CATEQUESIS VII
DIOS PADRE
Pronunciada en Jerusalén, sobre la palabra «Padre» del Símbolo. La lectura de base es de la epístola a los
Efesios: «Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la
tierra» (Ef 3,14-15)1
Transición al nuevo tema: Dios Padre
1. El día de ayer os hablamos suficientemente del señorío del único Dios 2. Digo «suficientemente» y no lo
que pedía la dignidad del tema, pues llegar hasta ahí es totalmente imposible a la naturaleza mortal; en
cuanto nos fue concedido a nuestra debilidad, perseguimos, apoyados en la fe, las erróneas desviaciones
de los herejes sin Dios. Una vez expulsada su basura, pernicioso veneno para las almas, y reteniendo sus
hechos en la memoria, no nos sentimos como heridos sino que concebimos un mayor odio hacia ellos. Pero
volvamos ahora a nosotros mismos y acojamos los dogmas saludables de la verdadera fe, uniendo a la
dignidad del Dios único la prerrogativa paterna y creyendo en un único Dios Padre. No se debe creer
simplemente en un Dios único: acojamos también piadosamente al Padre de su único Hijo nuestro
SeñorJesucristo.
La afirmación de que Dios es Padre de Cristo, más allá de la imagen de Dios en los judíos
2. Y es por razón de los judíos por lo que hemos de sentir estas cosas más sublimes. Pues ellos admiten en
sus enseñanzas que sólo hay un único Dios (a pesar de que a veces lo han negado mediante el culto a los
ídolos). Pero no lo aceptan como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Con lo cual son de sentir contrario a
sus propios profetas, que afirman en la Sagrada Escritura: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal
2,7)3. Viven agitados hasta el día de hoy y «conspiran aliados contra Dios y contra su Ungido» (Sal 2,2),
creyendo Fpoder conseguir el favor del Padre sin mostrar piedad hacia el Hijo. Con ello ignoran que nadie
va al Padre sino por el Hijo (cf. Jn 14,6), que dice: «Yo soy la puerta» (Jn 10,9) y «Yo soy el camino» (Jn
14,6). Así, pues, quien rechaza el camino que conduce al Padre y niega la puerta, ¿cómo podrá tener con
honor acceso hasta Dios? Contradicen lo que está escrito en el Salmo 89: «El me invocará: ¡Tú, mi Padre,
mi Dios y roca de mi salvación! Y yo haré de él el primogénito, el Altísimo entre los reyes de la tierra» 4. Si
estas cosas se hubiesen dicho en referencia a David o a Salomón o a cualquier sucesor suyo, que muestren
cómo «su trono» (Sal 89,30), que, en su opinión, es a lo que se refiere el profeta, es como los días del cielo,
y «su trono será como el sol ante mí» y «por siempre se mantendrá como la luna» (vv. 37-38). ¿Cómo no
sienten temor ante aquello que está escrito: «Desde el seno, antes de la aurora, te he engendrado» (Sal
110,3)5. Y aquello otro: «Durará tanto como el sol, como la luna de edad en edad» (Sal 72,5). Pero esto,
referido al hombre, es expresión de máxima ingratitud.
Centrarse en que Dios es Padre de Cristo
3. Pero los judíos son a menudo víctimas, y ello voluntariamente, de la enfermedad de la incredulidad según
los pasajes aducidos u otros de la Escritura. Acojamos nosotros, sin embargo, la piedad que la fe nos
enseña, adorando al Dios único, Padre de Cristo, que concede a todos la fuerza de engendrar (cf. Ef 3,15) y
a quien no se podría con buena conciencia suplantarlo en tal dignidad. Y creamos en un único Dios Padre
ya antes de que pongamos en claro las cuestiones acerca de Cristo. La fe en el Hijo único debe quedar
grabada en el alma de los que escuchan sin que se pueda separar lo más mínimo de lo que se diga acerca
del Padre.
