Un camino de libertad, creatividad y singularidad
Transmitir la fe en la Catequesis Familiar
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Las familias de este tiempo
En nuestras reflexiones compartidas a lo largo de dos años en el Observatorio Catequístico
nos hemos referido, en más de una oportunidad, a la diversidad como un rasgo predominante
en los escenarios culturales y religiosos de la sociedad actual. Este rasgo se manifiesta, por
ejemplo, en las familias de este tiempo.
Hoy ya no es posible hablar de “la familia” como una entidad social de única configuración. Es
más propio hablar de “familias”, asumiéndolas en la pluralidad de modelos, nuevas realidades
y problemáticas diversas que las constituyen en verdaderos desafíos a la evangelización. Ante
este panorama muchos se cuestionan hoy acerca de la pertinencia de la Catequesis Familiar.
Un estudio realizado por algunos sociólogos de la religión en España1 propone la siguiente
tipología familiar, desde la perspectiva de la fe y de la opción por los sacramentos en la vida
de sus hijos:
 Familia, hogar de fe: Este tipo de familia parece constituir una minoría en la sociedad
actual. Sus miembros cuidan la vivencia cristiana en el hogar, se hacen presentes y
participan comprometidamente en la comunidad cristiana.
 Familia, hogar en dimisión: Aquí se sitúan las familias que han abdicado de su misión
en la transmisión de la fe. La realidad conocida nos dice que constituyen una mayoría
con rostro diverso. Hay entre ellas distintas situaciones: unas han abdicado porque no
saben cómo transmitir la fe; otras encuentran dificultades para hacerlo; otras sencillamente se han desentendido aunque solicitan catequesis y clases de religión a otras
organizaciones como la parroquia o la escuela.
 Familia, hogar sin expresión cristiana: Aquí los hijos no encuentran ni experiencia ni
"señales" cristianas. Estamos ante un tipo de familia que va en aumento dentro de los
matrimonios más jóvenes. Viven al margen de la comunidad cristiana, se declaran
abiertamente no practicantes, pero piden sacramentos para sus hijos.
 Familia, hogar de mera socialización ritual: Aquí se sitúan las familias en las que existe
un ambiente más bien contrario a la fe y a las prácticas religiosas. No sólo está ausente la experiencia cristiana, sino que se la objeta y contradice. Estas familias piden el
sacramento de la Eucaristía para sus hijos exclusivamente por formalidad de sociología
cristiana.
Esta tipología2 puede coincidir en mayor o menor grado con lo que vamos recogiendo en
nuestra experiencia latinomericana, pero lo cierto es que ella nos ayuda a constatar, una
vez más, algunas apreciaciones realizadas en las reflexiones que hemos ido compartiendo:
1
Esta tipología ha sido recogida y presentada por la Asociación Española de Catequetas (AECA) en la versión
borrador del Documento de Trabajo correspondiente al Congreso realizado con ocasión del XXVº aniversario de
esa organización.
2
Sugerimos comparar esta tipología con la clasificación de itinerarios de religiosidad juvenil propuesta, en el en
el texto “La diversidad, un desafío para la iniciación”, en este mismo espacio del Observatorio Catequístico.
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La transmisión de la fe está en crisis.
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Una de las expresiones de la crisis es el paso de la reproducción de la religiosidad de los padres y maestros a la multiplicidad de identidades religiosas.
-
En otros tiempos, en los cuales la socialización religiosa y la cultural se identificaban, las personas llegaban a los procesos catequísticos en situaciones de fe
más similares.
-
Los interlocutores de la Catequesis Familiar llegan desde caminos diversos y
nos reclaman, explícita o calladamente, itinerarios diversos.
