Universidad de Chile
Departamento de Pregrado
Cursos de Formación General
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Curso: La economía Chilena: visiones alternativas y problemas
Tomás Moulian
Doce Conferencias
ESTABILIDAD DEMOCRÁTICA EN CHILE: UNA MIRADA HISTÓRICA
Voy a hacer un análisis diferente al de Gonzalo Vial, usando un modelo
histórico – genérico, puesto que relaciono la estabilidad de la democracia en Chile
con momentos históricos precisos, en los cuales ésta pudo consolidarse o pudo
destruirse, Hablar de un enfoque histórico – genérico puede parecer una
tautología; al fin y al cabo lo específicamente histórico es el estudio del desarrollo
y los cambios. Pero o que quiero enfatizar es que hubo momentos y coyunturas
iniciales en que la democracia, siendo todavía muy reciente y muy débil, pudo
retroceder o aniquilarse. También quiero enfatizar que al tomar la democracia
presidencialista dela Constitución del 25 ciertos caminos (en sus momentos
iniciales, superada la crisis política en 1932), se inscribe en ella un código de
posibilidades y restricciones que marca sus futuras evoluciones.
Cuando hablo de democracia, estoy hablando del orden político
contemporáneo que se estabilizo en Chile en 1932. Es decir, de un sistema que se
caracterizaba por un régimen presidencialista diferente al que había habido hasta
1924, por un pluralismo político amplio (ya que en el espectro político existieron
partidos marxistas aun en el período de proscripción del partido comunista, entre
1947 y 1958) y, por último, por un participación electoral en constante y veloz
ampliación, como señalaba Gonzalo Vial. Desde las reformas de 1962, el voto y la
inscripción se hicieron obligatorios en Chile, de modo que en 1973 la población
electoral se había multiplicado por cuatro.
Puede decirse que ese sistema político democrático fue estable,
comparándolo con dos parámetros, el de América Latina y el de la historia interna.
La democracia política contemporánea fue estable comparada con los otros ciclos
de la historia chilena: todos ellos duraron un tiempo semejante o un tiempo menor.
El ciclo del “orden conservador”, que, oyendo a hablar a algunos historiadores, se
creería fue eterno, de hecho duró entre 1830 y 1860 aproximadamente, como ya
lo mostraron los libros de Gonzalo Vial o Julio Heisse; entonces empezó una
mutación del presidencialismo extremo del primer periodo (1860-91), se quebró
con la guerra civil; el otro ciclo comenzó con la guerra civil y terminó en 1924, con
el golpe militar contra Alessandri. Entonces, cuarenta años (1932-73) es una larga
duración, comparada con el ciclo interno de la historia política chilena, y sobre
todo con América Latina.
EL FRENTE POPULAR Y LA INSTITUCIONALIZACIÓN DEL CONFLICTO
El momento en que democracia política se estabilizó en Chile, después de
la “restauración conservadora” de Arturo Alessandri, entre 1932 y 1938,
correspondió a las coaliciones de centro-izquierda del tipo “frente popular”, que
duraron entre 1938 y 1946 y que eligieron a tres presidentes. Ese fue el momento
de estabilización de la democracia chilena contemporánea, pero también pudo ser
su momento de destrucción. Una importante pregunta histórica es ¿por qué en vez
de debilitarse la democracia cuando surgieron las coaliciones de centro izquierda
como fuerzas gobernantes sucedió el fenómeno contrario, de estabilización de la
misma?
A causa e un programa de reformas mucho menos profundo y que producía
menos sensación subjetiva de amenaza en las fuerzas políticas dominantes de la
época, como fue el programa de reformas de Arturo Alessandri, hubo un golpe
militar en 1924. Entonces no deja de ser una sorpresa que con la elección de
Pedro Aguirre Cerda, en 1938, se consolidara la democracia política
contemporánea, que en 1932 recién se había restaurado bajo nuevas formas.
La razón principal y espero poder demostrarlo, es opuesta a la que señala
Vial en su conferencia. Creo que el régimen político democrático se estabilizó en
Chile porque consiguió institucionalizarse el conflicto de clases como conflicto
político electoral; es decir, permitió que se “trasladara” hacia el nivel de la
competencia regulada por el poder. Es importante entender que la democracia
política se desarrolló en Chile cuando ya el consenso estaba destruido. Resurgió
cuando ya existía una izquierda marxista. Se produjo, entonces, una confluencia
azarosa, pero eficaz, entre ciertos proyectos políticos (los proyectos de la coalición
de centro izquierda) y una coyuntura de emergencia de nuevos actores. Eso
permitió este fenómeno de institucionalización del conflicto social, del conflicto de
clase como conflicto político. Comprender esa hipótesis requiere ciertas
explicaciones,.
Para que un sistema político funcione debe cumplir algunos requisitos.
Primero, se necesitan normas políticas que tengan que ver con la distribución y
sucesión en el poder o con el procesamiento de los conflictos y que deben ser
operantes para todas las fuerzas principales. Segundo, se requiere que el sistema
político funciones como una estructura de mediación, es decir, que las
organizaciones políticas que existen en la sociedad expresen los conflictos de
intereses fundamentales. Esto significa que los partidos políticos deben ser
orgánicos, y “representar” a sectores sociales. Esas dos cualidades son
importantes pero todavía no bastan. Si tenemos la pura legalidad tendremos un
gobierno coercitivo que asegura su dominio (la obediencia a las normas) mediante
la fuerza. Si existe lo segundo, tendremos un sistema político representativo. Pero
se requiere una tercera cualidad, la legitimidad del sistema político. Tiene que
existir, por parte de los actores políticos principales, una cierta forma de
representarse al sistema político como una estructura equitativa de oportunidades
políticas, de modo que valga la pena seguir en él, que no se suscite en uno o
varios de los actores principales el interés por destruirlo, porque siente o calcula
que gana más destruyéndolo que participando en él.
