Jarauta: "La crisis conducirá al empobrecimiento de la clase media" (23-05-2010)
-¿Qué es necesario no perder?
-La curiosidad no deberíamos perderla; qué triste sería. Si no mantenemos una curiosidad
beligerante perdemos el tren. Me incluyo claramente entre los humanos sedientos... de
preguntas. Sin ellas, somos póstumos en vida.
-¿Qué nivel de escepticismo se permite hoy?
-Soy un escéptico apasionado, pero también sigo siendo muy romántico, y un ilustrado
también: sigo creyendo que la Humanidad sabrá hacer frente a sus grandes desafíos, sabrá
pensar e ir construyendo su futuro. Pienso que los tremendos desajustes humanitarios, los
grandes olvidos ilegítimos y las terribles agresiones en todos los campos, se verán enfrentadas
con fuerza a las apuestas morales por la libertad, por la dignidad, por la solidaridad y por un
futuro moral para el hombre; lo creo, sí.
-Paul Valéry decía: «Dos cosas amenazan el mundo: el orden y el desorden».
-Hoy, si quisiéramos dibujar el mapa actual, somos conscientes de transformaciones profundas
y aceleradas en todos los ámbitos y estructuras del mundo -económicas, políticas,
culturales...-. Y en ese proceso de cambios profundos y acelerados hay como un proceso de
adaptación, se descontextualizan los referentes antiguos, y los nuevos no existen. Antes, sobre
el futuro, se tenían referentes unas veces religiosos, otras veces políticos, otras veces
ideológicos, que dibujaban el futuro de una manera aproximada; unas veces la realidad
coincidía con los sueños, y otras veces iba por su cuenta, pero había cierta seguridad. Ahora
no tenemos esa seguridad, y más bien lo que tenemos respecto al futuro es una gran ansiedad.
-Y la creencia, cada vez más generalizada, de que los políticos son un problema, ¿no? La
misma ciudadanía que parece haber ido aceptando un nivel de implicación y de exigencia
política casi igual a cero, ahora se manifiesta cansada, lógicamente muy irritada.
-Sin duda, desde el punto de vista de la política, el del alejamiento de la ciudadanía es
probablemente el principal problema y el más preocupante. Durante estos últimos veinte años,
digamos, se ha ido larvando este progresivo distanciamiento de la política, instalándose en la
opinión pública una decepción clara con respecto a ella; esa idea de que 'la política va por otro
lado'. Y esto tiene consecuencias importantes.
-¿Por ejemplo?
-El problema es que la democracia, más que caminar hacia una fase de profundización en los
valores democráticos, se ha convertido en algo líquido, en algo más cercano a la
administración y al 'management' que a la participación y a la discusión política. Además,
hemos entrado también en un espacio cultural dominado por la cultura de masas, que fagocita
los pequeños restos de ideas que han quedado y desideologiza el 'background' de una
herencia política con la que, más o menos, muchos nos reconocemos; la democracia se
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convierte, así, en algo tan formal como serían las famosas fechas de unas elecciones o la
contemplación de unos resultados electorales... Y ese espacio de la ciudadanía, ese espacio
sagrado del ciudadano, que era ciudadano porque entraba en esa lógica de los derechos y de
las responsabilidades, se ha vaciado totalmente. Comenzamos a ser sujetos anónimos, con
una distancia cada vez mayor entre el espacio público y el espacio privado.
-¿En qué sentido?
-El espacio privado crece, se hipertrofia; el espacio público lo transitamos, digamos, casi como
si fuésemos robots. Nos invade una gran cúpula informática que nos dice cómo es el mundo y
qué está ocurriendo, mientras nosotros estamos cada vez más impotentes... La ciudadanía
comienza a reducirse, empieza a desaparecer como cuerpo político.
-¿Siendo consciente de ello?
