CLASE 7: Ideas fuerzas del siglo XIX
Síntesis: En esta clase comenzamos a estudiar el mundo de las ideas que
predominaron en Europa, a partir de 1850. Analizaremos aquellas ideas que tendrán
una notable influencia en el mundo desde fines del siglo XIX y durante la primera
mitad del Siglo XX. Ellas son: el liberalismo político, el nacionalismo y el imperialismo.
También pasaremos revista a los distintos proyectos que trataron de resolver el tema
de las desigualdades sociales. Veremos las respuestas dadas por los partidos
socialistas, anarquistas, comunistas. También nos detendremos en la posición que
adoptó la Iglesia frente a estos problemas.
Interrogatorio: ¿Cuáles son las principales características del liberalismo político?, ¿
Cuáles eran las ventajas que ofrecía a un sistema político contar con una
constitución?, ¿Qué diferencia a los movimientos monárquicos-parlamentarios de los
constitucionales?, ¿Cuáles son sus coincidencias?, ¿ Cuál fue el medio político que se
usó para resolver pacíficamente los enfrentamientos sociales?, ¿Cuáles fueron los
elementos que contribuyeron a la elevación de la cultura política de amplios sectores
sociales?, ¿Qué función cumplieron los partidos políticos?, ¿Cuál era la situación de
los partidos políticos en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania?, ¿ Qué
diferencias existen entre los nacionalismos conservadores y los de raíz liberaldemocrático?, ¿ Qué relación se puede establecer entre nacionalismo y patriotismo?,
¿ Qué características tuvo el nacionalismo en Francia, Alemania e Italia?, ¿ A qué
denominamos "nacionalismo lingüístico"?, ¿ Qué característica tuvo el nacionalismo
imperialista en Gran Bretaña, ¿ Compare el modelo expansionista de Estados Unidos,
Japón y Gran Bretaña? , ¿Cómo pudieron estos movimientos contar con el apoyo de
grandes mayorías? ¿A qué denominamos xenofobia?, Qué importancia tuvo la escuela
en la formación de estos movimientos?,¿ A qué se llamó causa de Estado? ¿ Qué
características tuvieron las ideologías contestarías?
Desarrollo:
El liberalismo político
El liberalismo, como fenómeno histórico se manifiesta como un tipo de
mentalidad característica de la Europa moderna, más precisamente de la Europa
atlántica, y supone una serie muy variada de acciones, comportamientos y
pensamientos que denotan una actitud abierta, tolerante y crítica frente a los
principios inmutables establecidos por la tradición o la costumbre y concluye
estableciendo fórmulas más racionales para la explicación del mundo y desechando
cualquier principio de autoridad no comprobado.
Para los liberales que vivieron en el siglo XIX, la defensa de los derechos
individuales era el común denominador de sus programas: en sus luchas se oponían
a toda fuerza que pudiera contrarestar o limitar la libertad económica, ya sea para
fabricar, comerciar o ampliar el mercado; la libertad para pensar y expresarse sin
censuras; y la libertad para elegir el gobierno apropiado a los intereses de cada uno y
poder votar las leyes deseadas.
Para poder lograr este estado los individuos debían restringir la libertad del
soberano y del Estado. Y para obtener ambas cosas ya sea tanto la vigencia de los
derechos de cada uno como la limitación del poder estatal, se hacía indispensable una
Constitución.
Este documento se convertía así en el garante del ejercicio de esos derechos y
a su vez ponía un límite al poder de los gobernantes.
El otro objetivo que los unía era el reclamo por la participación en la
administración del Estado y en la redacción de las leyes a través de asambleas
legislativas.
Así, pues, los dos puntos principales de su programa, la obtención de las
libertades políticas y la participación en la dirección del Estado, se cumplirían si se
lograba la aprobación y aceptación por parte de todos los integrantes de la sociedad
de una Constitución. Por eso todos los movimientos liberales europeos de este
período la reclamarán y centrarán en su obtención el triunfo de sus luchas.
Pero si bien la Constitución era un punto de unión y concentración de fuerzas
sociales y políticas contra el absolutismo, en el pensamiento liberal de esta época
podemos distinguir muchos matices, de acuerdo con cada región y momento histórico.
Así tenemos, por ejemplo, a los monárquicos-constitucionales que, en la firme defensa
del principio monárquico, admitían una constitución; los manárquicos-parlamentarios
que consideraban a las asambleas legislativas como el soporte político del Estado e
incluso pensaban que el nombramiento de los ministros del ejecutivo debía ser una
atribución de ellas.
Ambos grupos coincidían con un régimen electoral restringido y por lo tanto
excluían a una gran mayoría de los derechos políticos. Sólo la clase social que
detentaba el poder económico y cultural era la única beneficiaria de este sistema
político.
Ampliación de la participación política
Sólo después de la segunda mitad del siglo XIX, el liberalismo irá
evolucionando lentamente hacia la democracia, sobre todo en Inglaterra, Francia y
Estados Unidos en donde el desarrollo y consolidación de la industrialización y la
urbanización hicieron posible la materialización del antiguo programa liberal.
Así fue como algunos liberales se democratizaron pues entendieron que sin el
apoyo de los más amplios sectores de la sociedad era imposible pensar en un
sistema político estable. Los caminos de este proceso de democratización fueron muy
variados, según los distintos países, pero en la mayoría de ellos se pensó en la
implantación del sufragio universal como solución para resolver pacíficamente los
enfrentamientos sociales. Esta medida permitió que la mayoría comenzara a influir en
la conducción política del Estado.
La implantación del sufragio universal se instauró en 1871 en Francia y
Alemania. En Inglaterra y en Italia en 1912. En 1907 en Austria y en nuestro país el
voto secreto, obligatorio y universal y el sistema de lista incompleta se hizo realidad en
1912 con la promulgación de la llamada Ley Sáenz Peña.
Fruto de una tenaz oposición a un “Régimen” que excluía a amplios sectores
de la participación política, la ley estableció un universo electoral que incluía a todos
los varones mayores de 18 años que figuraban en el listado de la conscripción militar y
a los extranjeros naturalizados y excluía a las mujeres. Al establecer el carácter
obligatorio del voto, la ley no privaba a ningún ciudadano del ejercicio de su derecho
político, ya que se trataba de una obligación cívica. La representación de las minorías
era asegurada por el sistema de lista incompleta, que reservaba un tercio de los
cargos a la primera minoría.
Esta última medida permitiría en el futuro una mejor representación de todos
los sectores sociales y el congreso será visto en adelante como una institución que
garantiza y hace efectiva la democracia política.
No podía concebirse el sufragio universal sin un mínimo desarrollo cultural de
los pueblos, y esto implicaba la existencia de un ciudadano que fuera consciente de
sus responsabilidades sociales y políticas. La solución a esta problemática fue hallada
en la difusión de la enseñanza. Para ello el Estado debía garantizarla a todos sus
ciudadanos en forma gratuita, laica y obligatoria. A partir de 1880, después que la
implantó Francia se extendió por toda Europa y se constituyó en elemento básico del
desarrollo político de los pueblos europeos.