Lo que sucedió en la coyuntura histórica de los gobiernos de centro
izquierda fue que integraron a fuerzas políticas que habían aflorado desde 1932
para adelante; entre ellas, una izquierda marxista que demostraba interés por
participar en el sistema político y que pudo verlo como una estructura equitativa de
oportunidades. Esa izquierda podía calificar al Estado de burgués, pero sus
prácticas políticas fueron de integración.
La cualidad del sistema político chileno, desde el periodo originario de los
frentes populares, era producir institucionalización política; tanto es así que
sectores que habían estado sometidos a la lógica de opresión o de exclusión
política empezaron a sentirse interesados en la incorporación o en la participación
en el sistema político. Este interés no se basaba en la performance del sistema
económico (existía un 20% de miseria como lo afirmaba Gonzalo Vial), sino en un
Estado que operaba como eficiente regulador de los conflictos sociales, integrando
a un sistema de negociaciones y de transacciones a la clase obrera organizada, a
empresarios y a la clase media.
Los momentos fundacionales del sistema político chileno fueron, en primer
lugar, el gobierno de Alessandri, entre 1932 y 1938, y luego la experiencia de casi
diez años de coaliciones de centro izquierda. Entonces, en un momento originario,
en una coyuntura muy particular de la historia política de Chile, el sistema político
reveló la capacidad de generar legitimidad, de modo que la obediencia política
pudo ser compatible con una cierta participación.
El problema de la legitimidad era crucial en el período 1932-38, porque las
transformaciones sociales ocurridas desde el auge salitrero, que habían
empezado a manifestarse políticamente, en la sociedad chilena desde la década
del veinte, generaron una transformación estructural del campo de fuerzas. El dato
básico fue que apareció una izquierda con poder electoral en el horizonte político.
El 17% de los votos que obtuvo Marmaduque Grove (ex coronel de ejército, líder
de la “República Socialista”) en 1932, demostraba la existencia de una izquierda
que se postulaba socialista y que tenía significación política. Entonces, hay una
configuración nueva del campo de fuerzas, propia de la década de los 30.
Hasta entonces, si bien el Partido Comunista existía desde 1922, éste
estaba en un momento izquierdista junto con todo el movimiento comunista
internacional de la época. No es que se negara a participar en elecciones, ya que
llevó a Lafferte como candidato presidencial en 1931 y 1932. Pero no sacó más
que el 0,5% de los votos. Estaba en otra cosa, y tenía poco arrastre electoral.
El fenómeno del grovismo significa la aparición del Partido Socialista como
una fuerza electoral significativa. Además, entre 1933 y 1935, el Partido
Comunista cambió su línea de asalto desde fuera del Estado Burgués, por una
política de alianzas amplias en el interior del sistema político representativo
existente. Se cristalizó una configuración nueva del campo de fuerzas, surgida en
la década de los 30, podemos llamarla una configuración tripartita, de tres
tendencias políticas. Desde la década de los treinta, el espectro político ha estado
estructurado con una izquierda que postulaba al socialismo como ideal de
sociedad, una tendencia intermedia donde en un tiempo predomino el radicalismo,
y una tendencia de la derecha.
En la década del veinte, la izquierda del sistema político era el Partido
Radical, puesto que el Partido Obrero socialista (1912), o después el Partido
Comunista (1922), casi no participaban del sistema político. Los radicales podían
autodenominarse partido de centro, pero su posicionamiento en el espectro
político era de izquierda, puesto que el Partido democrático vivía un proceso de
creciente degeneración. En la década del treinta apareció la izquierda socialista
comunista y esto marcó el posterior desarrollo de la democracia: por eso marcó el
posterior desarrollo de la democracia: por eso mismo había un problema de
legitimidad. El sistema político debía parecer como una estructura equitativa de
oportunidades, no sólo para la derecha y el centro radical. Era básico que
apareciera así también para una izquierda que postulaba al socialismo en el largo
plazo, que empezaba a tomar significación política y que, si era proscrita, podía
convertirse en una fuerza destructora que atacaría desde fuera al sistema político.
Entonces el problema, tal como estaba planteado, era el de hacer convivir,
en el interior de un mismo espacio político, a una izquierda marxista con una
derecha en la cual el “alessandrismo” del año 20 había debilitado las corrientes
modernizadoras del liberalismo, expresado en la Alianza Liberal. Hasta 1919
existía un sector importante de la derecha que era capaz de integrar una coalición
de la reformas, junto con el radicalismo y el Partido Demócrata. El “alessandrismo”
alejó de es apolítica de reformas y de modernización a un sector importante de la
derecha. Esta era una fuerza en proceso de derechización. En esas condiciones
se produjo la integración al sistema político de esa izquierda marxista, que en el
largo plazo aspiraba al socialismo.
¿Cómo se consiguió eso? Creo que esa la gran pregunta relacionada con la
estabilidad de la democracia en Chile. Aquí no se consolidó cualquier democracia.
Se estabilizó una democracia con el Partido Comunista y el Partido Socialista
participando en el gobierno, durante los diez años de la post crisis que se vivieron
después de los oscuros tiempos transcurridos entre 1924 y 1932.