-¿Consciente? A nivel macro, es como si la época pasara delante de nosotros como si fuese un
tren de alta velocidad al que quisiéramos subirnos y nunca, nunca, nunca lo conseguimos. Nos
hemos convertido en espectadores globales, pero acusando un gran sentimiento de impotencia
que nos ha convertido, además, en espectadores ansiosos; somos espectadores impotentes y
ansiosos, queremos pero no podemos en un contexto en el que la articulación de lo social se
ha roto, y la posibilidad de intervención es muy escasa. El menú de la información que nos
invade, el menú de la cultura de masas, el menú preparado y destinado para todos lo convierte
todo, una vez más, ¡maldita sea!, en espectáculo.
-Espectáculo cada vez más dramático y plagado de interrogantes.
-Espectáculo que incluye una de las grandes transformaciones del mundo actual, la que
conlleva una secularización de la política, uno de los grandes dramas actuales. La política
estaba siempre asociada, desde Aristóteles, Kant, los grandes del pensamiento político del
XIX... a un arte de lo posible, a un arte de los proyectos, a un arte que siempre tenía en su
corazón una pequeña tensión utópica. Todo eso se ha laminado; ahora el escenario está
ocupado por los intereses cada vez más numerosos a los que nos inducen, y se trata de tener
resueltos al precio que sea esos supuestos intereses fundamentales a los que nos han
inducido. Es el propio sistema el que te induce a tener tu propio listado de necesidades, y para
poder dar satisfacción a estas necesidades inducidas, ¡tienes que trabajar toda la vida! Al final,
somos consumidores y espectadores... insatisfechos; el caso es que, además, unos se pueden
permitir determinados pluses en el consumo que otros no pueden, y eso en estos momentos
pone más en evidencia unas condiciones sociales donde el nivel de ser consumidores estándar
se hace cada vez más problemático.
-¿Hasta qué punto?
-Estoy convencido de que una de las consecuencias más importantes de la crisis no es otra
que el empobrecimiento generalizado de la clase media española; tendremos que estar muy
atentos.
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-Para hacerse qué pregunta, por ejemplo.
-Yo me pregunto: ¿a qué se debe esa despolitización generalizada de la sociedad española de
la que hablábamos?, ¿por qué con cuatro millones y medio de parados no hay gente en la
calle?, ¿a qué se debe esa desarticulación política? Obviamente, hemos quedado en manos de
una supeditación latente a directrices macroeconómicas que nos impide el hacer frente
verdaderamente a las situaciones reales.
-Se habla de una cada vez más nítida y fortificada dictadura de los mercados.
-Estamos totalmente ante este hecho, y de una forma clamorosa y preocupante. Basta seguir
un poco los discursos de la señora Merkel, basta seguir lo que está ocurriendo con Obama,
quien después de muchísimos esfuerzos ha conseguido llevar a cabo una reforma sanitaria,
sobre la cual todavía no hay financiación, pero que sin duda ha supuesto un gran paso. Pero,
¡cuidado!, ya le han dicho que no confunda la reforma sanitaria con la reforma financiera,
'¡hasta ahí podríamos llegar!'. Los grandes economistas, por ejemplo franceses, en estos
momentos no hacen más que decir que la crisis, en gran parte, se debe al olvido de lo que
Keynes había establecido como principio después de la II Guerra Mundial: un sistema de
regulación fuerte, controlable por las agencias internacionales y por las gobiernos. Pero,
poquito a poquito, la aventura financiera de las últimas décadas ha consistido en eliminar,
totalmente, todo lo que podríamos llamar el sistema regulativo. En estos momentos, no es que
no haya regulación, es que los agentes financieros son autónomos. Hoy a sistimos a una
situación realmente muy, muy compleja, y hay una asimetría profunda entre esa complejidad y
unas instituciones internacionales que deberían garantizar la 'gobernanza' del mundo, y que sin
embargo no están haciendo nada. Un gran error de Obama ha sido, precisamente, no haber
hecho nada hasta la fecha por la recuperación de las Naciones Unidas. No ha hecho nada y,
en cambio, se ha investido, digamos, como emperador: 'cualquier conflicto pasa por mi
agenda'. Ha falseado una de las expectativas más importantes en el debate crucial de
repensamiento del papel hoy de las Naciones Unidas y de las instituciones internacionales.
