos del reinado de Josías, antes del avivamiento religioso que
se extendió sobre el reino en ese período. La tradición dice que Tzefania estaba asociado
con la profetisa Hulda y con Jeremías en la iniciación de la reforma del reino.
El profeta y su medio
El título de este escrito (1.1) incorpora los nombres de los ascendientes de Sofonías hasta
su tatarabuelo Ezequías, en el que algunos creen ver al rey de Judá a quien se refiere 2 R
18.1-20.21 ( 2 Cr 29.1-32.33; Is 36.1-39.8). Y ciertamente el nombre es el mismo, y el
tiempo en que vivió el antepasado del profeta parece corresponder también al del
gobierno de aquel monarca (721-693 a.e.c.); sin embargo, tales coincidencias no bastan
para llegar a la conclusión de que se trata de la misma persona.
El dato biográfico transmitido por el libro de Sofonías es que el profeta desarrolló su
actividad durante el reinado de Josías sobre Judá (640-609 a.e.c.). Fue en aquella época
cuando se recuperaron las antiguas tradiciones del pueblo y cuando se puso freno al
grave deterioro que la religiosidad judía había sufrido durante los reinados de Manasés y
de Amón (2 R 21-25); y fue también entonces cuando, habiéndose descubierto en el 622
a.e.c. el libro de la Ley, Josías emprendió la reforma del culto de Jerusalén (2 R 22.323.25; 2 Cr 34.8-35.19).
Probablemente, a Sofonías le tocó jugar un importante papel en el proceso del rearme
moral y espiritual de Judá; pero dado que su proclama encaja más bien en una época de
depravación y en una sociedad dominada por el paganismo, y además, dado que no
contiene la menor alusión a las reformas de Josías, es fácil suponer que la actividad del
profeta corresponde a un tiempo algo anterior a la puesta en marcha de la obra realizada
por el rey, quizás a los años 630 a 625 a.e.c.
El libro y su mensaje
El mensaje profético de Sofonías (=Sf) comienza con el anuncio de un desastre de
dimensiones universales. D-s afirma que, a causa de los pecados de Judá, va a destruir
«todas las cosas de sobre la faz de la tierra», lo mismo a seres humanos que a bestias.
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Solo se salvarán —«quizá»— los «humildes de la tierra» y los que de veras buscan actuar
con justicia (1.2-2.3). En una segunda sección (2.4-3.8), el oráculo del profeta se proyecta
más directamente sobre los enemigos de Judá. El juicio de D-s alcanzará a las naciones
paganas, desde los filisteos habitantes de las costas mediterráneas hasta los asirios de la
Mesopotamia. En tercer lugar (3.9-20), la voz de Sofonías proclama un mensaje de
esperanza dirigido al pequeño resto, al «resto de Israel» (v. 13), al «pueblo humilde y
pobre» (v.12) que habrá sobrevivido a la catástrofe. A este le anuncia el profeta «pureza
de labios» para invocar el nombre de D-s (v. 9), y liberación definitiva de toda cautividad
(v. 19).
El tema central del mensaje de Sofonías es el anunciado «día grande de D-s» (1.7, 10,14),
tema que ya había despertado el interés de otros profetas (Am 5.18-20). Sofonías lo
describe con sombrías pinceladas: «Día de ira aquel día, día de angustia y de aprieto, día
de alboroto y de asolamiento, día de tiniebla» (1.15). En él habrá clamor, castigo y
saqueo, y en él gritarán los valientes (1.8-13). Pero también ese día terrible pondrá fin al
dominio de la maldad sobre la tierra y a la indiferencia de quienes piensan que D-s
permanece ajeno al drama de la existencia humana (1.12).
Principales temas del libro:
1. El día de la ira de D-s (1.1-18)
2. Juicios contra las naciones vecinas (2.1-15)
3. El pecado de Jerusalén y su redención (3.1-20)
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Análisis del Libro del Profeta Jagai (Hageo)
Autor: El "Profeta del templo" se estima que nació durante los setenta años de
esclavitud en Babilonia y que regresó a Jerusalén con Zorobabel.
Tema Principal: Fuertes represiones por descuidar la construcción del templo, unidas a
alentadoras exhortaciones y promesas para los que para los que se comprometieran en la
obra.
Texto Clave: 2:4
"
Pues ahora, Zorobabel, anímate, dice D-s; anímate tú también, sumo
sacerdote Josué hijo de Josadac; cobrad ánimo, pueblo todo de la tierra,
dice D-s, y trabajad, porque yo estoy con vosotros, dice D-s de los
ejércitos."
El profeta y su medio
El profeta Hageo manifiesta, en el libro que lleva su nombre (=Hag), un especial interés
por la precisión de los datos históricos que aporta. Repetidamente incluye en el libro
fechas y noticias (1.1, 15; 2.1, 10, 20) que permiten señalar con exactitud el tiempo en que
comenzó a ejercer su actividad: el año 520 a.e.c., «segundo del rey Darío», que gobernó
entre el 521 y el 485 a.e.c.
Ciro, el monarca fundador del imperio persa, promulgó el año 538 a.e.c. su célebre edicto
(2 Cr 36.22–23; Esd 1.1-4) que puso fin a la cautividad judía en Babilonia (2 R 25.1-22).
Poco después, en el 537, los judíos que habían regresado a Jerusalén iniciaron con
entusiasmo la reconstrucción del Templo (Esd 1.1-11). Sin embargo, el entusiasmo inicial
desapareció pronto: en su lugar cundió entre la gente un profundo desaliento causado en
parte por los precarios medios de que disponían (1.6) y en parte por la intranquilidad de
tener que hacer frente a la actitud hostil de los samaritanos (Esd 4.1-4). Aquellas
circunstancias afectaron a las obras de restauración del Templo, hasta el punto de
provocar su paralización total (Esd 4.24) mientras que, en contraste, comenzaban a
aparecer en la propia Jerusalén hermosas mansiones para uso privado de adinerados
miembros de la comunidad (1.4).
La situación así creada, unida a la falta de estabilidad política que reinaba en el imperio
persa desde el año 522 a.e.c., iluminan el fondo del mensaje que el profeta Jagai había de
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comunicar al pueblo y a las autoridades más relevantes de Jerusalén: a Zorobabel,
gobernador de Judá, y a Josué, sumo sacerdote (Esd 5.1-2; 6.14).
El libro y su mensaje
La profecía de Hageo consiste básicamente en una exhortación a reanudar sin demora la
reconstrucción del Templo, el cual no podía permanecer más tiempo en estado de ruina,
sino que debía ser restaurado para gloria de D-s (1.8). La orden procede de D-s, y no
puede ser ignorada sin que de ello se deriven graves perjuicios para todos: la sequía, la
pérdida de cosechas y la pobreza, que serán los signos del enojo divino (1.9-11). En
cambio, D-s bendecirá y traerá una pronta y definitiva salvación a su pueblo, si con el
esfuerzo común el Templo es reconstruido (1.8; 2.6-9; 2.20-23).
La reacción positiva de Zorobabel y Josué a los requerimientos conjuntos de Hageo y
Zacarías (Esd 6.14) despertó el adormecido entusiasmo popular (1.12-14). Las obras se
pusieron de nuevo en marcha, sin pérdida de tiempo, y no mucho más tarde fue posible
celebrar con grandes manifestaciones de alegría la dedicación del recién restaurado
santuario (Esd 6.15-18).
Principales temas del libro:
1. Exhortación a reconstruir el Templo (1.1-15)
2. La gloria del nuevo templo (2.1-9)
3. Reprensión de la infidelidad del pueblo (2.10-19)
4. Promesa de D-s a Zorobabel (2.20-23)
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Análisis del Libro del Profeta Zejaria (Zacarías)
El profeta y su medio
El encabezamiento de este libro refiere el principio de la actividad profética de Zacarías
hijo de Berequías hijo de Iddo al «octavo mes del año segundo de Darío» (1.1). Este
monarca persa reinó entre el 522 y el 486 a.e.c., y como probablemente Zacarías
profetizó durante algo más de dos años, puede establecerse con bastante exactitud el
tiempo de su ministerio entre los años 520 y 518 a.e.c.
De comparar la fecha indicada por este profeta con la registrada en el título del libro de
Hageo (Hag 1.1), resulta que ambos fueron contemporáneos; Zacarías dio comienzo a su
ministerio tan solo un par de meses más tarde, conforme a una cronología que viene
determinada por los datos establecidos en los siguientes textos: 1.1, 7; 7.1.
El libro y su mensaje
El libro de Zacarías (=Zac) está compuesto de dos partes bien diferenciadas. La primera
comprende los caps. 1-8; y la segunda, los seis restantes: caps. 9-14.
Los primeros versículos del escrito (1.2-6) son un llamamiento dirigido a los repatriados
de la cautividad babilónica, a quienes el profeta exhorta al arrepentimiento y a la
conversión: «Volveos a mí, dice D-s de los ejércitos, y yo me volveré a vosotros» (v. 3).
La exhortación va seguida de una serie de complicadas visiones, llenas de símbolos, a
veces de difícil interpretación; en ellas, bajo la apariencia de un ángel, el Señor se presenta
al profeta, dialoga con él y responde a sus preguntas. Desde un punto de vista literario,
estas visiones se asemejan a las de Amós y Jeremías (Am 7.1-9.4; Jer 1.11-14).
Los textos que forman la primera parte del libro son básicamente comprensibles, a pesar
de las dificultades a que da lugar la proliferación de figuras simbólicas. De manera
destacada se encuentran presentes aquí temas como el del amor y la misericordia de D-s
para con Jerusalén (1.14, 16), la humillación de las naciones («cuernos») que causaron la
dispersión de Judá (1.21), la eliminación del pecado en el pueblo de D-s (5.3-4,8).
Atención especial del profeta Zacarías merece la reconstrucción del Templo (1.16; 4.8-10;
6.15); él, junto con Hageo, anima al pueblo a reanudar las obras interrumpidas (Esd 6.14),
cuya conclusión ha de redundar en beneficio del esplendor de Jerusalén, la ciudad
escogida por D-s para morar en ella (2.10-12; 8.3).