Ese fenómeno social nuevo, esa estructuración tripartita del campo de
fuerzas, explica en gran medida la constitución del Frente Popular y el triunfo de
Pedro Aguirre Cerda. ¿Cómo pudo suceder en Chile? Como todos saben, los
“frentes populares” fueron creados para resolver el problema de la amenaza del
fascismo, de la inclusión de la Unión Soviética en las alianzas europeas para la
defensa contra Hitler. Sin embargo, esa línea fue más duradera y mas eficiente
históricamente en esa ultima cola del mundo que era Chile, porque en España
desencadeno una guerra civil y en Francia duro menos (su política militar estuvo
íntimamente ligada a la derrota aplastante de los franceses ante la invasión
alemana). Esta “invención europea” se afincó en Chile, y con va y vienes, duró
diez años: los socialistas se retiran, vuelven, se dividen; los comunistas participan
rara vez en los ministerios, pero la coalición elige tres presidentes. Más aun,
impulsa una cierta forma de desarrollo de la sociedad chilena que vamos a tratar
de describir.
Desde el siglo XIX nos hemos caracterizado por copiar todas las modas
ideológicas. No obstante, que esta copia haya sido fructífera tiene que ver tanto
con razones de fondo como con el azar histórico. ¿Por qué sobrevivió la
democracia, todavía inmadura, a la elección de Pedro Aguirre Cerda? Para usar la
analogía anunciada ¿por qué el niño siguió creciendo? De un palmetazo en la
cabeza de esa débil democracia, unos cuantos militares pudieron hacer
reaparecer el ciclo pretoriano.
Primero veamos por qué surgieron estas coaliciones de centro izquierda,
por qué ganaron y por qué ayudaron a reforzar la estabilidad democrática.
Entender por qué se formó esa coalición no es difícil. Fue importante en ese
proceso el papel del Partido Comunista, pero éste era una fuerza sin gran
significación electoral; tenía el 4% de los votantes en 1937. Lo interesante, como
pregunta histórica, es por qué el radicalismo giró a la izquierda y por qué estuvo
dispuesto a ir a una coalición con los socialistas y los comunistas. La respuesta
básica es que lo impulsa la estructuración tripartita del sistema político que se
empieza a consolidar en ese momento: al ser un partido intermedio tiene ofertas y
expectativas bilaterales.
En un régimen presidencial, un partido de derecha jamás espera que la
izquierda le proponga elegir al Presidente de la República. Eso está fuera de todo
realismo político. Lo característico de los partidos intermedios era que recibían
ofertas bilaterales y tenían expectativas bilaterales. Dentro de ciertas restricciones,
podían aliarse con la derecha, podían aliarse con la izquierda. ¿Por qué el PR
eligió aliarse con la izquierda? Primero, porque había sufrido transformaciones
ideológicas que lo acercaban a ésta. Pero las ideologías no lo explicaban todo:
también el PR se caracterizaba por mirar a la política con enorme flexibilidad y
pragmatismo. Entonces las puras transformaciones ideológicas no explican el
proceso. Lo que sucedió fue que el PR podía tener expectativas de poder
presidencial puestas en la izquierda, pero no podía tenerlas en la derecha. Esta no
le ofrecía la Presidencia, la izquierda se la ofreció.
¿Cómo el PC, que hasta 1933 proponía realizar pronto el socialismo o la
dictadura revolucionaria de obreros y campesinos, se colocó, unos años después,
en la lógica de garantizarle al PR el cumplimiento de su expectativa de poder
presidencial? ¿Cómo el PS, que surgió a la vida política con el golpe militar
populista de 1932, estuvo dispuesto, pese a que desde su origen las coaliciones
con el centro le representaron costos, a apoyar al PR? Fueron las condiciones
políticas de la coyuntura las que mejor explican lo ocurrido; por eso he hablado de
un análisis genético del desarrollo de la democracia.
En 1938 el PC, pese a que tenía apenas el 4% de los votos, cumplió el
papel de garantizar al PR que se iba a cumplir su expectativa de poder
presidencial. Y los socialistas se vieron forzados, pese a que pretendían
aprovechar el carisma populista de Grove, a apoyar a un radical. En esa
coyuntura, lo que hace comprensible la actitud del PR, fuerza política decisiva, fue
el ver en la izquierda una garantía de poder que no vio en la derecha.
Hubo algo suicida en la actitud de la derecha chilena de esa época. Al fin y
al cabo, Alessandri tenía en 1920 un programa de reformismo burgués, por
llamarlo de algún modo. Lo botaron los militares con el apoyo inicial y el aplauso
clamoroso de la llamada “fronda aristocrática”. En este periodo crítico de la historia
política chilena la derecha no percibió que el PR era una fuerza política disponible
y que constituía, por lo tanto, un objeto de seducción política (porque sin su
concurso se corría el peligro de perder las elecciones). En 1938 la derecha no fue
capaz de mirar hacia el centro como un aliado político. Algo había pasado con ella.
La experiencia histórica del “alessandrismo”, y sus secuelas, había creado una
derecha defensiva, con pánico a los cambios, cuyas corrientes modernizadoras
eran más débiles que sus corrientes conservadoras y reactivas.