Un solo Dios, pero Dios Padre y Dios Hijo
4. Pues el nombre de Padre, por su misma denominación, fija en el ánimo a la vez el conocimiento del Hijo,
del mismo modo que también quien pronunció el nombre del Hijo ha tenido inmediatamente también la idea
del Padre: pues el Padre es Padre del Hijo, y el Hijo es Hijo del Padre. Por tanto, que nadie por el hecho de
que decimos «en un solo Dios, Padre todopoderoso; creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo
invisible», y porque después añadimos: «y en un solo Señor Jesucristo», sospeche alevosamente que es
posterior en lugar y orden al cielo y a la tierra. Por consiguiente, antes de llamar Dios a cada uno de ellos,
hemos hablado del Padre, pero de modo que, a la vez que pensamos en el Padre, en el mismo acto
pensemos en el Hijo. Y entre el Hijo y el Padre no existe ninguna otra realidad intermedia 6.
Dios es por naturaleza Padre de Cristo desde toda la eternidad
5. De manera abusiva se considera padre de muchas cosas a Dios, pero por naturaleza y en verdad es
Padre de su Hijo único nuestro Señor Jesucristo. Y no es que haya llegado a ser Padre en el transcurso del
tiempo, sino que existe eternamente como Padre de su Hijo unigénito. Pues no ha sucedido que, no
teniendo anteriormente descendencia, haya llegado después a ser Padre, sino que Dios tiene toda la
dignidad paterna anteriormente a toda sustancia y a todo sentido, antes de los tiempos y de todos los siglos.
Y la tiene en mayor medida que todos los demás títulos. No ha recibido la paternidad de un modo pasivo 7 o
por una mutación de sí mismo; no por un añadido o por ignorancia; tampoco porque haya fluido algo de sí ni
porque se haya hecho más pequeño o haya sufrido alteración. Pues «toda dádiva buena y todo don perfecto
viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de rotación» (Sant
1,17)8. El Padre, perfecto, engendró perfecto al Hijo entregándole todo a quien engendró: «Todo me ha sido
entregado por mi Padre» (Mt 11,27), y el Padre es honrado por el Hijo único; pues «yo, dice el Hijo, honro a
mi Padre» (Jn 8,49) y, además: «... como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en
su amor» (Jn 15,10). Decimos así, pues, a una con el Apóstol: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo!» (2 Cor1,3), y aquello de «doblo mis
rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra» (Ef 3,14-15). Lo
glorificamos juntamente con su único Hijo9, reconociendo a Cristo Jesús como Señor «para gloria de Dios
Padre» (c{. Flp 2,11).
El Dios vivo del Evangelio
6. Adoramos así, pues, al Padre de Cristo, hacedor del cielo y de la tierra, Dios de Abraham, de Isaac y de
Jacob, en cuyo honor fue construido primeramente aquel templo y ahora este, situado en la parte opuesta10.
No nos apoyaremos11 en los herejes que separan totalmente el Antiguo Testamento del Nuevo, sino que
escucharemos a Cristo cuando dice en el templo: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas que miran
al servicio de mi Padre?» (Lc 2,49) o lo de «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una
casa de mercado». Con estas palabras declaró de modo muy evidente que aquel templo de Jerusalén era la
casa de su Padre. Pero si alguien, ante los que no creen, desea ávidamente recibir más pruebas de que el
Padre de Cristo es el mismo que el creador del mundo, oígale de nuevo a él diciendo: «¿No se venden dos
pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre, que
está en el cielo» (Mt 10,29); y: «Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros;
y vuestro Padre celestial las alimenta» (Mt 6,26), o aquello otro: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo
también trabajo» (Jn 5,17).
