La nueva normativa de las conductas sexuales o la dificultad de poner en
coherencia las experiencias íntimas
Michel Bozon (INED)
18/02/04
Introducción
Si se quiere obtener las grandes características de lo que sería una nueva
normativa contemporánea de la conducta sexual, una primera interpretación
debe ser descartada: la idea, a menudo difundida, de que se habría producido
una “revolución sexual” y que habría contribuido –para bien o para mal- a
levantar las obligaciones y las normas anteriores en materia de sexualidadi.
Esta representación de los cambios y de la evolución normativa en los tres o
cuatro últimos decenios no resiste un examen más profundo. A la manera de
Michel Foucault en la prolongación de la crítica que desde 1976 hacía a “la
hipótesis represiva”, (es decir, la idea común según la cual el único elemento
que afectaría la manifestación de la sexualidad humana sería el grado de
represión a la cual la pulsión sexual está sometida), se propone describir la
transformación de los últimos decenios como el paso de una sexualidad
construida por controles y disciplinas externas a los individuos a una sexualidad
organizada por disciplinas internas. De manera paralela, se podría decir que
uno de los efectos de la medicalización de la sexualidad -que ha progresado
vivamente en ese período- es que los problemas del sujeto y de sus
compromisos con la sexualidad han dejado de ser principalmente considerados
como problemas morales, para ser interpretados como una cuestión de
bienestar individual y social que dan cuenta de la noción de salud sexual
(Giami, 2003), y de un comportamiento responsable. Más que de una
emancipación, de una liberación o de una eliminación de las normas sociales,
podríamos hablar de una individualización, ver una interiorización produciendo
un desplazamiento y una profundización de las exigencias y de los controles
sociales. Nuestro argumento es paralelo a aquel que da Ehrenberg (1998)
cuando describe el ocaso histórico de la angustia neurótica que estaba ligada
al conflicto del deseo en los interdictos sociales y de la emergencia
contemporánea de la depresión característica de una sociedad que exige de
los individuos un nivel elevado de autonomía. En un universo que no cesa de
ser estructurado en profundidad por las desigualdades de sexo y clase, pero
donde las normas en materia de sexualidad más que a desaparecer tendieron
a proliferar, los individuos están ahora obligados a establecer ellos mismos -a
pesar de la referencia pertinente- la coherencia de sus experiencias íntimas,
pero continúan, sin embargo, siendo sometidos a juicios sociales estrictos,
diferentes según la edad y según el hecho de ser hombres o mujeres.
Normas temporales
Un buen ejemplo del carácter complejo e incluso contradictorio de los cambios
contemporáneos, es la manera en la cual las conductas sexuales son referidas
a la temporalidad biográfica, que es un componente de la normatividad en un
sentido amplio: ¿en qué momento podemos o debemos hacer tal o tal cosa?.
Se puede paradojalmente defender la idea de una desaparición
de los
umbrales de edad y de una ampliación increíble de los posible que aquel de
una normalización biográfica de la sexualidad.
Por un lado, la actividad sexual ya no es el atributo del individuo casado en
edad de tener hijos, se produce un alargamiento de la vida sexual a edades
tempranas y, por sobre todo, en edades avanzadas, de modo que existe un
desarrollo cada vez menos lineal de las biografías sexuales en función de la
edad. Ese proceso remite a una reorganización más general de las edades
(que se manifiesta también, por ejemplo, en el desarrollo más complejo de las
carreras profesionales), por motivo de la desestandarización de las transiciones
y de los recorridos biográficos y del carácter cada vez más reversible de los
pasos (hay por ejemplo mucho menos probabilidad de permanecer toda la vida
en pareja con la misma persona o, guardando todas las proporciones, en el
mismo empleo) o del aumento de la movilidad conyugal, (de lo cual se
testimonia el crecimiento de la situación de monoparentalidad y de la
recomposición familiar): la edad de un individuo es cada vez menos predictiva
de su estatuto matrimonial (conviviente, casado, divorciado, casado en
segundas nupcias, soltero) o de su estilo de actividad sexual y las
transformaciones de las condiciones sociales del envejecimiento a lo largo de
las generaciones que han favorecido la aspiración y el acceso a una actividad
sexual prolongada.