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Otro tema que preocupa a Zacarías es la sinceridad en la práctica del ayuno (7.2-14), una
práctica cuyo sentido pleno de gozo, alegría y solemne festividad (8.19) se alcanzará
cuando Jerusalén haya sido restaurada.
La segunda parte del libro apunta hacia una situación histórica distinta. Determinadas
diferencias de enfoque del mensaje profético, unidas a algunos indicios de carácter
cultural (por ej.: el uso del nombre de Grecia en el cap.9,13) corresponden mejor con
otra época que la vivida por Zacarías. Los investigadores opinan que los caps. 9-14 están
dirigidos a una época posterior, probablemente en los años de la expansión del helenismo
bajo el gobierno de Alejandro Magno (segunda mitad del siglo IV a.e.c.).
Sin texto alguno de transición, la profecía contempla en esta parte del libro el triunfo
final del Señor sobre las naciones enemigas (12.9; 14.12-15), a las cuales él mismo habrá
reunido previamente para combatir contra Jerusalén (14.2). Este será el castigo de la
ciudad para «purificación del pecado y de la inmundicia» de su infidelidad (13.1-3). Pero
luego Jerusalén será liberada, y «los habitantes de Jerusalén otra vez vivirán en su propia
ciudad» (12.6). Zacarías proclama al Señor como defensor de su pueblo y de Jerusalén
(9.8,15-16; 12.8), anuncia la reunión de todos los que estaban esparcidos en diversos
lugares (10.6-10), la anexión a Israel de los pueblos paganos (9.7; 14.16-17) y el reinado
definitivo de D-s (14.9, 16).
Principales temas del libro:
1. Llamamiento a volver a D-s (1.1-6)
2. Visiones simbólicas (1.7-6.8)
3. Coronación simbólica de Josué (6.9-15)
4. Instrucción sobre el ayuno.
5. Castigo de las naciones vecinas (9.1-8)
6. El futuro rey de Sión (9.9-17)
7. D-s redimirá a su pueblo (10.1-11.3)
9. La liberación de Jerusalén (12.1–13.9)
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Análisis del Libro del Profeta Malaquías
Texto Clave: 3:8
"¿Robará el hombre a D-s? Pues vosotros me habéis
robado. Y aún preguntáis: "¿En qué te hemos robado?".
En vuestros diezmos y ofrendas.
El profeta y su medio
Malaquías, el nombre que encabeza este breve escrito, es un derivado del término hebreo
malají, que significa «mi mensajero». Y dado que un profeta es propiamente un mensajero
de D-s, «Malaquías» puede interpretarse no solo como nombre de persona, sino también
como título de aquel a quien D-s encomienda un ministerio profético.
La aparición de este texto debió de tener lugar después que, a partir del año 516 a.e.c., se
reanudaran regularmente las ceremonias del culto (1.6-2.9) en el templo de Jerusalén, una
vez concluida su reconstrucción (3.10). Es probable que Malaquías ejerciera sus
funciones a finales del siglo 6 o a comienzos del 5 a.e.c., durante un período intermedio
entre la actividad de Hageo y Zacarías (segunda mitad del siglo 6 a.e.c.) y la de Esdras y
Nehemías, cerca de un siglo después. También puede pensarse que la predicación de
Malaquías abrió el camino a las reformas realizadas por Nehemías (Neh 13.25-27).
El libro y su mensaje
El libro de Malaquías (=Mal), es el último de los doce que forman el grupo de los
llamados Profetas menores, con los que concluye el Tanaj.
El texto de Malaquías se caracteriza por el tono polémico con que aborda los diferentes
temas. La propia armazón literaria del mensaje es una especie de discusión retórica, de
diálogo con sus destinatarios, a cuyas preguntas y objeciones responde el profeta. La
fórmula discursiva es la siguiente:
(a) D-s establece un principio general o condena una práctica reprobable habitual en el
pueblo;
(b) los interpelados responden planteando sus dudas y haciendo preguntas, introducidas a
veces de manera irónica por el profeta;
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(c) D-s interviene de nuevo, confirma y amplía lo que antes había dicho, añade más
reproches y anuncia el castigo de los culpables.
Objetivo inmediato de la reprobación profética de Malaquías son los sacerdotes que con
su negligencia permiten que el pecado se instale en el propio Templo (2.11), y que son los
responsables de que se cometan abusos en la celebración de los sacrificios (1.6-2.9); pero
también censura duramente a los malvados, los injustos, los impíos, los que repudian a su
esposa para unirse a una extranjera (2.10-16) y los que dejan de pagar sus diezmos
defraudando así al Señor. El juicio condenatorio de Malaquías se extiende a todos los que
no tienen temor de D-s (3.5).
Por otra parte, el mensaje del profeta revela el estado de ánimo en que se hallaban
muchos israelitas al cabo de varias décadas de la repatriación de los exiliados en
Babilonia. Las muchas dificultades económicas a que tenían que hacer frente, las
problemáticas relaciones con los pueblos de su entorno y el retraso en el cumplimiento
de las promesas que habían escuchado por boca de Hageo y Zacarías, dieron paso entre
ellos al desencanto y a las dudas sobre el amor y la justicia de D-s (2.17). Por eso,
Malaquías afirma con pasión que D-s ama a su pueblo (1.2) y que no dejará de cumplir
las promesas que le hizo. El día de D-s viene «ardiente como un horno», pero a los que
temen el nombre del Señor les «nacerá el sol de justicia, y en sus alas traerá salvación»
(4.1, 2).
Principales temas del libro:
1. El amor de D-s por Jacob (1.1-5)
2. D-s reprende a los sacerdotes (1.6-2.9)
3. Condena del repudio de la propia esposa y del matrimonio con
extranjeras (2.10-16)
4. El día del juicio se acerca (2.17–3.5)
5. El pago de los diezmos (3.6–12)
6. El justo y el malo (3.13–18)
7. El advenimiento del día de D-s (4.1–6)
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Análisis del Libro Tehilim (Salmos)
El libro de Tehilim (Salmos) está dividido en cinco libros que incluyen 150 capítulos. Los
temas predominantes son la oración y la alabanza, pero los Salmos cubren una gran
variedad de experiencias religiosas.
Este libro es llamado con frecuencia “Los Salmos del rey David” ya que éste fue el autor
de la mayoría de los mismos.
En muchos casos, no se ha determinado quien fue el autor de un salmo determinado. Es
probable que en algunos casos, el nombre atribuido a ciertos salmos se refiere al
recopilador más bien que al autor del mismo.
La siguiente es una lista sugerida de autores tomada de varias versiones de las Escrituras:
Atribuidos a David: 73.
Atribuidos a los hijos de Coré: 11.
Atribuidos a Asaf: 12.
Atribuidos a Hageo: 1.
Atribuidos a Zacarías: 1.
Atribuidos a Emán: 1.
Atribuidos a Etán: 1.
Atribuidos a Salomón: 2.
Atribuidos a Moisés: 1.
Atribuidos a Ezequías: Se desconoce.
Atribuidos a Esdras: 1.
El resto es anónimo.
El libro de los Salmos (=Sal) contiene cánticos, poemas y oraciones nacidos de la
experiencia religiosa de una comunidad que adora. El adorador, en los salmos, toma la
palabra para dirigirse a D-s y compartir las experiencias y las aspiraciones más profundas
del alma: luchas y esperanzas, triunfos y fracasos, adoración y rebeldía, gratitud y
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arrepentimiento; particularmente, el clamor que surge de la enfermedad, la pobreza, el
exilio, la injusticia y toda suerte de calamidades y miserias que afectan a la humanidad.
A través de la historia, los Salmos han servido de inspiración tanto para la comunidad
judía como para la cristiana. El pueblo de Israel dio expresión a su fe entonándolos en el
templo de Jerusalén, y el judaísmo los hizo parte esencial del culto en la sinagoga.
El libro de los Salmos, compilado al regreso del exilio en Babilonia sobre la base de
antiguas colecciones, incluye salmos que datan de un período que abarca más de seis
siglos, desde los albores mismos de Israel hasta la era postexílica; además, fue el himnario
que utilizaron los judíos durante la reconstrucción del templo de Jerusalén, conocido
como el Segundo Templo, después del exilio en Babilonia. El nombre hebreo del libro es
tejilim, plural de tejila, que significa "cántico de alabanza". El título castellano "Salmos" se
deriva de la Vulgata, donde recibe el nombre de Liber Psalmorum o "Libro de los salmos".
El latín, a su vez, lo toma de la Septuaginta (LXX), en la que este libro se llama Psalmoi o
"Cantos para instrumentos de cuerda", a pesar de que solo unos pocos de ellos se
identifican en el texto hebreo como "cantos para instrumentos de cuerda" (en hebreo
mizmor).
Géneros literarios en los Salmos
Una lectura atenta de los Salmos pone de relieve una serie de características de forma y
contenido que permiten clasificarlos en grupos, de acuerdo con su género literario. Por
otra parte, la identificación de estos géneros es muy importante para comprender los
salmos adecuadamente.
Podemos distinguir en el libro siguientes categorías de Salmos:
(a) Himnos, utilizados en la alabanza a D-s (8; 15; 19.1-6; 24; 29; 33; 46; 47; 48; 76; 84;
93; 96-100; 103-106; 113; 114; 117; 122; 135; 136; 145-150). Se incluyen dentro de esta
categoría dos subtipos de salmos: los himnos de entronización, que celebran a D-s como
Rey de toda la creación (47; 93; 96-100), y los cantos de Sión, que expresan la devoción a
Jerusalén y su santuario (46; 48; 76; 84; 87; 122).
(b) Lamentos o súplicas, tanto individuales, en petición de auxilio ante alguna aflicción
física o moral (3-7; 9-10; 12-14; 17; 22; 25; 26; 28; 31; 38-39; 41-43; 51; 54-59; 61; 63; 64;
69-71; 77; 86; 88; 94; 102; 109; 120; 130; 139-143), como colectivos, cuando todo el
pueblo implora ayuda en momentos de calamidad nacional, tales como una sequía, una
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epidemia o una grave derrota militar (44; 60; 74; 79; 80; 83; 85; 90; 123; 125-126; 129;
137).