En la Argentina, la educación de las futuras generaciones fue un problema que
estuvo presente en los gobiernos de los primeros presidentes. Sarmiento consideraba
indispensable la difusión de la enseñanza primaria, sintetizando su pensamiento en la
famosa frase “Educar al soberano”, como una forma de garantizar la formación del
ciudadano, último responsable de las instituciones de la República.
La Ley 1420 del año 1884 fijó que la enseñanza sería gratuita y obligatoria para
los niños y niñas de 6 a 14 años: gratuita debía ser para que sea obligatoria y
obligatoria porque “ no puede existir en parte alguna el derecho de ser ignorante”.
También estableció la neutralidad religiosa con el propósito de garantizar la libertad
religiosa y de conciencia, otro de los principios claves del liberalismo.
Junto a la extensión del sufragio y a la difusión de la enseñanza, otro elemento
que contribuyó a la elevación de la cultura política de otros sectores sociales fue la
aparición de la prensa diaria. Los diarios comenzaron a publicar los debates
parlamentarios, y así los problemas de gobierno dejaban de ser ajenos para la
mayoría de la población. Los partidos políticos editaban sus propios periódicos donde
exponían sus soluciones a los problemas más generales y de esta manera acercaron
una serie de ideas que empezaron a ser manejadas por el hombre de la calle. Así se
fue formando una “opinión pública” que, si no influyó decididamente en la marcha de
muchos gobiernos todavía dirigidos por elites, por lo menos tuvo que empezar a ser
tenida en cuenta.
En nuestro país, entre octubre de 1869 y enero de 1870 aparecieron La Prensa y La
Nación, cuando acababan de conocerse los datos del primer Censo Nacional de
Población: 1.877.000 habitantes. Del censo se desprende que más de 60.000
habitantes del puerto de Buenos Aires (una tercera parte) saben leer y escribir.
Sarmiento, entonces presidente pensaba que “El diario es para los pueblos modernos
lo que era el foro para los romanos”.
Al ser cada individuo un voto, los partidos políticos tradicionales tuvieron que
pugnar por crear alrededor suyos mecanismos para ganar la voluntad y apoyo de las
mayorías. La prensa periódica se convirtió en el instrumento privilegiado para generar
consensos políticos.
Las masas recién alfabetizadas demandaban cada vez más noticias y que
estas fueran cada vez más recientes, mientras que las nuevas maquinarias, en
especial la linotipia, que comenzó a utilizarse en 1886, hicieron posible producir
periódicos a un precio cada vez más reducido. En Estados Unidos aparecieron dos
empresarios periodísticos, Joseph Pulitzer y Randolph Hearst, que crearon
publicaciones destinadas a la población de las grandes ciudades, en pleno
crecimiento por entonces. Hacia finales del siglo el New York Times, que aún
continúa editándose, comenzó a cimentar su reputación como medio capaz de cubrir
con eficacia y seriedad las cuestiones más destacadas de la actualidad nacional e
internacional.
En nuestro país, José C. Paz fundó La Prensa en 1869, con el propósito de
crear un órgano independiente de los partidos políticos. Sin perder este carácter
político el periódico incorporó publicaciones literarias o satíricas, de educación, artes,
ciencias, legislación y agricultura que tuvieron mucha divulgación con el sistema de
vendedores ambulantes de diarios.
Otro importante componente de este avance de la democracia lo constituyen
los partidos políticos. La división en partidos se había originado en Inglaterra, donde
constituía el sistema por el que los políticos lograban llevar a la práctica sus
programas y obtenían los cargos que deseaban. El partido convertía la política en un
medio de vida imaginable y en un instrumento organizado de gobierno, además que
permitía que la oposición abandonara la actitud siempre conspirativa y actuara de un
modo de diferente pero aceptable por todos. Es decir, el partido transformaba la
rivalidad virulenta entre facciones en un antagonismo cotidiano y tolerable entre los
que estaban en el poder y los que aspiraban a estarlo.
El partido se convirtió en el mecanismo con el que se organizaba a los
ciudadanos y a las mayorías se las convocaba a votar y a movilizarse para las
contiendas políticas. Para fines del siglo se habían convertido en organizaciones
permanentes con personal profesional y oficinas que permanecían muy activas
durante las elecciones. Eran organizaciones disciplinadas que se mantenían en
contacto con los distritos electorales y supervisaban una red de periódicos leales.
En los Estados Unidos de Norteamérica, su estructura estatal llevaba por sí
misma a la formación de partidos políticos. El sistema cuidadosamente elaborado de
frenos y equilibrios establecido en la Constitución hacía necesaria la cooperación del
ejecutivo y del legislativo para el desarrollo de cualquier política. Además, la división
del poder legislativo entre los gobiernos estatales y el federal, como preveía la
Constitución, obligaba a que los defensores de alguna política en concreto busquen
representación o influencia en ambos planos. Dado que estos objetivos eran
demasiado complejos y difíciles para grupos que no eran permanentes, la formación
de organizaciones políticas independientes se hizo inevitable.
A propósito de esto, un constitucionalista escribía en 1890 “ El espíritu y la
fuerza del partido ha sido en América tan esencial para la acción de la maquinaria
del gobierno como el vapor lo es para una locomotora”.
El Partido Republicano logró consolidarse, después de la guerra civil y,
desplazar del poder al Partido Demócrata que venía gobernando desde 1830. La
clase obrera industrial se reconoció en las propuestas del partido socialista y los
trabajadores rurales se identificaron con el Partido Populista. Ambos denunciaban la
política social del gobierno y acusaban a demócratas y republicanos de impedir la
participación política democrática al no promover la elección directa de los
senadores.
Pero habrá que esperar al Siglo XX para que la mujer y los negros logren la
plenitud de los derechos políticos.
En Gran Bretaña, donde la tradición política había consagrado el poder del
Parlamento junto al Rey, se sucedieron una serie de reformas políticas que fueron
ampliando la participación de diferentes sectores sociales. Después de la Segunda
Reforma (1867) que duplicó el derecho al voto, permitiendo la participación de la
pequeña burguesía y de los obreros calificados, la vida parlamentaria inglesa se
caracterizó por una rivalidad organizada por conservadores y liberales y amenazada
en ocasiones por conflictos internos y perturbada cada vez más por los
representantes irlandeses que trataban de romper el equilibrio.
En Francia, hacia fines de siglo los socialistas radicales, los liberales laicos
moderados y los socialistas de la clase obrera organizaron partidos para presentarse
como candidatos a las elecciones para las Cámaras y enfrentarse a los problemas
polarizados de la Iglesia y el Estado.