Entonces, la derecha de 1938 no estaba en condiciones de ver en el centro
político un aliado, porque no estaba dispuesta a perder la presidencia. Al fin y al
cabo el presidencialismo se estaba recién poniendo en práctica. Entonces, esa
derecha, incapaz de acercarse al centro, eligió el “camino propio”, con un
candidato que tenía una imagen muy reaccionaria, aunque en realidad no lo era
tanto, desde cierto punto de vista. En efecto, el modo de resolver la crisis
económica de 1932-28, de Gustavo Ross, fue un modo ecléctico, pero éste quedó
señalado como “hambreador del pueblo”. Se generaron en el interior de la derecha
movimientos, como la Juventud Conservadora y los Liberales Doctrinarios, que
propusieron otros candidatos en vez de Ross. Los sectores dominantes de la
derecha insistieron en Ross, porque estaban seguros de ganar. Cegados por la
seguridad del triunfo, no miraron hacia el centro, no les preocupaba; basándose en
las elecciones del 1937, creían que iban a barrer.
Y no ganaron por un azar histórico. La derecha hizo cálculos políticos
racionales; con Ross podía ganar, porque había otro candidato (Ibáñez) que
disputaba al Frente el voto popular. El Ibáñez de 1038 tenía un discurso anti
oligarquico, de reformas sociales avanzadas y criticaba al Frente Popular por
“centrista”. Pero el 5 de septiembre de 1938 ocurrió la insurrección nazista. Insisto
en este detalle histórico para poner atención sobre el papel del azar en la política.
Maquiavelo, mucho antes que Lenin, puso atención en la “fortuna”. César Borgia lo
previó todo menos la muerte del Papa, su padre y perdió su poder. La derecha no
podía prever lo incalculable: que los nazis iban a intentar tomarse el poder y que
iban a terminar masacrados en el Seguro Obrero. “Sesenta y ocho muertos en la
escalera”, se tituló la novela de Carlos Drogueet sobre esos trágicos
acontecimientos. Ese azar histórico cambió la historia política de Chile
contemporáneo. Por supuesto que operaban factores estructurales; entre ellos una
configuración nueva del campo de fuerzas, pero es muy posible que Pedro Aguirre
Cerda ni hubiese ganado si no sucede el putsch del 5 de septiembre. Sin éste
hubiésemos tenido un desarrollo histórico distinto. Así, el triunfo de Pedro Aguirre
Cerda ocurrió por una confluencia de factores estructurales, entre ellos una
configuración nueva del campo de fuerzas, y de coyunturas históricas fortuitas.
Pero ¿por qué aquello que surgió en 1938, tan precariamente, ganando
apenas por un uno por ciento, permitió diez años de gobierno estables, sin que los
derribaran los militares? Hay que pensar que en ese año todavía quedaba mucho
del mundo de la hacienda. Chile era todavía una sociedad muy estamental, quizás
mas estamental que de clases. En ella el linaje importaba mucho y el poder
político estaba asociado no sólo a la fortuna, sino también al “orden de las
familias”. La elite se auto asignaba una absoluta legitimidad para dirigir. ¿Cómo
esa sociedad soportó que un viejo político, radical, y masón, apoyado por una
masa de plebeyos, llegara a gobernar? Las coaliciones de centro izquierda
consolidaron la democracia política contemporánea y fundaron un estilo de
desarrollo que fue bastante duradero. Pueden señalarse varias razones para ello.
Primero, la experiencia histórica de la crisis, del periodo de desorden
político que se extendió de 1924 a 1932. Esa situación caótica generó una
aspiración de orden político que se concretó en la llamada “reacción civilista”
contra las intervenciones militares: ¡Basta de pretorianismo, basta de Ibáñez o
Grove! Aspiración, entonces de una sucesión regulada en el poder. Pero, además,
la crisis dejó otra enseñanza. La derecha ya había intentado el golpe militar y
había fracasado; lo intentó el año 24 y generó un desorden que duró ocho años.
Por lo tanto, existía una derecha que, cuando pensaba en la intervención de los
militares en política, recordaba al coronel Ibáñez. Los militares en política
representaban las reformas y no la restauración del orden conservador. Por lo
menos significaban una amenaza, ya que las fuerzas armadas no querían
aparecer como delegadas y tendían a tener un proyecto cesarista, con un discurso
más allá de las clases, por encima de la derecha y de la izquierda. No aceptaban
el rol de mediadoras de clases dominantes. Buscaban un camino propio; por eso
se puede usar la palabra cesarismo o incluso bonapartismo. Existía una derecha
que donde veía militares, pensaba en un peligro, o en una “caja de Pandora”, de la
cual podría salir alfo favorable, pero también algo desfavorable; ellas podían tomar
medidas de desarrollo capitalista y de protección del mercado interno, pero
también negar a todos su representación política, castigando juntos a comunistas
y conservadores: Rafael Luis Gumucio y Elías Laffarte compartieron la misma
relegación. Entonces existía una derecha que ya había vivido la experiencia de un
gobierno militar y de actitud antipolíticos.
Segundo, se produjo una distribución afectivamente compensada del poder
político. No sabemos qué hubiese pasado si, además de ganar la presidencia en
1938, la izquierda hubiese ganado el Parlamento. Las elecciones parlamentarias
habían tenido lugar antes, en 1937. Entonces la derecha se aseguró una sólida
mayoría parlamentaria. Así se produjo una situación típica del régimen político
chileno: un Presidente de la coalición de centro izquierda y un Parlamento, que en
el periodo 1937-41 estaba en manos de la derecha ¿Por qué entonces ella iba a
dejar de ver el sistema político como un sistema de oportunidades políticas
equitativas? Aunque la alianza de centro izquierda elegía al Presidente, la derecha
podía realizar en el Parlamento una política de contención, defensiva, de
neutralización de las reformas. Y esto fue así durante todo el periodo.