(c) Cantos de confianza, en los que se expresa la certidumbre de la ayuda inminente de
D-s (11; 16; 23; 27; 62; 131).
(d) Acciones de gracias, expresiones de gratitud por la ayuda recibida (30; 32; 34; 40:1-11;
63; 65; 67; 75; 92; 103; 107; 111; 116; 118; 124; 136; 138).
(e) Relatos de historia sagrada, que narran las intervenciones redentoras de D-s (78; 105;
106; 135; 136).
(f) Salmos reales, que pueden ser de diversos géneros y que se usaban en ocasiones
especiales de la vida del monarca, tales como su coronación, su boda o alguna operación
militar (2; 18; 20; 21; 28; 45; 61; 63; 72; 84; 89; 101; 110; 132; 144).
(g) Salmos sapienciales o didácticos, que son meditaciones sobre la naturaleza de la vida
humana y de las acciones divinas (1; 37; 49; 73; 91; 112; 119; 127; 128; 133).
(h) Salmos de adoración y alabanza (15; 24; 50; 66; 68; 81; 82; 108; 115; 118; 121; 132;
134).
(i) Salmos de peregrinaje, que entonaban los peregrinos camino de Jerusalén o a su
regreso de la Ciudad Santa (84; 107; 122).
(j) Salmos de género mixto, (36; 40).
(k) Salmos acrósticos, que utilizan estructuras poéticas basadas en el alfabeto hebreo;
cada verso comienza con una letra sucesiva del alfabeto (9-10; 34; 119).
Estructura y numeración de los Salmos
El libro de Tehilim está dividido en cinco libros, cada uno de los cuales termina con una
doxología. A pesar de que estas doxologías hoy se numeran como versículos de un
salmo, en realidad son elementos independientes que cierran cada uno de los libros, con
excepción del Libro V en el cual el último salmo es la doxología, que, a su vez, cierra toda
la colección. La organización de los libros y las doxologías es como sigue:
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Libro 1
Salmo 1.1-41.12
Doxología 41.13
Libro 2
Salmo 42.1-72.17
Doxología 72.18-19
Colofón 72.20
Libro 3
Salmo 73.1-89.51
Doxología 89.52
Libro 4
Salmo 90.1–106.48
Doxología 106.48
Libro 5
Salmo 107.1-149.9
Doxología 150.1-6
Este arreglo posiblemente está hecho a imitación del Pentateuco: los cinco libros
corresponderían a los cinco rollos de la Ley. Es evidente que la compilación de los
salmos en estas cinco grandes divisiones es el resultado de un complejo proceso de
composición, lo que explica la repetición de algunos de ellos (14 y 53; 40.13-17 y 70;
57.7-11 y 108.1-5; 60.6-12 y 108.7-13).
La numeración de los salmos en el texto hebreo difiere de la utilizada en las versiones
griega (Septuaginta) y latina (Vulgata).
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Análisis del Libro Mishlei (Proverbios)
El libro
El libro de los Proverbios (=Pr) pertenece al grupo de los denominados genéricamente
"poéticos y sapienciales". Consta de una serie de colecciones que, en forma de máximas,
refranes, dichos y poemas, transmiten la antigua herencia de la sabiduría de Israel. El
contenido, en su conjunto, está encabezado por el título «Los proverbios de Salomón
hijo de David, rey de Israel» (1.1), razón por la cual la obra completa se ha atribuido a
menudo a aquel monarca, célebre por su sabiduría y autor de tres mil proverbios y mil
cinco cantares (1 R 4.29-34).
En efecto, una lectura atenta del libro pone pronto de relieve la complejidad de su
composición, que es mayor de lo que pudiera apreciarse a primera vista. Aparte de
Salomón, se cita como autores o recopiladores de dichos y sentencias a Agur hijo de
Jaqué (30.1) y al rey Lemuel (31.1), ambos, según se cree, oriundos de la tribu Massa,
descendientes de Ismael (Gn 25.14). En tres ocasiones se especifica que Salomón es
autor de los proverbios que siguen (1.1; 10.1; 25.1); en otras dos se atribuyen a "los
sabios" (22.17; 24.23), y en una se menciona la colaboración de los copistas al servicio de
Ezequías, rey de Judá (25.1).
Los proverbios y la sabiduría popular
La historia de todos los pueblos está plagada de hechos y acontecimientos en los que
siempre el ser humano ha tratado de comprender las claves de su propia realidad y su
relación con el mundo que lo rodea, y de adoptar los comportamientos idóneos para
todo momento y circunstancia de su existencia. La infinita variedad de fenómenos
conocidos y la observación de muchos de ellos, repetidos de manera regular y cíclica, ha
permitido enriquecer la experiencia de cada generación y deducir las actitudes que mejor
convienen al desarrollo de la vida y la cultura de la humanidad.
La más genuina sabiduría popular se basa en esa experiencia, acumulada y transmitida de
padres a hijos, frecuentemente en forma de máximas sencillas que, por lo general, son
como lecciones morales brevísimas y fáciles de retener en la memoria. La validez de
algunas de ellas queda a veces ceñida a un grupo humano de determinadas características
de raza, nación, religión, idioma o costumbres; pero también las hay que pasan de un
pueblo a otro y de una a otra época. Se trata, en este segundo caso, de pensamientos de
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valor universal que pueden integrarse de inmediato en culturas ajenas a la de origen. Así
sucede en buena medida en Proverbios, donde, por otra parte, también se aprecian reflejos
de sabiduría popular no israelita: mesopotámica, egipcia y de otros pueblos del antiguo
Oriente medio; por ejemplo, las dos colecciones de refranes atribuidas respectivamente a
Agur y a Lemuel (30.2–33 y 31.1–9), o el paralelismo existente entre Pr 22.17–23.12 y un
famoso texto del escriba egipcio Amenemope, de alrededor del año 1000 a.e.c.
Un proverbio de contenido sapiencial se llama “Mashal” en hebreo, palabra emparentada
con una raíz que, junto a otros significados, incluye el de "dominar" o "regir". Esta idea
tipifica al auténtico mashal como una expresión persuasiva y estimulante, cualquiera que
sea la forma en que se presente: como proverbio o refrán propiamente dicho, como máxima
moral o como sentencia que sopesa y compara diversas conductas y actitudes adoptadas
frente a la vida. En ocasiones, Mashal significa también parábola, alegoría, fábula e incluso
acertijo.
La sabiduría en el libro de los Proverbios
La sabiduría del libro Mishlei se centra en los ámbitos de la vida no regulados por
ordenanzas cúlticas ni mandamientos expresos del Señor. Por esta razón, la mayor parte
del libro no se refiere a temas propiamente religiosos. Se refiere, más bien, a los que son
específicos de la existencia humana, ya sea en su dimensión personal (el individuo) o
colectiva (la familia y la sociedad en general): la educación (13.24), la familia (12.4; 19.14;
21.9; 31.10-31), el adulterio (6.24; 23.27), la relación entre padres e hijos (10.1; 28.24;
30.17), la relación entre el rey y sus súbditos (14.35; 22.29; 25.6; 16.12), y la honradez en
los negocios (11.1; 20.10, 23). En algunas textos se plantean cuestiones generales de
moral (12.17; 15.21), y en otros se proponen reglas de urbanidad y conducta social (23.1–
3; 25.17; 27.1). En todos estos casos, lo evidente es que Proverbios considera la sabiduría
como un principio esencialmente práctico, fundamentado en la observación, la
experiencia y el sentido común, y orientado hacia los múltiples aspectos de la actividad
humana.
Sin embargo, no sería correcto olvidar que la religión de Israel también marcó con su
propio sello esa misma sabiduría que se adquiere por medio de la experiencia. Prueba de
ello es la afirmación que abre la primera de las colecciones de proverbios: «El principio
de la sabiduría es el temor de D-s» (1.7; 9.10; Job 28.28; Sal 111.10); lo cual significa que
la única verdadera sabiduría es la que entraña una forma de vida basada en la obediencia a
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D-s y manifestada en el amor a la bondad y a la justicia (9.10; 31.8-9; cf. 17.15, 23; 18.5).
Y en el poema en el que se elogia a la mujer virtuosa, con el que también se cierra el libro
(31.10–31), vuelve a hacerse mención del temor de D-s (v. 30).
En Proverbios, la mente de los sabios de Israel aparece como subyugada por la doctrina de
la retribución, es decir, del premio o el castigo que merece la actuación humana, según sea
buena o mala. Esta idea, que se presenta a menudo, se enuncia de modo terminante en
11.31: El justo será recompensado en la tierra; y otro tanto sucederá con el impío y el
pecador (3.31–35; 12.7, 14; 17.5; 24.12; 28.20). Pero como la experiencia demuestra que
la felicidad no siempre es en esta vida corona de la virtud, ni la desgracia lo es de la
maldad (Sal 73.1-12; Jer 12.1-2), llegó un momento en que el pensamiento de la
retribución, habiendo entrado en crisis, dio paso a la gozosa enseñanza del amor y el
perdón de D-s, ya recogida en libros como Job y Eclesiastés.
Principales temas del libro:
1. Introducción (1.1-7)
2. Primera colección: «Poemas» (1.8-9.18)
3. Segunda colección: «Proverbios de Salomón» (10.1-22.16)
4. Tercera colección: «Palabras de los sabios» (22.17-24.22)
5. Cuarta colección: «Dichos de los sabios» (24.23-34)
6. Quinta colección: «Proverbios de Salomón» (25.1-29.27)
7. Sexta colección: «Palabras de Agur» (30.1-33)
8. Séptima colección: «Palabras del rey Lemuel» (31.1-9)
9. Apéndice: «Elogio de la mujer virtuosa» (31.10-31)
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Análisis del Libro de Job
Fecha: Es objeto de una gran discusión. Es mirado por muchos eruditos como el libro
más antiguo de La Biblia; otros lo situan en fecha tan reciente como la tierra del exilio.
