Lectio Divina y Práctica de la Oración Teresiana
Fray Sam Anthony Morello, OCD
(Este artículo apareció originariamente en la Revista de Vida
Espiritual - 1991).
(Dirección de la Pág. Web: www.carmelite.com/saints/other/more.htm)
Introducción
Necesitamos tener amplitud de criterio para encarar el tema de la oración
teresiana (o sea de la oración según el modelo de Santa Teresa de Avila). Es
necesario, aunque tal vez nos sorprenda, porque no hay un método definido para la
oración teresiana. Tampoco hay un método propio y único de oración carmelitano.
La espiritualidad del Carmelo radica en la gran tradición de la Lectio Divina
(expresión que significa literalmente: Lectura Divina), una manera particular de leer
y orar a partir de las Escrituras. Es por esta razón que está escrito, en el corazón
mismo de la Regla de San Alberto: “Permanecerá cada uno en su celda o junto a
ella, meditando día y noche la Ley del Señor [o sea las Sagradas Escrituras] y
velando en oración, si otros justos quehaceres no le ocupan” (cap. VIII).
La meditación de las Sagradas Escrituras era el modo de orar de los
primeros monjes, de los padres y madres del desierto, y también de los primeros
pueblos bíblicos. Los monjes desarrollaron un método tradicional, cuyos pasos
propone San Juan de la Cruz cuando escribe: “Buscad leyendo y hallaréis
meditando; llamad orando y abriros han contemplando” (Dichos de luz y amor).
Veremos cómo estos cuatro elementos de la Lectio sirven perfectamente a
la oración teresiana, o, mejor dicho, cómo la oración teresiana se sirve de la Lectio.
Sin embargo, es mejor que comencemos por examinar y fundamentar las nociones
y principios teresianos, apuntando a los métodos de Teresa y a su orientación
oracional preferida así descubriremos también lo que entendía por metas de la
oración. Son todas actitudes teresianas, maravillosamente útiles que enriquecen la
tradición monástica de oración y que pueden ampliar nuestro acercamiento actual a
la oración.
Nociones Teresianas
Oración Mental: Comencemos por ver qué entiende Teresa por oración. Podemos
simplemente recordar lo que ella dice en el capítulo ocho de su autobiografía. “No
es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas
veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8, 5).
Esta definición coloca a la oración en el concepto de la amistad. Está claro
que es Dios quien comienza esta amistad. Entonces, nuestra oración personal es
una respuesta al Amor que Dios ya nos manifestó por medio de la Revelación.
Cuando vaamos a la oración nos dirigimos hacia alguien cuyo amor por nosotros ya
está asegurado, la oración es nuestra respuesta a la voz divina de benevolencia,
mientras corresponde al Amor amando a su vez.. Esto implica que la oración es un
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arte que debemos cultivar ya que requiere disponer de un tiempo que reservamos
para dedicarnos al Amigo. Como podemos ver, el Amigo es Jesucristo, centro de
todo el sistema oracional teresiano.
La noción de oración como respuesta del hombre a la amistad que Dios le
ofrece gratuitamente, a través de Cristo, se basa en el Evangelio de San Juan. Es
importante, como nos enseña San Juan, que no hagamos de la oración un medio
para ganarnos el favor y el Amor de Dios; Dios ya nos ha brindado la mayor parte
de su Amor en la Persona de Cristo. Lo que necesitamos hacer es responder a ese
Amor. Por lo tanto, la oración es un aspecto de la vida de la Gracia. La Gracia se
manifiesta en la oración cuando recibimos el Amor de Dios y lo devolvemos por dos
caminos: amando a Dios y a nuestros hermanos en Dios y por Dios. La oración es
una invitación personal a ser transformados para poder canalizar nuestro amor
hacia Dios y hacia el prójimo. La verdadera naturaleza de la oración evangélica y
teresiana implica estas metas. En resumen: la oración es un intercambio de amor
con Cristo.
Oración vocal: Veamos qué entiende Teresa cuando habla de oración vocal. En
una palabra, la oración vocal no es nada más que una oración que utiliza oraciones
compuestas, es orar con unas frases y sentimientos “prefabricados”, como la
oración del Padrenuestro o un salmo. ¡La santa quiere que digamos estas oraciones
muy bien! Nos pide que repitamos las palabras entendiendo lo que decimos. Con
atención. Rezar bien nuestras oraciones vocales es ya una manera de oración
mental; no hay distinción entre oración vocal y mental cuando rezamos como propia
a la vocal. Para Teresa, la primera lección para aprender a meditar es decir
nuestras oraciones vocales con atención y afecto.
Meditación. Nos va a ayudar, aquí, echar una mirada a lo que Teresa entiende por
meditación en sus escritos. Teresa usa esta palabra refiriéndola a varias actividades
oracionales que se pueden definir como oración ascética o de meditación. Esto es
lo primero que debemos notar, que la meditación es, para Teresa, una manera de
oración. Es la oración del esfuerzo, esfuerzo para pensar en el Señor y para
amarlo. Meditación es todo tipo de oración anterior a la contemplación, es la forma
de orar de las tres primeras Moradas del Castillo Interior y de las primeras “formas
de riego” que menciona en Vida.
Habiendo entendido esto, veamos algunas aplicaciones más específicas del
término “meditación” en los escritos de la Santa. Vemos que “la entrada al Castillo
Interior es la oración y consideración” (I M 1, 7). La reflexión es el primer sentido de
la meditación para Sta. Teresa, y nos da varios ejemplos de qué entiende por
“discursos del entendimiento” (VÍ M 7, 10). Comprende como actividades propias de
la meditación el uso de la imaginación, del razonamiento y de la voluntad en la
oración.
Meditar es también seguir piadosamente y a grandes líneas la oración de un
libro de meditaciones. “Tenéis libros tales adonde van por días de la semana
repartidos los misterios de la vida del Señor y de su Pasión y meditaciones del juicio
e infierno y nuestra nonada y lo mucho que debemos a Dios, con excelente
doctrina y concierto para principio y fin de la oración” (C 19, 1). Teresa se abre a
este uso reflexivo de un libro de meditaciones y lo recomienda a quienes lo
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encuentren útil. Considera que la oración de recogimiento activo es una “excelente
manera de meditación porque se funda en la verdad” (IV M 3, 3). Es un estilo de
meditación que coloca la Presencia de Dios dentro de uno mismo y centra toda la
reflexión y afectividad en ese Dios siempre Presente. Este era el método preferido
de oración para Sta. Teresa, como lo diremos más adelante en detalle (ver, por
ejemplo, Camino 29, 7: “nunca se apartar de tan buena compañía”).