Incluso en Alemania, donde el Parlamento ejercía menos influencia, se
crearon fuertes organizaciones de partidos alrededor de las divisiones religiosas y de
clase: la Socialdemocracia, partido de masa obrero, un Partido Católico (el centro),
los conservadores agrarios prusianos y los padres protestantes urbanos, burócratas
nacionales, hombres de negocios y profesionales pertenecientes a los liberales
nacionales, partidarios del gobierno, o los progresistas, opuestos a éste.
Hacia fines del Siglo XIX,
división de partidos.
nadie dudaba que la democracia significaba
El sufragio universal, la ampliación de la escolaridad, la divulgación de las
noticias junto a los procesos de modernización económica, la complejidad de las urbes
modernas y la participación de las mayorías, son otros tantos factores que explican la
extensión de la democracia política en la segunda mitad del siglo XIX.
Nacionalismo
Junto con el liberalismo, el nacionalismo constituyó otras de las ideas motoras
de la evolución política del siglo XIX, con fuerte incidencia, no sólo en la política
interna de los países europeos, sino también en sus relaciones internacionales.
A partir de 1830 se designaba como “causa nacional”, en política, aquel
movimiento que exigía el derecho de autodeterminación, es decir, el derecho de
formar un Estado independiente. Durante la mayor parte del siglo XIX, el nacionalismo
se había identificado con los movimientos liberales y radicales y con la tradición de la
Revolución Francesa.
En 1793, cuando toda Europa entró en guerra contra Francia, se despertó en
los franceses un fuerte sentimiento nacional, patriótico, que los impulsó a formar
ejércitos para defender el suelo nativo. Más tarde fue la propia Francia la que se
extendió fuera de sus fronteras y pasó a dominar territorios habitados por otros
pueblos. Frente a esta presencia del invasor, renació en éstos la conciencia de
pertenecer a una nacionalidad distinta, con lengua, cultura, pasado y tradiciones
diferentes, y el deseo de afirmarla y defenderla frente al extranjero.
Otras de las ideas que Napoleón contribuyó a difundir por Europa fue
precisamente la del nacionalismo. Así el filósofo alemán Fichte (1762-1814) al invadir
las tropas napoleónicas Alemania, hizo en sus Discursos a la nación alemana un
verdadero manifiesto del nacionalismo conservador. En el texto incitaba a sus
compatriotas a luchar por la liberación, a la vez que expresaba su creencia en el
liderazgo cultural germano, basado, en su opinión, en la existencia de una lengua
original, que se convertía así en el vínculo más fuerte entre los miembros de una
comunidad nacional: “Quienes hablan la misma lengua constituyen un todo que la
naturaleza misma ha unido de antemano con múltiples vínculos invisibles”
En Alemania, el Romanticismo dio un nuevo impulso al nacionalismo ya que
como movimiento buscó las raíces de lo germánico en la tradición y, sobre todo, en los
períodos del pasado considerados de esplendor. Mirando hacia ellos era posible que
una comunidad se identificara con sus orígenes y desarrollo histórico y fortaleciera sus
lazos internos de solidaridad. En este sentido la Edad Media era para los románticos
germanos la mejor expresión del espíritu alemán, por ser la fase histórica en que se
consolidó el Sacro Imperio Romano Germánico.
Este concepto conservador de nación que tuvo su origen en Alemania,
repercutió en otros países, en los que la exaltación del pasado, la tradición, los
sentimientos religiosos y los particularismos locales se estimaba que podían ser la
base constitutiva de la nación antes que la democracia centralizadora liberal.
Muy distinta era la concepción de nacionalidad que portaban los movimientos
nacionalistas que recorrieron la vía democrático-liberal inspirados por la Revolución
Francesa. En 1834 el italiano Mazzini la expresaba así: “Una nación es la asociación
de todos los que, agrupados ya sea por la lengua, sea por ciertas condiciones
geográficas, sea por el rol que les ha sido asignado por la historia, reconocen un
mismo principio y marchan, bajo el imperio de un derecho unificado, a la conquista de
una sola meta definida (...) La patria es, ante todo, la conciencia de la patria”.
Un pensamiento semejante al de Mazzini es el del pensador francés Renan
quien sostiene que: “La patria es el plebiscito de todos los días (...) es el haber hecho
juntos las grandes cosas del pasado y querer aún hacerlas en el porvenir”.
La primera parte de esta frase nos indica que todos los días esos hombres que
integran la nación, por su trabajo conjunto, están expresando su voluntad de integrar
esa nación. Por tanto, la decisión es de tipo personal o colectivo, de un grupo de
hombres que integran una nación, porque manifiestan su voluntad de hacerlo. La
expresión de esa voluntad implica que los pueblos tienen el derecho del voto, y por
ende, según esta concepción, se debe consultar al pueblo para que decida sobre su
destino, reconociéndose así el principio de autodeterminación, el principio de la
soberanía popular.
En los movimientos revolucionarios de 1830 y 1848 confluyeron estas dos
corrientes ideológicas: el nacionalismo y el liberalismo. Las aspiraciones nacionales
exigían el derrocamiento de los sistemas absolutistas. Volver a mirar la pintura de De
la Croix que observamos en la primera clase.
Después de la segunda mitad del siglo XIX, se intensificó la importancia de la
cuestión nacional en la política y el concepto nacionalismo sufrió importantes cambios
en su contenido. El historiador Eric Hobsbawm nos señala algunos de los aspectos
de este cambio. El primero de ellos es la aparición del nacionalismo y el patriotismo
como una ideología que se adueñó de los sectores más conservadores.
Hacia finales del siglo XIX el término se usó para reconocer grupos de
ideólogos que agitaban las banderas nacionales contra los extranjeros, los liberales y
los socialistas y se mostraban partidarios de la expansión agresiva de sus Estados. El
punto más culminante de este nuevo movimiento lo encontraremos en el período de
entre guerras, en el fascismo, cuyos antepasados ideológicos hay que encontrar aquí.
Un ejemplo nos lo ofrece Francia, luego de la derrota frente a los prusianos en
1870 y a la pérdida de Alsacia y Lorena, donde surgió un nacionalismo revanchista,
de contenido militarista y también políticamente conservador. Dañada en su integridad
territorial por la separación de aquellas provincias, Francia se sintió amenazada por
enemigos externos e internos (los socialistas que preconizaban la paz; los judíos, a los
que se consideraba extranjeros), y adoptó una actitud de repliegue sobre sí misma, de
odio hacia lo extranjero y sobrevaloración de sus rasgos nacionales.
Los principales pensadores nacionalistas de este período son Maurice Barrés y
Charles Maurras. El primero sostenía que Francia debía desarrollar plenamente su
fuerza nacional; esa energía sólo podía venir del pasado nacional, de la tierra y de los
muertos. De allí una defensa extrema de las tradiciones y de las gestas heroicas del
pasado, y una fuerte dosis de xenofobia, antisemitismo, y en el plano económico, de
proteccionismo.