El libro
El libro de Job (=Job) es el primero de los cinco llamados con absoluta propiedad poéticos
y sapienciales. La prosa narrativa ocupa en él un espacio muy reducido; tan solo se
encuentra en el prólogo (cap. 1-2), en el epílogo (42.7-17), en un breve pasaje de
transición (32.1-6) y en algunos versículos introductorios del diálogo. El resto,
prácticamente la totalidad del cuerpo del escrito, es poesía.
El autor de esta obra cumbre de la literatura universal se revela en ella como un
consumado estilista. Con notable destreza maneja los recursos del idioma, combinando
de manera extraordinaria la profundidad de pensamiento con la belleza de un lenguaje
poético, sonoro y lleno de ritmo, rico en paralelismos e imágenes de singular plasticidad.
El prólogo
El prólogo consiste en la presentación de las circunstancias en que se desarrolla el drama
y de los personajes que en él intervienen. El protagonista, Job, es un rico hacendado (1.3)
que vive con su familia en Uz, población situada, según se cree, en la región aramea que
se extendía hacia el sudeste de Palestina. Hombre de fe, descrito como «perfecto y recto,
temeroso de D-s y apartado del mal» (1.1), Job es víctima de una cadena de desdichas que
lo dejan bruscamente sin hijos y sin hacienda, enfermo y reducido a una condición
miserable (7.4-5). A pesar de todas las desgracias, él confía en D-s y lo bendice (1.21), no
deja que sus labios pequen contra el Señor, y aun sale al paso de las quejas de la esposa
preguntándole: «¿Recibiremos de D-s el bien, y el mal no lo recibiremos?» (2.10).
En aquella situación, tres amigos del protagonista acuden «a condolerse con él y a
consolarlo»: «Elifaz, el temanita, Bildad, el suhita y Zofar, el naamatita» (2.11).
Contestando a los lamentos de Job, sus visitantes hablan por turno, y él responde a cada
intervención. De esta manera se disponen tres series de discursos (3.1–31.40), a cuyo
término aparece otro personaje, el joven «Eliú hijo de Baraquel, el buzita» (32.2, v.6), que
toma la palabra para reprender con ironía a Job y a sus amigos. Ninguno de ellos replica
al largo y afectado discurso de Eliú (32.6–37.24), después del cual es D-s mismo quien
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interviene y pone fin a todo el diálogo (38-41), al que solo seguirán unas palabras de
arrepentimiento pronunciadas por Job (42.1-6) inmediatamente antes del epílogo en
prosa.
El mensaje
El texto del cap. 3, ofrece el primero de los poemas. Job se lamenta de su desgracia en
términos que revelan una amargura profunda, muy distante de aquel ánimo sereno con
que en el prólogo hacía frente a la adversidad. Ahora predominan en Job las quejas y los
acentos apasionados, y sin cesar se pregunta por qué D-s envía sufrimientos a alguien
que, como él, siempre lo ha servido con fidelidad y nada malo ha hecho.
La respuesta de sus tres amigos se repite una y otra vez: la desgracia es el castigo del
pecado, de modo que un grave pecado ha de haber cometido Job, cuando D-s lo castiga
con tantos males; únicamente si se arrepiente volverá a gozar de las bendiciones del
Señor. Pero esta argumentación no satisface a Job; él sabe que no es culpable, y confía en
que D-s mismo sea testigo de su inocencia y lo justifique y le revele al fin el porqué de
tanto sufrimiento (31.35-37;19.25-27).
Concluida esta serie de discursos, interviene Eliú en el coloquio para reprochar la osadía
de Job y lo inadecuado de las respuestas de sus tres visitantes. El estilo de esta sección es
reiterativo y enfático. Eliú reclama la atención de los presentes, ante quienes se anuncia
como un maestro imparcial que, aun siendo joven, está bien capacitado para dar
lecciones y emitir sabios juicios (32.11-22) y acusaciones (34.7-9, 34-37).
No obstante el tono altanero de este personaje, sus palabras invitan a la reflexión. Porque
él exalta la justicia y la sabiduría, la santidad y la grandeza de D-s, y pone un énfasis
particular en el valor pedagógico del dolor humano. D-s, por medio del sufrimiento,
puede llevar al pecador a la conversión y a la salvación (36.5-16).
El último discurso pertenece a D-s, que habla «a Job desde un torbellino» (38.1; 40.6).
D-s se le manifiesta así, rompiendo el silencio que hasta entonces había guardado y del
que Job se había quejado a menudo. Pero, sorprendentemente, las palabras del Señor no
hacen referencia a los padecimientos de Job, sino que son una afirmación de la grandeza
de D-s, de su poder y de la sabiduría inescrutable de su gobierno universal. Job, tocado
en su conciencia, confiesa ser un ignorante y atrevido que «hablaba, y nada entendía»
(42.3). Aborreciéndose a sí mismo y arrepentido «en polvo y ceniza» (42.6), mantiene su
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confianza en D-s, aun cuando no haya logrado descifrar el misterio de los sufrimientos y
la infelicidad del inocente (38.1-42.6).
En la conclusión en prosa del libro, D-s reprende a los visitantes, alaba la fidelidad de Job
y le devuelve con creces lo que había perdido de hacienda, familia y amistades (42.10-15).
Es evidente que este libro no pretende establecer una teoría general acerca del
sufrimiento humano, ni tampoco una particular en torno a la infelicidad de que también
son objeto quienes aman al Señor y actúan con rectitud. Lo que el libro ofrece es el
planteamiento dialogado de dos puntos de vista sobre la causa de la desgracia: el
tradicional, sostenido por Elifaz, Bildad y Zofar, según el cual D-s premia en este mundo
al bueno y castiga al malo; y el que Job representa negándose a admitir que su infortunio
personal se deba a un castigo divino. En esta doble y contradictoria perspectiva, la voz de
D-s se deja oir finalmente para llevar a los dialogantes al reconocimiento de la
incapacidad humana de comprender lo misterioso de los designios divinos.
El libro
En cuanto a Job, como fenómeno literario, debe decirse en primer lugar que su autor fue
un poeta excepcional, tanto en lo concerniente al contenido de la obra como al dominio
del idioma. Un poeta que, además, poseía gran experiencia de la vida y una mente crítica
y audaz que lo impulsaba a discutir posiciones doctrinales tenidas en aquel entonces por
irrefutables.
Lo que no se conoce es la identidad del poeta ni la época en que vivió; respecto de estos
u otros datos personales, nada dice el texto. Sin embargo, partiendo de ciertos indicios,
puede reconocerse que la obra atravesó diversas etapas antes de alcanzar su forma
definitiva, posiblemente alrededor del siglo 5 a.e.c.
Principales temas del libro:
1. Prólogo (1.1-2.13)
2. Debate entre Job y sus tres amigos (3.1-27.23)
3. Himno a la sabiduría (28.1-28)
4. Defensa de Job (29.1-31.40)
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5. Intervención de Eliú (32.1-37.24)
6. Intervención de D-s y respuestas de Job (38.1-42.6)
7. Epílogo (42.7-17)
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Análisis del Libro Shir HaShirim (Cantar de los Cantares)
El libro
El título Cantar de los Cantares (=Cnt) comúnmente dado a este breve pero bellísimo libro,
es una expresión que se corresponde literalmente con la inicial del texto hebreo de la
Biblia: Shir Hashirim. Se trata de una fórmula idiomática muy condensada, cuyo sentido
puede explicarse con propiedad como: "el más hermoso de los cantos" o "el poema más
sublime". Cantares es un poema distribuido en estrofas, en las que, alternativamente, dos
enamorados manifiestan sus recíprocos sentimientos en un lenguaje apasionado, de alto
nivel literario y brillante colorido. Todo en este poema cuajado de símiles y espléndidas
metáforas se orienta a la exaltación del amor entre el hombre y la mujer, de esa irresistible
y mutua atracción que inspira las palabras y determina las actitudes de los enamorados.
En Cantares, el esposo mira a la esposa como a un dechado de perfecciones, la contempla
a través del cristal de cuanto él tiene por más apetecible, sea viña o fuente, jardín o
«nardo y azafrán» (1.6; 2.15; 4.12-14; 5.1; 8.12). La belleza de los enamorados y las
delicias del amor son como los frutos de la tierra, los lirios, el vino, la leche o el panal de
miel (4.3, 11; 5.1, 13; 6.2, 7; 7.7-9; 8.2). También, desde las más altas cumbres de la lírica,
el poema expresa a veces la angustia por la ausencia del ser amado (1.7; 3.1-3; 5.8), la
felicidad del encuentro (2.8-14; 3.4) y, sobre todo, el anhelo de la mutua entrega (1.2-4;
8.1–3).
La interpretación
A lo largo de la historia, el sentido de las metáforas propuestas por Shir Hashirim ha sido
rechazado a pesar de su evidencia. Para muchos intérpretes, es impensable que entre los
demás libros de la Biblia, exista uno de carácter secular, cuyo fin no fuera otro que
festejar la dicha de los esposos unidos por un amor propiamente humano.
Por eso, desde muy temprano se ha tratado de encontrar en el libro un segundo sentido,
de estricta naturaleza religiosa y oculto por debajo de lo que aparece a primera vista. Así,
el judaísmo lo interpretó como una exaltación alegórica del pacto de D-s con Israel.
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El autor
La mención de Salomón (1.1) induce a pensar que aquel rey, hijo de David y sabio entre
los sabios, fue el inspirado poeta a quien debemos Shir Hashirim. Pero a este respecto
debe señalarse que la frase hebrea traducida por «de Salomón», tanto puede significar que
él fue el autor del poema, como que el poema le fue dedicado o, simplemente, que
Salomón es el personaje a quien el poema hace referencia. En uno u otro caso, el hecho
indudable es que el nombre del rey pesó de modo definitivo en favor de que Cantares se
incluyera entre los libros sapienciales del pueblo de Israel.
Principales temas del libro:
1. Título (1.1)
2. Cantares (1.2-8.14):
Primero (1.2-2.7), Segundo (2.8-3.5), Tercero (3.6-5.1), Cuarto (5.2-6.3),
Quinto (6.4-8.4), Sexto (8.5-14).
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Análisis del Libro de Rut
Período: La época de los jueces.