Una referencia sorprendente a la meditación se encuentra en el tratamiento
de la oración de recogimiento pasivo. Nos cuenta que cuando comenzamos a
experimentar el primer grado de contemplación infusa (por ejemplo en la oración de
recogimiento pasivo), la meditación, o sea el trabajo de la inteligencia, no debe
dejarse de lado (IV M 3, 8). Aquí debemos comprender que se trata de una oración
mixta según el estilo teresiano, en un límite grandioso que se encuentra a mitad de
camino entre la meditación y la primera experiencia contemplativa verdaderamente
fuerte (la oración de quietud). Cuando en la oración de recogimiento pasivo
recibimos una forma menos fuerte de contemplación, podemos seguir con nuestras
oraciones vocales, o repitiendo un versículo bíblico, o reflexionando tranquilamente,
como un medio que nos mantiene receptivos, y corresponder a la oración infusa.
Esta actividad personal es, para Teresa, meditativa, y puede aplicarse a cualquier
experiencia de oración contemplativa en todas sus formas que dejen libres a las
potencias.
En resumen: la meditación es, básicamente, toda forma de oración menos
la contemplación infusa; por lo tanto comprende todas las etapas de oración que
presuponen el uso normal de todas nuestras capacidades mentales en la búsqueda
de Dios, siempre bajo la guía de la Gracia Divina. 1
Characterísticas y Actitudes Teresianas
Atención. Vamos a ver, ahora, algunas características de la oración teresiana. Lo
primero que notamos es que, para Teresa, la oración para ser oración tiene que ser
mental. Quiere decir que nuestro ejercicio oracional ha de ser atento. Teresa es lo
suficientemente realista como para dar lugar al tema de las distracciones naturales;
sin embargo, a nivel de nuestro esfuerzo personal, quiere que recemos
cuidadosamente y con mucha atención. A menudo usa la expresión “oración
mental”, tan común en sus tiempos, para designar la oración privada o personal.
Explica que la oración mental es “pensar y entender qué hablamos y con quién
hablamos, y quién somos los que osamos hablar con tan gran Señor. Sin este
cuidado y atención a lo que decimos, nuestra oración es pura algarabía” (C 25, 3).
Por lo tanto, la oración pide nuestra presencia atenta en lo que pensamos y
decimos; y también la Presencia de Cristo a quien hablamos respondiendo. La
oración teresiana es mental, presencia con Presencia, y la esencia de esta
presencia mutua es la memoria de Cristo.
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Hemos visto lo que entiende Santa Teresa por oración vocal, oración mental y meditación
Sería el momento oportuno para presentar también su noción de contemplación, pero nos
hemos quedado aquí porque nuestro interés, por ahora, es ver qué entiende por meditación.
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Afectividad. La afectividad es una característica fundamental de la oración
teresiana. Todos conocemos su insistencia en que la cosa màs importante en la
oración no es pensar mucho sino amar mucho (IV M1, 7; F 5, 2). En el mismo lugar,
Teresa nos da su recomendación principal: “lo que más os despertare a amar, eso
haced” (IV M1, 7). La razón principal de la oración es la comunión afectiva con Dios.
Todo, en la oración teresiana, apunta a tener una relación afectiva con Cristo, con el
Padre en el Espíritu Santo. Si Teresa le da esta fuerte orientación afectiva a la
oración, es porque tiene en mente la contemplación; la sencillez afectiva es el
medio mejor para disponernos al don de la contemplación.
La oración afectiva es comunión con Dios, una comunión que conduce a la
unión. Para Teresa, la unión con Dios es la meta última de la oración. La afectividad
es la que abre el camino de la comunión y de la unión con Dios. La oración
teresiana es esencialmente afectiva, y la esencia de su afectividad es el deseo, el
deseo de Dios. Ya sea que sea percibida en un nivel emocional, ó no, la afectividad
sincera está siempre presente en el deseo de unión personal con el amado.
Cristo y las Virtudes. La oración teresiana tiene la característica de ser
cristocéntrica. Cristo es el objeto directo de las dinámicas de la oración mental y
afectiva. Teresa ora “con”, “a” y “a través de” Jesucristo. Su Cristo es el Cristo de
los Evangelios; su centro es Cristo Camino, Verdad y Vida. Este centro tiene que
ser aprehendido por el principiante, retenido por quienes tienen una oración
avanzada, y perfeccionado por la mirada amorosa del contemplativo (cf. V 12 y 22;
VÍ M 6, 7 para ver el tratamiento clásico que Teresa le da al rol de Cristo en cada
etapa de la subida oracional). Algunos de sus principios en esta area son que:1) el
mejor sujeto y objeto para la meditación es el Cristo bíblico en su vida, muerte y
resurrección; 2) nuestra oración es mejor si habitualmente (aunque no
exclusivamente) se centra en Cristo; 3) la Sacratísima Humanidad de Cristo es la
meditación más apta para el crecimiento inicial en la oración, y es el mejor seguro y
preparación para la contemplación; y 4) cualquier otra opinión es gravemente
sospechosa y dañina.
Teresa, nuestra maestra, sabe lo importante que es la figura de Cristo para
el orante. Cristo es un Amigo y el compañero de nuestra oración (C 26, 1). Cristo
sostiene la soledad de quien medita. El llena todo vacío, y así transforma al
aislamiento en soledad y acceso a Dios. Es más, el Cristo de las Escrituras es el
modelo de todas las virtudes que deseamos aprehender. Al fin y al cabo, la
perfección cristiana radica en las virtudes. Oramos para ser transformados, la
transformación depende, en primera instancia, de la adquisición de las virtudes,
que, entonces, nos abre a la deificación posterior de la contemplación y a los grados
de unión. Necesitamos a Cristo para que nos forme en las virtudes teologales y
cardinales. “Si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ellas, siempre os quedaréis
enanas” (VII M 4, 9). Y, desde el momento en que la caridad y la humildad hacen
nacer todas las otras virtudes, necesitamos desesperadamente el modelo vivo de
Jesucristo, el humilde, para que nos muestre el camino. “Todo este edificio… es su
cimiento humildad”, y para construir la humildad humana debemos “poner los ojos
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en el Crucificado” (VII M 4, 8). Con Cristo como Amigo y Maestro, seremos
sumergidos durante todo el camino en el Seno de la Trinidad (VÍ M 7, 7)2
La dimensión contemplativa. La oración teresiana apunta hacia la contemplación.