En 1941 la derecha sufrió una derrota electoral en las elecciones
parlamentarias. Apenas llegó al treinta por ciento. Y, sin embargo, a través de la
integración ministerial del Partidlo Liberal, en algunos momentos críticos del
momento de Ríos, la derecha fue compensada de la pérdida de peso electoral y
de control del Parlamento. En realidad, la derecha nunca enfrentó la necesidad del
gobierno militar. Esto lo fue descubriendo a través de la práctica. Cuando salió
Pedro Aguirre Cerda no lo sabia, no tenia la experiencia de cómo hacer una
eficiente política de contención. Existieron oportunidades políticas para una
estrategia defensiva, que la derecha no hubiese tenido si antes de perder la
presidencia hubiese sufrido una derrota muy fuerte en las elecciones
parlamentarias de 1937.
Tercero, la tolerabilidad del programa de reformas es otro punto que explica
la estabilidad. Si bien, podemos decir, no había consenso en los fines últimos
(pensemos en el modelo de sociedad que la coalición de centro izquierda tenía en
la cabeza y en el que tenía la derecha), lo que realizaron las coaliciones de centro
izquierda era tolerable para la derecha. Ante el dilema de estabilidad versus
cambio, dicha coalición siempre opto por la estabilidad. Fue su gran astucia
política y al mismo tiempo su gran debilidad. El hecho de que tendencialmente
hubiera preferido esa opción está ligado a la estabilización de la democracia en
esos diez años críticos en los cuales pudo haberse derrumbado.
La permanente opción por la institucionalización, por la estabilidad, les
permitió a las fuerzas de centro izquierda ser lo que fueron: las fuerzas que
fomentaron la industrialización capitalista, apoyada en el Estado, mas la
democratización social, inaugurando un estilo de desarrollo. El argumento no es
que la industrialización comenzó en la post crisis o con los frentes populares. En
algún tiempo se creyó eso; que el “gran empuje” había comenzado del 32 para
adelanta. Que los “frentes populares” habían casi inaugurado la industrialización.
Lo que se inauguraba en verdad era un nuevo papel del Estado en relación
con la industrialización, una intervención más racional y planeada, mucho más
intensa, en cantidad y calidad, que lo que había habido anteriormente.
Entonces es interesante que una coalición de radicales con socialistas y
comunistas haya formulado un programa de modernización capitalista, que es lo
que hicieron los “frentes populares”. Esa coalición nunca intentó el socialismo, sino
el desarrollo industrial más la democratización social. Y en los dilemas optó
siempre por la estabilidad, optó siempre por la transacción con la derecha para
evitar la crisis política, bien retirando proyectos o bien permitiéndole a la derecha,
a través de los liberales, una cierta participación en los gobiernos llamados de la
“Unión Nacional”, o aun la cautela de ciertos intereses básicos. Ese énfasis en la
estabilidad, esa preferencia por la transacción cuando se enfrentaban dilemas,
impidió completar las tareas de modernización que eran necesarias para que
tuviese espacio un estilo de democratización. Esas fueron tareas que las
coaliciones de centro izquierda no abordaron y que quedaron pendientes para la
década del sesenta como un peso muerto.
LAS TAREAS PENDIENTES Y EL DESENCADENAMIENTO DE LA CRISIS
Tres cuestiones básicas quedaron sin resolver. Una fue la dependencia
externa crítica de la economía, expresada en la casi nula injerencia en el control
de la producción cuprífera, en la escasa injerencia en la comercialización y en el
débil desarrollo de la industria elaboradora de productos derivados del cobre. Los
gobiernos de los “frentes populares” hicieron algo en esa materia, pero fue poco.
Entonces quedó como una tarea pendiente que Ibáñez enfrentó parcialmente, y
que fue abordada globalmente por los gobiernos de Frei, a través de la
chilenización, y de Allende, con la nacionalización. Pero esta tarea no fue
abordada en los gobiernos de los “frentes populares”, siendo asumida con retardo.
Otra deficiencia, tan importante como la anterior, fue que tampoco se
asumió lo que podemos llamar el atraso agrario. Hablo de atraso agrario, no en
relación a la productividad del agro, sino en relación al carácter de las relaciones
sociales y productividad que existían en el campo chileno. Por lo menos algunas
de sus instituciones tenían un carácter atrasado, caso colonial, y eso afectó el
desarrollo capitalista en un aspecto crítico: la marginación de la masa campesina
de los bienes industriales. Este problema no fue abordado por los “frentes
populares” en alguna forma de las que pudo ser enfrentado. Efectivamente se
puede suponer que una reforma agraria era políticamente desestabilizadora en
ese momento. La elite política de la derecha era culturalmente oligárquica y
estaba ligada al latifundio. Si se hacia una reforma agraria, lo más probable es que
dejara de representarse al sistema político como estructura equitativa de
posibilidades y buscara, por lo tanto, soluciones alternativas. Pero lo que no tenía
por qué estar fuera del horizonte histórico era la sindicalización campesina, la
incorporación de los campesinos al sistema de negociación, con el objeto de
unificar y ampliar el mercado interno. Eso quedó como una reforma pendiente:
persistieron sectores de carácter semicapitalista o de servidumbre, como se quiera
llamarlo. Esos sectores sociales son, desde el punto de vista del desarrollo
capitalista, una masa que no entra a formar parte de los consumidores del
mercado interno, sino muy tardíamente.