La experiencia, una clave para la transmisión
Las propuestas catequéticas propias del período llamado “de cristiandad” privilegiaban opciones en las que sobresalían, en mayor o en menor medida, estos rasgos:
- cierta escolarización estructurada en torno a un calendario generalizado, en
función de los sacramentos a recibir;
- escaso espacio para la opción y la elaboración personal;
- el ejemplo de la autoridad como modelo a reproducir y a imitar;
- un tono y un contenido fuertemente moralista;
- el “discurso – estampa” pronunciado desde afuera, para que los catequizandos
o catecúmenos lo reciban pasivamente;
- la tendencia a homologar todos los procesos, como si la fe se suscitara y madurara de la misma manera en todas las personas;
- la creencia de que lo que el catequista dice y repite es asumido y “aprendido”
por el destinatario;
- aunque el discurso contemporáneo se refiere bastante a menudo a la diversidad, se advierte, a veces, en ciertos procesos catequísticos que está ausente
en la propuesta. Más bien, parece que se la ignora porque no se sabe claramente cómo abordarla.
Desde hace tiempo, algunos catequetas y pedagogos se refieren a la experiencia como pedagogía. Jesús mismo, como maestro, daba lugar a la experiencia. Resulta revelador, por ejemplo, imaginarnos la experiencia de José cuando el Hijo, que le había sido confiado, era visitado por pastores y por reyes; la experiencia de Zaqueo en el encuentro con Jesús; la de los
discípulos de Emaús cuando lo reconocieron al partir el Pan…
Las experiencias que enseñan y que transforman atraviesan todo el Evangelio. A veces, provocadas por un lenguaje sencillo y cotidiano; otras veces, suscitadas por un lenguaje simbólico que trasciende el significado de las palabras y de los gestos que lo expresan.
Pueden llegar a revelar algún aspecto de la interioridad más profunda de las personas y, a la
vez, las palabras, los gestos, las actitudes y situaciones que provocan la experiencia hablan al
corazón, a la intimidad de la conciencia, donde habita Dios y donde se gestan las opciones…
“La relación del mensaje cristiano con la experiencia humana no es puramente metodológica,
sino que brota de la finalidad misma de la Catequesis”3, puesto que la verdadera experiencia
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es siempre una realidad transformadora. “Si las experiencias son profundas y auténticas, las
personas quedan transformadas, cambiadas. Es difícil que haga verdadera experiencia quien
no está dispuesto a cambiar, así como es difícil cambiar de vida, si no se viven experiencias
significativas.”4
Hoy, en la transmisión de la fe, estamos llamados a pasar del discurso a la experiencia personal. En nuestra praxis, muchas veces, seguimos ignorando el cambio de tiempo y seguimos
atados a modelos escolarizados y a una acción que tiende a negar la singularidad de cada
uno y que, a modo de barniz superficial, no cala hondo en las personas.
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Hacia la personalización de la fe
En algunas de nuestras reflexiones del Observatorio nos permitimos hablar de “personalización de la fe”. No se trata de creer lo que a cada uno le conviene, sino precisamente de apropiarse de la fe de la Iglesia haciéndola de uno, eligiéndola, optando sinceramente por ella.
Según



nos enseñan los pedagogos las notas que caracterizan la personalización son…
la autonomía,
la creatividad y…
la singularidad5
La personalización de la fe supone, por lo tanto, una fe elegida libremente. No una fe que se
asume por simple tradición, sino una fe por la que se opta con fuerza, con entrega, con pasión, con ternura, con creatividad…, según el estilo de cada persona, siempre única, irrepetible y singular.
Esto supone la encarnación de unos valores: los del Evangelio y la experiencia que sustituye
al discurso favorece la encarnación de esos valores que llegan al interior de la persona, al
núcleo más íntimo de su personalidad, encaminándola a ser lo que Dios realmente la llamó a
ser.
Cuando nos apropiamos de la fe libre, creativamente y según nuestra propia singularidad,
crecemos y nos perfeccionamos, porque la verdad sobre nosotros mismos, atesorada en
nuestro interior, nos hace optar por la fe y elegimos vivir de acuerdo con esa misma fe.
