“Todo se ha cumplido”

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“E inclinando la cabeza, entregó su espíritu”
(Jn 19,30)
Homilía del Viernes Santo
Catedral de Mar del Plata, 18 de abril de 2014
Queridos hermanos:
“E inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Jn 19,30). Con esta
sobriedad de palabras describe el Evangelio de San Juan la muerte de
Cristo. Después de escuchar el relato de la Pasión ¡cuánto contraste
encontramos entre este Cristo humillado, abofeteado, coronado de
espinas, y aquél que en el prólogo del IV Evangelio es presentado como
Dios hecho hombre, como Verbo o Palabra de Dios!
En el prólogo de este Evangelio, leemos que Jesús es Dios, que es
llamado Verbo, es decir Palabra de Dios, que “estaba junto a Dios, y la
Palabra era Dios” (Jn 1,1). También se afirma que en él está la gloria de
Dios: “nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre
como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). Se dice, además,
que es todopoderoso, pues por este Verbo o Palabra de Dios, “todas las
cosas fueron hechas” (Jn 1,3). Es todopoderoso y da poder, pues “a los
que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios”
(Jn 1,12).
Pero por contraste en su Pasión Jesús aparece como el Siervo de
Dios profetizado por Isaías: “tan desfigurado que su aspecto no era el
de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano” (Is
52,14). “Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de
dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta
el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada” (Is 53,3).
Ahora el que es la Palabra guarda silencio. El que refleja la gloria
de Dios está desfigurado. El todopoderoso se volvió impotente.
Ha entregado su espíritu, es decir su último aliento o signo de
vida. No dice más nada. Isaías dice de él: “ni siquiera abría su boca:
como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que
la esquila, él no abría su boca” (Is 53,7). Pero ante el drama y la
tragedia de la humanidad en su conjunto, el silencio de Cristo, el Verbo
eterno, es más elocuente que cualquier palabra humana, nos dice
mucho más que cualquier discurso sobre el dolor. Porque como
escuchábamos en la Carta a los Hebreos “no tenemos un Sumo
Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al
contrario él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a
excepción del pecado” (Heb 4,15). La Palabra divina hace silencio
porque ya nos dijo todo. Hace silencio para decirnos que Él asumió
nuestro sufrimiento y lo llena de sentido y de valor. “Vayamos,
entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener
misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno” (Heb 4,16).
Ahora el que refleja la gloria de Dios es tenido por nada “como
alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos
por nada” (Is 53,3). Al ver con los ojos de nuestra carne el rostro de
Cristo desfigurado ¿quién se atrevería a decir que refleja la gloria de
Dios? Debemos entender que la gloria de Dios no se manifiesta sólo
cuando convierte el agua en vino, cuando cura al ciego de nacimiento o
cuando resucita a Lázaro. Esta gloria divina se manifiesta en él sobre
todo en la humillación de cruz y su muerte. Sólo podemos verla
mediante nuestra fe. Esto es lo que afirma el mismo Jesús al referirse a
su muerte: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser
glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no
muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,13-14).
Ahora el todopoderoso se volvió impotente. Se burlan de Él, es
abofeteado, coronado de espinas, y conocerá el tormento de la sed. El
que vino a darnos Vida, pierde la suya. “Nosotros lo considerábamos
golpeado, herido por Dios y humillado” (Is 53,4). Pero es precisamente
ahora cuando despliega al máximo la omnipotencia de su poder, como
ya lo había dicho: “Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra,
atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Y el evangelista aclara: “Jesús
decía esto para indicar cómo iba a morir” (Jn 12,33). Aquí se manifiesta
su poder. Jesús tomará posesión de los corazones mostrándose débil y
exponiéndose a las injurias. Su verdadera fuerza está en su amor. Su
entrega fructifica en nosotros.
Queridos hermanos, hoy nos detenemos a mirar la Cruz de Cristo.
No miremos en ella una derrota, sino el principio de un triunfo. No
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pensemos que es sólo un signo de sufrimiento. Lo es, por cierto, y el
mayor de todos, porque como hemos escuchado: “Él soportaba
nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias (…). El fue
traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras
iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus
heridas fuimos sanados (…) y el Señor hizo recaer sobre él las
iniquidades de todos nosotros” (Is 53, 4-6). Pero la cruz de Cristo es
ante todo el triunfo del amor divino y humano al mismo tiempo, que se
encuentran en el corazón del Hijo de Dios hecho hombre. No nos salvó
por sufrir y morir, sino más bien por amarnos hasta el extremo, hasta
morir por amarnos; nos redimió por su amor que no retrocedió ante el
dolor y la muerte.
Ante el mal y el dolor nuestro y el de los demás, hacemos todo lo
posible por superarlo o aliviarlo. Ante lo inevitable y frente a lo que
nos supera, nos abrimos a la voluntad de Dios y a su providencia.
Nunca perdamos la mirada de la fe. Nunca desesperemos.
Antes de entregar su espíritu, Jesús dijo a su madre: “Mujer, aquí
tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y
desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,26-27).
Recibamos también nosotros a María en nuestra casa. Cuando su Hijo
entregaba su espíritu, ponía el inicio de la nueva creación por la fuerza
del Espíritu Santo. Era el Nuevo Adán que asociaba a la Iglesia,
representada en María, como Nueva Eva. A ella la llamamos “Reina de
los mártires” y “Consuelo de los afligidos”. Ella nos entiende y nos
conforta con su ejemplo. Ella nos socorre con el poder de su
intercesión. Así podremos salir a consolar a otros.
Como dice nuestro Papa: “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la
vida de Jesucristo” (EG 49).
 ANTONIO MARINO
Obispo de Mar del Plata
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