El libro
Con esta pequeña joya de la literatura bíblica, el género narrativo hebreo se remonta a
una de sus más elevadas cotas artísticas. El libro lleva al lector a la época violenta y
convulsa de los "jueces" de Israel (1.1); pero, en contraste con el clima inquieto que
caracteriza la historia de aquellos héroes guerreros, Rut (=Rt) se presenta como un
delicioso canto a la paz y a la serenidad de la vida campesina.
La Biblia hebrea incluye este libro en la tercera sección del canon, en el grupo de los
Escritos (ketubim), entre Proverbios y Cantar de los Cantares. Tal colocación, unida a la
presencia en el texto de determinados datos culturales y lingüísticos, apunta a la
posibilidad de que Rut no alcanzara su forma definitiva hasta después del exilio
babilónico, en fecha posterior a la de los hechos que narra. En la versión griega de los
Setenta, el libro de Rut sigue al de Jueces, probablemente a causa del dato cronológico con
que comienza el texto.
El relato
Rut, una muchacha de Moab, es el personaje principal de la historia. Casada con un
israelita, hijo de Noemí, conoció muy pronto las amarguras de la viudez. Noemí,
procedente de Bet Lejem de Judá, había emigrado con su esposo y sus dos hijos a tierras
moabitas, donde murieron ellos tres, quedando Noemí «desamparada, sin sus dos hijos y
sin su marido» (1.5). En aquella dramática situación, resolvió regresar a Bet Lejem; y así
lo hizo, acompañada de su nuera Rut, que en un gesto de extraordinaria lealtad le había
declarado: «Tu pueblo será mi pueblo y tu D-s, mi D-s» (1.16; 1.16-18). Era Rut una
joven dotada de las más bellas cualidades: afectuosa, decidida y trabajadora, dispuesta
incluso a poner su honor en entredicho con tal de perpetuar el nombre de su difunto
esposo. El encanto personal de Rut atrajo en Bet Lejem a un pariente del marido de
Noemí, un tal Boaz, quien, conforme a leyes y costumbres de la época, la tomó por
esposa. Con el nacimiento de Oved, su primer hijo, quedó asegurada la supervivencia del
nombre familiar (4.10; 1.11-13). Los últimos versículos en el texto de Rut revelan que
Oved fue el abuelo paterno del rey David (4.17,21-22).
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Esto implica que Rut, una extranjera (2.10), no solo quedó incorporada al pueblo de
Israel, sino que es el origen de la dinastía de la Casa de David.
Junto a la rica personalidad de Rut, entra en juego la de Noemí, mujer generosa y sabia
en sus consejos (1.8-13; 2.22; 3.1-4), que con plena confianza en el Señor se enfrenta
decidida y valerosamente a un destino por demás doloroso.
El tercero de los personajes principales del libro es el hacendado Boaz, hombre
afectuoso, bien impuesto de sus derechos y decidido a hacerlos valer. Se muestra,
además, cumplidor de todos los compromisos a que lo obliga su condición de pariente de
Elimelec, entre los cuales está el matrimonio con Rut (4.3–12).
El mensaje
La historia, ubicada en la pequeña aldea de Bet Lejem de Judá, está contada en términos
de la vida diaria de gentes sencillas y de noble corazón. Frente al rigor de las
concepciones étnicas sustentadas por el pueblo de Israel recién implantado en Canaán entre ellas, la oposición a la unión de judío y extranjera (Esd 9-10; Neh 13.23-27).
Rut ofrece un mensaje abierto a la amistad y a la relación pacífica con el forastero.
Principales temas del libro:
1. La familia de Elimelec en Moab (1.1–5)
2. Noemí regresa con Rut a Bet Lejem (1.6–22)
3. Rut en el campo de Boaz (2.1–23)
4. Boaz se fija en Rut (3.1–18)
5. Boaz toma a Rut por esposa (4.1–17)
6. Los antepasados del rey David (4.18–22)
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Análisis del Libro Eijá (Lamentaciones)
Cronológicamente es una continuación del Libro de Jeremías.
Tema Principal: Es una serie de elegías en forma de acróstico, escritas para un duelo
nacional, que describen la toma y la destrucción de Jerusalén.
El título del libro
La Biblia hebrea lo titula Eijah ("¡Adónde...!"), conforme al uso judío de nombrar los
libros por el vocablo inicial de cada uno de ellos. Sin embargo, una tradición hebrea lo
había titulado anteriormente con el término Qinot, que, al igual que el griego, significa
"llantos", "lamentaciones", "cantos de duelo por un muerto" ( 2 Cr 35.25). Con este
mismo término se designaron más tarde los poemas compuestos con ocasión de alguna
contingencia desgraciada o catástrofe nacional (Jer 7.29; 9.10-11, 17-21; Am 5.1-2).
En el original hebreo, este libro no contiene indicación alguna que permita relacionarlo
con Jeremías. Al igual que sucede con el título, la referencia al profeta aparece en la
versión griega, en una nota preliminar que dice: "Sucedió cuando Israel fue llevado
cautivo y Jerusalén asolada, que Jeremías, llorando, se sentó y entonó esta lamentación
sobre Jerusalén, diciendo:... ". La nota del texto griego fue luego incluida en la Vulgata
(versión latina), y así se dio pie a que el libro fuera tradicionalmente conocido como
Lamentaciones de Jeremías.
Los motivos del libro
El trasfondo histórico de los cinco poemas que componen Lamentaciones (=Lm) es la
destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor en el 586 a.e.c. (2 R 5.1-21). Este triste
episodio comenzó algún tiempo después al ser recordado por el pueblo, que mostraba su
aflicción con oraciones, ayunos y otras expresiones de duelo (Jer 41.5; Zac 7.3; 8.19).
Además, junto a las ruinas del Templo celebraba determinadas ceremonias para mantener
despierta la memoria de aquella gran tragedia y, al propio tiempo, la esperanza de la
restauración nacional anunciada por los profetas (Jer 30.1-31.40).
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El libro y su mensaje
Este libro está constituido por cinco poemas que recogen el espíritu y los sentimientos
que animaban tales luctuosas celebraciones. Jerusalén, "la ciudad populosa", "la grande
entre las naciones", se representa en ellos como una mujer que se ha quedado viuda,
como una madre que ve desfallecer y morir de hambre a sus hijos, niños todavía (2.19,
22). Pero Lamentaciones no se reduce a llorar el desastre de Judá y de Jerusalén, sino que
una y otra vez lleva al pueblo a reconocer su propia responsabilidad y a confesarse
culpable delante de D-s: "Gravemente ha pecado Jerusalén, por lo cual ha sido movida
de su lugar; cuantos la honraban, la desprecian al ver su vergüenza, y ella suspira y se
vuelve atrás" (1.8; véase también 1.14, 20; 3.42; 4.6). Sobre todo, el pueblo reconoce que
Judá y Jerusalén merecieron la severidad con que las trató el Señor y que él nunca dejó de
actuar con perfecta justicia (1.18).
Meguilat Eijá contiene no solo expresiones de dolor personal o colectivo (1.12–16; 3.43–
47; 5.1–22), sino también otras que dan testimonio de la profunda fe del poeta que las
creó y de su total confianza en el Señor (3.21–24, 26). A ellas se unen cánticos de
alabanza (5.19), acciones de gracias (3.55–57) y exhortaciones a reconocer con sinceridad
de corazón que los acontecimientos adversos que nos sobrevienen son, a menudo, la
consecuencia ineludible de nuestras propias rebeldías (3.40–42).
La forma literaria
Los cuatro primeros poemas corresponden a los cuatro primeros capítulos de
Lamentaciones, cada uno de los cuales se compone de 22 estrofas dispuestas
alfabéticamente de acuerdo a las 22 letras del alfabeto hebreo. Es decir, la letra inicial de
cada estrofa se ajusta al orden establecido en el alfabeto hebreo. En cuanto al quinto
poema de Lamentaciones, no presenta la característica alfabética de los cuatro anteriores;
sin embargo, curiosamente, también fue compuesto sobre el referido esquema de 22
estrofas.
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Principales temas del libro:
1. Tristezas de Sión la cautiva (1.1-22)
2. Las tristezas de Sión vienen de D-s (2.1-22)
3. Esperanza de liberación por la misericordia de D-s (3.1-66)
4. El castigo de Sión consumado (4.1-22)
5. Oración del pueblo afligido (5.1-22)
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Análisis del Libro Kohelet (Eclesiastés)
Texto Clave: 12:13 "El fin de todo el discurso oído es este: Teme a D-s, y guarda sus
mandamientos; porque ese es todo el ser humano."
El título del libro
Este libro llamado “Kohelet” en hebreo, recibe el nombre de Eclesiastés en la traducción
Septuaginta. Ambos vocablos, el griego y el hebreo, significan prácticamente lo mismo:
"predicador", "orador", "persona encargada de convocar un auditorio y dirigirle la
palabra". Y en ambos casos se trata de términos derivados: Kohelet procede de Kahal, raíz
hebrea que con la idea de "reunión" o "asamblea".
El autor
Eclesiastés es el más breve de los escritos sapienciales. Su autor fue el rey Salomón, hijo
de David, conocido por ser “el más sabio de los hombres”. Sus esfuerzos estaban
guiados por su amor a la verdad y su preocupación por comunicarla de forma idónea,
con las palabras más adecuadas (12.9-10). Fue un pensador original y crítico, que no se
conformaba con repetir ideas ajenas o aceptar sin examen los postulados que la tradición
daba por irrebatibles.
Sin nombrar expresamente a Salomón, el autor se refiere a si mismo cuando alude al
«hijo de David, rey en Jerusalén» (1.1, 12) y cuando enumera (en primera persona) sus
obras y riquezas (2.4-9). Tales alusiones contribuyeron a dar carta de autoridad al libro de
Kohelet y a su autor, el rey sabio por excelencia.
