LECTIO DIVINA
Lectura orante y Compañía de Jesús
Necesidad de una metodología para orar con la Biblia. En la tradición ignaciana no
era común leer la Biblia, por eso en los Ejercicios no se nos da ninguna metodología para esta práctica. Las contemplaciones en ejercicios se hacen sobre escenas evangélicas
de carácter narrativo que suponen el texto bíblico conocido a través de los resúmenes de
los misterios de la Vida de Cristo contenidos en los propios ejercicios.
Hoy en cambio es frecuente en la Iglesia la lectura directa de textos bíblicos no narrativos, en lo que no se puede realizar el tipo de contemplación ignaciana de ver las
personas, oír lo que dicen y mirar lo que hacen.
De hecho un gran número de jesuitas hoy utilizan para su meditación diaria los textos litúrgicos del día, que en muchos casos no son susceptibles de contemplación ignaciana. Al emprender esta meditación bíblica carecemos de un método específicamente
aplicable a los testos bíblicos. En ocasiones se podrá seguir el de las tres potencias. Para
algunos casos podrá usarse el segundo o el tercer modo de orar.
Sugerimos en esta charla que podría ser muy útil difundir entre nosotros un antiguo
método de lectura orante bíblica bien enraizado en la tradición orante de la Iglesia. Se
trata de la lectio divina, o lectura orante.
Textos bíblicos
En la época de San Ignacio no se practicaba la lectura directa del texto bíblico al que
solo se tenía acceso en latín, y normalmente a través de la liturgia.
Uno de los hechos más revolucionarios del Vaticano II, en la constitución Dei Verbum, fue poner en manos de todos los fieles el propio texto bíblico en la lengua vernácula como objeto de lectura, meditación y oración.
Leamos algunos de los textos de la Dei Verbum que contienen esta valoración del
texto bíblico y una exhortación a su lectura y meditación.
“La Iglesia ha venerado siempre las Escrituras como el mismo cuerpo del Señor,
porque no deja de tomar de la mesa tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de
Cristo, el pan de vida, y de ofrecerlo a los fieles, sobre todo en la Liturgia... (DV 21).
Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica... Está
presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien
habla (SC 7). Podría decirse que para los Padres la Biblia es Cristo, puesto que cada una
de sus palabras nos pone en su presencia. “Él es el que busco en los libros”, dice San
Agustín.
“En los sagrados libros, el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos
y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma,
fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz", "que puede edificar y
dar la herencia a todos los que han sido santificados" (DV 21).
“De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en
particular a los religiosos, a que aprendan "el sublime conocimiento de Jesucristo", con
la lectura frecuente de las divinas Escrituras. "Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo" (S. Jerónimo). Lléguense, pues, gustosamente, al
mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la
lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello” (DV 25).
Todavía Dios se pasea ahora por el Paraíso cuando leo las Sagradas Escrituras (S.
Ambrosio PL 16,1204).
La Escritura es una carta que Dios escribe a los hombres para manifestarles sus secretos, un espejo que le revela al hombre su propio rostro interior (S. Gregorio),
“A medida que nuestro espíritu se renueva, las Escrituras comienzan también a cambiar de rostro. Una comprensión más misteriosa nos es dada, cuya belleza no deja de
crecer con el progreso del amor (Abad Casiano).
La Escritura es “un beso de eternidad” (Guillermo de san Teodorico).
La Escritura es el anticipo del cielo. El Reino de los cielos es ya el conocimiento de
la Escritura (S. Jerónimo).
La Palabra de Dios se califica como “las delicias del fiel” (Salmo 119, 24), dulce al paladar más que la miel a la boca” (103), “antorcha para mis pies, luz en mi sendero”
(105), “mi herencia para siempre, la alegría de mi corazón” (111), “justicia eterna y
verdad”, “un gran botín” (162), “mi consuelo en la miseria” (50), “mi refugio y mi escudo” (114), “un bien para mí más que las monedas de oro y plata” (72)”, “cantares para
mí en mi mansión de forastero” (54). Fiesta de la Simjat haTora en la que bailan con los
rollos de la Ley al acabar el ciclo anual de lectura litúrgica continuada.
Hay una variadísima gama de verbos para designar la actitud íntima que debe guardar el lector ante esta palabra: “desear (20), meditar (97), recordar (55), amar (119), esperar (147), creer (66), escoger (173), confiar (42), observar (5), guardar (88), cumplir
(166), contemplar (18), contar (13). El lector se adhiere a la ley (31), camina y corre por
ella con corazón ensanchado” (32,45), languidece en pos de ella (81), la tiene a la vista
y está siempre atento a ella (117), se recrea y se deleita en ella (14), vuelve sus pies hacia ella (30), se levanta por la noche para dar gracias por ella (62) y la busca de todo corazón (2).
No olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para
que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque "a él hablamos cuando oramos, y
a él oímos cuando leemos las palabras divinas” -S. Ambrosio- (DV 25).