En Maurras ese conservadorismo lo llevó a apoyar un retorno a la monarquía
como el régimen más apto para preservar el ser nacional y su continuidad histórica.
Esa posición es sólo un aspecto de sus ideas antiparlamentarias, antidemocráticas y
enemigas de la República. En la medida en que ésta significaba la democratización
política, el acceso de las masas al plano de las decisiones, se perdería la desigualdad
entre los hombres, que “es natural y beneficiosa” y correría peligro la preservación de
los valores nacionales que viene del pasado francés.
Toda esta corriente, tradicionalista y antidemocrática, adquirió considerable
fuerza en las postrimerías del siglo XIX y acompañó todos los ataques contra la
República que iniciaba una política laica y pragmática en manos del gobierno de Ferry
(1883-1885). El afán de revancha y su militarismo no fueron factores desdeñables en
el conjunto de causas que provocaron la Primera Guerra Mundial.
Otro cambio en el significado del nacionalismo es la novedosa tendencia a
definir la nación en términos étnicos y, especialmente, lingüísticos.
El movimiento pangermanista hizo suyas las tesis del francés conde de
Gobineau (1816-1882) sobre la definición nacional basada en criterios étnicos. La Liga
Pangermanista intentó, desde su fundación en 1891, promover una política de
intereses alemanes, a la vez que difundía su convencimiento de que la raza germana
estaba llamada a una necesaria expansión económica y territorial. Sólo un pueblo de
cultura superior podría llevar a feliz término tal empresa, a costa de las comunidades
impotentes para constituirse como auténticas entidades nacionales. Estas ideas,
recogidas por sectores militares, económicos e intelectuales, estaban destinadas a ser
las bases doctrinales del nazismo.
Algo parecido ocurrió en el caso del nacionalismo conservador italiano, cuyo
más conocido representante, Corradini, convocaría a la nación a realizar empresas
enaltecedoras de su gloria; su influjo impregnó los medios intelectuales jóvenes hacia
1912-13, convirtiéndose en fuente ideológica del fascismo.
Respecto al nacionalismo lingüístico –señala Hobsbawn- fue una creación de
aquellos que escribían y leían y no de quienes la hablaban. Las “lenguas nacionales”,
en las que descubrían el carácter fundamental de sus naciones, eran, muy
frecuentemente, una creación artificial, pues habían de ser compiladas,
estandarizadas, homogeneizadas y modernizadas para su utilización contemporánea y
literaria, a partir del rompecabezas de dialectos locales o regionales que constituían
las lenguas no literarias tal como eran habladas. Un ejemplo de esta característica
ideológica del nuevo nacionalismo la podemos encontrar en los debates
parlamentarios de nuestro país sobre la obligatoriedad de enseñar en lengua
castellana en las escuelas, que se hallan transcriptos al final del capítulo.
Otro cambio operado en el concepto de nacionalismo esta vinculado con los
procesos de expansión colonial. El nacionalismo imperialista viene a representar el
punto culminante del ideario nacionalista conservador en tanto que exalta el poder y
prestigio de un país, y considera misión de una comunidad nacional la prolongación de
su soberanía a dominios coloniales.
Gran Bretaña fue la mayor potencia colonial europea, y en ella alcanzaría un
gran predicamento la idea nacional-imperialista entre 1882 y 1902. Tanto el primer
ministro conservador Disraeli, el ministro de Colonias, Joseph Chamberlain y el
colonizador de áreas del sur de Africa, Cecil Rhodes se referían a la expansión
británica como un destino nacional inexcusable, una ley de desarrollo histórico, un
reflejo de los designios de la Providencia para con un pueblo y una raza destinados a
ser gobernantes. Las guerras ocasionadas por la expansión colonial se consideraban
beneficiosas; venían a ser algo así como “un tónico social” que mantenía a la nación
en forma. La industria y la técnica comenzaron a ser identificadas con la civilización. Al
enfrentar sociedades como la india y la china, cuyos desarrollos en esos planos eran
escasos, las consideraban inferiores, y se creyeron predestinados para “llevarlas de la
mano” hacia el camino del progreso y de la civilización. Más marcada les resultaba la
diferencia con las sociedades africanas, lo que contribuyó a acentuar el carácter
racista de su ideología. La “civilización” la había producido el hombre blanco; las
sociedades extra-continentales no tenían civilización porque estaban formadas por
hombres de color. El sentimiento de superioridad racial que los nacionalistas alemanes
desarrollaron frente a los demás pueblos europeos, fue estimulado por los
nacionalistas ingleses frente a los pueblos coloniales.
Ese sentido “misional” de la expansión colonial fue ampliamente aceptado por
el pueblo inglés, en quien la prensa y el gobierno excitaron el orgullo de poseer el
Imperio más extenso del mundo. El nacionalismo fue, así, entendido como la
obtención y la defensa de tierras ubicadas fuera de la isla, más allá de los mares, cuya
posesión señalaba el índice de la grandeza nacional.
Igual significado adquiere “el destino manifiesto” en virtud del cual la nación
norteamericana se veía obligada a un crecimiento natural, en cuanto organismo sano y
joven que era. Por la tesis de la gravitación política había de ejercer en los pueblos
vecinos un papel regenerador y de extensión de los principios democráticos. En el
período presidencial de Roosevelt (1900-1906) estas formulaciones representaron una
justificación de su dominio en Cuba, Puerto Rico, Canal de Panamá por medio, casi
siempre, de los lazos que crea la dependencia económica en que cayó paulatinamente
una gran parte del continente.
El modelo expansionista de Japón se basaba también en un nacionalismo
cuyos componentes eran la idea de superioridad racial, la defensa de las tradiciones
nacionales y la conquista colonial, estimada como irrenunciable para evitar la
decadencia histórica. Estas ideas fueron difundidas y contaron con el apoyo de los
estados mayores militares y en beneficio de los intereses de la gran industria.
Lo cierto es que en el período que abarca los años 1870 y hasta la primera
guerra, los gobiernos que agitaron la bandera nacional sólo tenían en cuenta el
engrandecimiento de su nación-estado y su programa era resistir, expulsar, derrotar,
conquistar, someter o eliminar “al extranjero”.
¿Cómo estos programas pudieron contar con el apoyo de grandes mayorías?
Los historiadores han dado respuestas diferentes pero todas ellas han
subrayado la complejidad del fenómeno en cuestión y la multiplicidad de factores
necesarios para su explicación y comprensión. Una de las interpretaciones vincula
inevitablemente el problema dentro del contexto más general de la formación del
Estado-Nación.