El contenido de Eclesiastés
Más que un discurso pronunciado ante una asamblea, este libro parece un soliloquio. Es
una especie de discusión del autor consigo mismo, interna, en la que frecuentemente
considera realidades opuestas entre sí: la vida y la muerte, la sabiduría y la necedad, la
riqueza y la pobreza. En esta contraposición de conceptos, los aspectos negativos de la
realidad aparecen subrayados y como teñidos de un tono de hondo pesimismo. Sin
embargo, en ningún momento llega Eclesiastés al extremo de menospreciar o negar cuanto
de valioso tiene la vida; nunca deja de reconocer los aspectos positivos que forman parte
de la existencia y la experiencia del ser humano; trabajo, placer, familia, hacienda o
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sabiduría (2.11, 13). Pero tienen un valor relativo, de modo que ninguno de ellos (ni cada
uno de por sí, ni todos juntos) llega a satisfacer los anhelos más profundos del corazón.
Se interroga el autor de Kohelet por el sentido de la vida. Con absoluta sinceridad se
plantea la cuestión que más le preocupa y que él reduce a términos concretos
preguntándose: «¿Qué provecho obtiene el hombre de todo el trabajo con que se afana
debajo del sol?» (1.3). Lo que equivale a: ¿Qué debe conocer, saber y hacer el ser humano
para vivir de manera plenamente satisfactoria?
En busca de la respuesta que mejor convenga a esta pregunta fundamental, el escritor
analiza y critica con sistemática atención los diversos caminos que podrían conducirle a
su objetivo: el placer (2.1), la sabiduría (1.13) o la realización de grandes empresas (2.4).
Pero descubre que al término de todos sus esfuerzos le espera idéntica decepción, la que
él resume en las pocas palabras de su célebre aforismo: «Vanidad de vanidades, todo es
vanidad» (1.2; 12.8). Porque, en fin de cuentas, la actividad de D-s en el mundo es un
misterio impenetrable para la sabiduría humana, incapaz ella misma de descorrer el velo
que lo envuelve. Eclesiastés trata de descifrar el enigma de la existencia y de penetrar el
sentido de las cosas apoyándose tan solo en su experiencia personal y en sus propios
razonamientos. Esta actitud crítica lo distancío del sereno optimismo que revela el libro
de Proverbios, y le impidió compartir la gran esperanza de los profetas del pueblo de Israel;
sin embargo, concluye con la afirmación de que «el todo del hombre » (12.13) se halla en
la relación de este con D-s.
Principales temas del libro:
1. La experiencia de vida del autor (1.1–2.26)
2. Juicios del autor en torno a la existencia humana (3.1–12.8)
3. Conclusión (12.9–14)
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Análisis del Libro de Ester
Contenido del libro
Asuero, el nombre que recibe el rey persa citado en el libro de Ester (=Est), designa en la
Biblia hebrea al que la historia profana conoce como Jerjes. En su tiempo (485-465 a.e.c.),
el territorio persa se extendía por levante hasta la India y por poniente hasta Etiopía (1.1).
La residencia del monarca se encontraba en Susa (1.2), la antigua ciudad donde se
desarrolla íntegramente la acción dramática del relato.
En medio de un gran despliegue de lujos orientales, Asuero repudia a su esposa, la reina
Vasti, y la sustituye por Ester, una bellísima joven judía, sobrina y pupila de Mardoqueo.
Entre este y el amalecita Amán, primer ministro del Imperio, surge un grave conflicto
que culmina con la real orden, cursada a cada una de las provincias de Persia, «de
destruir, matar y aniquilar a todos los judíos, jóvenes y ancianos, niños y mujeres, y de
apoderarse de sus bienes, en un mismo día» (3.13). Pero Mardoqueo, que ya en una
ocasión había salvado la vida a Asuero (2.21-23), también ahora, con la ayuda de Ester,
logra librar a su pueblo de la destrucción decretada. Amán, enemigo de los judíos, fue
ahorcado; y luego, a filo de espada, los judíos mataron a todos los que los odiaban (9.5).
Incluso la propia Ester instigó a que también se colgara a los diez hijos de Amán (9.1314). La historia concluye con la institución de la fiesta de Purim (plural de «Pur, que quiere
decir "suerte"», 9.24), celebrada los días 14 y 15 del mes de Adar (entre febrero y marzo).
El origen de Ester puede probablemente remontarse a finales del período persa, más o
menos hacia la primera mitad del siglo 4 a.e.c. Es posible que el libro se escribiera fuera
de Palestina y que respondiera al deseo de demostrar que la fiesta de Purim se basaba en
una historia de liberación del pueblo judío, del mismo modo que la Pascua tenía por
fundamento la historia de su liberación de la esclavitud en Egipto.
Principales temas del libro:
1. Proclamación de Ester como reina (1.1–2.23)
2. Amán trama destruir a todos los judíos (3.1–5.14)
3. Ester y Mardoqueo logran salvar al pueblo judío (6.1–9.19)
4. Institución de la fiesta de Purim (9.20–10.3)
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Análisis del Libro del Profeta Daniel
Autor: Daniel, al igual que Ezequiel, estuvo cautivo en Babilonia, fue traído al rey
Nabuconodosor en su juventud e instruido en la lengua y en las ciencias babilónicas.
Tema Principal: La soberanía de D-s sobre los asuntos de los hombres en todas las
épocas. Las confesiones del rey pagano de hecho constituyen los versículos clave de este
libro.
2:47 "El rey habló a Daniel, y dijo: Ciertamente el D-s vuestro es D-s de dioses, Señor de
los reyes y el que revela los misterios, pues pudiste revelar este misterio."
4:37 "»Ahora yo, Nabucodonosor, alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque
todas sus obras son verdaderas y sus caminos justos y él puede humillar a los que andan
con soberbia»".
6:26 "De parte mía es promulgada esta ordenanza: "Que en todo el dominio de mi reino,
todos teman y tiemblen ante la presencia del D-s de Daniel.
»Porque él es el D-s viviente
y permanece por todos los siglos,
su reino no será jamás destruido
y su dominio perdurará hasta el fin."
Ubicación del libro de Daniel en la Biblia
La Biblia hebrea incluye al libro de Daniel entre los Escritos (ketubim), en el grupo de
textos que constituyen la parte tercera del Tanaj. Esta colocación es muy significativa
dadas las importantes características que diferencian a Daniel del resto de los Profetas
(nebiim) y permiten considerarlo con toda propiedad como un libro perteneciente a la
llamada "literatura apocalíptica".
El mensaje de Daniel
Este género apocalíptico se distingue tanto por sus rasgos formales como de contenido.
Los mensajes se presentan revestidos de un rico ropaje simbólico y son comunicados en
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forma de visión al autor literario, al vidente. Este recibe a veces, a causa de la visión, un
fuerte impacto emocional (7.28; 10.8, 17) que puede llevarlo hasta el desvanecimiento o a
sufrir alguna clase de trastorno o dolencia física de importancia (8.27; 10.9). Así Daniel,
que ve a «uno con semejanza de hijo de hombre», le dice: «... con la visión me han
sobrevenido dolores y no me queda fuerza. ¿Cómo, pues, podrá el siervo de mi señor
hablar con mi señor? Porque al instante me faltaron las fuerzas y no me quedó aliento»
(10.17).
En términos generales, los mensajes apocalípticos hacen referencia a la historia humana
como si se tratara de un drama resuelto en dos actos. El primero de ellos se desarrolla en
el momento actual y en el mundo presente; el segundo, dado en una perspectiva
escatológica, revela lo que habrá de acontecer al final de todos los tiempos.
De esta manera se expresa el libro de Daniel. En la etapa actual, momentánea y pasajera,
el pueblo de D-s se encuentra sujeto a imperios humanos injustos, autores de normas
opuestas a la voluntad de D-s; a gobiernos que por conseguir sus propios objetivos
pueden perseguir, torturar y hasta llevar a la muerte a los creyentes que confiesan
abiertamente su fe (7.25).
Pero vendrá el día en que este mundo pase y en el que repentinamente se manifieste el
reino de D-s. Ese día, «muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán
despertados» (12.2) y dejarán de existir los imperios terrenales, para que, en su lugar, «el
reino, el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo sean dados al pueblo
de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno» (7.27; Is 26.19; Ez 37.1-14).
El libro
Las dos partes de que consta el libro de Daniel (=Dn) están formadas, la una por los caps.
1–6, y la otra por los caps. 7–12. La primera parte es esencialmente narrativa y tiene un
propósito didáctico, orientado a demostrar que la sabiduría y el poder de D-s están
infinitamente por encima de toda posibilidad y comprensión humanas. El protagonista de
los relatos es Daniel, uno de los jóvenes judíos llevados a Babilonia en cumplimiento de
las órdenes expresamente dictadas por el rey Nabucodonosor acerca de «los hijos de
Israel, del linaje real de los príncipes» (1.3). Una vez en Babilonia, Daniel y tres
compañeros suyos, Ananías, Misael y Azarías (respectivamente llamados por
Nabucodonosor: Beltsasar, Sadrac, Mesac y Abed-nego), son educados de manera
especial, con miras a una futura prestación de servicios en la corte del rey (1.4-7).
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Daniel aprende el idioma y la literatura del imperio neobabilónico (esto significa aquí el
término "caldeos"), y muy pronto se destaca por su sabiduría extraordinaria (1.20) y por
la firmeza de sus convicciones. Él y sus amigos, fieles al D-s de Israel, se niegan a aceptar
trato alguno de favor que los lleve a quebrantar la menor de las prescripciones rituales del
judaísmo, en particular las relativas a la alimentación; y la recompensa que reciben del
Señor es un mejor aspecto que el «de los otros muchachos que comían de la porción de
la comida del rey» (1.8-16). Esta estricta fidelidad a sus principios religiosos los lleva, sin
embargo, a afrontar riesgos de muerte, de los cuales son librados por la mano del Señor.
En cuanto a la sabiduría de Daniel, se pone de relieve cuando, ante el fracaso de los
«magos, astrólogos, encantadores y caldeos» del reino (2.2, 10), D-s le da que descubra e
interprete los sueños de Nabucodonosor (caps. 2 y 4), y también que en presencia de
otro rey, Belsasar, descifre el escrito trazado en la pared por una mano misteriosa
(capítulo 5).