No obstante, por otro lado, se observan fuertes signos de normalización. La
entrada a la sexualidad adulta, en el sentido de la primera relación sexual, se
produce hoy en un intervalo de tiempo cada vez más restringido, alrededor de
la edad mediana, dos o tres años. Esta fuerte sincronización temporal de las
primeras experiencias de la sexualidad se sustituye a la relativa dispersión de
los comportamientos de antes, la existencia de grupos de pares, que juegan un
rol más importante en la elaboración de las conductas adolescente y juvenil,
contribuye a ese estrechamiento, al igual que la masificación escolar. Con ese
efecto, las primeras experiencias se encuentran ahora concentradas hacia el
término de la escolaridad secundaria. Igual volveremos a esto a propósito de la
norma contraceptiva. Hay una normalización de la definición social de la buena
edad para tener hijos, que califica como desviante los embarazos antes de los
25 años o después de los 40 años, incluso más temprano. Si la menopausia
dejó de ser identificada con la interrupción de la actividad sexual para las
mujeres, está cada vez más medicalizada con el desarrollo de los tratamientos
hormonales substitutivos.
Con la evolución de la temporalidad biográfica de la sexualidad, se puede decir
que hemos entrado en una sociedad donde reina una obligación difusa implícita
de nunca interrumpir ni terminar con la actividad sexual (una obligación al
sexo), cualesquiera sean nuestro estado de salud, nuestra edad, nuestro
estatuto conyugal; aquellos que no tienen actividad sexual lo disimulan o lo
justifican, esta exigencia de continuidad de la actividad sexual puede ser
considerada como una novedad contemporánea.
Contexto social de la nueva normatividad
Numerosos cambios sociales han contribuido a la emergencia de una
normatividad que ya no reposa más sobre la percepción de los actores que
La difusión de la anticoncepción médica hizo retroceder el peso de los
embarazos no planificados, la desaparición de ese miedo y el hecho de que los
nuevos métodos anticonceptivos estén puestos a disposición de las mujeres,
permite la emergencia de nuevas formas de vivir la experiencia sexual. El
feminismo y los movimientos de mujeres han contribuido a legitimar un discurso
y una aspiración a la igualdad entre hombres y mujeres en todos los campos de
la vida. La autoridad y la legitimidad moral de las generaciones adultas y de la
institución familiar, por otra parte, han declinado en beneficio de una red de
pares y amigos funcionando en un modo electivo y a la influencia mutua. El
alargamiento general de la escolaridad contribuye al ocaso de la autoridad
adulta, al mismo tiempo que reestructura y uniformiza la trayectoria de la
juventud. El matrimonio institucional se ha visto fuertemente disminuido lo que,
sin embargo, no equivale de ninguna manera a una desaparición -ni siquiera a
un ocaso- de la aspiración a la pareja: los recorridos sexuales, afectivos y
conyugales se complejizan y desestandarizan combinando cada vez más
secuencia de vida conyugal y de vida sin pareja estable. Por otra parte,
François De Singly muestra en “Libres Juntos: el individualismo en la vida
común” (2001) que la esfera familiar está brindando un mayor margen de
maniobra a sus miembros, en particular a los jóvenes y las mujeres, que han
ganado una notable autonomía material en función de su participación
creciente en el mercado de trabajo. Al mismo tiempo, la división sexual del
trabajo doméstico y parental presenta una gran inmovilidad (Brousse, 1999),
que contrasta con el ideal de igualdad entre los sexos. La idea de normalidad
sexual ha sido removida con los debates alrededor del PACS (pareja civil
registrada), el aumento de la visibilidad de la homosexualidad, la emergencia
del tema de homoparentalidad. La medicalización de la sexualidad y de la vida
en general han crecido fuertemente desde los años 1960 (Aïach, Delanoé,
1998) testimonian por ejemplo el desarrollo de los medicamentos (prozac,
psicotropo, etc.), nombrado en los países anglosajones medicamento de “estilo
vida” (lifestyle drugs), y la tendencia a la desaparición de la distinción entre
efectos patológicos y efectos normales del envejecimiento. La epidemia de
SIDA. cuya historia ha conocido ya muchas fases (especialmente con la
llegada de los tratamientos en 1996) tuvo un cierto número de efectos sobre la
manera en la cual la sexualidad era vivida, en particular en los jóvenes, los
homosexuales y las personas con varias parejas. Las representaciones
explícitas de la actividad sexual, han llegado a ser abundantes y mucho más
diversas de lo que se dice a menudo (literatura, cine, Internet…) al punto que el
consenso de larga data establecido sobre la diferencia entre erotismo y
pornografía, ha sido cuestionado y se produce cada vez más frecuentemente
exposiciones
involuntarias
a
contenidos
eróticos:
afiches
publicitarios,
televisión. Aún cuando en nuestra sociedad se secularizan y declina la
influencia de las instituciones que transmitían principios absolutos, las fuentes
emisoras de información y de normas difusas en materia de sexualidad se
multiplican, media, psicología vulgarizada, escuela, investigación, encuestas
sobre sexualidad, campañas de prevención, literatura, etcétera. Todas estas
fuentes tocan públicos diversos, pero su capacidad de imposición y control
directo de los comportamientos son relativamente débiles en la medida en que
no pueden ser asociadas a aparatos de control y sanción eficaces.