Esta es otra de las cualidades esenciales que debemos agradecer. Para Sta.
Teresa la meditación es una oración ascética, esto es: que depende de nuestros
esfuerzos según vamos utilizando nuestras potencias con la ayuda de la Gracia
ordinaria. La contemplación no puede ser producida por nuestros esfuerzos
personales, es totalmente gratuita. Podemos disponernos a recibirla por medio del
crecimiento de las virtudes y orando de manera muy sencilla y afectiva. Pero la
contemplación es una experiencia infusa de la Presencia de Dios que ilumina al
alma y da calor al corazón. Habitualmente, comienza en las cuartas Moradas con la
experiencia del recogimiento pasivo; luego florecerá en la oración de quietud.
Sin embargo, podemos decir que, en un cierto sentido, toda la oración
teresiana es contemplativa. Lo que queremos decir es que Teresa siempre tiene los
ojos del alma puestos en la contemplación aunque nos esté dando la primera
lección que consiste en la repetición atenta de las oraciones vocales. Teresa nos
enseña a desear explícitamente la contemplación, y hasta aprendemos a pedirla
cuando nos rendimos aceptando lo que Dios quiera darnos. Sin embargo, cuando
oramos en el espíritu teresiano, oramos abiertos a la contemplación. Aprendemos a
escuchar a la Palabra de Dios, nos mantenemos receptivos a la acción de Amor y
Luz de Dios cuando permanecemos suavemente en la Presencia de ese Cristo que
encontramos en las Escrituras. No trabajamos fatigosamente en esto, dejamos a
Dios mucho espacio para que trabaje El mismo. Aprendemos a mantenernos en su
Presencia, a volver a nuestra Fuente que es Cristo, mientras vamos rumiando la
Palabra de Dios. Esta actitud de suavidad, cuando se une a la sinceridad, abre
nuestra profundidad a la acción mística de Dios. A veces el orante experimenta el
verdadero sentido de las palabras que está repitiendo. A veces se siente como
arrollado por la comprensión, con nuevas energías o resoluciones, con una llama
atizada de amor por Dios y el prójimo. Este tipo de oración es claramente recibida,
sin esfuerzo personal y tan elevada que califica como contemplación. La
contemplación es oración regalada, es el Espíritu Santo orando en nosotros. La
contemplación es ver más allá de lo que creemos, como dijo San Agustín. La
contemplación es ser empujados dentro de la mente y el corazón de Cristo que
conoce al Padre en la claridad del Espíritu Santo y rendirse enteramente a El. La
contemplación es oración sobrenatural, según Sta.. Teresa, y, por lo tanto, no
puede ser adquirida por ningún esfuerzo o diligencia que hagamos, por más que
tratemos; aunque podemos disponernos a recibirla, lo cual ayuda mucho.
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En un debate completo, deberíamos tratar también las dimensiones eclesiales, bíblicas,
sacramentales y apostólicas de la oración teresiana. Pero aquí, simplemente, notamos que están
incluidas como distintos aspectos del carácter cristocéntrico de la oración teresiana, y, en Cristo,
todo se resume formando una instancia existencial y de encarnación ante Dios en unión con la
comunidad de fe.
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¿Por qué desearla y rogar para recorrer este camino y para estar dispuestos
ante esta llamada? Porque la contemplación es un atajo a la perfección de las
virtudes y para la unión con Dios (V M 3, 4). En resumen: la oración teresiana es
contemplativa porque desea la contemplación, apunta a la contemplación y está
abierta a la contemplación. En este sentido la meditación teresiana también es
contemplativa.
Métodos Teresianos
Oración Vocal. En este momento trataremos de nombrar los métodos principales y
las actividades de la oración de meditación como las dice Santa Teresa para
nuestra instrucción. Lo primero en nuestra lista es la oración vocal. Este es un tema
importante. Teresa ve claramente que la oración vocal puede sostener cualquier
clase de esfuerzo meditativo. Y es en este aspecto que Teresa se une a las
prácticas monásticas que basaban su oración en textos bíblicos, como lo hace
Teresa con la oración del Padrenuestro que comenta en Camino de Perfección. La
primera lección de oración, para Teresa, es aprender a decir oraciones vocales con
atención e identificándolas con nuestros propios sentimientos. Veremos que el
redescubrimiento de la Lectio monástica va a reinstalar a la Palabra bíblica como
base de la meditación cristiana. De alguna manera, Teresa permanece en contacto
con este método fundamental. Es muy clara cuando dice que la oración vocal sirve,
no sólo a la meditación, sino también para la contemplación. “Sé que muchas
personas, rezando vocalmente, las levanta Dios sin entender ellas cómo a subida
contemplación”. (C 30, 7; C 24 ss).
Lectura. Segundo punto en nuestra lista. Además de la práctica de la meditación
con la ayuda de un libro, Teresa trata de orar con un libro durante todo el tiempo de
la oración. Sostiene que es de gran ayuda tomar un buen libro escrito en idioma
vernáculo para recoger nuestros pensamientos y poder rezar bien vocalmente (C
26, 10). Pero inclusive va más allá cuando reafirma toda la tradición monástica de
oración diciendo: “siempre he sido aficionada y me han recogido más las palabras
de los Evangelios que libros muy concertados” (C 21, 4).3
La Biblia es el mejor libro para realizar la oración personal. La mejor
manera de alimentar a la oración es meditando las palabras de la Escritura. Los
carmelitas (y, de hecho, todos los cristianos) que intenten mantenerse en
presencia de Dios sin el sostén de la Palabra de Dios, cometen un grave error.
Necesitamos aprender a orar apoyándonos en la Palabra de Dios. No
perdamos la relación que hay entre las enseñanzas de Teresa sobre la oración
vocal y lo que dice sobre utilizar un libro para orar. Santa Teresa utiliza
palabras de las Escrituras para su oración vocal. La oración del Padrenuestro
es un buen ejemplo, y nos es dado para inducirnos al uso de otros textos
bíblicos. Cualquier texto, frase o palabra de las Escrituras repetidos una y otra
vez, o recitados con atención, son oración vocal, y a Palabra elegida o la
oración vocal son tomadas de su libro preferido, los Evangelios. Resumiendo:
3
Somos más afortunados que en tiempos de Teresa en España, ya que estaban prohibidas las
traducciones de la Biblia a idioma vernáculo, y sólo se permitían ediciones en latín.