Por último, los “frentes populares” o coaliciones de centro izquierda
tampoco hicieron nada para mejorar las deficiencias de la representatividad del
sistema político, porque si bien se había terminado la manipulación del voto por el
ejecutivo, no se habían terminado el cohecho ni la sobre representación de las
zonas agrarias en el Parlamento. Esas reformas se hicieron en 1958, al fin del
gobierno de Ibáñez.
Entonces, podemos decir que los frentes populares, pese a tener eficiencia
histórica, dejaron “cargado” el sistema político de tensiones, debido a las
debilidades de su política de modernización. Se produjo un problema que afectó al
desarrollo futuro, debido no a los excesos de los programas de cambios, sino
justamente a lo contrario, al carácter muy contrabalanceado y muy compensatorio
que tenía el sistema político, con demasiado “Estado de Compromiso”. Esa
característica explica la estabilidad del orden político, que en todo caso pospuso
tareas que, desde el punto de vista del propio modelo de desarrollo (capitalismo
más democratización), hubiese sido necesario que se hicieran antes.
En este aspecto el ejemplo básico es el “atraso agrario”, la permanencia en
el campo de formas productivas y de relaciones sociales semi capitalistas. Hay
escasa penetración del capitalismo en la agricultura chilena. Hasta la reforma
agraria de Frei¿, existía una completa imbricación entre la hacienda y el
minifundio, ambas tecnológicamente poco eficientes. La existencia de una
agricultura semi capitalista afectó al proceso de industrialización. Pero, además
produjo un efecto de radicalización del discurso. Ciertos temas de modernización
se cargaron de un contenido cuasi subversivo. El tema del atraso agrario en la
década de los sesenta, dadas las fuerzas sociales que parecieron en el escenario,
se verbalizó más en términos de justicia social que de penetración capitalista en el
campo.
Es necesario recordar que la revolución francesa de 1789, o la revolución
inglesa del Siglo XVII, “revolucionaron” la tenencia tradicional de la tierra, y eso no
conspiró contra el capitalismo; al contrario, desarrolló una estructura de tenencia
de la tierra que ha estado en la base del capitalismo francés o inglés. En Chile, el
tema de la reforma agraria como discurso no pudo, en la década de los sesenta,
estar ligado al desarrollo capitalista. Estaba cargado de otros contenidos
semánticos y aparecía desvinculado del proceso de industrialización y del
desarrollo capitalista. Por el tipo de fuerzas sociales que predominaron en la
década de los sesenta, las reformas de la situación agraria no fueron vistas como
tareas de modernización, sino como tareas de “revolución social”.
¿Y cuáles eran las fuerzas sociales de la década del sesenta? Sabemos
que desde los treinta existió un campo de fuerzas políticas que era
estructuralmente tripartito, con una izquierda socialista marxista, que aspiraba en
el futuro a cambiar la sociedad capitalista, un partido intermedio, como el
radicalismo, y una derecha muy poco modernizadora. Pero para entender lo que
sucedía hay que distinguir entre estructura y funcionamiento. Hay sistemas con
estructura tripartita que en algunos momentos funcionan con dos tendencias. En el
periodo de los frentes populares, tenemos una bipartición del campo entre la
derecha y la izquierda. La izquierda en el gobierno, la derecha en la posición, y un
partido liberal que de repente coqueteaba con las coaliciones de centro izquierda.
No hay polaridad política, sino estabilidad.
En la década del sesenta, el proceso fue el opuesto. Casi siempre hubo un
funcionamiento multipartidario, sin alianzas, con un doble centro, y, en las
elecciones de 1970, una situación de tres tercios. Uno diría que no hay, fuera del
período de la Unidad Popular, partición del campo entre dos fuerzas enfrentadas
abiertamente. Sin embargo, existió un creciente grado de polarización política.
¿Por qué? Porque, a diferencia del sistema de partidos de la década anterior, el
de la década del sesenta no fue aliancista. La propensión coalicional del sistema
político cayó verticalmente y se agudizó la polarización política. Uno puede pensar
que debió ser todo lo contrario, dado que hasta 1970-73 no existió un polo
enfrentado directamente con el otro. Pero en ves de tener un sistema mucho más
flexible, tenemos en ese período uno más inflexible y más polar.
¿Qué hay detrás de esto? Creo que es real el análisis de Vial sobre la
miseria; creo que el problema de fondo son estas modernizaciones incompletas y
atrasadas que pendían sobre la sociedad chilena; tareas que históricamente
debieron haberse realizado antes y que se acumularon todas en un momento
histórico. Esta situación fue agravada por el crecimiento de la participación
electoral. En 1957 votaron 800.000 personas, mientras que en 1973 votaron
4.500.000. Entonces, en ese contexto de participación electoral se produjo la
radicalización de todas las fuerzas políticas. Dije de todas, Una radicalización de la
izquierda, una radicalización de la derecha y un papel político muy particular del
tipo de centro dominante que surgió en la década de los sesenta.
La Democracia Cristiana cumplió papeles cambiantes, lo que es típico de
los partidos intermedios. Así, la DC, el año 64, le proporcionó a la derecha una
salida para evitar el triunfo de Allende, pero su papel político fue muy diferente en
el periodo 1964-70. En la coyuntura electoral del 64 fue moderadora, pero el 64 y
70 operó como fuerza centrífuga; colaboró a la radicalización política del espectro,
empujando a la derecha hacia la derecha, y a la izquierda hacia la izquierda. Eso
lo llamamos una doble centrifugación. En vez de operar como factor moderador de
las tensiones políticas jugó, por su posicionamiento en el espectro, un papel
radicalizador.