Proponemos explorar primero la evolución de las normas de funcionamiento
interpersonal, en particular la nueva normatividad de la iniciación sexual; la
transformación de la norma de fidelidad, así como la fuerza de los límites de la
norma de reciprocidad en la sexualidad conyugal y la evolución de las
relaciones homosexuales.
En un
segundo momento se abordará el
funcionamiento intra psíquico de la sexualidad con la importancia que reviste el
esfuerzo para conocerse y comprenderse y para intentar poner en forma
coherente sus conductas. Dos nociones son utilizadas, la de reflexividad y la de
orientación íntima propuesta en una de nuestras publicaciones recientes
(Bozon, 2001a). De los conflictos o malos entendidos entre parejas, se han
tomado como ejemplo los conflictos de orientación en materia de sexualidad.
En tercer lugar, un punto está dedicada a la medicalización de la sexualidad y
de sus efectos sobre la estructuración de las conductas. A partir de los
ejemplos de la anticoncepción, de la prevención de SIDA y del viagra. En
cuarto lugar, se examina, sin profundizar, algunos debates públicos recientes
sobre la sexualidad, que pueden ser considerados como conflictos de normas,
así como los debates de hace algunos años atrás sobre los contenidos de las
campañas de prevención del SIDA o los debates más recientes sobre la
prostitución. En conclusión, se aborda una característica frecuente de los
discursos de la sexualidad en los últimos decenios del siglo XX que es el hecho
que producen funciones contradictorias, lo que define particularmente bien la
experiencia contemporánea de la sexualidad.
Los nuevos funcionamientos interpersonales de la sexualidad
Un buen ejemplo de la manera en la cual ha evolucionado la normatividad de la
sexualidad en nuestras sociedades, es la transformación de los términos según
los cuales la cuestión de la exclusividad sexual en la pareja está planteada,
pero es conveniente contemplar también las reglas que gobiernan la entrada en
la sexualidad adulta hoy, así es que más ampliamente el funcionamiento del
intercambio sexual a lo largo de la duración de la pareja, y en otro campo la
duración de las relaciones homosexuales.
Las normas de entrada a la sexualidad. De una moral de la retención a un
ideal de la primera relación
En los años 1950 las mujeres en Francia hacían su debut sexual alrededor de
los 21 años. Para la mayoría de ellas la iniciación sexual estaba ligada al
matrimonio o a la esperanza de un matrimonio cercano (Bozon, 1991).
Entrevistas realizadas con mujeres que han encontrado su futuro marido en
esa época, muestran el precio acordado en ese entonces a lo largo de la
frecuencia (que podría durar años), a la castidad y la capacidad de esperar,
consideradas índice de la seriedad de la relación. A lo largo de ese largo
período preconyugal, se aprendía, por una parte, a conocer y a medir el
carácter de futuro marido. Así en 1959, Alain Girard en su encuesta sobre la
elección de la pareja (Girard, 1964) podía incluir una pregunta sobre la actitud
normativa en relación a la virginidad femenina (“¿En su opinión es muy
importante, importante o sin importancia que una mujer joven se guarde hasta
el matrimonio?”): la virginidad hasta el matrimonio fue considerada entonces
como importante o muy importante por el 72% de las personas interrogadas.