Este proceso característico del siglo XIX estuvo signado básicamente por el
desarrollo de la industria, la urbanización y por intensos movimientos inmigratorios
que enfrentaron a una masa de desarraigados con otras, y que cambiaron
fundamentalmente el marco de convivencia real al que estaba acostumbrada la gente
–la aldea y la familia, la parroquia y el barrio, el gremio, y la confraternidad y muchas
otras -, esta comunidad real ya no abarcaba, como en otro tiempo, la mayor parte de
los acontecimientos de la vida y de la gente, y por eso sus miembros sintieron la
necesidad de algo que ocupara ese lugar. Fue necesario “inventar” una nación. El
Estado creó la nación con el objetivo de constituir nexos que unieran a todos los
ciudadanos con el Estado y de proporcionarles una identidad colectiva que borrase las
diferencias reales entre ellos.
El fenómeno del nacionalismo fue protagonizado por lo tanto por los miembros
de las clases medias urbanas y media baja y no por los campesinos o sectores rurales
a quienes les importó muy poco el nacionalismo.
La xenofobia –uno de los componentes característicos de esta última fase- se
daba fácilmente entre los comerciantes, los artesanos independientes y algunos
campesinos amenazados por el progreso de la economía industrial, sobre todo, una
vez más, durante los difíciles años de la depresión económica iniciada en 1873. El
extranjero simbolizaba la perturbación de los viejos hábitos y el sistema capitalista que
los amedrentaba. Un ejemplo lo constituye el antisemitismo que siempre fue dirigido
hacia los banqueros, empresarios y a quienes se identificaba con la destrucción que
el capitalismo causaba en las relaciones sociales aldeanas o comunitarias.
Lo que hacía que el nacionalismo de Estado fuera aún más fundamental era
que su administración pública exigía una educación elemental de masas, o cuando
menos que estuvieran alfabetizadas. La escuela, desde el punto de vista del Estado,
podía enseñar a los niños a ser buenos súbditos y ciudadanos. Pero un sistema
educativo nacional, es decir, organizado y supervisado por el Estado, exigía una
lengua nacional de instrucción. Así, la educación de unió a los tribunales de justicia y a
la burocracia como fuerza que hizo de la lengua el requisito principal de nacionalidad.
De esta manera los Estados crearon ciudadanos homogeneizados, desde el punto de
vista lingüístico y administrativo.
También crearon el patriotismo con la organización de rituales en las escuelas
cuyo objetivo era crear un verdadero culto patriótico. Así comenzó a generarse la
costumbre de que cada día, a la entrada de la escuela se ice la bandera y se cante en
su honor y de que casi todos los meses del calendario escolar se consagre un día a
una fiesta patria.
La “asimilación” a una comunidad así imaginada era lo que muchos esperaban
conseguir, sobre todo aquellos que aspiraban a integrarse a las clases medias. Porque
precisamente toda la segunda mitad del siglo XIX fue una época de movilidad y
migración masivas y también de tensiones sociales abiertas u ocultas.
Para 1914 el punto en el que había que hacer hincapié no era la gloria y la
conquista, sino el de que “nosotros” éramos las víctimas de una agresión o de una
política de agresión, y que “ellos” representaban una amenaza mortal para los valores
de la libertad y la civilización que “nosotros” encarnábamos. Así, para los ingleses y
franceses su lucha consistía en defender la libertad y la democracia frente al poder
monárquico, el militarismo y la barbarie mientras que para el Gobierno alemán decía
defender los valores del orden, la ley y la cultura frente la autocracia y la barbarie rusa.
Sólo el sentimiento de que la causa del Estado era también la suya propia pudo
movilizar a las masas que acudieron a la guerra no como guerreros o aventureros,
sino en su calidad de ciudadanos y civiles.
Actividad:
Leer atentamente el texto siguiente:
La Bandera de la patria
“Andresito está de fiesta. Durante todo el mes ha sido puntual, aplicado y respetuoso,
y el maestro le ha distinguido anotando en su libreta escolar las más altas
clasificaciones. Sus padres están contentísimos, y han prometido llevarle el día 25 de
Mayo a presenciar el desfile de las tropas nacionales.”
Enumerar aquellos valores que se pretende reafirmar
Comparar con los actos escolares actuales
¿Cómo pensar hoy la idea de una “verdadera” nacionalidad”?
Socialismo, Anarquismo y Doctrina Social de la Iglesia
El socialismo: de utópicos a científicos.
La aplicación práctica del sistema liberal puso al descubierto desde el primer
momento que el interés de la nueva clase gobernante burguesa se centraba, sobre
todo, en el concepto de “libertad”, mientras que el problema de la desigualdad
económica se había agravado con el sistema fabril, la libertad de contratación y de
salarios y, en general, con los cambios que trajo aparejado el capitalismo industrial. A
esta situación de desajuste y a las condiciones de vida del proletariado industrial se les
llamó, con cierto eufemismo, la “cuestión social”. Inmediatamente surgieron
propuestas alternativas, proyectos de reorganización o de destrucción de la sociedad
liberal, centrados, precisamente, en el intento de resolver la “cuestión social”. Tales
proyectos partieron de grupos de la propia burguesía, más bien cultos,
apesadumbrados por la miseria de los trabajadores e incluso asustados por las
consecuencias que ello podría producir.
Al conjunto de estas propuestas, realizadas todas entre 1790 y 1850, se las
conoce con el nombre genérico de socialismo.
En realidad estos proyectos no fueron uniformes, ni siquiera parecidos. Lo
primero que debemos subrayar es que se produjeron en dos niveles distintos: los que
se conocen como los programas del socialismo utópico y los de Marx y Engels, que se
denominaron a sí mismos socialistas científicos y que luego se llamarían simplemente
marxistas.
Las diferencias entre unos y otros son abismales, aunque los segundos
tomaron de los primeros muchas ideas y hasta expresiones.
El socialismo utópico de la primera mitad del siglo XIX recibió este nombre de
los mismo Marx y Engels, por su ingenuidad y la imposibilidad de solucionar el
problema social con sus propuestas. Ciertamente fue un conjunto de teorías y
proyectos dispares, confusos y con mucho más carga de filosofía moral que de
análisis de la economía y sus problemas. Los socialistas utópicos existieron en
Alemania, Francia e Inglaterra, fundamentalmente, y pertenecieron a todas las
categorías sociales. Sus propuestas constituyen un análisis muy particular de la
“cuestión social”. Entre ellos hubo aristócratas –como el francés Saint-Simon-, grandes
empresarios –como el inglés Owen-, pequeños comerciantes –como Fourier- y obreros
–como Proudhon o Louis Blnc-. Sus doctrinas y proyectos fueron diversos, pero tenían
en común algunos puntos; por ejemplo: que la injusticia social era producto de la
ignorancia y el egoísmo, pero no una situación que derivase necesariamente del
liberalismo ni de la propia estructura de la sociedad; que el inconveniente más grave
era la existencia de grupos ociosos e improductivos que vivían de rentas; que las
soluciones vendrían de la colaboración entre la sociedad y el Estado, de una sociedad
curada de su ignorancia y bien encauzada.