Dame, Señor, un corazón que escuche (1 Re 3,9). Es lo que el joven Salomón pidió
a Dios al comenzar su reinado. A Dios le agradó, y le dijo que le daría eso y todo lo
demás que no le había pedido. Escuchar es el primer mandamiento cronológicamente,
según Jesús: Escucha, Israel. Shema Israel (Dt 6,4). “Solo el que oye es Israel, pero es
Israel todo el que oye (Chouraki). Al cristiano se le han abierto los oídos en el bautismo
para escuchar y entender esta palabra. Ephatah: ábrete (Mc 7,34).
Mi Biblia: texto personalizado. Historia de mi Biblia. La Biblia y los jeans o pantalones tejanos. Más bonita cuanto más vieja, cuanto más gastada. La vida es la mejor
clave hermenéutica para entender la Biblia. Solo entenderemos su mensaje cuando de
un modo u otro lo relacionemos con nuestra vida. “Tú eres ese hombre” (2 Sm 12,1-4).
Hablan de mí. “Me amó y se entregó por mí (Ga 2,20). Están leyendo mi historia, hablan de mí, reflejan lo que estoy viviendo. No son solo palabras del pasado y para el pasado, sino que nos ayudan a interpretar lo que hoy nos sucede.
La otra llave de comprensión de la Biblia es Cristo y la totalidad de su misterio. Sin
la fe en Cristo como la “llave” principal para entrar en los tesoros de la Biblia, nuestros
ojos estarían cerrados para entenderla como le ocurría al desorientado etíope.
La Lectio divina
Es una forma de entrar en diálogo con Dios que nos habla a través de su palabra.
Nos habla al oído y nos habla al corazón. En este diálogo poco a poco vamos conocien-
do el misterio de Cristo. Decía san Gregorio Magno: “Conoce el corazón de Dios a través de las palabras de Dios”.
La lectura orante de los textos bíblicos se puede hacer de dos formas: en la oración
personal y en la oración comunitaria. Influyó mucho el cardenal Martini en Italia para la
difusión de este tipo de oración. Llenaba la catedral de jóvenes.
A mi regreso de Jerusalén, con la ayuda entusiasta de Dolores Aleixandre y ogtros
colaboradores, instituimos en la universidad Comillas de Madrid, un tiempo semanal de
lectura orante para alumnos y profesores de la Universidad. La asistencia estaba lejos de
ser tan masiva como la de la catedral de Milán, pero hubo un grupo regular de asistentes
que encontraban un gran estímulo en este rato de oración. Fuimos orando el evangelio
de San Lucas durante tres años y los salmos durante dos años.
Mesters ha desarrollado una interesante metodología en seis puntos para la lectura
orante comunitaria. Pero en esta charla me voy a referir exclusivamente a la lectura
orante personal.
La expresión lectio divina viene de Orígenes, que exhortaba a leer la Palabra de
Dios con un corazón abierto y en clima de oración. Pero fue en la Edad Media, en los
monasterios, donde esta lectura orante se fue practicando y se sistematizó. El gran
Maestro de la lectura orante es Guigo, un monje cartujo del siglo XII.
Concibe la lectura orante como una escalera con cuatro peldaños: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. En este proceso dinámico cada etapa nace de la
anterior. El paso es gradual. Son cuatro formas de acercarse a la Palabra de Dios, que
interactúan juntas, aunque con diversa intensidad.
Textos de Guigo:
“La lectura es el estudio asiduo de la Escritura, hecho con espíritu atento. La meditación es una diligente actividad de la mente que busca el conocimiento de las verdades
ocultas. La oración es un impulso fervoroso del corazón hacia Dios para alejar el mal y
alcanzar el bien. La contemplación es una elevación de la mente hacia Dios, saboreando
las alegrías de la eterna dulzura”.
La lectura busca la dulzura, la meditación la encuentra, la oración la pide y la contemplación la saborea.
La lectura lleva el alimento a la boca, la meditación lo mastica y tritura, la oración lo
degusta, y la contemplación es la dulzura que recrea y da la alegría.
En resumen podemos decir que la lectura se pregunta qué dice el texto; la meditación se pregunta qué me dice el texto; la oración, qué le digo yo a Dios a propósito de
este texto y la contemplación es el estado afectivo final resultante de las otras operaciones.
1.- La lectura:
Todo debe comenzar por una invocación al Espíritu Santo antes de tomar el libro en
nuestras manos. San Ignacio nos enseña a comenzar la oración haciendo una profunda
reverencia [EE 75] y una oración preparatoria [46]. La profunda reverencia marca una
actitud inicial expresada con nuestro cuerpo. En la lectura orante podría ser tomar el libro de la Biblia y situarnos corporalmente ante el libro, besarlo, hacer sobre él la señal
de la cruz, o encender una vela. Como oración preparatoria la invocación al Espíritu nos
sitúa ante ese Espíritu que revolotea sobre el caos como principio ordenador y nos abre
a la gratuidad del don que esperamos recibir.