En la encuesta sobre la formación de las parejas realizadas al () 25 años más
tarde fue imposible retomar la misma pregunta puesto que los modos de
entrada en la sexualidad y en la vida conyugal, se habían transformado (Bozon,
Héran, 1987). Esta valorización moral de la retención, esta vigilancia social de
los comportamientos y su aceptación práctica por las interesadas se sostenía
ampliamente sobre el miedo a las consecuencias de un acto sexual,
especialmente de un embarazo mal llegado, pudiendo conllevar una obligación
de casarse con una persona que uno no hubiera realmente elegido. Hablando
de esa época, las feministas han dicho que las mujeres hacían el amor “con el
miedo en la guata”, miedo mucho menos vivido por los hombres.
Con la
difusión progresiva de la anticoncepción médica a partir de los años 70s, el
miedo a las consecuencias se desvanece. Uno se puede preguntar cuáles son
los efectos que la desaparición del temor ha producido sobre las normas de la
sexualidad juvenil.
La reorganización profunda de las normas del paso a la sexualidad adulta en
los últimos decenios, no constituye una liberación en el sentido estricto. Por
cierto, la primera relación sexual ya no está ligada al matrimonio, que se ha
transformado en un paso tardío y de todas maneras facultativo. Sin embargo, la
temporalidad del paso al acto ahora está ligada, por una parte, a una norma del
grupo de edad (el momento, o “todos los amigos lo hacen”) y, por otra parte, a
una norma relacional. La primera relación interviene hoy día bastante
tempranamente en la historia de una relación, poco tiempo después del
encuentro es el primer momento de una pareja informal, es la experiencia de la
sexualidad -y ya no la retención sexual- la que es considerada como productora
de lazos o de vínculos o de conocimiento del otro y de sí mismo. Por otro lado,
la entrada en la sexualidad hoy día está sometida a una potente obligación de
protección, lo cual se testimonia en Francia por la casi desaparición en los años
90s de las primeras relaciones no protegidas, consideradas como desviantes o
problemáticas. A la norma contraceptiva -de la cual volveremos a hablar a
propósito de la medicalización- se agregó después de las campañas de
prevención del SIDA, la norma del preservativo en la primera relación, que se
ha impuesto en los primeros años (de 8% de primeras relaciones con
preservativo en 1987 a 90% en 1997) y que no traduce otra cosa que un temor
a la contaminación. La introducción del preservativo en el repertorio sexual
juvenil crea un ritual reconocido que frente a la incertidumbre de esa fase de
ensayo en el inicio de una relación, organiza y pone en lugar una actitud
socialmente “responsable” en la relación sexual.
Típico de la recomposición de las normas que afectan la primera relación es la
emergencia de un ideal de la primera relación, según la expresión utilizada por
Le Gall et Le Van (1999), que traduce una interiorización y una sicologización
de la expectativa social: en los relatos escritos de las primeras relaciones
recogidas por los autores, en particular pero no solamente en los relatos
femeninos, aparece la idea de que si la primera relación no se desarrolla en el
seno de una relación amorosa elegida, puede conllevar remordimiento y
consecuencias graves. Una primera relación conforme al ideal permitiría
confirmar la capacidad del individuo a establecer una relación. El fracaso de la
primera relación sexual en caso de imposibilidad de hacer de ella un acto
creador de vínculo. Se encuentra aquí una versión transformada de la norma
más antigua según la cual la primera relación debería hacerse con el hombre
de su vida o con el marido. Esta norma está presente igualmente en los
hombres pero al parecer tiene un poder menor y menos estructurante que en
las mujeres: la expresión de remordimiento después de una relación que se ha
desarrollado en forma precipitada con una pareja ocasional, es mucho más
fuerte en las últimas, los primeros pudiendo declararse satisfechos en
definitiva, de haber adquirido una experiencia individual, buena o mala, en
materia de sexualidad. Son poco numerosos los varones que declaran o ven en
la iniciación sexual sólo un aprendizaje práctico, pero en el temor muy difundido
de no estar físicamente a la altura o no encontrar implícitamente esta
importancia que dan al aspecto “técnico” de la primera experiencia sexual.
La fase de la vida que va desde la primera relación sexual al inicio de la vida
conyugal (la fase de la sexualidad juvenil) continúa siendo evaluada
socialmente de acuerdo a criterios que toman en cuenta de manera importante
el sexo del individuo: así una joven cuya vida sexual incluye en esa etapa
experiencias múltiples y breves, recibe fuertes sanciones de reputación, lo que
no es el caso de los jóvenes en la misma situación.
