CONFERENCIA EN EL AULA DE CULTURA DEL ABC
D. Juan Pablo Fusi
Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad
Complutense de Madrid
Identidades proscritas
Jueves, 1 de junio de 2006
Juan Pablo Fusi
Comenzaré indicando qué significa para mí la expresión “identidades proscritas”. Entiendo
por ello las tradiciones alternativas al nacionalismo, las voces diferentes, las otras identidades y
culturas políticas que coexistieron desde el primer momento con el nacionalismo en las mismas
comunidades en las que éste tuvo una importancia decisiva como hecho político y social. Se trata de
una serie de alternativas, de culturas, de afirmación de principios, valores y proyectos políticos no
nacionalistas que me parece característica y definidora de los sentimientos identitarios y políticos de
buena parte de los integrantes de esas comunidades. Son movimientos no nacionalistas de carácter
político o cultural no necesariamente tan bien estructurados como el nacionalismo, pero que han
coexistido dentro de sociedades que consideramos muy nacionalistas –como, por ejemplo, el País
Vasco, Québec, Escocia, Irlanda, Cataluña, Córcega, etc.–.
Además, deseo hacer tres advertencias. En primer lugar, José Ortega y Gasset, al presentar
Revista de Occidente en julio de 1923, dijo que dicha publicación nacía de espaldas a toda política,
ya que la política no aspira nunca a entender las cosas. En ese clima quiero insertar mi intervención,
porque nada me gustaría menos que la politización de una interpretación histórica que, como la mía,
afirma la existencia de un no nacionalismo y de ciertas identidades proscritas. Lo contrario
devaluaría el hecho histórico como tal. Como historiador aspiro a entender las cosas, a definir
problemas y, si es posible, a sorprender un hecho histórico –como, dicho sea de paso, ha hecho
Fernando García de Cortázar en Los perdedores de la Historia de España, obra de gran densidad e
importancia–.
En segundo lugar, no me gustaría que mis ideas fueran objeto de lectura política alguna
porque, en estos momentos, me siento distanciadísimo de la política. Muchos historiadores hemos
defendido siempre una historia útil, asomada a la realidad actual; sigo manteniendo ese
planteamiento, pero me distancio de la política porque se está viviendo una etapa muy
decepcionante, sobre todo por lo que parece que es una reforma del Estado de las autonomías que,
para mí, constituye un error histórico. A mi juicio, el tipo de Estado que se había creado en España
entre 1978 y 1982 era un modelo si no permanente, al menos duradero; y su modificación abre
interrogantes e incertidumbres indudables sobre la realidad española.
No deseo, con todo, instalarme en mensajes catastrofistas. Pienso, por ejemplo, que quizá se
ha producido un cambio generacional que hace que la irrupción de personas para las que la guerra,
la república, el franquismo, etc. –que resultaron obsesivas para mi generación– ya no lo sean tanto,
y que se vean los problemas de otra manera.
En tercer lugar, he llamado “identidad proscrita” al fenómeno definido más arriba porque,
por un exceso de “presentismo”, siempre tendemos a identificar las regiones que antes he
enumerado con nacionalismo, identidad nacional, símbolos nacionales o movimientos nacionalistas.
Incluso asumimos muchas veces las interpretaciones que puede haber elaborado el nacionalismo, y
así, podemos pensar –y no es del todo falso– que el caso vasco trata de un pueblo singular que tiene
una territorialidad y una lengua muy antiguas, y que precisamente eso es el origen, sustrato o
fundamento de lo vasco. Otro tanto podríamos pensar de Québec; se trataría de aquellos católicos
franceses que muy tempranamente se establecieron en lo que después se convirtió en Canadá, y más
tarde tuvieron una cultura y una lengua de carácter distinto del resto de Canadá (de origen británico,
anglófono, etc.). Sin negar que hay algún fundamento en lo anterior, debemos tener presente que la
realidad es mucho más compleja, por lo que abandonar, olvidar o silenciar otras tradiciones, voces e
identidades constituiría una historia abandonada, unas identidades proscritas.
Así, y entrando ya en el caso vasco, se podría identificar lo vasco con la existencia de un
sustrato étnico-lingüístico antiquísimo e, incluso, autóctono, que explica la identidad de esa región
y, por tanto, gran parte de su historia y de los sucesos que han ido ocurriendo a lo largo del tiempo.
No obstante, frente a esa afirmación propongo los siete puntos que describiré a continuación.