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las enseñanzas de Teresa para la oración vocal y para el uso de los Evangelios
se unen en la práctica de orar utilizando las Escrituras. Este medio da mayor
substancia a la vida de oración.
Imágenes. El paso siguiente en nuestra lista de métodos para la oración es el uso
de imágenes sagradas como medio para el recogimiento es. Teresa nos invita a
mirar una imagen o pintura que nos guste de nuestro Señor para que le hablemos a
menudo (C 26, 9). Es éste un método muy útil para tener presencia de Dios. El uso
de buenas imágenes e íconos (que los Ortodoxos veneran con tanta devoción) es
una práctica excelente. Fortalecidos por las Palabras de las Escrituras y por la
imagen de Cristo, estamos listos para orar. Nuestros sentidos deben aprender a
servir a la oración más que a distraernos de ella. En su Vida (cap. 9) vemos cómo
las imágenes eran especialmente útiles para Teresa por la dificultad que tenía de
imaginar lo que nunca había visto. Este consejo, sin embargo, es muy amplio. Las
imágenes sagradas son útiles tanto para personas que tienen una imaginación muy
pobre como para quienes tengan una buena imaginación. Sin embargo, esas
imágenes deben ejercer en nosotros algún tipo de atracción para que puedan
sernos útiles para la oración; hay personas que no pueden sacar provecho de las
imágenes o, simplemente, no las necesitan. Las imágenes sagradas pueden servir
tanto para la oración personal como sirven a la oración litúrgica en nuestras iglesias.
Las representaciones imaginarias deben ser recordadas también en nuestra
lista. “Procuraba representar a Cristo dentro de mí, y hallábame mejor – a mi
parecer – en las partes adonde le veía más solo” (V9, 4). Una santa imaginación
nos permite identificarnos realmente con las escenas de las Escrituras, como lo hizo
Teresa. Una imaginación viva pero educada es fundamental para la tradición
oracional clásica. Las imágenes interiores pueden servir para la oración tan
eficazmente como las exteriores. Pero las imágenes, como las reflexiones
discursivas, tienen que alimentar a la afectividad. Las imágenes son medios, y son
buenas sólo cuando alimentan el corazón y la voluntad. Sería bueno que las
imágenes reflejaran la expresión madura de nuestros sentimientos tal como los
encontramos en las Escrituras y en otros libros o en ejercicios de piedad que sirven
para nuestra oración. Las imágenes pueden ponernos tan en contacto con nuestro
interior como pocas otras cosas lo harían. Las imágenes bíblicas tienen, para esto,
un gran poder, y es necesario que utilicemos también las imágenes espontáneas
que se activan en nuestra mente por medio de las imágenes bíblicas. Las imágenes
nos ayudan a entrar en contacto con nuestros sentimientos; nuestros sentimientos
necesitan ser redimidos, purificados y elevados por la Palabra de Dios. El uso
prudente e inspirado de nuestras facultades se refuerza y facilita inmensamente
cuando estamos en contacto con nuestras propias imágenes, recuerdos y
sentimientos. Ciertamente que tenemos la firme impresión de que Teresa estaba en
contacto con los suyos. Imágenes maduras naturales e inspiradas por la gracia son
medios fáciles para tener presencia de Dios.
Reflección, Intuición y Conocimiento propio. Ya hemos mencionado a la
reflexión como un elemento propio de la meditación teresiana. Lo incluiremos
brevemente aquí junto con el pensamiento, la comprensión y la evaluación. Hay
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una forma de conocimiento del cerebro derecho que se llama intuición y que
debemos mencionar aquí también. En breve, digamos que nos introduce en un texto
bíblico o en una imagen con una mirada amorosa que se posa suavemente en Dios
más que por un estudio o trabajo analítico de la mente. La habilidad de “entrar” más
que de “cavar” en la escena que estamos meditando es el corazón de la oración
afectiva, tan propia de Teresa. La simple intuición simple engendra un amor
sencillo. Teresa se explica muy claramente aquí; nos avisa que no tratemos de
trabajar muy duro, sino que nos tomemos un tiempo sabático, un tiempo de
descanso. Nos dice que no debemos cansar a la inteligencia, sino sólo hablar con
El y deleitarnos en El y no “cansarnos en componer razones”. Estos actos, nos
asegura, “traen consigo gran sustentamiento para dar vida al alma y muchas
ganancias” (V 13. 11). En este sentido nos invita, simplemente, a mirar a quien nos
mira: “No os pido ahora que penséis en El ni que saquéis muchos conceptos ni que
hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os pido
más de que le miréis” (C 26, 3). Esta es una mirada intuitiva.
Hablando de pensar e intuir, debemos incluir una referencia al conocimiento
propio como parte de la ascética de la meditación del conocimiento propio, al que
Teresa dedica varias páginas. Ella percibe claramente la importancia de avanzar en
el conocimiento propio cada día de nuestras vidas (I M 2, 8). Teresa no defiende
una falsa humildad, sino al conocimiento propio; tampoco quiere ningún tipo de
egocentrismo sino una visión trascendente de nosotros mismos. Esta es una
manera de humildad que propone Teresa, sin la cual no podremos caminar en la
verdad (VÍ M 10, 7). Necesitamos conocer nuestras capacidades interiores (ver el
interés que siente por el trabajo natural de la imaginación en IV M cap 1) tanto como
nuestro temperamento (ver lo que dice de las personas melancólicas en F 7).
Necesitamos comparar nuestra oscuridad interior con la luz y el brillo de nuestro
Señor (I M cap 2). La humildad y el conocimiento propio son una sola cosa para
Teresa (id). A no ser que caminemos en la verdad más radical sobre nosotros
mismos, no podremos saber la verdad sobre Dios. Y a no ser que caminemos en la
verdad, tampoco seremos agradables a Dios. Con una precisión digna de Sto.
Tomás de Aquino, Teresa percibe que a no ser que cultivemos el conocimiento
propio (que, otra vez, es humildad) nunca podremos llegar a ser realmente
caritativos. Ella escribe: “no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad
sin amor, ni amor sin humildad” (C 16, 2) Una oración madura y un sincero
conocimiento propio nos preparan para ver que la verdad en la caridad y la caridad
en la verdad deben constituir nuestro programa de vida. Cualquier grado de caridad
exige conocimiento propio.