La cuestión de la fidelidad conyugal
Hay una historia de la fidelidad conyugal así como hay una historia del amor o
del deseo, el contenido se ha visto profundamente transformado aun cuando la
palabra continúa siendo utilizada.
Si los cambios sexuales de los últimos decenios se resumen en un
levantamiento de la dificultad que aprisionaba a la sexualidad (teoría de la
liberación sexual) la referencia de los individuos y de la parejas a la normas de
fidelidad sexual habría tenido lógicamente que retroceder. Sin embargo, lo que
pasó fue lo contrario. Si en 1970 la mayoría de las mujeres en Francia -como
de los hombres- declaraban que la infidelidad de un hombre casado era
perdonable (expresión moral fuerte que se empleó entonces en la encuesta de
Simon, primera encuesta realizada en Francia sobre los comportamientos
sexuales), en 1992, según la encuesta ACSF (Análisis de los Comportamientos
Sexuales en Francia), las mujeres, en su mayoría, ya no encontraban
aceptable ese comportamiento (Simon et al., 1972 ; Bozon, 1998a, Spira,
Bajos, 1993). Hay que notar que el vocabulario se ha laicizado, “aceptable” y
no más “perdonable”. En Finlandia en le mismo período se observa la misma
evolución con la diferencia de que, contrariamente a Francia, la actitud de los
hombres ha acompañado a la de las mujeres. Una primera interpretación es
que la autonomía creciente de las mujeres en la pareja y en la vida social, se
manifiesta por una exigencia más grande en relación al funcionamiento
conyugal, donde es más fácil para ella interrumpir una relación no satisfactoria.
Pero se puede decir también que el contenido de la norma de fidelidad
conyugal se ha transformado, la infidelidad es hoy día menos evaluada como
una falta o un pecado (una trasgresión moral o una desviación social que
traduce el término de adulterio) que es como un comportamiento criticable
puesto que tiene consecuencias sobre el contrato conyugal.
Esta interpretación de la fidelidad como cláusula interna de un contrato, a
veces implítio, ayuda a entender un cierto número de situaciones y de
contradicciones, igual como el uso que esta hecho de la norma de exclusividad
en nuestra sociedad oficialmente no polígama. Tomemos un ejemplo de
Estados Unidos, más del 90% de los americanos sin gran cambio a lo largo del
tiempo, consideran la relación extraconyugal como moralmente inaceptable ,
always wrong or almost always wrong, según el término ordinariamente
utilizado en las encuestas, en los cuestionarios del país anglosajón. El término
positivo que correspondería en un cuestionario fracófono a aceptable es never
wrong (literalmente: jamás moralmente inaceptable). Sociólogos americanos
han mostrado que ese lenguaje moral en un país donde existe una fuerte
visibilidad de las religiones, produce automáticamente un fuerte nivel de
desaprobación de la conducta examinada. Se obtiene totalmente
otras
respuestas cuando se interroga a los individuos sobre la situación que podrían
hacer aceptable la relación extraconyugal, así la mitad de los hombres casados
declaran encontrar legítima la situación de sexual deprivation (privación de la
actividad sexual) (Glass and Wright, 1992 ; Bozon, 2001).
En las encuestas sobre los comportamientos sexuales en Bélgica, Jacques
Marquet, Philippe Huynen et Alexis Ferrand (Population, 1997), se ha analizado
las normas en materia de fidelidad conyugal y primero se mostró que más de
un 90% de las personas interrogadas se declaraban favorables a un modelo de
fidelidad conyugal estricto, pero según dos modalidades distinta, una mitad
está ligada a la fidelidad para toda la vida, y otra mitad a la fidelidad a parejas
sucesivas. No obstante, otras preguntas realizadas en la encuesta complejizan
la interpretación que se puede hacer de esta adhesión, se preguntó “¿se puede
amar a alguien y no serle fiel?” y, por otra parte, ¿“se puede estar enamorado
de varias personas al mismo tiempo?”. Sin embargo, uno se da cuenta que
incluso aquellos que adhieren al modelo aparentemente más estricto de
fidelidad para toda la vida (y evidentemente aún más para la sexualidad
sucesiva) admite en un caso sobre cuatro que se puede no ser fiel a alguien
que uno ama, y en un caso sobre dos que uno puede estar enamorado de
varias personas sin grandes diferencias según el sexo. Hay así una gran
diferencia entre el reconocimiento y la adhesión al principio y la realidad de la
situación práctica.
