Seres indiferentes, ocaso de un hombre social… ¿Ocaso del hombre?
“Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento
y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te recibimos, o sin ropa y te
vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?... En
verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de
estos mis hermanos, me lo hicieron a mí”.
Mt. 25, 37-40
Introducción
¿Por qué hablamos de indiferencia social? En primer lugar, al hablar
de indiferencia hacemos referencia a un estado de ánimo en el que no se
siente inclinación
o repugnancia a algo o alguien. Nada
parece ser
interesante, nada es diferente a otro…
Por su parte, tanto desde la filosofía como desde la teología, la mirada
que se tiene del hombre es la de un ser que en esencia se constituye como
ser social.
Ahora bien, si es el hombre por naturaleza un ser social, ¿por qué
es indiferente hacia los seres con los cuáles comparte su existencia
cotidiana? ¿Cómo repercute esto en su dimensión y en su realización
personal? ¿Qué nuevos desafío debemos afrontar?
Desde la Filosofía y la Fe
Aristóteles nos presenta al hombre como un ser en el que su interacción
con la sociedad no constituye una mera posibilidad o una superestructura sino
un elemento esencial para su realización como tal: [...] el hombre es por
naturaleza un animal político o social; y un hombre que por naturaleza y no
meramente por el azar, apolítico o insociable, o bien es inferior en la escala de
la humanidad, o bien está por encima de ella [...] el que no puede vivir en
sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la
sociedad, sino una bestia o un dios." 1.
1
Política, I, 1, 1253.
1
Por otro lado, la Biblia nos describe al hombre por medio de una triple
relación: de dependencia, frente a Dios; de superioridad, frente al mundo; de
igualdad, frente al tú humano. De sus tres relaciones constitutivas (Dios,
mundo, tú humano), hay una que, según el pensamiento bíblico, es primera y
fundante: la relación a Dios, pues es ella la que constituye el fundamento y
sentido último de la existencia del hombre.
Ahora bien, esta apertura trascendental a Dios por parte del hombre, se
actúa, de hecho y necesariamente, en la mediación con el prójimo, en el
carácter social de la persona. El diálogo con el tú divino se realiza de manera
ineludible en el diálogo con el tú humano. La única garantía de que el hombre
responde a Dios, se comunica con él en el amor, es la relación interpersonal
creada. “Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un
mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios
a quien no ve…Quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 20).
En suma: el hombre es un ser que se realiza como tal en la medida en
que sale de sí mismo y se relaciona con los demás; y en esto consiste
precisamente lo paradojal de su existencia: siendo con y para los otros, vive en
la apacible actitud de ocuparse solamente de sí mismo.
En lo que sigue, abordaremos tres situaciones de la actualidad, en las
cuales queda reflejada la ruptura de los vínculos constitutivos del hombre.
 Desde el compromiso con el más desamparado
Algunos datos que pueden ayudarnos a la reflexión: es un hecho que
casi la mitad de la población mundial vive por debajo de la línea de pobreza –
establecida por el Banco Mundial en 2 dólares diarios. Así mismo, cada año
mueren unos 18 millones de personas por causas relacionadas con la pobreza
(1/3 de todas las muertes humanas; 12 millones son niños menores de cinco
años), 826 millones de seres humanos carecen de la cantidad de alimento
necesario para llevar una vida sana. Y se podría continuar...
2
Planteadas así las cosas, ¿Cómo es posible que la mitad de la
población mundial viva en una pobreza extrema a pesar del progreso
económico, tecnológico y moral de nuestra civilización?
Podríamos responder afirmando que los hombres que viven en
condiciones económicas favorables suelen tener escaso contacto significativo
con quienes viven en situaciones de extrema pobreza y necesidad; y en
consecuencia, sus juicios valorativos no se ven cuestionados y es común que
no consideren que deban asumir responsabilidades. A ello, debe agregarse el
hecho de que muchos consideran que se debe dar prioridad a las personas de
su círculo más cercano antes que a personas lejanas.

Desde el lugar com-PARTIDO.
Podemos afirmar que el hombre forma parte del contexto que lo
circunda. Éste es co- creador al transformarlo y, a la vez, el espacio habla de
su identidad.
