¿Para qué sirve un delegado del gobierno? (La Verdad, 13/07/08)
ANDRÉS PEDREÑO
Sostiene el Delegado del Gobierno sentirse "indignado" por "la actitud de algunos agentes" en
la redada policial del pasado viernes 27 de junio en Torre Pacheco, la cual es calificada como
un "control rutinario" de inmigrantes indocumentados.
¿De qué naturaleza puede estar hecha la indignación de un Delegado del Gobierno? La misma
parece focalizarse en la fotografía de portada del periódico La Verdad del sábado, en la que un
aguerrido policía municipal agarra violentamente del cuello a un inmigrante. Ciertamente no es
muy grato comprar el periódico el sábado en la mañana camino de la playa, y encontrarse con
esa fotografía. Y sin embargo esa "actitud de algún agente" es lo que menos importa en este
episodio.
Lo realmente indignante no reside en lo que parece indignar al Delegado del Gobierno: el
comportamiento desviado de algunos agentes. Es precisamente lo que denomina "control
rutinario" donde ha de situarse la profunda indignidad de la orden dada por el Delegado del
Gobierno para que ese día más de cien agentes policiales tomaran el centro de Torre Pacheco
y se pusieran a la búsqueda de inmigrantes indocumentados. Es el hecho en sí de la redada lo
más preocupante. Las imágenes fotográficas del "control rutinario" expresan la racionalidad
organizativa y minuciosidad de la planificada redada policial:
1. Distribución en el centro urbano de Torre Pacheco de más cien agentes policiales, todos
ellos posicionados en puntos desde los cuales desplazarse según un plan de movilidad
perfectamente coordinado en función de los lugares donde habitan los inmigrantes (lo cual
muestra un conocimiento detallado de la vida cotidiana de la gente inmigrante en la localidad);
2. Localización de los inmigrantes potencialmente retenibles y procedimiento para la
organización de la "identificación" de los mismos. Centenares de inmigrantes son trasladados y
concentrados en tres plazas, la mayoría de ellos de procedencia africana (lo que evidencia que
la orden del Delegado del Gobierno estaba modelada con criterios étnicos), todos dispuestos
en fila, mientras que un funcionario policial les solicita la documentación y comprueba si su
residencia en España está "en regla". Finalmente, son detenidas 58 personas que no han
cometido delito alguno, pero que quedan inevitablemente "criminalizadas" por el dispositivo de
la redada.
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La fotografía aparecida en los medios de comunicación de esta fila cuantiosa de africanos
vigilada por agentes de policía, mientras que otro funcionario les supervisa la documentación
de forma civilizada, racional y sistemática; expresa el lado frío de la almohada sobre la que
dormita el Delegado del Gobierno. Una racionalidad de poder en la que el imperativo kantiano
de la dignidad tiene una acogida problemática. Más preocupante es aún, por la
irresponsabilidad que denota, el que nuestro Delegado del Gobierno diga que si hubiera
conocido con detalle el operativo policial no lo hubiera autorizado, ya que se quedó sorprendido
de su "magnitud y dimensión".
Al Delegado del Gobierno le preocupa "la actitud de algunos agentes". ¡No fueron buenos
profesionales!, parece querer decirnos. Sin embargo, las actitudes poco profesionales de la
redada son la anécdota, y lo que menos importa. Lo realmente importante es la profesionalidad
con la que se llevó a cabo, y sobre todo lo que expresa en términos políticos. Varios son los
efectos prácticos buscados con esta redada-cacería de inmigrantes indocumentados:
Por un lado, un efecto demostración, a través del cual el gobierno quiere demostrar a sus
socios europeos que puede y quiere mostrarse tan contundente con la inmigración
indocumentada, como sus socios europeos. Demostrar que es un gobierno a la altura de la
recientemente aprobada Directiva de Retorno de Inmigrantes (Directiva de la vergüenza), y
merecedor de la credibilidad de un Sarkozy (y de un Berlusconi) para alcanzar un pacto sobre
inmigración de cara a la Cumbre europea del próximo mes de octubre. Un efecto demostración
también a nivel interno, de cara al electorado más derechista y al Partido Popular, a quiénes se
manda el mensaje de la contundencia con la que se quiere aplicar la dura medicina contra la
inmigración indocumentada, esos residuos humanos para los que se busca un vertedero, y
cuya gestión es muy rentable electoralmente.
Por otro lado, un efecto de escarmiento dirigido al colectivo de inmigrantes que más le toca al
Estado las partes más íntimas de su anatomía, esto es, las fronteras. La redada tenía
claramente un objeto de amedrantamiento del colectivo africano, y particularmente marroquí. A
pesar de que son cuantitativamente los menos numerosos dentro de la inmigración
indocumentada residente en España, sin embargo, dada la fuerza simbólica de su trasgresión
de la línea fronteriza a través de pateras, cayucos o saltos de la verja de Melilla-Ceuta, son los
más hostiles para aquéllos que consideran que lo más sagrado e intocable que tiene el Estado
es la institución de la frontera.
¿Puede un delegado del gobierno indignarse, llorar e incluso soñar con que otro mundo es
posible? Inevitablemente, la respuesta es negativa.
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Andrés Pedreño es Profesor Titular de Sociología de la UMU y miembro del Foro
Ciudadano de la Región de Murcia.
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