¡Feliz Navidad!
Sí, este es el espíritu navideño, levantado por alumbrados chispeantes acá y allá con
símbolos vacíos, cacareado en las televisiones, junto a espacios verdaderamente deleznables,
con abuso del sexo como tema que hace de gran cortina de humo, y el mismo deporte idem de
idem; porque qué diferente es esforzarse tras un balón a observar en un sillón los
movimientos de otros generalmente bien atiborrados.
En estas circunstancias, aun no siendo muy fervorosos, entran ganas frecuentemente de
canturrear esta letra de la Misa Campesina de hace unas décadas, nacida en una Nicaragua
políticamente muy comprometida, y en el seno de la siempre poco suficientemente aplaudida
Teología de la Liberación:
«¡Cristo Jesús! identifícate con nosotros, no con la clase opresora que explota y devora la
comunidad; sino con el oprimido, con el pueblo herido sediento de paz».
Sólo un pero a esta letra. Si Cristo está por algún lado „y si está, a mí no me estorba para
nada„, ¿habría necesidad de pedirle que así se decantara? No sería necesario porque su
posición es bastante clara, a tenor de las palabras vertidas en los evangelios que damos por
buenos; sólo que el pobre tiene derecho a desconfiar: ha estado ya demasiadas veces dejado
de la mano del propio cielo. ¿O es que queremos hacer de Dios el autor de lo bueno y
exonerarle por completo, por completo, de toda responsabilidad en lo malo? Demasiado
agustinianos somos cuando queremos: no existe el mal, es ausencia de bien, de Dios; pero,
amigo, en esto hay al menos cierta insuficiencia divina, imposible de admitir ¿no? O una
permisividad divina que torna al sistema inconsistente.
Y es que el sistema es quizá mucho más sencillo que todo esto: el sistema que debe funcionar
es el de que todos los hombres somos iguales, con los mismos derechos y deberes. Y nunca
se olvide esto. Y a partir de esto hay que reedificar o aun volver a edificar desde los cimientos.
Este es el verdadero sentido de la navidad, no el de la tele, la bolsa y los grandes almacenes;
y cuando esto sea así todos los hombres iguales en derechos y deberes, podremos hablar
con autoridad, podremos ser ´felices´ o al menos podremos respirar, que esto de la felicidad
parece también de cuento incluidas las perdices, podremos volver a desearnos ¡feliz navidad!
Mientras, el discurso de la Corona o cualquier formulación más o menos brillante, en la Plaza
del Vaticano, en Berlín, o en Moncloa es vacuidad, que sigue sirviendo a los intereses de los
más fuertes y despiadados.
Con todo, habremos de desearnos, esperando no verter acá pura retórica, que tengamos una
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¡Feliz Navidad!
navidad lo menos mala posible, en el deseo de que sepamos encontrar las más justas, poco a
poco, pero sin pausa.
(Artículo publicado en diario La Opinión de Murcia el 22/12/2012:
http://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2012/12/22/feliz-navidad/446100.html)
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