Frente a ellos, Marx y Engels, opusieron un sistema completo de interpretación
del mundo, la sociedad y la historia que, afirmaban, era el único capaz de transformar
la situación. La base de dicho sistema era el materialismo histórico y el materialismo
dialéctico. Los puntos sustanciales de tal sistema eran: que la historia humana no es
más que la historia de la lucha de clases, la de los poseedores contra los no
propietarios; que el sistema de producir y distribuir la riqueza condiciona el resto de las
otras actividades de la sociedad; que, así como la burguesía acaba de derrotar a la
nobleza y al sistema feudal, implantando el liberalismo y el capitalismo industrial, así,
el proletariado necesariamente acabaría por derrotar a la burguesía implantando su
dictadura y la desaparición de la propiedad privada; por último, que aunque esto
sucedería necesariamente, correspondía al proletariado, bien dirigido, acelerar el
proceso y conquistar su libertad con una revolución social e internacional.
Estas ideas de Marx y Engels que en su conjunto y en su aspecto político
tuvieron y tienen una gran influencia en las corrientes socio-políticas predominantes en
diversos Estados y partidos políticos de todo el mundo.
En América Latina, el socialismo se difundió tempranamente, y algunas de sus
ideas formaron parte del discurso de las élites que proyectaron la organización del
Estado y de la sociedad. Esteban Echeverría llamó Dogma Socialista al programa de
la Asociación de Mayo que él elaboró. En realidad, el término socialista fue usado por
la gran difusión que había adquirido en Europa, pero la suya no era otra cosa que una
concepción “asociacionista” de la sociedad, propia de los reformadores sociales de la
época. La doctrina socialista moderna cristalizó en las dos grandes vertientes que
organizaron el nuevo movimiento social de las clases trabajadoras: el anarquismo y el
socialismo. Ya en 1896, bajo la dirección de, tuvo comienzo en Buenos Aires la
experiencia más temprana y prolongada en el tiempo Juan B. Justo de un partido
socialista basado en las experiencias alemana, belga e italiana y miembro de la II
Internacional. En 1896, el partido organiza su primer congreso y establece su
declaración de principios, estatutos y programas, que aunque modificado varias veces
en los años sucesivos se mantienen en su esencia hasta el presente. En dicho
congreso se define como el partido de los trabajadores organizados para la conquista
del poder político y la socialización de los medios de producción.
En 1904, cuando todavía era una pequeña agrupación política, logra imponer
como diputado, por la circunscripción obrera de la Boca, al doctor Alfredo L. Palacios,
que fue en tal sentido el primer representante socialista a un parlamento
latinoamericano. Entre las disposiciones legislativas que promovió se encuentran la del
descanso dominical y la de la protección al trabajo femenino e infantil.
Anarquismo.
El anarquismo es una corriente filosófica que, aunque de orígenes antiguos,
floreció en el siglo XIX y se manifestó también como una dirección de ideas políticas y
sociales.
Su nombre proviene de dos palabras griegas: “a”, que significa “no”, “sin”, es
una negación; y “arquía” que significa poder, autoridad. Así que “anarquía” quiere decir
“sin poder”, “sin autoridad” y, por extensión, sin Estado. El anarquismo –como
tendencia política- queda así definido desde su etimología: es un movimiento que se
opone completamente a toda forma de autoridad coactiva, y reivindica, por el contrario,
la máxima libertad posible para el hombre. Por eso, también se les da a los
anarquistas el nombre de libertarios.
Los principales exponentes del pensamiento anarquista fueron Pierre Joseph
Proudhon, Miguel Bakunin y Pedro Kropotkin. Dentro de este pensamiento podemos
distinguir dos corrientes: una minoritaria, representada por el pensador alemán Max
Stirner, denominada anarquismo individualista y otra, mayoritaria y más representativa
de esta ideología que es el comunismo libertario o anarquismo comunista.
La primera de estas corrientes consistía en la negación total, no sólo de todas
las instituciones políticas, sino también de la sociedad. La única realidad es el hombre,
y el hombre debe ser absolutamente libre, sin que nada –ni los demás hombrespuedan limitar esa libertad. Rechazaba, por lo tanto, hasta incluso una mínima
organización social.
En cambio, la segunda de las tendencias considera que la sociedad es natural
al hombre, que la producción sólo puede ser social, y que, aún preservando para el
individuo la máxima libertad posible, es necesario crear una mínima organización
social que le asegure la existencia material. Rechazando al Estado y a todas las
demás instituciones coactivas, cree firmemente en las virtudes de la asociación libre y
de la cooperación no coactiva. Esta aspiración se concretaría en una sociedad libre,
integrada por pequeñas comunidades a las que el hombre ingresaría por propio
consentimiento, y donde la propiedad y dirección común de los medios de producción
le aseguraría a todos el sustento material y la máxima libertad espiritual. Por ser
partidarios de estas pequeñas comunidades de producción y de consumo es que se
les llamó comunistas; ésta era la idea que los marxistas se hacían de la última etapa
de la evolución social.
Una de las formas en que el anarquismo se manifestó fue a través de “la
propaganda por los hechos”. Consistía en realizar atentados políticos contra los
principales personajes de un régimen para “despertar” al pueblo y crear un clima
revolucionario que le permitiera a éste barrer con la sociedad burguesa. Los
defensores más conocidos de esta estrategia fueron los anarquistas rusos. Dicha idea
también se había desarrollado en Francia, España e Italia en las décadas de 1880 y
1890, y muchos anarquistas argentinos, conocedores de la historia reciente de estos
países, creían que los actos individuales del terrorismo se justificaban cuando
fracasaba la acción conjunta. El 11 de agosto de 1905, un anarquista trató de asesinar
al presidente Manuel Quintana como protesta por la supuesta brutalidad policial
durante la represión del frustrado movimiento revolucionario de la Unión Cívica
Radical. Del mimo modo, el 14 de noviembre de 1909, un joven anarquista ruso
asesinó al coronel Ramón L. Falcón, jefe de la policía de Buenos Aires, por su
crueldad en la represión de las manifestaciones y protestas obreras.
En América Latina, el anarquismo logró una presencia permanente en Uruguay
y Argentina y desde comienzo de siglo consiguió implantarse con relativa fuerza en
Brasil, México, Chile y Perú. En Argentina, se transformó desde principios de 1900 en
la principal corriente ideológica que articuló al movimiento social de principios de siglo
constituido por las masas trabajadoras pobres de Buenos Aires y de las principales
ciudades del interior del país.
A través de un conjunto de grupos organizados a lo largo de todo el territorio,
el anarquismo argentino logró desarrollar una actividad permanente de formación
cultural e ideológica y distribuyó una imponente cantidad de propaganda escrita y
desde 1904 publicó uno de los pocos periódicos –La Protesta- con que contó el
movimiento anarquista internacional.