“El descubrimiento de la verdad acerca de nosotros mismos es fruto de muchos sacrificios y
de muchos esfuerzos. Pero una vez alcanzada, la paz de la verdad pasa a la decisión. Entonces podemos ver claramente por qué decidimos y apreciar el valor por el cual decidimos ya
que es el que más nos corresponde, el más connatural a nosotros mismos”.6
Llegar a la verdad acerca de lo que somos nos pone en tensión hacia lo que estamos llamados a ser y nos revela nuestra identidad, nuestra condición de creaturas, contingentes y necesitadas de Dios… Nos vincula existencial y profundamente con nuestro Padre, con nuestros
hermanos y con la Creación. Precisamente, uno de los dramas del actual cambio epocal es la
crisis de identidad que nos embarga.
Alberich, Emilio. “Catequesis evangelizadora”. Ed. Abya – Yala. Quito. Ecuador. 2003. Pág. 80
Éstas son las notas que Víctor García Hoz atribuye a la educación personalizada.
6
Komar, Emilio. “La verdad como vigencia y dinamismo”. Ed. Sabiduría Cristiana. 2001. Buenos Aires. Pág. 23.
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La subjetividad ha sido sustituida por un subjetivismo alienante que nos aparta y nos encierra
en nosotros mismos, en nuestros caprichos, errores y mentiras. Como no sabemos quiénes
somos, nos vamos haciendo incapaces de creer y la crisis de identidad deriva en la dramática
y ya muy generalizada crisis en la transmisión de la fe.
La encarnación de los valores del Evangelio se produce en un ambiente en el que circulan
esos mismos valores. Por eso, algunos se refieren a la “pedagogía del ambiente”7 como camino privilegiado para la experiencia educativa. Podemos resignificar esta convicción y decir
que una comunidad de fe es el ambiente propicio para vivir las experiencias que suscitan y
hacen crecer la fe de sus miembros.
Para que esto ocurra, hay que estar, hay que “poner el cuerpo”,8 disponerse a recibir el dolor,
la tristeza, la búsqueda y también el escepticismo de los que llegan, para que ellos puedan
hacer la experiencia de la presencia de Jesús en medio de todos.
Muchas rebeliones, a lo largo de la historia de la humanidad, y en los más diversos ámbitos,
fueron rebeliones frente a la ausencia, la mentira o la indiferencia. Es difícil que alguien se
rebele ante la autenticidad y ante la verdad de una presencia.
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Transmitir la fe en la Catequesis Familiar
Las familias que llegan a nuestros procesos de Catequesis Familiar han recorrido procesos
muy diversos. Una gran mayoría vive, generalmente sin advertirlo, en plena crisis. Y cuando
piden los sacramentos para sus hijos los motivan razones de la más diversa índole.
Lo más desafiante de esta situación es, tal vez, darnos cuenta de que la crisis da lugar a algún tipo de cambio. Algo se rompe y deja de ser como era, para comenzar a ser de otra manera. Pero el sentido y la intensidad del cambio dependen, en gran medida, de las experiencias que favorecemos en el ambiente – comunidad en el cual se desarrolla el proceso.
En la Catequesis Familiar podemos desarrollar procesos de mera instrucción religiosa, caminos
moralizantes y acciones superficiales que no tocan la hondura de las personas… O podemos
atrevernos a propiciar experiencias que transforman su vida, ayudándolas a apropiarse de la
fe de la Iglesia.
Los que compartimos el mismo Pan tenemos una sola fe, un solo Señor y un solo Bautismo.
Pero la experiencia de fe siempre es única, personal e intransferible. No se copia, no se imprime, no se imita, no se transmite por simple repetición. Ella es…
 libre en la opción,
 creativa en la expresión,
 y fiel a la singularidad de cada persona.
Equipo del Observatorio Catequístico
investigacio[email protected]
7
La pedagogía salesiana, entre otras, asume que toda la comunidad educa, más allá de los distintos roles y funciones de las personas que la integran. Se considera relevante, por lo tanto, el valor educativo del ambiente.
8
Cfr. González, Marcelo durante las III º Jornadas de Catequética organizadas por el ISCA. www.isca.org.ar
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