La segunda parte (caps. 7-12) contiene una serie de visiones simbólicas que vienen a
ampliar y desarrollar ciertas nociones esbozadas ya en la primera sección; pero ahora el
lenguaje de la exposición es decididamente apocalíptico.
La primera visión, de cuatro seres monstruosos que suben del mar, es como una síntesis
de los futuros acontecimientos. Se trata de «cuatro bestias grandes, diferentes la una de la
otra» (7.3), representativas de los grandes imperios que sucesivamente dominan el
mundo, que devoran y arrasan la tierra (7.23), pero a las que el Señor, a la postre, dejará
sin poder y destruirá por completo (7.26). Consecuencia de esta intervención divina será
el cambio radical de situación del mundo presente y de la condición humana: a partir de
ese instante, nada podrá ya oponerse a la soberanía universal y definitiva de D-s. Pues si
en nuestro mundo de hoy la maldad y la injusticia se muestran a menudo victoriosas, en
el día señalado y en el momento preciso D-s se revelará como Señor de la historia y
soberano del reino eterno.
Es evidente que el libro de Daniel fue redactado con el fin inmediato de alentar al pueblo
en medio de todas las desdichas y persecuciones sufridas. No obstante, de acuerdo con el
sentido general de la literatura apocalíptica, puede afirmarse que el mensaje de esperanza
contenido en el libro, y asimismo las enseñanzas que se desprenden de él, son totalmente
aplicables a cualquier momento y a cualesquiera circunstancias en que se encuentre el
pueblo de D-s.
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Composición del libro
Hasta el momento actual no se ha podido establecer con certeza la fecha de composición
de este libro. Las opiniones de los expertos están divididas a este respecto: mientras que
unos lo datan en los años del exilio babilónico, otros lo atribuyen a una época bastante
posterior.
Las repetidas alusiones a la profanación del templo de Jerusalén (9.27; 11.30-35) pueden
relacionarse con la persecución promovida por Antíoco IV Epífanes.
Principales temas del libro:
1. Primera parte: narrativa (1.1-6.28)
2. Segunda parte: visiones apocalípticas (7.1-12.13)
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Análisis del Libro de Ezra (Esdras)
Ezra el escriba, fue descendiente de una familia de Cohanim exiliados en Babilonia.
Temas Principales: El regreso de los judíos de su cautiverio de Babilonia, la
reconstrucción del Templo y la inauguración de reformas sociales y religiosas.
Situación histórica
El rey persa Ciro, a quien Isaías se refiere llamándolo "pastor" y "ungido" de D-s (Is
44.28; 45.1), promulgó en el primer año de su reinado (538 a.e.c.) un edicto, por el cual
los judíos exiliados en Babilonia quedaban en libertad de regresar a su patria llevando
consigo el encargo expreso de edificar «la Casa del D-s de Israel (él es el D-s), la cual está
en Jerusalén» (2 Cr 36.22-23; Esd 1.3). Casi cincuenta años habían transcurrido desde el
día en que los caldeos (o "babilonios") incendiaron el Templo, derribaron el muro de
Jerusalén y prendieron fuego a todos sus palacios (2 Cr 36.17-19). En aquella ocasión, la
mayoría de los que lograron salvarse fueron llevados «cautivos a Babilonia» (2 Cr 36.20).
A partir del punto en que los libros de Reyes y Crónicas finalizan su relato, los libros de
Esdras y Nehemías retoman el hilo de la historia de Israel. El aporte de estos libros es de
inapreciable valor, dada la escasa documentación disponible acerca del período siguiente
al decreto de Ciro. Fue una época donde muchos desterrados regresaron a Jerusalén,
para restablecer el culto (Esd 3.1-7) e iniciar la reconstrucción del Templo y la
restauración de los muros de la ciudad (Esd 3.8-13; 6.13-15; Neh 2.11-7.4).
Asimismo, se dispusieron a crear una nueva comunidad nacional, regida por la ley de D-s
(Neh 8-10).
Contenido del libro
La primera sección de las dos en que se divide el libro de Ezra (cap. 1-6) ofrece una
detallada información sobre el tiempo que siguió al retorno a Jerusalén de los judíos
exiliados. Bajo la supervisión y liderazgo de Sesbasar y Zorobabel, los repatriados
llevaron importantes riquezas (2.66-69) y, lo que es más significativo, «los utensilios de la
casa de D-s que Nabucodonosor se había llevado de Jerusalén» (1.7). Sin embargo, la
alegría del regreso fue efímera, pues no tardó mucho en verse ensombrecida con
problemas y dificultades. En cierto momento llegó a cundir tanto el desánimo entre los
trabajadores, que hasta la reconstrucción del Templo quedó suspendida (4.24).
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Finalmente, la personal decisión de Zorobabel y de otros responsables, unida a la palabra
profética de Hageo y Zacarías (5.1; Hag 1.1, 12-15; Zac 4.6-9), posibilitaron que en el año
516 a.e.c. se celebrara la reinstauración del Gran templo de Jerusalén.
La segunda parte del libro (cap. 7-10) se refiere a la actividad desarrollada por el propio
Ezra hijo de Seraías, que era un sacerdote y escriba (7.6, 10, 21) descendiente de Aarón
por la línea de Tzadoc, hombre piadoso e ilustrado, que gozó de gran prestigio incluso en
la corte real de Babilonia. Lo demuestra la confianza que en él depositó el rey Artajerjes
al comisionarlo para «visitar a Judea y a Jerusalén» y transportar allá los utensilios
destinados al servicio del Templo, además de oro, plata, ganados y provisiones (7.10-26).
El entusiasmo con que el rey ordenó: «Todo lo que es mandado por el D-s del cielo, sea
hecho puntualmente» (7.23), indica su gran identificación con la misión de Esdras.
El cumplimiento de aquella misión supuso para Esdras hacer frente a arduos problemas.
Probablemente el más grave de ellos fue conducir a Israel a una profunda reforma de sus
valores éticos y religiosos, encaminada a evitar que la fe en D-s no se desvirtuara con
elementos extraños e impuros. Con este fin, Ezra impuso normas extremadamente
rigurosas y dramáticas: por ejemplo, la expulsión de las mujeres extranjeras casadas con
judíos (9.1-2, 12; 10.3-4, 10-11).
El sacerdote Esdras reaparece en los cap. 8-10 del libro de Nehemías. En un gran acto
público Esdras leyó la Torá a oídos del pueblo, reunido «en la plaza que está delante de la
puerta de las Aguas» (Neh 8.1). Después de haber escuchado la lectura y de haber hecho
confesión general de sus pecados, todo el pueblo congregado se comprometió por escrito
a reafirmar el pacto con D-s y guardar Su Ley (Neh 9.38).
Composición del libro
El autor dispuso el texto de Esdras (=Esd) basándose en diversos documentos, entre los
que figuraban las "memorias" de Nehemías, copero del rey de Persia (Neh 2.1). En estilo
autobiográfico, Nehemías relata cómo Artajerjes I lo autorizó para ir a Jerusalén a dirigir
los trabajos de restauración de la muralla (Neh 1-7 y 10-13), y cómo la obra fue realizada
con gran celeridad pese a la pertinaz hostilidad de samaritanos, moabitas y otras gentes
habitantes de lugares vecinos.
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Tambiénse se refiere Nehemías a un segundo viaje a la ciudad, en cuyo transcurso tomó
severas medidas para corregir la conducta irregular de muchos de los judíos residentes
(Neh 13.4-29).
La documentación utilizada como fuente de información era en gran parte
contemporánea a los hechos relatados Había en ella textos oficiales: decretos (Esd 6.112), correspondencia diplomática (Esd 5.6-17; 7.11-26), listas de repatriados (Esd 8.1-14)
y un detallado informe de Esdras relativo a su misión (Esd 7.11-10.44 y Neh 8.1-9.38). La
diversidad de fuentes documentales es seguramente la razón de que una parte de Esdras
se escribiera en arameo (4.8-6.18 y 7.12-26), y el resto del libro en hebreo.
Esdras y Nehemías
Una incógnita todavía sin resolver es la cronología de Esdras y Nehemías: cuál de los dos
fue primero, y cuál después. Se parte, como fecha comprobada, del 445 a.e.c., cuando
Nehemías llegó a Jerusalén, año que corresponde al vigésimo del reinado de Artajerjes I
(Neh 2.1). Pero todavía está por determinar si Esd 7.7-8 se refiere a este mismo monarca
o a Artajerjes II. En el primer supuesto habría que situar la visita de Esdras en el año 485
a.e.c., fecha anterior a la llegada de Nehemías; en el segundo caso se trataría del 398 a.e.c.,
casi cien años después.
Las historias que ofrecen respectivamente los libros de Esdras y Nehemías proponen la
imagen de dos personalidades muy fuertes, de dos hombres muy diferentes,
protagonistas de la complicada etapa que siguió al exilio babilónico. El uno sacerdote y el
otro laico, ambos se muestran animados de un mismo sentido del deber y de un ferviente
anhelo de llevar a sus compatriotas a una profunda restauración espiritual y material.
Cada cual asume así su propia y específica responsabilidad: Esdras, celoso custodio de la
Ley, es el gran reformador religioso del pueblo judío; Nehemías, uniendo la actividad a la
fe, se ocupa de temas administrativos y de llevar a buen término la reedificación de las
murallas de Jerusalén.
Principales temas del libro:
1. Repatriación de los exiliados y reconstrucción del templo de Jerusalén
(1.1-6.22)
2. Esdras informa de su misión (7.1-10.44)
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Análisis del Libro de Nehemías
Contenido del libro
El libro de Nehemías (=Neh) contiene sus memorias relativas a la misión que le fue
oficialmente encomendada por el rey persa Artajerjes I: viajar a Jerusalén y encargarse de
la restauración de sus murallas (cap. 3-7). Las tareas de Nehemías se desarrollan de
acuerdo con un gran proyecto de reconstrucción de la ciudad y de reforma religiosa y
moral del pueblo, cuya fe y costumbres habían estado expuestas, durante los muchos
años del exilio, a influencias externas que a menudo lo habían desviado de la recta
obediencia a la ley de D-s. Por eso, Nehemías recoge también en su escrito la lectura
pública de la Ley, realizada por el sacerdote y escriba Esdras, que produce la solemne
renovación de la alianza suscrita por los representantes del pueblo (cap. 8-10). En sus
últimos capítulos (11-13), el libro incluye una detallada información sobre el personal del
Templo, la consagración de los muros y algunas reformas llevadas a cabo por el propio
Nehemías.