Más notable y novedoso aún fue el éxito alcanzado al lograr una posición hegemónica
en la federación obrera nacional más importante y una de las expresiones más potente
y original de la capacidad de organización y de lucha de los trabajadores argentinos,
estos es la Federación Obrera Regional Argentina (FORA). Desde 1904, la FORA,
bajo la dirección anarquista, se transformó en la institución más dinámica y activa de la
época. En su quinto congreso se definió como partidaria del anarco-comunismo. Su
papel durante esta etapa inicial del movimiento obrero le permitió dejar una impronta
profunda, impronta que se prolongó posteriormente en muchos rasgos ideológicos
como el antiestatismo, el “apoliticismo” y las prácticas de acción directa que
caracterizaron al movimiento obrero argentino durante buena parte de su historia. Más
aún, la peculiaridad del camino seguido por la FORA se preservó también en la
Internacional Anarco Sindicalista(AIT) y se la puede ver como un aporte del
anarquismo argentino al sector anarquista internacional.
La huelga general revolucionaria fue el método nuevo más importante
empleado por los anarquistas para tratar de derrocar al gobierno y conquistar
beneficios para los obreros. A partir de 1904, los anarquistas argentinos dieron
comienzo a una ola de huelgas locales y generales. Durante la más exitosa de éstas,
en mayo de 1909, entre 200.000 y 300.000 trabajadores abandonaron sus tareas en
Buenos Aires por seis días para protestar contra “los asesinatos policiales”. La huelga
terminó cuando el gobierno accedió a muchas demandas de los obreros.
Una de las razones que explican la amplia difusión de estas ideas en la Argentina es la
importante presencia de los inmigrantes, verdaderos parias expulsados de sus países
de origen, enfrentado a un gobierno que los marginaba de la política y a la vez los
convertía en objeto de la explotación económica y social, sin ningún tipo de protección
legal. El poder del anarquismo residía ante todo en que fueron capaces de dar una
respuesta concreta a las angustias y expectativas reivindicadoras de los explotados.
Se preocuparon de convencer a la gente de que la sociedad anarquista sería un
paraíso sin fronteras pero sólo conquistable por medio de la acción frontal contra los
portadores concretos de la explotación: los patrones y el Estado. Las tres consignas
anarquistas que se harán celebre: “Ni Dios, ni patria, ni amo” tenían por objetivo
enfrentar a los patrones y a toda forma de autoritarismo.
Para el inmigrante o para los pobres de origen nacional, la “política” era un arte propio
de los explotadores, inaccesible para el inculto trabajador, y por lo tanto, era un arte
burgués, extraño al explotado. Los anarquistas afirmaban que el “arte” de los
trabajadores no residía en aprender un arte ajeno sino desarrollar el propio, y éste
consistía en formar poderosos sindicatos que organizasen a los obreros para la huelga
general y violenta contra los explotadores.
A la política de marginalidad desarrollada por el Estado argentino –al excluir de toda
participación política al grueso de la sociedad y recluir al mundo del trabajo en los
conventillos y barrios periféricos- el movimiento obrero respondió constituyéndose y
tratando de marginar al Estado de su propia vida. En ese sentido podemos decir que el
anarquismo contribuyó al despertar político de importantes sectores de masas, pero
trasmitiendo una visión particular de la política: en ella los trabajadores de origen
social diverso rechazaron la nueva realidad, las nuevas condiciones de opresión y al
Estado cuya imagen aparecía personificada en el caudillo político y en la arbitrariedad
del comisario y del juez de paz de la localidad.
La iglesia
Las transformaciones económicas, sociales y culturales del siglo XIX afectaron
también a la Iglesia Católica. Su influencia como institucional espiritual hegemónica
dentro de los Estados europeos fue declinando a medida que éstos se fueron
secularizando y asumieron las funciones que la Iglesia venía desempeñando con
exclusividad: enseñanza, salud, registro de estado civil.
También fue decayendo su predominio religioso en amplios sectores,
principalmente los urbanos. Las transformaciones provocadas por la Revolución
Industrial, al concentrar a los sectores obreros en las ciudades y someterlos a
condiciones de vida muy precarias, hizo que muchos de sus miembros abandonaran
las prácticas religiosas que traían del campo y no acudieran a la Iglesia en busca de
ayuda o consuelo. Se desarrolló ampliamente un espíritu de indiferencia hacia la
religión porque ésta no les daba solución satisfactoria a sus problemas, sobre todo los
materiales, que eran los más acuciantes.
Fenómeno similar se apreciaba con relación a la burguesía. Siendo el sector
social más favorecido por los cambios económicos, desarrolló nuevas modalidades de
vida y de pensamiento. El afán de lucro, la búsqueda del confort, sustituyeron las
preocupaciones de índole religiosa.
Las nuevas ideas político-sociales son las que chocan con más violencia con la
iglesia. El liberalismo, al enfrentar a las fuerzas de la Restauración y del Antiguo
Régimen, forzosamente estaba enfrentando a la iglesia, que se había identificado con
ellos y los había defendido en todo momento. Cuando el liberalismo llegó al poder, en
la segunda mitad del siglo, empezó a desplazar a su antigua enemiga de todos los
sectores públicos donde ésta tradicionalmente había predominado.
Un ejemplo nos ofrece Francia. Aquí la lucha de la Tercera República contra la
iglesia fue permanente; quiso desplazarla sobre todo del ámbito de la educación para
que las nuevas generaciones no fueran influenciadas por las ideas monárquicas y sí
por el ideal republicano.
En Alemania, el Estado estableció la libertad de cultos, la eliminación de la
enseñanza religiosa de las escuelas estatales, el matrimonio civil obligatorio, la
autorización del divorcio, y finalmente la separación de la Iglesia del Estado.
También el nacionalismo se enfrentó a la iglesia. Ésta fue hostil a la idea
nacional sobre todo en Italia, porque la concreción de la unidad italiana significaba la
desaparición de los Estados de la iglesia. A su vez, los nacionalistas, deseosos de
fundar un Estado soberano, miraban con recelos a una institución que, como la iglesia,
era internacional, y podía disminuir las facultades y los poderes del Estado. La noción
misma de Cristiandad, que tiene un fuerte sentido universalista, les parecía peligroso
para el ideal de Nación y de cultura nacional. Liberales, nacionalistas y socialistas
coincidían en el objetivo de ir limitando la influencia de la Iglesia en cada país.
La ciencia y la religión.
La iglesia debió sufrir también los ataque que le raían las nuevas ideas
científicas de un siglo caracterizado por el predominio de la razón y el progreso. La
grandes conquistas científicas y técnicas, sumadas a las teorías que intentaban
explicaciones puramente racionales de los fenómenos de la naturaleza, tendían a
relegar a segundo plano el papel de lo sobrenatural y de lo divino. La idea de cambio
permanente, estimulada por las rápidas transformaciones de que toda la sociedad era
testigo, quitaba fuerza a la idea de los absoluto y lo eterno.