Es evidente que los lugares, antes compartidos en comunidad, ya no
son ahora el espacio de encuentro en los cuales interactuábamos con los otros
(plazas, cafés, barrios, esquinas, etc.) En este sentido, el lugar, antes punto de
encuentro para el intercambio de ideas, experiencias, preocupaciones; ha
devenido en lugar vacío, si bien con-el otro-, se ha convertido en un lugar en
donde la proximidad distante es la norma para la permanencia, ha devenido en
lugar partido.
“¡Pensar que con Mamá íbamos a la pollería a comprar huevos que, en
ese mismo momento, retiraban de las gallinas ponedoras! Ahora ya todo viene
envasado y se ha comenzado a hacer las compras por computadora, a través
de esa pantalla que será la ventana por la que los hombres sentirán la vida. Así
de indiferente e intocable.”2
2
Sábato Ernesto, “La Resistencia”, Ed. Planeta, 2005. Pág. 16
3
El ritmo de la vida ha ocasionado la naturalización de ciertas
circunstancias,
situaciones, espacios que no hacen
a la identidad de la
persona. Si afirmamos que el hombre se constituye como tal, y en relación con
el Creador, en un ámbito social (espacio- temporal), no podemos dejar de
atender a la multiplicidad de espacios que han surgido como consecuencia de
la mirada pos- moderna. Espacios que no hablan de identidad personal, sino de
simple tránsito, hasta el punto, que en ellos no puede definirse ninguna relación
personal, no son propiamente antropológicos (aeropuertos, terminales, locales
de comidas rápidas, etc.). Es un simple estar juntos, pero no hay contacto, ni
preocupación. A estos los podemos definir como no- lugares3. Esto significa
que no se gestan relaciones existenciales en ellos, no hay una experiencia
vinculante con el espacio en sí ni con otro.
Son simplemente pasajes.
El no-lugar niega la posibilidad que se
genere cierta memoria afectiva vinculada con la historia compartida. Lleva
consigo la negación de la palabra hablada, suplantada por la palabra escrita o
palabra muda4, pues todo se encuentra mediado por letreros, íconos;
caracterizando a toda una generación como la era de la imagen.
Podemos concluir que los no- lugares ocasionan cierta violencia contra
la persona, pues le imponen un modo de actuar. A la vez van asechando
nuevos espacios, que aunque antes eran compartidos, hoy se trasforman en
no- lugares como consecuencia de la prisa con la que transcurre nuestro paso
por lugares que nos son cotidianos ¿Cuántas veces haciendo nuestro
recorrido para ir al trabajo somos testigos de marginalidad e injusticias y
sin embargo eso no impide que continúe mi camino?¿será que al
concepto de no- lugar habrá que enriquecerlo con una nueva
característica que implica la indiferencia colectiva? Paradójicamente, esto
empobrece nuestra humanidad…
3
4
Augé, M. (1993) Los no- lugares. Gedisa. Barcelona
Idem 1
4

Otros indicios… la cultura somática contemporánea. La ética del
cuerpo (la estética del cuerpo que ha pasado a determinar la ética social)
Hoy más que nada la apariencia es la que habla por nosotros. Esto se ve
representado en
los
medios de comunicación, en muchos slogans
publicitarios: la imagen comercial se traduce en “la primera impresión es la que
cuenta…”
“…en realidad la perfección que se ofrece como natural es el resultado
de un complejo proceso industrial coordinado, que a la manera de espejismo
siempre sortea la posibilidad de alcanzarlos”5
Se puede decir que uno existe a partir de la imagen, uno es lo que
proyecta su cuerpo, uno pasa a pertenecer en la medida que se identifica con
ciertos grupos. No tendría nada de especial destacar esto como una
característica de nuestro tiempo, ya que podríamos decir que responde a
nuestra antropología, pues desde siempre el hombre ha tratado de identificarse
con otros en la medida que nos asemejamos a estos para luego ser aceptados
en ciertos círculos. El problema es cuando solo se circunscribe a la mera
exterioridad, cuando se le rinde culto al cuerpo y su apariencia. Esto se ve
reflejado en cómo ha proliferado la industria del cuidado del cuerpo (spas,
cirugías, cosmética, la industria de los alimentos Light, deportes, etc.). También
cuando el sometimiento a este culto al cuerpo, se traduce o determina el éxito
o fracaso en la vida laboral, interpersonal, social. Lamentablemente el costo
que trae aparejado tal definición es el avance de diversas patologías como la
bulimia, la anorexia, la bigorexia, etc., pues para muchos el culto al cuerpo ha
pasado a ser una obsesión. Como contrapartida, se puede destacar que se
evade una realidad antagónica que habla por sí misma y que a través de los
hechos denuncia paradójicamente el flagelo de la desnutrición y el hambre en
el mundo que azota a los sectores más carenciados, que a la vez son también
los más marginados, olvidados, excluidos.
