La red de todos (La Opinión, 11/4/09)
JOSÉ DANIEL ESPEJO
Recordaba Ignacio Escolar hace unas semanas la prehistoria de la digitalización de la
Administración española: los superordenadores Berta, Clara, Rita y Duque de Ahumada, que
desde la primera mitad de los ochenta gestionaban los archivos de la policía, el fisco y la
guardia civil. Más de veinte años después, el caso Mariluz ha llenado las televisiones de
imágenes tercermundistas: despachos judiciales repletos de legajos, papeles polvorientos
amontonándose en columnas, erizados de post-its con fechas de vencimiento entre signos de
admiración. Un caso obviamente demasiado suculento como para quedarse al margen de la
politicucha, y que ha llegado a provocar toda una señora huelga de jueces, [ironía on]
justamente horrorizados por la amarillización de (los expedientes de) sus despachos, tras dos
décadas de denodada lucha en pos de la digitalización e interconexión de sus archivos [ironía
off].
Hablando de récords de velocidad en pista, ya hace casi dos años que los españoles podemos
tener un dni electrónico con el que verificar nuestra identidad en los trámites con la
administración, pero no sabe usarlo ni Rita (el superordenador) ni Rita (mi vecina de arriba, que
lo sabe todo). Si comparamos el esfuerzo invertido en recordarnos que tenemos que
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comprarnos una TDT con la campaña informativa del dni digital nos puede dar un ataque de
risa. La conclusión, al menos la de un servidor, que es un poco mal pensado, es que en la lista
de prioridades de la administración la obligación de los ciudadanos de ver la tele está más alta
que su derecho a no hacer colas o desplazamientos innecesarios. Y añadiría: mucho más alta.
Por si aún no ven adónde quiero llegar voy a dejar caer unas preguntas: ¿por qué en un país
donde el debate unidad versus descentralización ocupa portada tras portada de la inmensa
mayoría de la prensa con sus infinitas implicaciones, sea la política educativa de Cataluña sea
la aspiración provincial de Cartagena, nadie pronuncia jamás el término e-gobierno? ¿Acaso
confundimos la unidad con la plenipotencia del gremio de los diputados, o la descentralización
con la sucesiva creación de vicesatrapías? ¿Tiene algo que ver esa eterna batalla rapaz por
unas parcelas de poder más bien deslucidas con la legítima aspiración de los ciudadanos a
participar en la toma de las decisiones que les afecten? ¿Soy demasiado mal pensado si se me
ocurre que a las castas mandarinescas que ostentan el poder les interesa tan poco el reparto
e-democrático del mismo como a muchos jueces y magistrados la digitalización y puesta en
común de sus expedientes? ¿Puede haber descentralización (no digamos ya autogestión) sin
transparencia? ¿Qué bloquea el progreso hacia formas de gobernanza integradoras de las
nuevas tecnologías e inclinadas hacia la participación y la transparencia? ¿Tiene alguna
motivación oculta el sesgo tenebroso que ha adquirido internet en las noticias, donde solo
aparece en conexión con la piratería, la pedofilia y los asesinos adolescentes?
Es difícil no apreciar en esto último la influencia oculta de algún resabio neoludita, según el cual
las tecnologías de la información vendrían a equivaler a un instrumento de control puesto en
práctica por las clases dominantes para entontecer a las trabajadoras. Este argumento es
terriblemente reaccionario. No es progresista oponerse a Internet ni al profundo cambio social
propiciado por la Web 2.0, por la sencilla razón de que ésta constituye el único medio de
comunicación ajeno al imperio del mercado, que es además (y debido a ello) el más rápido,
barato, igualitario y respetuoso con el medio ambiente. No por casualidad: porque fue diseñada
así, porque su propia arquitectura es democrática, abierta y gratuita para todos desde que Tim
Berners-Lee creó los protocolos de la WWW hace exactamente veinte años y decidió liberarlos
de patente. El resto es historia: la información alojada en Internet ha aumentado en este tiempo
hasta equivaler prácticamente al infinito, y el acceso a cualquier fragmento de la misma se ha
convertido en una operación tan sencilla e instantánea que ni el gobierno chino con su
todopoder ha logrado impedírselo del todo a sus ciudadanos. Hoy en día está a punto de
producirse un salto espectacular en este sentido, cuando Google por fin pueda indexar en su
buscador los datos de su monumental proyecto de digitalización de bibliotecas: un clic nos
separará entonces de cientos de miles de libros en versiones totalmente fiables, y la Unión
Europea ha emprendido acciones similares. Así que tal vez Internet es algo más que una
caverna de pornografía y obesos cuarentones haciéndose pasar por niñas, sino información,
sin (apenas) restricciones, políticas o comerciales, que el ciudadano puede crear o a la que
puede acceder en cualquier momento. En otras palabras: poder. ¿Y poder para quién? Para
todo el mundo. Si esto no es una buena noticia para la izquierda, que baje Engels y lo vea.
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Ya se imaginan que ahora viene el pero. Vamos allá. Pero esta maravillosa herramienta no es
indestructible ni carece de poderosos enemigos, el más poderoso de los cuales es obviamente
el Mercado. En E.E.U.U., las empresas de cable han presentado un ambicioso proyecto que les
permitiría controlar los contenidos a que cada usuario tendría acceso, tarificando en
consecuencia (por ejemplo, si quiero ver youtube.com y publicar un blog pago una tarifa, y si lo
que voy a hacer son intercambios P2P, otra). De aprobarse, el plan significaría un golpe mortal
a la estructura profunda de Internet tal como la conocemos, y el fin de una de sus
características definitorias: la neutralidad entendida como ausencia de prelación de unos
contenidos sobre otros, como igualdad entre usuarios. A la larga, es muy posible que los
contenidos digitales de carácter comercial, capaces de posicionarse mejor en una Red no
neutral gracias a sus recursos financieros, relegasen a los no comerciales a un papel menor
(en la actualidad es al revés), convirtiendo Internet en nada más que un inmenso centro
comercial. No es el único peligro a que nos enfrentamos: como sabemos, la facilidad y práctica
gratuidad del intercambio de información digital ha dejado tocados de muerte a un gran número
de modelos de negocio basados en los soportes físicos, desde las discográficas a la prensa en
papel, que tratan de ponerle puertas (preferiblemente con peaje) al mar en lugar de adaptarse
al nuevo contexto. No obstante, ese empeño no tiene muchas posibilidades de éxito: aunque
tras la aparición de los teléfonos les hubiésemos impuesto un canon para compensar a las
empresas de telégrafo por el descenso de ventas, el teléfono se habría universalizado
exactamente igual. Si deciden ustedes actuar (e insisto en que la izquierda en bloque debería
hacerlo para defender nuestros ciberderechos), háganlo primero para defender la neutralidad
de la Red frente a los últimos ataques mercantilistas. Háganlo para que la sociedad digital
avance y se desarrolle frente a la desidia de los que prefieren mantener el control de sus
expedientes amarillentos y sus sesiones a puerta cerrada. Nos jugamos todos tanto en este
asunto que la cosa bien merece investigarla un rato y tomar posición y conciencia. Eso sí, si
buscan información háganlo en Internet. En la TDT, misteriosamente, nadie dice nada de estas
cosas.
José Daniel Espejo. Miembro de Foro Ciudadano de la Región de Murcia.
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