En primer lugar, aun habiendo muchísimos yacimientos prehistóricos y arqueológicos en el
País Vasco, lo que en verdad hay es una escasísima presencia de esos territorios vascos en la
Historia anterior a los siglos IX a XI. Apenas se puede identificar un nombre o un texto, y es
imposible trazar una secuencia. Hay restos materiales (cerámica, enterramientos, cuevas, etc.), pero
muy parecidos a los de zonas cercanas; y no hay secuencia documental de ningún tipo. Se debe
tener en cuenta, además, que estaremos hablando de una población mínima; que no hay ninguna
ciudad, épica medieval, texto jurídico o legado artístico de los siglos IV o V, como lo hay en
Irlanda, por ejemplo. Los nombres “Álava”, “Guipúzcoa” y “Vizcaya” prácticamente no aparecen
como tales hasta los siglos IX, X y XI, puesto que antes hay otro tipo de denominaciones romanas
(“Vasconia” para lo que parece ser Navarra, mientras que en las tres regiones hay nombre celtas, sin
que lo seamos) y términos como “várdulos”, “caristios” o “autrigones”. Además, en la alta Edad
Media, la población es poca. En Vizcaya, por ejemplo, se estima en ocho o nueve mil personas
hacia el siglo VII.
En segundo lugar, hay que reconocer el papel esencial de la integración en Castilla a partir
del siglo XII. En términos del medievalista José Ángel García de Cortázar, los pobladores
“vascularon” hacia Castilla en torno al siglo XII, lo que resulta esencial para la vertebración
territorial de esos territorios y para su propia identidad. Es decir, los fueros se recogen a partir del
siglo XV y son los que dan una cierta entidad a esos territorios. El fenómeno ha sucedido en otras
latitudes; así, por ejemplo, muchos de los nuevos países que hay en la antigua Rusia existen gracias
a las fronteras, administración y definición que les dio la Unión Soviética, y otro tanto sucede con
países de la antigua Yugoslavia. Así también, uno de los grandes fueristas vizcaínos del siglo XIX,
Fidel de Sagarmínaga, decía lo siguiente: “La historia constitucional de Vizcaya comienza después
de la integración de Castilla y no antes”.
En tercer lugar, estos territorios debieron de ser necesariamente bilingües desde muy pronto,
sin que se pueda precisar. Así, en el siglo XIV aparece el Canciller Ayala, uno de los mejores
prosistas de su tiempo en castellano, mientras que no surgen libros en lengua vasca hasta el siglo
XVI, lo que no significa que no existiera una tradición oral ni otros fenómenos como la poesía oral
o las canciones. Por tanto, para cristalizar en fenómenos como el citado, las élites serían desde esa
época altamente bilingües.
En cuarto lugar, la primera expresión de alguna identidad vasca es la denominación
“vizcaínos”, término con el que en el siglo XVI empieza a llamarse a las personas provenientes de
la zona vizcaína y guipuzcoana. La presencia de esos “vizcaínos” es muy fuerte durante los siglos
XVI y XVII en América y en la administración hispánica. Son Elcano, Legazpi, Loyola, etc.,
colonizadores, evangelizadores, militares, conquistadores, calígrafos o secretarios. Probablemente,
la idea de la vizcainía es utilizada en algunos casos de manera muy deliberada y explícita como
defensa de las posiciones y privilegios de poder que tenían esas élites enclavadas en Castilla y de
origen vasco. Así cabe deducirse de la equiparación en El Quijote de “vizcaíno” a “secretario”,
cargo que en la época no era grano de anís.
En quinto lugar, cabe citar el apoyo a los Austrias en la guerra de los comuneros, que no
hubo en el País Vasco. Los mismos territorios estuvieron del lado de los Borbones en la Guerra de
Sucesión, a diferencia de lo que sucede en la corona de Aragón, y de ahí el mantenimiento de los
fueros.
En sexto lugar, las guerras carlistas del siglo XIX no son en absoluto guerras vascas. El
carlismo vasco y navarro es parte del movimiento legitimista católico de defensa de una monarquía
tradicional y católica española frente al liberalismo y a la idea de una monarquía constitucional y
parlamentaria. Además, las ciudades vascas fueron liberales, y, en ninguna de las guerras, los
carlistas lograron ocupar ciudad alguna. Por ejemplo, los hijos de los liberales que resistieron en
Bilbao durante el sitio de la segunda guerra carlista estuvieron exentos de cumplir el servicio militar
hasta 1937, y hay que recordar que la fiesta por excelencia de Bilbao era el 2 de mayo, día de la
liberación del sitio de 1874, algo que fue suprimido por Franco en junio de 1937.