Un punto importante sobre el conocimiento propio al estilo de Teresa es que
no es introspección o centrado en un yo incompleto, sino que está centrado en
Cristo. Aprendiendo a mirar a Dios en la verdad, descubrimos la verdad de nosotros
mismos. “Jamás nos acabamos de conocer si no procuramos conocer a Dios;
mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza; y mirando su limpieza veremos
nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser
humildes” (I M 2, 9). Sólo ante la presencia benevolente del Señor de la Redención
podemos descender seguros hacia lo profundo de nuestro ser compulsivo, herido y
pecador. En la humildad encontramos la sanación, porque el Señor es el Dueño de
nuestro ser conciente e inconsciente y puede tocar el más profundo centro de las
personas llevándonos a la salvación y liberación de todo lo que se opone a la
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verdad y a la caridad. El amor de Dios y el amor del prójimo dependen radicalmente
de un auténtico conocimiento propio. El conocimiento propio ve, más allá del
comportamiento exterior, su motivación más profunda. El deseo genuino de esta
interiorización nos induce a orar al Dios de la luz y buscar directores espirituales,
confesores y buenos amigos que nos digan la verdad sobre nosotros mismos y
mantengan nuestra vida de oración en la luz (V 13, última parte).
Así el conocimiento propio es una parte fundamental de la oración. No
podemos conocer a Dios sin conocernos a nosotros mismos y no podemos
conocernos a nosotros mismos sin conocer a Dios. El yo, lleno de debilidades y
caídas no puede, acceder a un auténtico conocimiento de sí mismo por sus propias
fuerzas. La capacidad de ver sinceramente nuestro yo auténtico es un aspecto
básico de la liberación del yo caído. Vemos otra vez cómo necesitamos movernos
por las moradas del conocimiento propio a lo largo de cada día de nuestra vida de
oración. La oración teresiana es conocimiento propio a la luz de Cristo.
Debemos mencionar también, aunque sea brevemente, a la reflexión
existencial, o sea una reflexión orada sobre las situaciones propias de la vida, de tal
manera que podamos verlas y enfrentarlas a la luz de Dios. Vamos a la oración
llevando nuestros estados de ánimo más pronunciados, ya sean debidos a causas
externas o a causas interiores. No estamos tratando de utilizar a la oración para
resolver estas cuestiones, sino que aprendemos de Teresa a descubrir la
Presencia de Cristo en nuestros estados de mente y de corazón. Vamos a la
oración como somos. “Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del Huerto; […]
Miraros ha El con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará
sus dolores por consolar los vuestros” (C 26, 5).
Oración afectiva y resoluciones:
La parte afectiva es característica de la meditación teresiana, como lo
vimos. Para el estilo teresiano, la oración afectiva es meditación, y toda meditación
alimenta a la afectividad. Teresa quiere que tengamos la voluntad de desear a Dios,
de resolvernos a servirle, de movernos hacia la unión con El. Junto con las
oraciones compuestas, Teresa quiere que aprendamos a expresarnos con palabras
que salgan de nuestro corazón (C 26, 6). El énfasis de Teresa para hablar de la
oración afectiva se va haciendo cada vez más fuerte a medida que va describiendo
el camino espiritual. Para quienes se encuentren en las tres Primeras Moradas,
escribe: “acertarían en ocuparse un rato en hacer actos y en alabanzas de Dios y
holgarse de su bondad y que sea el que es y en desear su honra y gloria. Esto […]
despierta mucho la voluntad […] no lo dejar por acabar la meditación que se tiene
de costumbre” (IV M 1, 6).
Teresa quiere que nos movamos progresivamente hacia la sencillez afectiva
porque es la mejor preparación para la contemplación. (Y, aunque en el interior del
Castillo teresiano no encontremos advertencias sobre la noche pasiva de los
sentidos, puede ser que la afectividad sencilla de Teresa corte directamente hacia la
contemplación inicial sin el gran ajuste interior que describe San Juan de la Cruz).
La afectividad teresiana es una de las grandes fuerzas de su doctrina sobre la
meditación.
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Tomemos, ahora, el tema de las resoluciones, para terminar de armar
nuestra lista de métodos teresianos.
Las resoluciones son claramente actos derivados de la meditación a los que
Teresa da un gran valor. Aunque ocurre que algunos Carmelitas rechazan estos
medios con desprecio por considerarlos más parecidos a los métodos ignacianos,
Teresa es una mujer de voluntad. Pide una “determinada determinación” de seguir
en la oración durante toda la vida (C 21). Y espera que nuestra resolución de seguir
adelante en el camino oracional sea tan fuerte como para que crezca en nosotros
virtud hasta donde sea posible. Necesitamos cultivar grandes deseos de Dios, una
voluntad tan fuerte que no dejará de lado a la oración por ninguna razón, pero que
ciertamente perseguirá a la virtud, cueste lo que costare. No pensemos que la
oración teresiana necesite terminarse cada vez con una resolución determinada.
Sin embargo, necesitamos comprender que nuestras resoluciones son una
dimensión propia de la afectividad teresiana que relaciona muy concretamente a la
oración personal con la vida real.
Recogimiento. Por último, tenemos en nuestra lista la oración de recogimiento. Nos
estamos refiriendo a la oración activa de recogimiento, o sea el recogimiento que se
logra por la Presencia de Dios debida a los esfuerzos de nuestra meditación (hay
importantes referencias en V 4, 7; 40, 5-6; C 28 y 29; IV M 3). Teresa confiesa que,
hasta que aprendió a encontrar la presencia de Cristo en sí misma, nunca pudo
tener una oración satisfactoria (C 29, 7). “[Esta oración] llámase de recogimiento
porque4 recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de si con su Dios, y
viene con más brevedad a enseñarla su divino Maestro y a darla oración de quietud,
que de ninguna otra manera. Porque allí metida consigo misma, puede pensar en
la Pasión y representar allí al Hijo y ofrecerle al Padre y no se cansar el
entendimiento andándole buscando en el Monte Calvario y al Huerto y a la columna”
(C 28, 4). Este enfoque es la orientación preferida de Teresa para la meditación.