Por su bondad nos ha hecho Dios hijos suyos como adoptivos
7. Pero para que nadie por simpleza o por astuta maldad atribuya a Cristo la misma dignidad que a otros
hombres justos, por lo que él mismo dice: «Subo a mi Padre y vuestro Padre» (Jn 20,17), será bueno
prevenirle de que un mismo nombre de «Padre» tiene distintos significados. Dándose cuenta de lo cual, dijo
con cautela: «Voy a mi Padre y a vuestro Padre». Y no dijo «a nuestro Padre», sino que hizo la distinción
anterior, señalando primeramente lo que es propio suyo, «a mi Padre», que lo era por naturaleza. Y
entonces añadió «y vuestro Padre», que lo era por adopción 12. Pues aunque nos concedió, especialmente
en las súplicas, decir; «Padre nuestro, que estás en los cielos» (Mt 6,9 par.), le llamamos así por benignidad
suya, pues no le llamamos Padre porque hayamos sido engendrados por él de modo natural en el cielo,
sino que, trasladados de la esclavitud a la adopción, nos ha sido concedido con bondad inefable por gracia
del Padre, por el Hijo y el Espíritu Santo.
8. Pero quien quiera llegar a saber por qué llamamos «Padre» a Dios oiga al gran pedagogo que es Moisés,
que dice: «¿No es él tu padre, el que te creó, el que te hizo y te fundó?» (Dt 32,ó) 13; y al profeta Isaías:
«Pues bien, Yahvé, tú eres nuestro Padre; nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos
todos nosotros» (Is 64,7). El don del profeta explicó con toda claridad (o la gracia, hablando por el profeta)
que, si le llamamos Padre, es por gracia y adopción de Dios.
9. Y para que sepas con más cuidado que no sólo se llama «padre» en las Escrituras al que lo es por
naturaleza, escucha a Pablo: «Pues aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido
muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús» (I Cor 4,15). No porque
les hubiese engendrado según la carne, sino porque los había instruido y los había regenerado por el
Espíritu. Por eso era Pablo padre de los corintios. Oye también a Job cuando dice: «Era el padre de los
pobres» (29,16), llamándose a sí mismo padre, no porque hubiese engendrado a todos, sino porque los
había tomado a su cuidado. Que también el Hijo unigénito de Dios, cuando fue clavado en la cruz según la
carne, viendo a María, madre de su propia carne, y a Juan, el predilecto de sus discípulos, le dijo a éste:
«Ahí tienes a tu madre»; y a María: «Ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26-27), hacia el que ella en lo sucesivo
había de mostrar su caridad. Con las cuales palabras se vio claro indirectamente lo dicho por Lucas: «Su
padre y su madre estaban admirados» (Lc 2,33). De tales palabras se apoderan los herejes cuando
enseñan que él nació de un hombre y una mujer. Igualmente María es llamada madre de Juan por la
caridad14, no porque lo hubiese engendrado. Así también José es llamado padre de Cristo, y no por razón
de generación (pues «no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo» (Mt 1,25), sino por el cuidado puesto en
alimentarlo y educarlo.
Más explicaciones de la paternidad de Dios hacia los hombres
10. Esto, por consiguiente, se os ha dicho a vosotros de paso como advertencia. Pero añadamos también
otro testimonio para mostrar que Dios es llamado en sentido amplio padre de los hombres. Pues en Isaías
se dice refiriéndose a Dios: «Porque tú eres nuestro Padre, que Abraham no nos conoce, ni Israel nos
recuerda» (Is 63,15) 15¿Puede aducirse todavía algo más? Cuando dice el salmo: «Padre de los huérfanos y
tutor de las viudas es Dios en su santa morada» (68,6ó). ¿Acaso no es a todos manifiesto que, cuando a
Dios se le llama padre de los huérfanos, si éstos perdieron poco antes a sus padres, no es porque Dios los
haya engendrado, sino porque toma a su cargo el cuidado y la defensa de los mismos? De los hombres, por
consiguiente, como queda dicho, es padre sólo en un sentido amplio. Pues Dios es, por naturaleza, sólo
padre de los hombres, aunque de Cristo lo es antes de los tiempos, como él mismo dice: «Ahora, Padre,
glorificame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado, antes que el mundo existiese» (Jn 17,5).