En séptimo lugar, la abolición foral de 1876 –que da origen a la idea, repetida con frecuencia
en la vida política española y vasca, de un conflicto que dura más de ciento cincuenta años– dio
lugar a otra nueva foralidad, que es la creación en 1878 del concierto económico, algo que
probablemente tuvo mucha más trascendencia que la organización foral previa. Además de eso, si
hay algo que define la historia vasca desde 1880, después de la abolición, es la tremenda irrupción
de lo vasco (intereses económicos, conflictos sociales y vida artística e intelectual) en la vida
española. Nunca antes había habido un peso tan fuerte de lo vasco como desde entonces hasta
nuestros días.
Por ejemplo, en Madrid se encuentran edificios de arquitectos vascos establecidos en la
capital española. Me refiero a los de Otamendi, Anasagasti, Zuazo o Bastida, entre otros. En este
orden de cosas, el edificio del Banco de Bilbao, de Ricardo Bastida con frescos de Aurelio Arteta,
resume esta idea, puesto que representa los intereses financieros de Bilbao penetrando en el mundo
empresarial español, más el esfuerzo de los trabajadores industriales –la mayoría, inmigrante–
plasmado en las pinturas de tema social de Arteta.
El Partido Nacionalista Vasco (PNV) y su nacionalismo fueron muy tardíos y han
constituido un factor de división en la sociedad vasca. La sociedad vasca es compleja, y no es un
pueblo étnico, sino el resultado de la coexistencia de una cultura euskaldún, vasco-española (cultura
en español desde sensibilidad y perspectivas vascas), la propia cultura española (cuya presencia es
permanente) y las culturas locales. Por tanto, sin poner en duda la existencia de ese factor de cultura
euskaldún, afirmo que los puntos anteriores son también ciertos, y hago hincapié en la irrupción de
lo vasco en la vida española desde las fechas indicadas, lo que anula la idea de una victimización de
lo vasco.
Lo anterior queda reflejado en los resultados electorales, expresión de la tensión
nacionalismo-no nacionalismo. En las elecciones generales de 1977, el nacionalismo vasco
representó el 35% del voto; después avanzó al 50%, 54%, 54,9% y 59%, pero descendió al 48% en
1993, al 46,1% en 1996 y al 38% en 2000. En 1993, el primer partido en las elecciones generales en
el País Vasco fue el Partido Socialista Obrero Español con el 24,5%; y el segundo, el PNV, con el
24,1%. En las elecciones autonómicas, la hegemonía nacionalista ha sido indiscutible, pero ha
bajado desde más del 60% al 52,5% en 2001.
El caso vasco es parecido a otros casos, como el irlandés. La idea de la “coexistencia de
culturas” no es mía, sino del historiador irlandés F.S.L. Lyons, una figura, junto con James C.
Beckett (ya fallecido), señera en la materia. Para él, Irlanda es el resultado de la coexistencia de las
culturas gaélica y católica; angloirlandesa; inglesa; y presbiteriana del Ulster, que es un caso aparte.
En efecto, desde los medios de comunicación tendemos en España a identificar a los unionistas del
Ulster con proingleses y anglicanos, cuando son presbiterianos y de origen escocés. En Escocia
jamás ha habido manifestación alguna de solidaridad con el nacionalismo irlandés, porque es
presbiteriana y ha simpatizado siempre con el Ulster, los unionistas. Además, hay gente de Irlanda
del Norte que ha emigrado a Glasgow y que se siente muy cercana a los escoceses.
Del caso de Irlanda me llama mucho la atención la frase de uno de los intelectuales más
influyentes de Irlanda. Me refiero a George Russell, director dos periódicos, quien dijo lo siguiente:
“Los angloirlandeses”, y hay que pensar, entre otros, en Swift, Burke, Bernard Shaw, Oscar Wilde o
Bram Stoker, “son la gente más viril e inteligente de Irlanda”. Además, Beckett, que se fue a
Francia, donde le tocó sufrir la II Guerra Mundial, dijo lo siguiente: “Prefiero vivir en una Europa
en guerra que en una Irlanda en paz”. Parnell, gran líder del nacionalismo, era de padre inglés y
madre norteamericana, protestante e hijo de una de las mejores familias angloirlandesas.
Igualmente, Griffith o Pearse, ejecutado en el levantamiento de Pascua de 1916, eran de padre
inglés.