Hasta ahora, entonces, hemos podido colocar a la meditación teresiana en
la más grande tradición de la oración monástica llamada Lectio Divina, y hemos
contemplado algunas nociones básicas teresianas: la oración vocal, la oración
mental y la meditación. Hemos notado cómo la meditación, en un sentido amplio, es
la primera clase de oración para Teresa. Se trata de una etapa activa o ascética que
nos prepara para la contemplación. Hemos visto, también, las características
básicas y las características fundamentales de la oración teresiana (atención,
afectividad, cristocentrismo, la orientación contemplativa de su oración, la
importancia del conocimiento propio) tanto como los variados métodos teresianos
de oración (oración vocal, lectura meditada, el uso de imágenes sagradas para
concentrarse, el empleo de imágenes interiores propias, reflexión e intuición,
oración afectiva, resoluciones y recogimiento activo). Ahora estamos listos para
aplicar todas estas cosas a la práctica actual de oración, en el contexto del
redescubrimiento de la Lectio Divina oriental.
Lectio Divina, estructura de la oración teresiana:
4
“Esto no es silencio de las potencias; es encerramiento de ellas en sí misma el alma” (C 29, 4)
10
Empiezo esta parte con una nota personal: hasta que descubrí la Lectio
Divina, mi práctica diaria de oración me requería el doble de esfuerzo. Ahora, y
desde hace varios años, si considero mi oración siento no sólo una mayor
facilidad, sino también una libertad de espíritu mucho mayor. Espero que otros
puedan hacer la misma experiencia integrándose a esta oración probada por el
tiempo y que nos llega desde los tiempos monásticos.
No debemos sentirnos excluidos de esta práctica por tratarse de una
oración monástica. Los monjes oraban como simples cristianos con el buen
sentido de basar su oración en las Sagradas Escrituras. Lo que ellos tenían y
nosotros no, es un entorno ideal, el perfecto ambiente monástico típico de los
tiempos clásicos. Sin embargo, algunos de nosotros sospechamos que la
oración monástica fue la que creó el ambiente apropiado antes de que el
ambiente indujera a este tipo de oración. Podrán ver lo fácil que es esta
práctica y cómo el laborioso meditador de nuestra época puede asentarse en
ella en poco tiempo y entrar en el Castillo Interior del recogimiento profundo.
No siempre necesitaremos un lugar perfectamente silencioso, pero sí es
necesario estar muy tranquilos. Y, además, someterse a una cierta disciplina.
No es mi propósito discutir la trágica defunción de la oración monástica
en Occidente. Lo importante es que algunos elementos de esta oración
sobrevivieron, aunque el método básico casi llegó a perderse aún en círculos
monásticos. Teresa de Jesús era heredera de la tradición monástica, sin
embargo, la espiritualidad de su tiempo era muy débil y una larga cadena de
acontecimientos, que se produjeron durante más de dos siglos, dejó a la
práctica monástica de la oración por lo menos muy relegada. Afortunadamente,
modernos estudios de espiritualidad volvieron a revelar la sencillez y la unidad
interior de aquella oración. El espíritu teresiano alimenta y se alimenta con esta
tradición redescubierta.
Elementos de la Lectio: La expresión Lectio Divina significa
literalmente lectura divina. Es una manera de nombrar a la lectura meditada de
las Escrituras. Sus componentes son los propios de la inteligencia espiritual;
es una santa disciplina que, por medio de la intuición y de la afectividad, se
ubica en un texto bíblico como medio para procurar la comunión con Cristo. La
práctica puede también ser descrita como un detenerse en el texto bíblico en
presencia de Dios con el fin de ser recreados por un cambio radical en Cristo.
Es más, podemos decir que la Lectio nos hará confeccionar una selección
propia de frases o palabras de la Biblia con el propósito de crecer en la fe, en la
esperanza y en la caridad. Sea cual sea el resultado, la Lectio Divina es
oración con las Escrituras. Los monjes de la Iglesia primitiva y de la Edad
Media desarrollaron este ejercicio transformándolo en un arte delicado.
Los elementos son cuatro:
1) Lectio propiamente dicha, que significa leer y entender por medio de
una repetida recitación de un texto corto de las Escrituras.
2) Meditatio o meditación, el esfuerzo de sondear o profundizar el
significado del texto y apropiárselo en Cristo.
3) Oratio, que significa oración, es la una respuesta personal al texto,
una petición de la gracia que el texto menciona o la posibilidad de
trascender de él hacia la unión con Dios.
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4) Contemplatio, traducido como contemplación, es la mirada profunda
que se detiene sobre algo. La idea de la contemplación es que, a
veces, por una gracia infusa de Dios, somos elevados por encima de la
meditación a un estado de percepción o de experiencia del texto como
misterio y realidad; somos llevados a un contacto experiencial con
Aquél que está detrás y más allá del texto. Es una exposición a la
divina presencia, a la Verdad y Benevolencia de Dios.
En la conocida Escalera de los Monjes, podemos encontrar una
exposición clásica de estos cuatro elementos. Es una carta monástica de Guigo
II, en el siglo XII, sobre la vida contemplativa en la que la lectio, meditatio,
oratio y contemplatio se presentan como cuatro peldaños que nos conducen
desde la Tierra al Cielo. A partir de esta imagen como idea general, trataremos
de cada elemento por turno.
Lectio: La lectura, según la tradición monástica, comprendía colocar a
la Palabra Divina en los labios. Era un mecanismo de concentración y
centralización. Se leía devotamente un texto elegido de la Biblia y cuando un
pensamiento, un versículo o una palabra llamaba la atención del lector, éste se
detenía allí repitiéndolo atentamente una y otra vez. Ante cada distracción,
simplemente se volvía a esta repetición. Se permanecía en el texto hasta
agotarlo, y sólo entonces se avanzaba con la lectura hasta encontrar otro texto
atractivo. El monje, según el método clásico, repetía su lectura en voz alta,
proclamando la palabra a sus propios sentidos, orando con toda la persona.
Este primer elemento es muy fácil, se necesita nada más que una buena
concentración verbal en un determinado pensamiento bíblico poniendo a la
palabra en la boca como sabroso alimento. De este modo, los monjes asumían,
también, el compromiso de memorizar la Palabra de Dios poco a poco.
Meditatio. Una vez que la Palabra de Dios está en los labios y en la
boca, se comienza a rumiarla y masticarla; o sea que se comienza a meditarla.