Principales temas del libro:
1. Primera parte de las memorias de Nehemías: reconstrucción del muro
de Jerusalén (1.1-7.73a)
2. Lectura pública de la Ley y renovación del Pacto (7.73-10.39)
3. Segunda parte de las memorias de Nehemías: los habitantes de
Jerusalén; la dedicación del muro (11.1-13.31)
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Análisis del Libro Divrei Haiamim I (1 Crónicas)
Época: Probablemente fue escrito durante el exilio en Babilonia o poco después del
retorno a Sión. Puede considerarse como un comlemento a los libros de Samuel y de
Melajim (Reyes). Algunas de las descripciones históricas son casi idénticas a las de los
libros anteriores. Sin embargo, los libros de Samuel y de Reyes se refieren a sucesos en
ambos reinos, mientras que Divrei Haiamim tiene que ver casi exclusivamente con la
historia del reino de Judá.
Historia
En Divrei Haiamim (se trata de una sola obra dividida en dos libros) se reproduce la
mayor parte de los acontecimientos que se narran en los de Samuel y Reyes. Este hecho
puede llevar al lector a la idea equivocada de hallarse ante la simple repetición de esos
mismos episodios históricos. Sin embargo, Crónicas lo hace dentro de determinados
márgenes de libertad narrativa, requeridos por las nuevas circunstancias en que hubo de
desenvolverse el pueblo judío en los años siguientes al retorno de los exiliados a
Jerusalén.
La situación no era por entonces la misma que antes del exilio en Babilonia: La
monarquía, inaugurada en la segunda mitad del siglo XII a.e.c. con la proclamación de
Saúl como rey, había llegado a su fin junto con la destrucción de Jerusalén (586 a.e.c.).
Las condiciones de vida de los judíos no eran las mismas que antes del destierro. La
comunidad constituida por los repatriados ya no formaba parte de un estado
independiente, sino de una nación sometida, vasalla del imperio persa. Si bien en
términos generales (a diferencia de las precedentes dominaciones de Asiria y Babilonia),
los gobernantes persas se mostraron benévolos y practicaron una política de tolerancia
religiosa con los judíos, existían otros pueblos vecinos totalmente hostiles.
En aquella nueva etapa, el pueblo judío estaba obligado a reconsiderar su historia desde
un punto de vista que le permitiera comprender mejor el presente y lo orientara respecto
del futuro. Esto es precisamente lo que el autor de Crónicas ofrece a la comunidad
postexílica: una reflexión sobre el pasado de Israel y una lección de fidelidad al Señor, a
su Ley y al culto en el Gran templo de Jerusalén.
Los libros de Divrei Haiamim son una expresión típica del judaísmo postexílico. Para su
composición, el autor recurrió a textos de los libros de Génesis, Éxodo, Números, Josué
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y Rut, (de los cuales extrajo, por ej. las genealogías de 1 Cr 1-9). Pero fue sobre todo en
los libros de Samuel y Reyes donde encontró una rica fuente de información, que él
incorporó a Crónicas, reproduciéndola a veces literalmente, o bien redactándola de nuevo.
Además, cita una serie de documentos, en gran parte desconocidos, que son testimonios
de conocimiento histórico. Dichos documentos son los siguientes, relacionados a
continuación en orden alfabético:
Crónicas del profeta Natán: 1 Cr 29.29
Crónicas del rey David: 1 Cr 27.24
Crónicas del vidente Gad: 1 Cr 29.29
Historia del libro de los reyes (de Judá): 2 Cr 24.27
Historia del profeta Iddo: 2 Cr 13.22
Libro de las crónicas del vidente Samuel: 1 Cr 29.29
Libro de los reyes de Judá y de Israel: 2 Cr 16.11; 27.7
Libro (o: "Actas") de los reyes de Israel: 1 Cr 9.1; 2 Cr 20.34; 33.18
Libro del profeta Semaías: 2 Cr 12.15
Libros del profeta Natán: 2 Cr 9.29
Profecía de Ahías, el silonita: 2 Cr 9.29
Profecía (o: "Libro") del vidente Iddo: 2 Cr 9.29; 12.15
Registro de las familias: 2 Cr 12.15
Contenido y composición de los libros
El primer libro de Crónicas (=1 Cr) contiene una larga serie de genealogías que se
extienden desde Adán hasta Saúl (cap. 1-9), y en las que ocupan importantes espacios las
líneas sucesorias de David (cap. 3), Aarón (6.49-81) y Saúl (9.35-44). La exposición de
estos linajes introduce al lector en el resto del libro, que presenta la historia del rey David
(cap. 10-29) hasta su muerte, ocurrida «en buena vejez, lleno de días, de riqueza y de
gloria» (29.28).
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Divrei Haiamim II incluye dos partes y un apéndice a modo de conclusión. La primera de
ellas (cap. 1-9), está dedicada íntegramente al reinado de Salomón, concluye con su
muerte. En la segunda parte (10.1-36.21), el Cronista relata la historia del reino de Judá,
desde Roboam hasta la destrucción de Jerusalén y la deportación a Babilonia. La
conclusión (36.22-23) es una referencia a Ciro, el emperador persa, y su decreto
autorizando el regreso de los judíos exiliados. Estos versículos finales de 2 Crónicas
reaparecen al comienzo del libro de Esdras (Esd 1.1-3).
En la sección dedicada al reinado de David, el cronista se detiene con singular
minuciosidad en el traslado del Arca del pacto a Jerusalén, la organización del culto, las
funciones de los levitas y los preparativos y acopio de materiales para construir el Templo
(por ej.: 1 Cr 15.1-17.27; 21.28-22.19). Salomón había recibido de su padre David el
encargo de ejecutar este proyecto de «edificar una Casa en la cual reposara el Arca del
pacto de D-s» (1 Cr 28.2); así lo había dispuesto el Señor: «Salomón, tu hijo, él edificará
mi Casa y mis atrios» (1 Cr 28.6). Esto no obstante, el Cronista, desde su peculiar análisis
histórico y teológico, ve en David al verdadero fundador del Templo y de su ceremonial,
por cuanto fue David quien, delegando en Salomón todas las responsabilidades, le
entregó los planos para la edificación del santuario único donde un día el pueblo de Israel
habría de adorar a D-s (1 Cr 28.1-29.25).
En su mayor parte, la historia de Salomón, el rey sabio entre los sabios, gira en torno a la
construcción del Templo. El Cronista incluye la oración pronunciada por el rey en la
solemne ceremonia de dedicación, y la respuesta de D-s a su plegaria. Otros monarcas
después de Salomón estuvieron también relacionados con los cuidados del Templo y del
culto, así como con importantes reformas religiosas que siguieron a algunas etapas de
apostasía del pueblo. De esos reyes da testimonio 2 Crónicas: Asa (cap. 14-16), Josafat
(cap. 17-20) y sobre todo, Ezequías (cap. 29-32) y Josías (cap. 34-35).
Temas como los mencionados los expone el Cronista más ampliamente que Samuel o
Reyes. Sin embargo hay otros asuntos que él prefirió pasar por alto. Tal es el caso de
ciertos sucesos de la historia de David que podían ensombrecer la memoria del gran rey
de Israel: sus conflictos con Saúl, algunos injustificables comportamientos anteriores a su
ascenso al trono, el lamentable episodio de Betsabé y Urías, los dramas familiares y la
rebelión de Absalón. Tampoco se interesa el Cronista por la historia del reino del norte,
al que alude pocas veces y más bien con acentos peyorativos (por ej.: 2 Cr 10.19; 13.120).
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Solamente el reino de Judá y la dinastía de David ostentaban la legitimidad; el reino de
Israel, nacido de la ruptura de la unidad nacional (1 R 12) y desvirtuada su fe por la
idolatría, no podía representar al genuino pueblo de D-s.
El mensaje
En el marco histórico en que se desarrolla la narración del libro Divrei Haiamim, no
solamente debe considerarse la reconstrucción del Beit Hamikdash y las murallas de
Jerusalén. También se pretende restaurar el espíritu de la comunidad judía postexílica. El
libro reafirma el principio inamovible que la vida del pueblo de Israel depende de su
fidelidad al Todopoderoso: una fidelidad de orden individual y colectivo, testificada por
la obediencia a la Ley.
Ese fue el objetivo del rey David al impulsar la edificación del Gran Templo para cumplir
y centralizar la esencia del ritual cúltico; y esto es lo que también había tratado de inculcar
en su pueblo. David sabía que, en tanto que el pueblo de Israel fuera fiel a la elección con
que había sido distinguido de las demás naciones, D-s no dejaría de mostrarle su favor y
de cumplir todas sus promesas.
Principales temas del libro:
1. Las líneas genealógicas desde Adán hasta David (1.1-9.44)
2. El reinado de David (10.1-29.30)
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Análisis del Libro Divrei Haiamim II (2 Crónicas)
Este libro en la continuación de Divrei Haiamim I y un complemento del libro Melajim
(Reyes).
La historia del reino de Judá narrada en este libro, describe un cuadro sombrío de
inestabilidad y apostasía, mezclada con períodos de reforma espiritual.
El Segundo libro de Crónicas (=2 Cr) comienza con una descripción del reinado de Salomón,
y luego presenta la rebelión de las tribus del norte y la constitución de un reino
independiente de la dinastía del rey David. A partir de ese momento, la narración se
concentra en los reyes de Judá, hasta la caída y destrucción de Jerusalén (586 a.e.c.).
Finalmente, tras una breve descripción del exilio en Babilonia, se menciona el decreto de
Ciro, que autorizó el regreso de los judíos a Jerusalén.
Principales temas del libro:
1. El reinado de Salomón (1.1-9.31)
2. La ruptura de la unidad nacional (10.1-11.4)
3. La dinastía de rey David (11.5-36.23)
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