Lo que sucedió en Irlanda tras la partición de 1921 –y estoy hablando del Estado Libre de
Irlanda, no del Ulster– es que de los más o menos tres millones y medio de habitantes que tenía, el
10% era angloprotestante. Se fue la inmensa mayoría, porque el proyecto que se construye tras esa
fecha es la Irlanda católica y gaélica, con un peso tremendo del catolicismo, una constitución
confesional, la prohibición de más de mil libros, la apuesta por la lengua gaélica, etc. Se producirá
un desastre sin paliativos hasta los años sesenta, con la crueldad añadida de que, de esa Irlanda
gobernada por el nacionalismo, emigran entre 1940 y 1960 (y a Inglaterra, no ya a Estados Unidos)
otras quinientas mil personas. Actualmente, Irlanda es la historia de un éxito desde que en los años
sesenta se hizo todo lo contrario.
Por lo que se refiere a Escocia, cabe indicar que, aunque hay un profundísimo sentido de
nación, el nacionalismo no ha tenido nunca éxito. A principios del siglo XVIII se integró en Reino
Unido como consecuencia de ciertos enlaces dinásticos. El renacimiento escocés del siglo XVII,
con figuras como David Hume, Adam Smith, Walter Scott o Stevenson, es inglés. A lo largo del
siglo XIX, y salvo una o dos elecciones, siempre ganaron los liberales; y en el siglo XX ha tocado
el turno a los laboristas, sin que se haya dado ninguna ocasión en la que hayan ganado los
nacionalistas. Actualmente, en el gobierno de Blair hay varios escoceses, el más conocido de los
cuales es Gordon Brown, al igual que el recientemente fallecido Robin Cook. En cierto sentido, el
laborismo escocés ha sido lo que en parte supuso en otro tiempo –no ahora– el socialismo vasco, es
decir, un vivero de líderes para el laborismo británico o, en nuestro país, para el socialismo español.
Además, el motor de Escocia no han sido esas mitificadas Tierras Altas, carentes de importancia
económica desde hace doscientos años, sino Glasgow, ciudad que, con sus industrias, los pueblos de
alrededor e, incluso, su ría, recuerda a Bilbao, si bien no es aconsejable construir historias paralelas.
Por último, quiero referirme a Québec, donde hay una tradición francesa muy fuerte. Sin
embargo, Québec ha sido siempre constitutivo de Canadá, y ha presentado una identidad siempre
protegida por la corona británica. Nunca se ha puesto en duda la oficialidad del francés en esa
región, ni su carácter de Estado federal, puesto que desde el siglo XIX tiene gobierno, parlamento,
elecciones, etc. Ha sido su vinculación a Gran Bretaña uno de los factores de su supervivencia y de
la toda Canadá.
Hay que añadir que el Québec actual, pase lo que pase, no es el original. Para empezar,
siempre hubo en él una parte anglófona muy fuerte. Me refiero a Montreal, ciudad en origen
anglófona y creada prácticamente por muchos de los leales británicos que, cuando se materializa la
independencia de Estados Unidos, emigran a Canadá. Además, las ciudades del este son totalmente
anglófonas. El Québec actual y su gigantesca parte norte son una concesión del Estado canadiense,
y no tienen nada que ver con el original. Finalmente, hay otras muchas minorías en Québec. Se
cuentan doscientos mil judíos, más de cien mil personas de origen italiano, unos ochenta o noventa
mil haitianos, etc.
En términos políticos, el partido liberal ha gobernado en Québec desde 1897 hasta 1936;
hubo después una etapa que en la historia quebequesa se llama “años negros”, una especie de
protonacionalismo ultracatólico, muy reaccionario y antisemita que gobierna de 1936 a 1939 y de
1944 a 1959. En 1960 se produce el acontecimiento más importante de la historia de Québec, la
llamada “revolución tranquila”, llevada a cabo por los liberales. En los últimos años se está
viviendo una alternancia de nacionalistas y liberales. El nacionalismo ha gobernado desde 1976
hasta 1985 y desde 1994 hasta 2003. Desde 2003 gobiernan los liberales, pero resulta casi seguro
que pierdan el poder, debido a varios casos de corrupción. Finalmente, cinco de los diez primeros
ministros del siglo XX en Canadá son de origen quebequés.
Termino como he comenzado. El no nacionalismo es una realidad social y política de
extraordinaria significación. En el caso vasco, su nacionalidad es escindida; Irlanda, como nación
católica y gaélica, fue una invención del nacionalismo radical de finales del siglo XIX; Escocia
nunca se “des-scottizó” y mantiene una fuerte sensación de nación, pero no ha sido
mayoritariamente nacionalista. El no nacionalismo es un hecho sociológico que se ha plasmado en
ideologías diferentes; existe por la simple razón de que los hombres no necesitan politizar su
identidad o su etnicidad ni para explicarse su dimensión social ni para instalarse en su propia
circunstancia. El hombre, en otras palabras, no es necesariamente nacionalista.
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