Meditar significa rumiar y masticar la Palabra deteniéndose con sosiego en el
bocado para sonsacar el sabroso significado del texto. Cada palabra de las
Escrituras debe verse y entenderse como escrita para uno mismo. Cada texto
habla de Cristo y del orante. El monje personaliza el texto, se hace parte de su
sentido y se identifica en él. Este es el segundo elemento de la Lectio Divina.
La meditación emplea, de manera intuitiva, todas las facultades. No se trabaja
duro en esta oración; simplemente hay que mantenerse en escucha de
palabras que son repetidas dejando que nos sugieran sus propias imágenes,
reflexiones y pensamientos intuitivos. Todo el proceso es básicamente intuitivo
fundado en una actividad cerebral correcta, como leer una y otra vez una carta
de amor. Se saborea cada palabra y se incorpora como propio cada
pensamiento (¡los enamorados aprenden de memoria sus pasajes preferidos!).
El meditador pondera la Palabra de Dios y percibe las lecciones escondidas de
tal manera que va aprendiendo la sabiduría de vida. La meditatio tiene como fin
ir adquiriendo la mente de Cristo [o sea su manera de pensar]. Se comienza
por ver qué dicen las Escrituras. El meditador inicia por este medio la tarea
vitalicia de escuchar a la Palabra de Dios y de guardarla en su corazón.
Meditatio es básicamente escuchar la Palabra que por la Lectio ha estado
repitiendo.
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Oratio. Con la ayuda de la gracia, los pensamientos espirituales
engendran oración, que es el tercer elemento de la Lectio Divina. La Palabra de
Dios pasó de los labios a la mente, y, ahora, pasa al corazón. Oratio u oración
es la respuesta del corazón a la Palabra de Dios que escuchamos como
dirigida personalmente a nosotros a través de las Escrituras. Básicamente, orar
en este sentido nos hace desear tan ardientemente la gracia del texto que
pedimos e imploramos la gracia de Dios. (Guigo II habla de la potestad, o sea
del poder de la orden librada a Dios desde nuestra deplorable pobreza que tan
desesperadamente depende de la salvación que sólo Dios puede dar). La
oración, aquí, incluye todo el componente afectivo de la meditación. Es
petición, es conversación afectiva con sentimientos de amor. Es resolución de
crecer en las virtudes de Cristo. Es compunción del corazón ante los propios
pecados, es brindar compañía silenciosa, es contemplación amorosa. Como los
otros elementos de la Lectio, la dimensión afectiva crece y se desarrolla.
Mueve hacia la sencillez e introduce en la contemplación adquirida. El orante
desea a Dios.
Contemplatio. El cuarto paso de la Lectio es la contemplación. Aquí,
según Guigo II, Dios calma la sed del alma y alimenta su hambre. Dios da al
meditador un nuevo vino y lo eleva por encima de su meditación normal hasta
la esfera de la trascendencia, que percibe de manera experiencial. Aquí, por
fin, encontramos un elemento infuso de oración. Aquí el Espíritu ora en el
espíritu humano. Se experimenta un estado de armonía interior, los
movimientos corporales se aquietan, la carne no se opone al espíritu, la
persona se encuentra en un estado de integración espiritual. La luz de la
presencia de Dios brilla a través del alma de manera experiencial. El amor de
Dios ya no es algo abstracto, sino que se derrama concretamente en el orante
que lo recibe. Podemos sentirnos amados y amar a nuestra vez. Es clarísimo
que, en este momento, estamos hablando de puro regalo. Estos momentos
pueden durar un instante o ser prolongados, ser suaves o pronunciados.
Pueden ir y venir. Pueden mezclarse con el fluir de palabras repetidas y
meditadas, de pensamientos reflexivos, de intuiciones gozosas, de
resoluciones formales. Pero la persona está más sosegada y pasiva, nuestro
Dios está pasando a su lado.
Podemos resumir lo que dice Guigo II de los cuatro elementos de la
Lectio Divina de las maneras siguientes:
La Lectio busca, la meditatio encuentra (el significado), la oratio pide, la
contemplatio saborea (a Dios).
O: La Lectio es lo superficial, la meditatio conduce a la substancia
interior, la oratio pide por deseo, la contemplatio es experiencia deleitosa.
Inyectamos el Espíritu Teresiano en la Lectio Divina
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Recordamos, una vez más, que no hay distinción entre oración Carmelitana o
Teresiana. Sta. Teresa pescó de varias fuentes. Sin embargo, ella viene de una
tradición fuertemente influenciada por el monacato; entonces, su oración puede
presentársenos más provechosa si la relacionamos con la oración monástica
recientemente redescubierta. Lo que Teresa nos da es una red de nociones,
actitudes, orientaciones y algunos medios complementarios para el método
monástico básico de las Iglesias orientales. Es verdaderamente fácil y deleitoso
introducir el espíritu teresiano en la Lectio Divina.
Lectio Teresiana: leer la Palabra con Teresa de Jesús. Para practicar la Lectio
según el espíritu de Sta. Teresa, comenzamos por aplicar en las palabras la
atención que ella nos pide. Atendemos al texto bíblico leyendo y repitiendo lo que
nos atrae, con reverencia por cada palabra que sale de a boca de Dios. La
repetición del texto con atención y unción ya forma parte de la oración mental.
Teresa misma accedía, a través de las palabras de los Evangelios, a un profundo
recogimiento. Una y otra vez nos centramos en la(s) palabra(s) y volvemos
suavemente al texto ante cada distracción. Recibimos cada palabra como si cayera
de los labios de Cristo. Es él quien dirige hacia el meditador, personalizándola, toda
la Escritura. Vinculamos nuestra oración a la palabra de Dios y así alimentamos la
Presencia de Dios. Recordar las Escrituras es recordar a Dios y a Cristo. Con los
Carmelitas y otros cristianos de todo el mundo, murmuramos la Ley de Dios (las
Escrituras) para nosotros mismos día y noche (Regla de San Alberto, nº 8), sobre
todo durante nuestros tiempos específicos de oración.
Meditatio Teresiana: Meditando con Teresa. Mientras seguimos
repitiéndonos las palabras bíblicas, escuchamos atentamente lo que significan. Hay
un significado objetivo, y un sentido orientado a la salvación que su Autor quiso
darle. Y hay también un sentido íntimo y personal, un sentido espiritual que hace
aplicable el texto para mí. Me detengo Intuitivamente en las palabras. Ya sea que yo
las escuche como venidas de Cristo directamente para mí, o que yo las utilice para
dirigirme a Cristo. Hago mías las palabras bíblicas cuando rezo un salmo, por
ejemplo. La meditación hace que las palabras se vuelvan propias por medio de la
identificación personal con ellas.