La lectura no es estudio. No nos acercamos a la Biblia para aumentar nuestros conocimientos o para preparar una homilía, sino para vivir mejor el evangelio. Sin embargo
la primera fase de lectura trata de descubrir lo que dice el texto lo que el autor sagrado
quiso comunicarnos en el contexto en el que él vivió, las preguntas a las que quería responder con su escrito y el modo que tuvo de responderlas.
La lectura se mueve a tres niveles: literario, histórico y teológico.
A nivel literario se pregunta cuál es el género literario (poema, relato, código legal,
parábola, salmo), el contexto, los recursos literarios, las partes en que se divide, los verbos y sus sujetos, las transiciones de una parte a otra, las palabras que más se repiten.
A nivel histórico se pregunta por la situación histórica en la que se escribió, lo que
estaban viviendo en ese momento el autor y los destinatarios del escrito, y lo que el texto les estaba diciendo sobre esa situación y el modo de responder correctamente a ella.
A nivel teológico se pregunta qué imagen de Dios se trasluce en ese texto, qué experiencia de fe transmite, qué visión tiene del hombre, del mundo de la historia, de la salvación, de la vida, de la muerte.
En este estadio de la lectura debemos evitar proyectar nuestra subjetividad sobre el
texto, se trata de captar su significado de la manera más objetiva posible.
2. Meditación
La meditación busca el significado del texto hoy para mí o para mi comunidad, lo
que Dios quiere decirme a través del texto en la situación en la que me encuentro hoy.
Establece un diálogo entre lo que Dios nos dice en su palabra y lo que sucede en nuestra
vida. La espiritualidad medieval denomina a la meditación con el nombre de “ruminatio”, o rumia de las palabras, al modo como hacen los rumiantes con el alimento.
Se medita reflexionando qué diferencias y semejanzas hay entre la situación en la
que se vive el texto y la mía de hoy, entre la respuesta que da el texto y la respuesta que
yo suelo dar en situaciones similares. Me pregunto cómo debería reaccionar ante esa situación, dónde me estoy equivocando, qué cambios de comportamiento me sugiere, en
qué aspectos debo crecer, a cuáles cosas debo dar más importancia y a cuáles menos.
3. Oración
Hasta ahora estaba pensando conmigo mismo en la presencia de Dios, pero a partir
de este momento mi atención se vuelve a Dios para hablar con él, para contarle lo que
he sentido lo que he vivido, los descubrimientos que he hecho, los sentimientos que la
meditación ha despertado en mí. Recordemos que San Ignacio nos instruye que “cuando
hablamos vocalmente o mentalmente con Dios nuestro Señor o con sus santos, se requiere de nuestra parte mayor reverencia, que cuando usamos del entendimiento entendiendo”.
¿Qué me inspira decirle a Dios el pasaje que he meditado. Fundamentalmente se trata de una oración afectiva que expresa los sentimientos suscitados: admiración, alabanza, arrepentimiento, confianza, amor, alegría. Este momento de oración coincide con los
coloquios ignacianos que pueden hacerse con Dios nuestro Señor, con Jesucristo, con la
Virgen, con los santos.
También en este momento podemos ofrecerle a Dios nuestra vida, nuestro trabajo,
las cosas que sentimos que nos está pidiendo rezando el “Tomad, Señor”.
O podemos hacer un acto de confianza y abandono, rezando la oración de Foucauld
“Padre me pongo en tus manos”.
Es hora de pedirle confiadamente por las necesidades que se nos han revelado en la
meditación, las personas, expresarles nuestros deseos más profundos.
O se pueden formular nuestros compromisos de vida concretos, con una promesa a
Dios de que viviremos en delante de una forma más coherente con lo que nos ha sido
revelado en la lectura.
4. Contemplación
Acabada nuestra actividad mental, en la contemplación cesan las consideraciones,
las oraciones, y llegamos a un silencio profundo en el que ya sin palabras gustamos del
Dios que se nos ha revelado, de la paz que produce ese encuentro, de la armonía interior
de la vida nueva que se deriva de él. Es como escuchar una melodía o aspirar un perfume con los ojos cerrados. Quizás podía ayudar s sostener esta actitud contemplativa la
simple recitación repetida de unas palabras del clave del texto al estilo de cómo se repiten las antífonas de Taizé.
10 Técnicas sencillas para una lectura meditada
1. Memorizar el texto. Guardarlo en el corazón en todo o en parte.
2. Escribir las palabras. Con mimo, como los miniaturistas o copistas.
3. Subrayar el texto. Editarlo en distintos tamaños y colores.
4. Comparar distintas versiones teniendo a mano 2 o 3 Biblias distintas.
5. Ver las referencias marginales a otros textos paralelos en la Biblia.
6. Contemplar un icono en el que se ha pintado una escena evangélica.
7. Leer con los labios y no sólo con la mente; en alto, bajito, susurrando, proclamando, paladeando las palabras.
8. Musicalizar el texto, empezando por una antífona. Repetirlo cantando.
Quedarse al final con la melodía ya sin palabras.
9. Dibujar el texto, en iconografía, o en esquema, o en acuarela.
10. Hacer un collage con fotos, recortes de periódicos, letreros.
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