-Defiende usted la necesidad individual de tener un ideal ético, ¿cuál es el suyo?
-Primero, diría que he ido eliminando pactos personales, que de alguna forma servían de
soporte a la estupidez, e incluso a la estupidez personal; en cuanto a mi ideal ético, intento, por
ejemplo, que mi interior y mi exterior estén cerca, que no sean mundos distintos. Y, en el fondo,
quizás la fidelidad por excelencia es la fidelidad a ciertas ideas que uno ha hecho suyas y por
las cuales estaría dispuesto a darlo todo. Ideas que proceden, fundamentalmente, de la
tradición moderna tal cual uno las ha leído. Reivindico la libertad como principio, y hago mía la
idea de la fraternidad, que está más allá incluso de una amistad profunda; y, desde luego,
intentaré siempre compartir todo desde la solidaridad. Todo esto no puede plantearse como un
horizonte individual, sino que debe atravesar el proyecto político, y el proyecto político,
fundamentalmente, es un proyecto social, es un proyecto que está dialogando con el presente
pero que al mismo tiempo está desafiando al futuro; y la construcción de ese futuro, nunca fácil
y menos todavía hoy, nos obliga a nosotros, tantas veces instalados en el pesimismo de la
voluntad, a intentar la experiencia de ir humanizando pequeños espacios de la vida; sí, creo
que, como antes le señalaba, decir 'bonjour' o buenos días al entrar al café es importante; los
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buenos modales, el respeto al otro, sí, sí, no pueden ponerse en riesgo, deben ser defendidos.
Y que quede claro que yo me armo de ira, en ese soy muy bíblico, cuando es necesario.
-¿A la hora de defender el empuje del racismo, por ejemplo?
-Muy preocupante también en tiempos en que la crisis económica se agudiza. Convivimos ya
con una población inmigrante que forma parte del tejido social de nuestras ciudades, pero cuya
integración social resulta en algunos momentos más compleja, más difícil...; una población
inmigrante que tiene que hacer frente a problemas educativos, a problemas sanitarios, a
problemas de tolerancia, a problemas de participación social, y también a los claros riesgos de
aislamiento, de segregación o de, llegados a unos límites más extremos, de racismo. Toda esa
complejidad, ¿está siendo reflexionada políticamente a la hora de pensar un proyecto político
para todos? ¿Tenderemos más a una política de contención, de vigilancia, de aguante, de
protección? ¿Interesarán las políticas que sean capaces de integrar, de establecer
comunicaciones básicas entre todos, que permitan articulaciones sociales nuevas, que generen
nuevas escuelas de tolerancia tan fundamentales para el futuro? Hay que ampararse de nuevo
en aquel 'ethos' moderno que hacía suya la defensa y realización de un ideal de humanidad
para todos, y entendía la historia como el tiempo de realización de ese ideal. Es una tarea que
coincide con el imperativo moral de la época moderna, y que ahora más que nunca hay que
reivindicar. Es nuestra forma, por recordar a Bataille, de hacer frente al destino.
-Y no naufragar, finalmente.
-Cómo no. Una y otra vez regreso a las notas del 'Diario de 1919' de Max Weber. Son páginas
estremecedoras, escritas desde la derrota y la humillación, desde una especie de lugar del
desastre, cuya luz hacía todavía más tenebrosa la historia, el reciente final de la Gran Guerra.
Es una historia imposible de imaginar y narrar, por lo cual se la deja apenas para las notas
breves de los 'Diarios', que tienen la eficacia de guardar el temblor de la vida; la vida...
Entrevista realizada por Antonio Arco
http://www.laverdad.es/murcia/v/20100523/cultura/estoy-convencido-consecuencias-importante
s-20100523.html
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-¿Qué es necesario no perder?