5
VALIENTE, E., “Dime lo que comes…”
5
Esta forma de socializarse que privilegia el cuerpo como fundamento
de la aceptación, refleja a un hombre narcisista, egocéntrico, centrado en su
propia individualidad, pues esta actitud es la que permitirá encajar en el orden
social pretendido.
Se deja vislumbrar así un hombre que busca cultivar su exterioridad y
olvida su espiritualidad. Pero el hombre no ha perdido su esencia, sigue en la
búsqueda de su plenitud, que debería ser encausada hacia fines que lo
construyan como persona, pero a la vez que lo dejen descubrirse como una
integridad de cuerpo y espíritu.
La indiferencia en este caso se da como producto de un hombre
ensimismado que no se permite ver más allá de las pretensiones por alcanzar
ciertos estereotipos que proliferan en los medios de comunicación.
¿Pero por qué se traduce en una ética del cuerpo?
El cumplimiento o no de estos parámetros impuestos por el mercado han
determinado lo que es moralmente correcto.
“Un cuerpo cuidado con esmero, simboliza una conducta racional, alto
grado de autoestima, capacidad de autogobierno (…), quien es capaz del
dominio de sí mismo ejercerá las mismas aptitudes en el plano de las
relaciones interpersonales y en el resto de las esferas de la vida.”6
En la sociedad contemporánea es así como se manifiesta el modo de
ser más correcto y por ende, moralmente aceptable.
La indiferencia, como la incapacidad de distinción, ha pasado a
conformar un valor, pues se busca la uniformidad para identificarse con el perfil
social al cual se aspira. No hay diferencia, paso a formar parte de un todo
6
Idem 4
6
uniforme, lejos de este estereotipo que me “protege” o me “oculta”, mejor dicho,
no soy nada. Entre las consecuencias más trágicas de este indiferentismo
estético, se puede ver cómo se desdibuja la persona
y su unicidad como
creatura.
Nuevos horizontes
¿Cuál es el punto de partida para hacer comunión con el otro, con la
comunidad?
Hoy, conociendo la cosmovisión antropológica del hombre, podemos
tomarnos del privilegio que tiene el cuerpo para que este sea un espacio de
expresión y el punto de partida para la comunión y para descubrir a un otro.
Descubrir al otro a través de la descentración del yo,
abrirse al
encuentro, a la comunión con un tú.
Descubrir el cuerpo como espacio de expresión de una totalidad, de la
intimidad de la persona que se brinda a los demás y se constituye con los
otros. En la medida que hacemos común- unión con otros, nos vamos
constituyendo como personas. El otro no solo se muestra así mismo, sino que
también me habla de quien soy. Es curioso como una frase tan popular como
“me encontré con un amigo…” puede hablarnos de esta relación
interpersonal: al encontrarme con un otro, no solo veo a la otra persona, sino
que ésta me permite verme a mí mismo, mi identidad, mi verdadero yo, la
experiencia compartida, los espacios en común…el otro al mostrarse me
descubre, me devela quién soy, me reflejo en el que me mira y éste en mí.
Hoy, en un mundo en donde se fomentan las comunicaciones, no
debemos olvidar la dimensión interpersonal. ¿Cómo hacer que el otro no sea
un extraño? Respondiendo al origen de la palabra y a la propia constitución
del hombre afirmaríamos que nadie es un extraño, un ajeno a mi persona, pues
el hombre solo se desarrolla en el vínculo con el otro. No se deben escasear
esfuerzos para generar espacios de encuentros, donde no solo la palabra o la
7
imagen sean los protagonistas, sino también todo lo que implica la persona: el
gesto, la mirada, la cercanía.
Es así donde me conmuevo con otro, donde la realidad del otro me
involucra y me afecta, me interpela en mis juicios valorativos, movilizándome a
una transformación profunda que se deja ver en el ámbito social. Donde el
bien-estar del otro implica también mi bien-estar.
Martín Héctor Soria- María Alejandra Luna Assad
8
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