11. Creemos, pues en un solo Dios Padre, irrastreable e indescriptible. A él no lo ha visto hombre alguno;
sólo «el Hijo único lo ha contado» (Jn 1,18), pues «aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre» (Jn
6,46). Los ángeles en el cielo ven continuamente su rostro (cf. Mt 18,10), cada uno según la medida de su
propio orden y lugar. Pero la pura visión del esplendor del Padre está propiamente y de modo real
reservada al Hijo juntamente con el Espíritu Santo.
12. Pero al llegar a este punto de nuestro discurso, estimulado por el recuerdo de lo que poco antes decía
de que a Dios se le llama Padre de los hombres, me sorprende en gran medida la ingratitud de los hombres,
pues, en su inefable bondad, Dios ha querido ser llamado padre de los hombres: quien está en los cielos,
padre de los que habitan en el mundo; el autor de los siglos, padre de los que viven en el tiempo; el que
«abarcó con su palmo la dimensión de los cielos» (Is 40,12) es padre de los que habitan la tierra como
saltamontes (cf. Is 40,22). Pero el hombre, abandonando a su padre del cielo, ha dicho al leño: «Tú eres mi
padre», y a la piedra: «Tú me has engendrado». Y por lo tanto, según me parece, es a la naturaleza
humana a la que habla el salmo: «Olvida a tu pueblo y la casa de tu padre» (Sal 45,11), el padre a quien
elegiste y a quien hiciste llamar para tu perdición.
El diablo, padre de la mentira. La paternidad divina
13. Y no sólo a los leños y a las piedras, sino al mismo Satanás, que pierde a las almas, eligieron algunos
como padre. A ellos decía el Señor increpándoles: «Vosotros hacéis las obras de vuestro padre» (Jn 8,41),
es decir, del diablo, que no es padre de los hombres por naturaleza, sino a causa del engaño. Pues al modo
como Pablo, a causa de la enseñanza piadosa que les había transmitido a los Corintios, es llamado padre
de los mismos (1 Cor 4,15), así también el diablo es llamado padre de quienes se van con él (cf. Sal 50,18)
por propia voluntad. No toleraremos, pues, a quienes torcidamente interpretan aquello de «en esto se
reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo» (I Jn 3,10), como si existiesen algunos entre los hombres
que por naturaleza hubieran de salvarse o perderse 16. Pues a la santa adopción que hemos mencionado no
somos llevados por necesidad, sino por decisión libre de nuestra alma. Tampoco Judas fue traidor (cf. Lc
6,16b) por naturaleza, hijo del diablo y de la perdición (cf.Jn 17,12); pues, si no fuese así, no habría arrojado
desde el principio a los demonios en el nombre de Cristo. Pues Satanás no expulsa a Satanás (cf. Mc 3,2325), ni a su vez Pablo fue cambiado de perseguidor en anunciador, sino que se trató de una opción
totalmente voluntaria, según dice Juan: «Pero a todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de
Dios, a los que creen en su nombre» Un 1,12). Pues no antes de creer, sino por la fe fueron considerados
dignos de llegar a ser hijos de Dios por su libre albedrío.
Confianza en Dios Padre
14. Conociendo pues, esto, caminemos según el espíritu, para llegar a ser dignos de la adopción divina.
«Pues todos los que son guiados por el espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rm 8,14). Pues de nada nos
serviría haber conseguido el nombre de cristianos, si a ello no siguen las obras, no sea que tal vez se nos
diga aquello: «Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham» (Jn 8,39). Pues si llamamos Padre a
quien juzga sin acepción de personas según las obras de cada uno, pasemos el tiempo temiendo por
nuestra vida, sin amar «al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no
está en él» (1 Jn 2,15). Por consiguiente, queridos hijos, demos gloria por nuestras obras al Padre que está
en los cielos, para que vean nuestras buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos (cf. Mt
5,16). Confiémosle todas nuestras preocupaciones (cf. I Pe 5,7), pues nuestro Padre sabe de qué tenemos
necesidad (cf. Mt 6,8).