Teresa agrega un ingrediente maravillosamente útil como auxilio de nuestra
meditación: la localización de Dios dentro de nosotros (o nosotros en Dios). Nos
enseña a pensar en Dios como muy cercano a nosotros, o morando en lo más
profundo de nosotros; o también en el “yo” que está dentro de Dios como en el
propio elemento (ya que es en Dios que vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17,
28).Teresa sabe que los seres humanos pensamos espontáneamente en términos
de tiempo y espacio. Es, por lo tanto, extremadamente útil dirigir nuestra atención a
Dios en algún lugar determinado. Así podemos pensar en Dios que está a nuestro
lado, en el tabernáculo, en el crucifijo o en cualquier parte en que haya una imagen
sagrada. Vamos, con Teresa, hacia donde se encuentra Dios. Ya que era tan amiga
de pensar que Dios moraba en ella, Teresa prefería meditar sobre la inhabitación
divina. Por lo tanto recitaba las palabras de las Escrituras con Dios en ellas, o
escuchaba a Dios decírselas desde el interior del Castillo en el que moraba en la
habitación más profunda. Sin embargo, su mensaje es que ubiquemos a Dios según
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la inclinación de cada uno. No hay un solo modo de hacer oración. Oramos como
podemos, no como deberíamos. Unir palabras y la Presencia localizada es típico de
Teresa como ejercicio de meditación.
Teresa nos da otra lección invaluable. Recordemos cómo quiere que
recemos habitualmente a Cristo, Camino, Verdad y Vida. Ella quisiera que nuestra
oración fuera radicalmente cristocéntrica. Así localizamos a Cristo, cuando oramos,
dirigiéndole nuestras palabras o escuchando las divinas palabras de las Escruturas
como palabras suyas dirigidas a nosotros. Permanecemos atentos tanto a las
palabras como a la presencia de Cristo. Cristo es el que está presente y Cristo es el
que habla. Cristo, el Amigo nos acompaña y Cristo, el maestro nos introduce en la
oración. Este es un punto importante. Teresa hace, en la meditación, que Cristo
sea el objeto del pensamiento y de la afectividad, centralizando así todo lo que es
oración en la Persona de Cristo.
Oratio Teresiana: Expresión orante con Teresa. La oración teresiana se
hace propia sólo cuando el corazón comienza a moverse. La oratio es la respuesta
del corazón al Dios de la Palabra. El corazón puede expresarse de mil maneras,
como acabamos de ver. Sin embargo, es aquí donde colocamos el principio
teresiano de poner a Cristo como objeto de esa oración. Así aprendemos a orar
según esta guía y, con El, al Padre. Con Cristo entramos en el seno de la Santísima
Trinidad y bebemos el Espíritu desde la misma Fuente. Teresa expone todo su ser
amante de Cristo y por este medio encuentra su camino hacia el Padre y el Espíritu.
Es una gracia inmensa permanecer fijos en Cristo, nuestro Compañero, nuestro
Ejemplo, nuestro Maestro, y nuestro Salvador. Nos relacionamos con Jesucristo
más allá de la Palabra,. Lo encontramos en cualquier parte de las Escrituras, desde
el Génesis hasta la Revelación; en cada Palabra descubrimos su Misterio y su
Presencia. Nos relacionamos con Dios sólo en Cristo. Ya sea que estemos en una
etapa de conversación devota con Dios, o en el nivel de una simple compañía,
mantenemos nuestra mirada en Cristo con Teresa. En su nombre hacemos
nuestras peticiones a Cristo y al Padre. En él tenemos grandes deseos. En su
Espíritu aprendemos a mirarlo mientras él nos mira. En él avanzamos hacia la
contemplación.
Contemplatio Teresiana: Contemplando con Teresa. La repetición de los
versículos que leemos colocan a la Palabra bíblica en nuestros labios. La
meditación pone a la Palabra en la mente. La oración la lleva al corazón. Y
entonces, por la gracia de Dios, la contemplación graba a la Palabra en lo profundo
del alma. Hacia y desde los labios, en la mente, en el corazón, y en el alma es por
donde viaja la Palabra de Dios en la oración personal. Con Teresa hemos aprendido
a escuchar tanto a la Palabra como a la Presencia de Dios. Esta suave atención nos
abre al influjo sutil de la pasividad contemplativa, regalo de Dios. Lentamente,
adquirimos una mayor facilidad para hacer oración. Habremos cruzado los oscuros
límites de la meditación hacia la contemplación. Al principio, esta contemplación es
tanto sutil como breve. Pero experimentamos un nuevo recogimiento del alma.
Podemos estar en lo más profundo de nosotros mismos y esperar y ver y gustar y
contemplar la Presencia de Dios detrás y más allá de las palabras. Nos
encontramos con el mismo Verbo. Somos elevados a conocer más y más a quien
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nos conoce. Somos elevados a amar y ser amados según la nueva energía del
Espíritu que ruega en nosotros, Aquí, en la medida en que recibimos una nueva
iluminación, comenzamos a ser testigos de nuestra propia transformación. Con
Teresa, descansamos en esa Presencia, y descansamos, también, del trabajo de la
meditación. Hemos llegado a la Fuente del Agua Viva que se nos da a beber
libremente desde la surgente sanadora del Salvador.
Conclusión
Tengo la ferviente esperanza de que seremos capaces de tomar nuestra
experiencia oracional y perfeccionarla empleando los principios teresianos de
meditación en el contexto de la Lectio Divina, que es la práctica tradicional de la
oración cristiana a partir de las Escrituras. Ser Carmelitas, y ser cristianos también,
es tener la capacidad de orar más allá del pasado, acompañando el presente y el
futuro en continua evolución. La historia de la oración y su desarrollo en nuestros
tiempos son elementos esenciales para nuestra metodología oracional. Somos
almas tradicionales que apuntan hacia el futuro. Tenemos una herencia larga y
hermosa que continúa desarrollándose y creciendo. ¡Puedan la amplitud de mente
de Santa Teresa y su alma convertirse en las nuestras y conducirnos a la
renovación de la oración en el Carmelo y en la Iglesia!
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