Un análisis realizado en Francia a partir de la encuesta ACSF hace aparecer
que la condenación de la relación extraconyugal tiende a disminuir tanto para
los hombres como para las mujeres cuando la duración de la pareja aumenta
(Bozon, 1998b). La norma de fidelidad no tendría entonces el carácter de una
norma absoluta, sino -en parte- el de una norma situacional menos centrada en
las parejas que se pueden considerar como estabilizadas, mientras que
permanece como esencial en las parejas que están iniciado su relación, en
todos los casos es más fuertemente expresada por las mujeres.
En definitiva, se puede decir que la utilización y la evocación de la norma en la
negociación conyugal muestran que se ha transformado en un instrumento de
evaluación y de negociación de la relación. Tomemos una fuente literaria, en un
relato que se puede calificar de autoficción, “El Amor”, novela de Camile
Laurens (2003), dos miembros de una pareja se pelean ya que la mujer tiene
un amante y su marido le hace el reproche, ella le responde que está mal
ubicado para hacerle la lección y él responde;
“pero no es lo mismo, yo te amo, siempre te he amado, incluso cuando me
acosté con otras mujeres era a ti quien te amaba, es tu culpa o a causa de ti las
otras porque tú no me amas lo suficiente, amo a las mujeres, es verdad, pero
es a ti que amo. Ella da dos pasos hacia él y le pregunta: qué llamas tú amar?”
(L’amour roman, p.89)
La norma puede ser entonces discutida y las condiciones de su aplicación -o la
suspensión de su aplicación- justificada.
A una norma comunitaria social y religiosa destinada a proteger la institución
matrimonial como base del funcionamiento social, se ha sustituido, en un
contexto cada vez mayor de gran autonomía de los miembros de una pareja,
por una norma privada e interna que permite a los actores interpretar su
comportamiento menos homogéneamente que la precedente, la nueva norma
puede ser invocada o ignorada en función de situaciones e igualmente en
función de orientación íntima y supuestamente en caso de crisis conyugal
implica negociación y tomar en cuenta numerosos elementos contextuales y
continua siendo más utilizada por las mujeres
Reciprocidad, conyugalidad, mantenimiento de un doble estándar sexual
En el seno de las relaciones conyugales, la norma de reciprocidad en la
actividad sexual ha tomado una importancia mayor, ello es testimoniado en
Francia por la creciente importancia de las prácticas sexuales simétricas, como
las caricias, la masturbación mutua o las prácticas de sexualidad oral, así como
el alargamiento de los preliminares (Bozon, 1998b). Esta voluntad de puesta en
escena de un deseo compartido, inscribe la sexualidad en un movimiento
general que valoriza en el plano normativo la comunicación y el compartir entre
la pareja, ello coexiste con la afirmación del individualismo sexual, como lo
testimonia por ejemplo el retroceso o la distancia a lo largo de las generaciones
de las normas del orgasmo simultáneo. Ese reconocimiento de las diferencias
de los ritmos sexuales, no significa un retroceso de la norma del derecho
igualitario de cada uno al placer.
La reciprocidad, el compartir de la iniciativa y la variedad del repertorio sexual muy marcadas en la sexualidad de la pareja naciente- declinan fuertemente en
la fase ulterior de la vida de pareja, y el compromiso de los miembros de la
pareja sigue vías divergentes, es así como en Finlandia, después de 10 años
de vida de pareja, un 54% de los hombres dicen desear relaciones sexuales
más frecuentes, mientras que sólo un 14% de las mujeres expresan el mismo
deseo (Kontula, Haavio-Mannila, 1995). En Francia y en Finlandia el abanico
de las técnicas sexuales utilizadas por los miembros de la pareja, disminuye
con el tiempo y la comunicación de la pareja en el momento de las relaciones
sexuales se reducen, especialmente los hombres hablan cada vez menos. Al
mismo tiempo, la iniciativa y el deseo de tener relaciones sexuales son cada
vez más percibidas en los hombres a medida que aumenta la duración de la
vida conyugal.