Amor a Dios y amor a los padres
15. Y honrando a nuestro Padre celestial, sigamos los pasos de «nuestros padres según la carne» (Hebr
12,9), como manifestó abiertamente el Señor en la Ley y los Profetas diciendo: «Honra a tu padre y a tu
madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra» (Ex 20,12). Y este mandamiento óiganlo sobre todo,
de entre los presentes, quienes tienen padre y madre. «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor,
porque esto es justo. Pues no dijo el Señor: "El que ama a su padre o a su madre no es digno de mí", de
modo que interpretases torcidamente, por ignorancia, lo que estaba bien escrito, sino que añadió: «más que
a mí»"17. Pues cuando nuestros padres en la tierra pensasen lo contrario del Padre que está en los cielos,
habría que seguir entonces lo dicho; pero si no nos presentan ningún impedimento para la piedad, nosotros,
arrastrados por el furor de un ánimo ingrato, olvidándonos de los beneficios que de ellos hemos recibido, los
despreciamos. Hay lugar entonces para aquella sentencia: «Quien maldiga a su padre o a su madre,
morirá» (Éx 21,17).
El deber de piedad para con los padres
16. La primera virtud de los cristianos es la piedad, honrar a los padres, remunerar los trabajos de quienes
nos dieron la vida y procurarles con el mayor afán lo que les sea de ayuda. Pues, por mucho que les demos,
nunca podremos darles la vida como ellos nos la dieron a nosotros. De modo que, al disfrutar ellos de la
alegría que les proporcionamos (cf. Ecclo 3,3 es), nos fortalezcan a su vez con las bendiciones que el
suplantador Jacob obtuvo astutamente (cf. Gén 27,36). Y el Padre celestial, aceptando gratamente nuestra
buena voluntad, nos haga dignos de que resplandezcamos como el sol en el Reino del Padre (cf. Mt 13,43),
a quien sea la gloria con el Hijo único y protector nuestro Jesucristo, y con el Espíritu Santo vivificador,
ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
La expresión traducida por «paternidad» quizá es literalmente más bien «lo engendrado por un Padre», y en este
sentido podría tal vez entenderse como «familia» o «descendencia».
1
De hecho el tema ha sido también algo así como lo que los dogmáticos llaman De Deo uno, es decir, el tratado
dogmático sobre Dios en cuanto Dios único. Pero la anterior catequesis trató acerca de Dios con intención de rebatir
todo lo referente al dualismo maniqueo, razón por la que se produjeron las abundantes digresiones mencionadas.
Desde la presente catequesis hasta la XVII la exposición sigue más bien la articulación trinitaria del Credo.
2
Sal 2,7 debe verse en su contexto y en relación con otros pasajes de la Escritura. Puede decirse que todo el Salmo 2
es una descripción del drama del Mesías-Siervo contra el que arremeterán muchos de los que han sido interpelados
por él. Sal 2,7-9 es prácticamente la respuesta de Dios a la agitación de las naciones, los pueblos, los reyes y los
caudillos «contra Dios y contra su Ungido» (vv. 1-2). La interpretación mesiánica de Sal 2 es, pues, evidente, sobre
todo relacionándolo con Sal 110 y con los poemas del Siervo de Yahvé en el Deuteroisaías.
3
4
Sal 89,27-28, versículos que también se interpretan en sentido cristológico.
5
La versión que se ofrece del versículo es la correspondiente al texto griego.
Estas explicaciones de Cirilo son un claro esfuerzo, características de la tradición patrística desde el concilio de Nicea
(año 325) y Atanasio, por expresar simultáneamente la unidad de Dios, tal como se vio en la catequesis anterior, pero
al mismo tiempo la pluralidad trinitaria, Padre, Hijo y Espíritu, en la unidad divina sustancial, en la que en el párrafo
que acaba de terminar Padre e Hijo gozan de exactamente igual dignidad. Las catequesis de Cirilo se convierten así en
una transmisión exacta de la fe objetiva de la Iglesia contenida en el Símbolo.
