¿Y si otro mundo fuera posible? (20-3-2010)
El último de los problemas que citaré, un artículo de opinión no da para más, es el bienestar
ilusorio. Para que se mantenga el sistema económico de un país es necesario que éste
incremente su producción anualmente en un 2%, pero para sostenerla es necesario aumentar
el consumo, que los ciudadanos dejen de ser ciudadanos para convertirse en consumidores.
¿Nos hace felices comprar artículos superfluos hasta reventar? No hace falta tirar de datos
estadísticos para darse cuenta de que se ha disparado el uso de antidepresivos en los últimos
años. Al menos se ha beneficiado la industria farmacéutica, pensarán algunos.
¿Y esto qué tiene que ver conmigo que vivo tranquilamente en Murcia? Todo. En la última
década la Región ha terminado de convertirse en una sociedad de consumo. Los años de
bonanza económica han incrementado las desigualdades, el deterioro ambiental y, casi diría, la
infelicidad de los ciudadanos. El primer y el último problema quizá no parezcan tan evidentes
pero están ahí.
El boom de la construcción hizo que muchos jóvenes dejaran a medias sus estudios para
trabajar en puestos poco cualificados, algo que les ha enriquecido de manera ilusoria porque
sin formación serán más fácilmente manipulables por los de siempre. Así las élites podrán
mantenerse tranquilamente en su lugar por mucho dinero público que desvíen para favorecer
sus intereses particulares.
¿Ha merecido la pena terminar con parajes que formaban parte de la identidad de esta tierra
para incrementar el número de coches de lujo y el absentismo escolar? ¿Somos más felices
cambiando la comida en la huerta o un baño en Marina de Cope por el paseo por el centro
comercial?
Que el crecimiento económico ilimitado no funciona parece evidente. ¿Y si la solución fuera un
decrecimiento controlado? En los últimos años está cobrando fuerza una teoría que aboga por
cambiar los valores de la sociedad global. Por reducir las jornadas de trabajo para trabajar
todos, fomentando al tiempo valores como las relaciones humanas o el ocio creativo frente al
consumo compulsivo. Por terminar con la dependencia económica de los países del sur, que
vistas las desigualdades aún podrían crecer económicamente.
¿Por qué debería chirriarle al hijo de un huertano una vuelta a algunos de los valores del estilo
de vida tradicional? Que la teoría tiene lagunas es cierto, que quizá muchos de sus
planteamientos pecan de utópicos también, pero uno de sus puntos fuertes es que se
considera abierta, que todos podemos contribuir a mejorarla y la podemos aplicar incluso en
nuestro entorno.
Lo verdaderamente utópico quizá sea pensar que el capitalismo, que se empeña en no ser
capaz resolver los problemas que él mismo genera, es la solución. ¿Tendría razón el
economista inglés Kenneth Bouldign al afirmar que aquel que “crea que el crecimiento
exponencial puede durar eternamente en un mundo finito, o es un loco o es un economista”?
Decía en una conferencia en la Complutense Serge Latouche, uno de los principales
impulsores del decrecimiento –y del que he recogido muchas de las ideas expuestas en este
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artículo- , que habitamos en una sociedad del gasto, de sobreproducción y sobreconsumo que
no nos hace felices. Frente a esto el decrecimiento es una matriz de alternativas que tiene
como principal fin la ruptura del “homo economicus”.
Citando a Josep-Vicent Marqués, decía Jordi Bigas en su libro El ecologismo español, “un
fantasma pequeñito recorre Europa en bicicleta. Es hijo de hippies, provos, ácratas y
campesinos, pero tiene un aire a obrero cabreado por la contaminación del barrio y a ama de
casa preguntándole al alcalde que qué hacen con los críos si no hay un parque a tres
kilómetros. El fantasma a veces lleva gafas de empollón y recita estadísticas alarmantes...”.
¿Y si ese fantasma creciera? ¿Y si la solución a los problemas globales no está en Davos y sí
en el Foro Social Mundial? Otro mundo es posible… con el modelo económico actual
probablemente no.
Carlos Egio
Licenciado en Ciencias Ambientales y periodista. Miembro del Foro Ciudadano.
(Artículo publicado en diario La Opinión de Murcia el 20 de marzo de 2010)
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