La procreación es un umbral decisivo en ese paso de la pareja naciente
“convergente” a la pareja estabilizada “divergente”. Y es dentro de la pareja con
hijos menores pequeños que la diferencia entre la expectativa de los hombres y
de las mujeres en materia de sexualidad, es más fuerte; el ritmo de actividad
sexual cae fuertemente y incluso si se produce un ligero aumento cuando los
niños crecen, nunca se alcanza el nivel inicial. Se establece una nueva división
del trabajo, la mujer aparece como la pareja parental y el hombre como la
pareja sexual, el iniciador de la relación. El deseo sexual femenino pasa a un
segundo plano como si después de haber llegado a ser madre, la mujer podría
permitirse jugar el segundo rol en la relación sexual. De una manera general, el
paso a la parentalidad aparece como uno de los momentos de la historia de la
pareja a (¿en?) la relación de género, después de una fase inicial más
indiferenciada, caen hacia una diferenciación productora de inequidad, otro
ejemplo es la evolución de la distribución del trabajo doméstico que se
especializa fuertemente después del nacimiento de los niños (Brousse, 1999)
A pesar de las numerosas transformaciones que han afectado la situación de
las mujeres en la familia y en la sociedad, la experiencia de la sexualidad ha
sido profundamente marcada por los dobles estándares de sexo que
estructuran las conductas a lo largo de la vida y la percepción que se tiene de
ellas y que estigmatizan las “desviaciones”: es así como existe siempre una
suspicacia en relación a las mujeres que tienen varias parejas, incluso
sucesivamente (mujer fácil) o de aquellas que no tienen (mujeres incompletas o
frustradas) Los hombres que tienen más de una pareja o los solteros no
conocen esta desvalorización, mientras que los hombres son pensados como
sujetos deseantes independientes, las mujeres siguen siendo vistas como
objetos a poseer o como sujetos al deseo moderado. Es a las mujeres que les
incumbe resolver las tensiones de la sexualidad, de ellas se espera que traten
de estabilizar y regular el deseo de los hombres conteniéndolo en una relación
amorosa o en una pareja. En las relaciones sexuales sus metas no sabrían ser
sentimentales o conyugales. Revistas femeninas o masculinas y literatura de
divulgación sicológica o sicoanalíticas, se han hecho portavoces de estas
teorías de la estabilidad de las diferencias de interés y de normas entre
hombres y mujeres y entran en resonancia con representaciones muy antigua
de la naturaleza de los hombres y de las mujeres, ese doble estándar en
materia de sexualidad está ligado más generalmente al inmovilismo de la
división sexual de la vida doméstica y de la parentalidad así como a la rigidez
de la distribución de roles en la esfera pública y profesional.
Dos cambios paralelos: la evolución de las actitudes en relación a la
homosexualidad o frente a la homosexualidad, la interiorización por los
homosexuales de nuevas normas.
En el transcurso de los años 80s se produjo una gran transformación en
Francia frente a los homosexuales, mientras que al principio del decenio un
tercio de los franceses estimaban que los homosexuales eran personas como
los demás, esta actitud alcanzó a los dos tercio de la población al final del
decenio (Lhomond, Michaels, 2000). Esta aceptación de la homosexualidad va
a la par con el desarrollo de la promoción de dos modos de vida responsables
en los homosexuales. Entre los homosexuales, el coqueteo, el juego de la
seducción, y el frecuentar una red mayoritariamente homosexual, son
elementos importantes del estilo de vida. Los años 80s marcan, con la
epidemia del SIDA, la aparición de comportamiento de safer sex fuertemente
recomendados por las redes en las cuales ellos participan: se trata
esencialmente de usar preservativos y de dejar la penetración anal
especialmente en la relación secundaria (las relaciones importantes siendo
paradojalmente menos protegidas). Así se desarrolla la imagen del homosexual
responsable cogestionador de la epidemia. Esa imagen y las ventajas que les
son asociados, son cuestionadas cuando aparecen -después de la aparición de
los tratamientos en 1996- comportamientos que los alejan de la norma del safer
sex, ver que reivindican ese alejamiento hasta la no protección como aquello
que se llama () que practican la penetración sin protección (Adam, Hauet,
Caron, 2001).