6
No «ha sido hecho» Padre, es decir, no ha recibido de nadie la paternidad ni tampoco ha llegado a ella a través de
ninguna evolución.
7
El Padre es calificado así como Dios de los astros, pero en él no se dan las variaciones y las rotaciones que se dan en
el firmamento.
8
De nuevo añade Cirilo entre paréntesis como si fuese una nota: «Pues "todo el que niega al Hijo tampoco posee al
Padre") y, a su vez: 'Quien confiesa al Hijo posee también al Padre' (I Jn 2,23b)». Las afirmaciones de I Jn, en el
contexto de lo que es el contenido de la carta, tienen un carácter más bien cristocéntrico que trinitario. En general
puede decirse que el Nuevo Testamento parte siempre, a la hora de exponer el misterio de Dios, no de la perspectiva
general de Dios ni de un concepto abstracto de la divinidad, sino del acontecimiento y de la realidad de Jesucristo,
verdadero punto focal desde el que debe entenderse la relación del hombre con Dios y toda la Historia de la salvación.
Es el mantenimiento del debido equilibrio de las relaciones internas en la unidad sustancial del Padre y el Hijo lo que
llevó a la formulación de la dogmática trinitaria. Esto tuvo, sin embargo, la contrapartida tal vez inevitable de que los
aspectos salvíficos de la confesión de fe cristiana quedaron en los Símbolos en un cierto segundo plano.
9
10
Alusión al lugar del templo en el que Cirilo está pronunciando la catequesis.
11
Al exponer la cuestión de que aquí se trata.
Lo inaudito de la relación que en el cristianismo se establece entre el hombre y Dios reside en que el hombre puede
llamar a Dios «Padre», pues, aunque no es hijo de Dios por naturaleza, sí lo es en Cristo por adopción. La expresión de
Jesús, en Jn 20,17b: «Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» se interpreta seguramente de un
modo más adecuado entendiendo que, precisamente por la resurrección de Jesús, los hombres han sido hechos hijos
de Dios. Con la resurrección de Jesús, se les da también a los hombres el Espíritu, «que se une a nuestro espíritu para
dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rm 8,16). Rom 8,15 expone también que por el Espíritu podemos llamar
«Padre» a Dios: «Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu
de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!». Cf. anteriormente, cat. 4, nota 19.
12
Conviene recordar que todo Dt 32 tiene un carácter épico. Como cántico hace memoria de la historia de salvación
que Dios ha hecho con Israel. Está puesto en boca de Moisés (Dt 32,44), pero probablemente tuvo existencia
independiente antes de ser introducido en el Deuteronomio. Es uno de los numerosos casos en que la confesión de fe
se hace en medio de la historia concreta de salvación de Israel. Cf. también, por ejemplo, los salmos 78, 105 y 136. El
acertado procedimiento de insertar la salvación en la historia se aplica también en el Nuevo Testamento, por ejemplo,
en numerosos anuncios kerigmáticos del libro de los Hechos.
13
14
«Por la caridad» por la que se le ha encargado tener hacia Juan actitud de madre.
En la Biblia, el versículo añade además: «Tú, YaLvé, eres nuestro Padre, tu nombre es "EI que nos rescata desde
siempre".
15
16
Cf. cat. 4, núm. 20.
Cf., para toda la frase, Mt 10,37: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi», que se
prolonga con el correlato siguiente: «el que ama a su hijo o a su hija más que a mi, no es digno de mi». Se trata de la
expresión, en el terreno del amor entre padres e hijos, de la contundente prescripción de Dt 6,5: «Amarás a Yahvé tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza», que se hace presente en el Evangelio cuando a
Jesús se le pregunta cuál es el primer mandamiento (Mc 12,38-34 par.).
17
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CATEQUESIS VII - Camino Neocatecumenal