¿Por qué? Porque le tocó asumir las tareas históricas que quedaban
pendientes. Porque el verdadero continuador de los frentes populares en Chile fue
la DC. Ella intentó completar el ciclo de reformas anti oligárquicas de la sociedad
chilena; entre ellas la chilenización del cobre, pero especialmente la reforma
agraria y la sindicalización campesina. Entonces ¿cómo no iba a arrastrar a la
derecha hacia la derecha cuando, justamente, lo que había caracterizado a las
clases dominantes chilenas era la de ser la expresión política conjunta del
latifundio y la burguesía, a través de partidos del tipo conservador? En la práctica,
la no existencia de una representación biclasista, con un partido conservador que
tuviera que ver con los latifundistas interesados en mantener el atraso agrario, fue
un factor perturbador. Liberales y conservadores tenían un gran numero de
latifundistas entre sus elites políticas, y los intereses del latifundio tenían una
fuerte expresión en el sistema político. Entonces, cuando la DC puso en ejecución
la reforma agraria, el conjunto de la elite política derechista se colocó en contra.
La estrategia de la DC fue la profundización de la industrialización con
cambios agrarios: “les quitamos el latifundio, pero modernizamos la industria”. Con
eso creyeron que iban a conseguir la división de la clase dominante en dos
partidos, uno moderno y otro tradicional. Pero se produjo la reconstitución de la
derecha en un solo partido; una derecha que luchó unificada contra la reforma
agraria como si ésta fuera la muerte del capitalismo. En realidad, era la muerte del
latifundio, pero no tenía por qué haber sido la muerte del capitalismo en la
sociedad, ya que la DC no planteaba nacionalizaciones industriales, y ni siquiera
en la agricultura. Frente a una derecha conservadora, con una ausencia casi total
del proyecto de modernización, el programa de la DC produjo un movimiento
uniforme de la derecha hacia la derecha y no el surgimiento de un partido burgués
moderno que representara políticamente de un modo separado a los sectores más
conservadores.
Se les pudo hacer a los latifundistas el siguiente discurso: “nosotros, en
aras de la modernización y de cambios que prevengan una revuelta futura, somos
partidarios de la sindicalización campesina y de la división de la tierra, acepten el
sacrificio”. Esa argumentación no prosperó, no sólo por el conservantismo de la
derecha, que la hacia insensible, sino también porque estábamos en la década del
sesenta, en la época de la Revolución cubana, donde los temas de la revolución y
del cambio global de estructura eran los temas de Chile y de América Latina.
La radicalización de la izquierda ¿qué tuvo que ver con la DC? Al
desarrollarse un partido intermedio, tan reformista que hablaba de revolución ¿qué
le quedaba a la izquierda? Si la DC hacía la reforma agraria, ¿cuáles eran las
tareas de la izquierda? Cuando pregunto qué le quedaba a la izquierda pienso
dentro de un sistema de competencia electoral. ¿Cómo definía su principio de
identidad de izquierda si la reforma agraria ya la había hecho Frei?
Las identidades y los espacios electorales requieren diferenciación y
especificidad porque existía un mercado político. No estábamos en un sistema
donde Presidente, legisladores y alcaldes eran nombrados. En un sistema de
competencia electoral, la lógica de la diferenciación opera muy fuertemente y ¿qué
necesitaba la izquierda para diferenciarse de la DC? Anunciar la nacionalización
de la industria, el tránsito al socialismo. Necesitaba ganarle a Tomic, disputarle la
votación popular. Esa es la segunda centrifugación que proviene desde el centro:
la DC empujó a la izquierda hacia la izquierda, porque le expropió, por así decirlo,
su discurso revolucionario. Este proceso – la izquierdización de la izquierda – se
juntó con otro y lo activó por influencia no del “guevarismo”, sino del “castrismo”.
El guevarismo influyó en casi toda América Latina. En Chile influyó sobre el
MIR. Sus militantes leían devotamente al Ché, pero se saltan sus capítulos donde
decía que Chile y Uruguay eran excepciones históricas, por la fuerza de sus
democracias representativas. Guevara se hizo la pregunta: ¿era Cuba una
excepción histórica? Y se contestó que no; que en casi toda América Latina la
guerrilla era la forma principal de lucha. Observen ustedes la mentalidad política
de la época: se postula un fenómeno particular e histórico sin estudiar los
correspondientes sistemas de clases, como validez general. Así el Ché fue a morir
heroica e inútilmente en Bolivia.
En Chile, la influencia importante fue la del castrismo, del cual surgió la idea
de que había que pasar luego a la fase socialista de la revolución, porque si no la
estabilidad política no era posible. La teoría gradualista de la revolución, que era la
que tenía la izquierda chilena, especialmente los comunistas, fue declarada
insensible. Apareció la obsesión por llegar rápido al socialismo. Esto podría
perfectamente analizarse como un mito de izquierda, puesto que se suponía que
el criticado estado burgués podría transformarse, desde dentro y rápidamente,
como por encanto, en un estado socialista. Esa era la izquierda que existía, que se
fue desarrollando en los sesenta. Entonces, la influencia cubana y la lógica de
diferenciación de la izquierda respecto de la DC para disputar el voto popular,
generaron una radicalización de esa izquierda, la cual afectó al PS más que al PC.
Para terminar, porque tengo un problema de tiempo, creo que la crisis
chilena (y aquí seguramente voy a discrepar con Gonzalo Vial), fue
fundamentalmente política. Pienso que no hubiera habido término de la
democracia chilena si no es por el periodo de la Unidad Popular, lo que no
significa decir que lo ocurrido es responsabilidad exclusiva de la izquierda.