La creencia en la evolución natural de la Tierra, de los seres vivos y del hombre
(las ideas de Darwin había tenido una enorme aceptación en los intelectuales) dejaba
muy poco sitio a la intervención divina. En las universidades y círculos de intelectuales,
protagonistas de estos cambios, la propia idea de Dios fue cuestionada y se hizo
común en este medio la irreligiosidad.
A nivel popular se desarrollaba una enorme confianza en las posibilidades del
hombre debido a las conquistas científicas y técnicas. La Revolución Industrial y sus
inventos hicieron nacer la convicción de que el hombre y su razón podían crear un
progreso ilimitado. Se tenía la sensación de poder dominar el mundo y, a la larga,
descubrir todos los secretos de la naturaleza. Su verdadero culto por la ciencia, o
“cientificismo” como se le ha denominado, fue sustituyendo la fe en Dios por una
nueva fe en el hombre y sus posibilidades. Y esta convicción se difundió en todos los
sectores sociales debido a la proliferación de escuelas laicas, periódicos y libros.
¿Cómo reaccionó la Iglesia?
La posición de la iglesia Católica frente a estas novedades propias del siglo
osciló entre dos extremos: había dentro de ella una corriente de opinión propensa
buscar una forma de conciliación con las nuevas ideas para penetrar en el mundo
moderno y cristianizarlo; y había otra que las rechazaba completamente y prefería
aferrarse al dogma y a sus tradiciones. La posición de la Iglesia osciló entre estos dos
puntos y fueron los papas los que establecieron en muchas oportunidades sus
destinos. Los más importantes del siglo XIX fueron Pío IX (1846-1878) y León XIII (
1878-1903).
Pío IX representó claramente la posición de rechazo del mundo moderno y de
refuerzo de su autoridad y de las tradiciones de la iglesia. Nunca aceptó la
desaparición de los Estados de la Iglesia, es decir, el poder temporal del papa y se
encerró en el Vaticano considerándose moralmente “prisionero” del Estado italiano.
En sus Encíclicas condenó el principio del Estado laico, la libertad de cultos, la libertad
de conciencia y afirmó la independencia de la Iglesia frente al poder civil y su derecho
a educar a la juventud. Las tensiones entre la iglesia y el mundo intelectual se
agravaron considerablemente con la publicación de estos documentos; incluso se
agudizaron los problemas que ya existían en las relaciones con algunos Estados como
Francia, Alemania, Italia.
León XIII adoptó un camino distinto al de su predecesor. Comenzó no condenando a la
República pero sí a los elementos anticatólicos que pudiera contener. Exhortó a los
católicos a respetar los poderes públicos de sus respectivos países, aun cuando
tuvieran conflictos con la iglesia. Pero su obra más importante fue la que desarrolló en
su Encíclica “Rerun Novarum”(De las cosas nuevas) en relación con el problema social
de la época: la situación de la clase obrera.
Si bien la preocupación de la Iglesia por la condición social de los obreros no era
nueva hubo que esperar a 1891 para que ésta se pronunciara oficialmente. Hay dos
hechos que explican la aparición de esta Encíclica. En primer lugar, recordemos que
las doctrinas socialistas se habían difundido extraordinariamente entre el proletariado;
todas ellas son materialistas, es decir, no religiosas, y su adopción significaba el
apartamiento de las grandes masas obreras de las filas de la iglesia.
En segundo lugar, en algunos medios de ésta se fue desarrollando una sensibilidad
progresiva frente al problema social acerca de la necesidad de que el Pontificado se
pronunciara sobre este hecho y sobre las condiciones de vida y de trabajo de los
obreros.
Estos dos hechos van a dar lugar a una toma de posición de la Iglesia y harán surgir
su doctrina social. La Encíclica comenzaba enumerando los males de la sociedad de
la época e indicaba que había remedios socialistas y remedios cristianos para
solucionarlos. Se rechazaban los primeros, es decir, la lucha de clases, la supresión
de la propiedad privada y se repudiaba las doctrinas socialistas. Luego se proponían
las soluciones cristianas que eran: la reconciliación de las clases sociales por el
cumplimiento de sus deberes recíprocos y el uso cristiano de los bienes. Aunque
acepta y justifica la propiedad privada aparece aquí una idea que alcanzar ulteriores
desarrollos: la de que la propiedad privada tiene una función o finalidad también social.
Sin embargo, el remedio esencial sería la restauración de la fe religiosa, gracias a la
cual cada hombre se penetraría de sus deberes y evitaría sobrepasar sus derechos.
Con lo cual, la doctrina de León XIII se resume en un llamado a la buena voluntad de
todos los cristianos para hacer efectivos los preceptos de su religión. Era un mensaje
al espíritu cristiano realizado por un Poder espiritual.
A través de estas Encíclicas y de otras posteriores, se puede advertir una toma de
posición de la Iglesia frente a los problemas sociales que van señalando un esfuerzo
de reubicación y adecuación al mundo moderno.
Con esta clase damos por finalizado el desarrollo de los contenidos de la
unidad II del programa, que Ustedes podrán ampliar con la lectura de la bibliografía.
Hasta la próxima clase.
Bibliografía sugerida:
ABENDROTH, WOLFGANG, Historia social del movimiento obrero, Laia, Barcelona,
1983.
FIELDHOUSE, DAVID K., Economía e Imperio, Siglo XXI, Madrid, 1977
GAY, PETER, La experiencia burguesa. De Victoria a Freud, 1 La educación de los
sentidos, Fondo de Cultura Económica, México, 1992
DROZ, J. Historia del Socialismo, Laia, Barcelona, 1977
HOBSBAWN, ERIC, El mundo del trabajo, Crítica, Barcelona, 1987.
HOBSBAWN, ERIC, La era del Imperio (1875-1914), Labor, Barcelona, 1989
HOBSBAWN, ERIC, Naciones y Nacionalismos desde 1780, Crítica, Barcelona, 1991
KEMP, TOM, La revolución industrial en la Europa del Siglo XIX, Fontanella,
Barcelona, 1976.
MOMMSEN, WOLFGANG, La época del Imperialismo, Siglo XXI, Madrid, 1973
PALMADE, GUY, La época de la burguesía, Siglo XXI, Madrid, 1978.
PERROT, MICHELLE, “La familia burguesa”, En: Philippe Ariés y George Duby (Dirs.),
Historia de la vida privada, Tomo IV: de la Revolución a la Gran Guerra, Taurus,
Madrid, 1999.
GLOSARIO:
XENOFOBIA: actitud hostil hacia el extranjero, utilizada para dar cohesión a un grupo;
generalmente va acompañada de una exaltación de lo propio.
.
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CLASE 7: Ideas fuerzas del siglo XIX

IDEOLOGIAS CONSERVADURISMO: En principio no puede considerarse como revoluciones, pero puede convertirse... revolucionaria activa, siempre y cuando considere que ese orden existente...

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