El voto del PACS a fines de los años 1990 que instituye una forma de pareja
civil registrada, abierta a las parejas del mismo sexo constituye un evento
simbólico puesto que rompe el monopolio del matrimonio, incluso si se confiere
derechos menos importantes que ese último y da un estatuto a los gays y
lesbianas que practican la “pareja estable” (Borrillo, Fassin, Iacub, 1999 ; de
Busscher, Thiaudière, 2000): A los homosexuales que valorizan menos la
frecuentación de redes homosexuales y cuya vida privada se inscribe
ampliamente en el marco de relaciones estables, se propone una forma de
institucionalización de ese modo de vida que da otra imagen del homosexual
responsable. Es de notar, sin embargo, que el PACS, al contrario del
matrimonio no comprende la obligación de fidelidad, en las parejas
homosexuales la cuestión de las reglas a aplicar en relación con otras parejas
queda siempre un punto de negociación importante del punto de vista de la
prevención del SIDA como el punto de vista de la relación.
Esta evolución social tiene sus límites, así la idea de que las parejas
homosexuales puedan ser el marco eventual de la reproducción o de la
educación de los niños, suscita numerosas resistencias y la persistencia de una
homofobia espontánea que puede expresarse en la familia, en los grupos de
pares así como en la forma de discriminación frente a los homosexuales en las
empresas que contribuye a crear un marco específico en la construcción del sí
mismo de los homosexuales que puede explicar la prevalencia importante de
diversas formas de malestar psicológico (depresión, tentativa de suicidio; ver
Verdier, Firdion, 2003).
El funcionamiento intra síquico. Reflexividad y orientación íntima
La nueva normatividad sexual reposa sobre el control interno elaborado en el
seno de red de amigos y confidentes o directamente en la interacción entre los
miembros de la pareja y puesto en obra interiorizado por los individuos.
Normatividad, reflexividad, demanda de interpretación dirigidas a la
sexualidad
Los actores adoptan un actitud cada vez más reflexiva sobre sus conductas, lo
que conlleva un aumento de demandas de significación y de interpretación
dirigidas a la actividad sexual: esto puede así representar la continuidad de la
pareja, la permanencia de un sí íntimo, la capacidad de seducir, una
manifestación de poder social, una forma de resistencia al envejecimiento, un
acto de pertenencia a una red, etc. El abanico de la significación posible es a
priori sin límites, los medios de expresión a la disposición de los actores son de
una gran diversidad, de este modo la continuidad de la pareja puede marcarse
tanto por una actividad sexual regular, ritual y rutinaria o, inversamente,
ponerse en escena la intermitencia de una sucesión de períodos de baja
actividad y de momentos teatrales de reencuentros sexuales. Por otra parte, los
actores son a menudo llevados, a fin de dar coherencia a sus experiencias, a
referirse a parejas de significación potencialmente contradictoria como por
ejemplo la búsqueda de continuidad en el cambio, o a la inversa, de renovación
en la continuidad.
Un ejemplo del elevamiento de la reflexibidad en materia de sexualidad, es el
desarrollo en Francia, en los años 1990 y 2000, de toda una corriente artística
literaria y cinematográfica que pone en escena situaciones complejas en las
cuales la sexualidad es concretamente reveladora de las dificultades de la
construcción del sí mismo en una sociedad a la vez individualizada y
jerarquizada (Catherine Breillat, Christine Angot, Annie Ernaux, Catherine
Millet, Michel Houellebeq, Camille Laurens, Patrice Chéreau…) Estas obras,
recibidas por una parte del público y de la crítica como pornográficas en el
sentido peyorativo, hacen explotar una representación estereotipada de la
sexualidad como actividad no problemática que bastaría develar (Bozon, 2001a
et 2002b). Ellas interrogan las significaciones contradictorias que pueden estar
presentes en las conductas o en las prácticas que podrían aparecer a priori de
simple interpretación. Así Catherine Millet, en La vida sexual de Katrine M,
describe prácticas de intercambio no como una pérdida de sí o como una
experiencia de sobrepasar los límites, sino como una manera bastante simple
de estar en permanencia en el centro de atención de todos, una suerte de
narcisismo extremo.
Falta traducir desde Orientations intimes et mises en cohérence
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…la dificultad de poner en coherencia la experiencia íntima