Contra la resignación
Los dos partidos, actuando como fáctica ‘gran coalición’, han colaborado en el último periodo
en el tipo de respuesta frente a la crisis económica: la política de ajuste y contrarreforma de
nuestro insuficiente Estado del Bienestar, y la perpetuación del reparto injusto de los
sacrificios que comporta esta orientación. La retórica de la confrontación Gobierno-oposición
ha declinado ante la básica coincidencia en la política de recortes sociales, iniciada
inopinadamente por el PSOE y que el PP tratará de radicalizar —con la exclusiva y
socialmente minoritaria fidelidad de su pétreo electorado al que intentará sumar el de las
derechas nacionalistas— después de noviembre.
¿Era inevitable esta situación? ¿no hay alternativa económica y política? No lo era y no lo es.
Como demuestra la actuación de un Gobierno tan poco sospechoso de izquierdismo (excepto
para los fanáticos del Tea Party) como el de Obama, y aun sin salirnos de la lógica del
sistema, otra política, que sustituya la obsesión por el déficit por la prioridad de la lucha contra
el desempleo y por la reactivación económica con políticas anticíclicas de estímulo público, era
y es posible.
Porque como ha escrito el Nobel Paul Kraugman, la comprobación «con asombro y horror» del
nuevo consenso en ciertos círculos políticos en favor de la austeridad y el recorte de gasto
público, «no se basa ni en evidencias ni en un análisis cuidadoso. Se basa, en cambio, en lo
que podríamos llamar (caritativamente) mera especulación y (sin caridad) los productos de la
imaginación de la élite política». Es decir, no es más que una posición ideológica que colisiona
gravemente con la realidad, alejando la salida de la crisis, profundizando la dualización e
incrementando el dolor social.
Pues bien, la implosión del sistema bipartidista lejos de ser la catástrofe que algunos analistas
suponen, puede liberar nuevas energías sociales que revitalicen nuestra languideciente
democracia. El movimiento 15M, que ha contado con la simpatía mayoritaria de los
ciudadanos (hasta del 80%, según los sondeos) es la más contundente expresión de que el
país reclama activamente una nueva etapa, con cambios sustanciales que supongan más
calidad de la democracia y más justicia social.
No sirve, por tanto, la reedición de las penosas prácticas del pasado que ha aplicado sin
restricción nuestra clase política (opacidad en la gestión pública, corrupción, oligarquización de
las decisiones y expulsión de los ciudadanos de la vida pública, etc.), tampoco el recorte de
derechos y la privatización de servicios públicos ni el modelo económico-especulativo
fracasado.
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Contra la resignación
Un PP triunfante en noviembre, alcanzando la mayor concentración de poder político en un
solo partido de los últimos treinta años, no puede ser la respuesta a estas demandas de la
sociedad española. Lo que representa esta opción no se corresponde, aun cuando llegue a
disponer de mayoría parlamentaria, con los deseos de la sociedad española. El conflicto
social será por ello inevitable. Y la derecha puede responder —está en su naturaleza— con la
tentación autoritaria (recorte de derechos políticos y de libertades, represión policial, medidas
de control de la información y la comunicación, etc.).
Incurrirán en un nuevo error político si pretenden restringir toda legitimidad a la estrictamente
electoral, cuya relevancia no podemos negar, pero que no puede laminar ni excluir otras
fuentes de legitimación (la de los derechos constitucionales a expresión y manifestación, el
ejercicio de los derechos de participación, etc.). Hay un fuerte malestar social y un profundo
descrédito de la representación política y ese divorcio entre los representantes y los
representados no se resuelve —como escribió irónicamente B. Brech— disolviendo el pueblo
y eligiendo otro.
Pero no menos grave error sería despreciar la lucha electoral. El desplazamiento del PSOE
hacia la derecha abre una oportunidad al resto de la izquierda —la política y la social— para
ocupar un papel más relevante en la representación de los ciudadanos que debe ser
aprovechado. Para ello hay que superar no sólo viejos esquemas y fetichismos de las siglas,
sino toda una cultura política cuestionada por el movimiento de los indignados, al que hay que
respetar escrupulosamente en su trabajo socio-político e independencia de los procesos
electorales sin pretender manipularlo.
Necesitamos nuevas fuerzas, unitarias y plurales, que sepan expresar el impulso de cambio
devolviendo el protagonismo a la ciudadanía. Un paso en esa dirección puede ser la
presentación de una única candidatura unitaria e independiente al Senado por Murcia,
apoyada por todos los ciudadanos que quieran de verdad cambiar el modelo político y el
sistema económico, sin siglas partidarias, fruto de un proceso de reflexión y participación
abierto y radicalmente democrático que permita construir entre todos el programa y elegir los
candidatos. Constituiría un ejemplo y una contribución de la Región a los procesos de
renovación política que deben profundizarse en todo el país tras el 20N.
Patricio Hernández Pérez es presidente del Foro Ciudadano de la Región de Murcia
(artículo publicado en Diario La Opinión de Murcia 24/9/2011:
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Contra la resignación
http://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2011/09/24/resignacion/352549.html )
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