Evidentemente el sistema político aumentó considerablemente su carga
tensional con el triunfo de Allende, pero éste accedió “pacíficamente” al gobierno.
¿Por qué? En primer lugar, porque el Partido Nacional, como tal, no buscó la
fórmula de la salida extralegal para impedir la votación del Congreso Pleno. Fue
un grupo marginal el que organizó el asesinato de Schneider. La derecha buscó
una fórmula legal. El sistema consistía en que Alessandri fuera elegido por el
Congreso Pleno, que acto seguido renunciara y que, finalmente, se convocara a
una nueva elección. Frei podría ser reelegido porque había pasado un nuevo
período presidencial. La DC dijo que no, porque hubiese tenido que imponer una
fuerte represión y se hubiera dividido, convirtiéndose en la “nueva derecha”. Eligió
sus intereses políticos inmediatos. Además ¿quiénes fueron los otros
responsables de que subiera Allende? Los militares, porque no hubo ni un golpe ni
un veto militar. ¿Por qué estas conductas “pacíficas”? Porque el sistema político
era muy legítimo y no era posible hacer un golpe en ese momento.
Entonces, no es que el sistema político con la subida de Allende hubiera
estado ya socavado. Había dado una prueba más de que era un sistema muy
representativo y muy legítimo. Había sido capaz de procesar el ascenso de
Allende a través de la negociación. De esta manera, lo que pasó después fue
responsabilidad política de actores concretos.
Para entender el final de este período (el golpe militar), hay que decir
algunas palabras sobre la génesis de la crisis entre 1970 y 1973. Parto de una
premisa: no creo que fuera fatal que Allende cayera derribado por los militares.
Algunos analistas de izquierda han descubierto, después de 1973, que el golpe
era inevitable: como en las tragedias griegas, se sabía desde el principio, que
Edipo iba a matar a su padre; y conociéndose el género se conoce el desenlace,
se sabe que todo va a terminar mal. Fue así, pero hubo múltiples coyunturas
donde pudieron establecerse arreglos políticos entre el centro y la izquierda, los
que hubiesen abierto otros caminos al desarrollo político posterior. Lo que
fatalmente llevaba a la crisis era tratar de construir el socialismo sin conseguir la
mayoría en el Estado; no sólo en las masas, sino en el Estado. Como es sabido,
en ese sistema político no bastaba recurrir a la masa, puesto que las leyes se
hacían en el Parlamento. ¿Qué le pasó a la UP en las elecciones municipales del
año 71 cuando sacó el 50% de los votos? Demostró su apoyo en las masas, pero
no tuvo ningún efecto estatal, porque los diputados habían sido elegidos en el año
1969; así era el sistema institucional chileno. En esas condiciones no se podía
hacer el programa de reformas que Allende pretendía sin una coalición política con
el centro. El otro camino llevaba a la crisis inevitable, pero elegirlo fue una opción.
El camino de las reformas extraparlamentarias, sin negociación política, conducía
a la extrema polarización. Pero lo que quiero decir es que la crisis no estaba
activada desde el principio.
En pocas palabras, puede decirse que la aplicación del programa de la UP
requería de la formación de un bloque democratizador con el partido intermedio
dominante, la DC. La izquierda, al elegir el camino de las reformas no negociadas,
contribuyó a favorecer la estrategia de centrifugación de la derecha, la cual
buscaba el vaciamiento del centro hacia su lado. Cuando eso se consumó, la crisis
estaba desencadenada. Por último, creo que entre 1970 y 1973, no fracasó la “vía
chilena al socialismo”. Ella no fue aplicada hasta sus últimas consecuencias,
porque hacerlo hubiera requerido formar una mayoría estatal para los cambios.
Este tipo de interpretación analiza la crisis de 1973, menos en términos de
necesidades históricas y de factores objetivos, fuera del control de la acción
política, y más como el resultado de opciones, decisiones, cálculos, conflictos o
luchas entre partidos y sectores sociales. Se prefiere privilegiar esa mirada de
crisis, definiéndola como crisis del sistema de partidos, como crisis de la elite
política y como resultado de luchas políticas, por razones que también tiene que
ver con el análisis de la dictadura miliar. La crisis política chilena era profunda,
pero no necesitaba de la “cirugía mayor”, de una contra revolución burguesa. El
problema no era estructural, en el sentido marxista del término, sino cultural, de
radicalización de las elites políticas. La dureza del golpe se puede entender por la
lógica paranoica que los actores políticos tenían. Tanto la DC como la derecha se
imaginaron que la izquierda tenía fuerza para imponer una dictadura, pero el 11 de
septiembre ya se habían dado cuenta que esa creencia era un mito. Entonces, es
falso que se necesitara de esta contrarrevolución burguesa para salvar a la
democracia. En verdad, ella se necesitaba para restaurar un sistema económico
capitalista, sin presión sindical y sin interferencias provenientes de una
competencia política plural.
Por último, Gonzalo Vial nos ha hablado del odio. Sí, la polarización trae
consigo una carga de pasión y de violencia. Pero no se pueden comparar las
odiosidades del pasado con el odio que incuba una dictadura terrorista. No creo
que nada de lo que ha ocurrido estos trece años nos prepare para la democracia.
Más bien, todo favorece una política con muy poco sentido racional y de cálculo
una política de oposición, que es más que nada, un clamor y un grito contra la
tortura, la muerte y la exclusión. En las condiciones actuales ¿puede ser de otra
manera?
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