El don y la olímpica ignorancia
Nancy Fraser llama 'justicia distributiva' a las normas según las cuales se organiza la
distribución de bienes materiales en una sociedad; esa distribución tiene que ver con el grado
de apreciación social de que disfrutan los grupos sociales dentro de ella, de acuerdo a
jerarquías y sistemas de valores institucionalizados.
Para Axel Honneth, la lucha por la distribución se halla anclada en una lucha por el
reconocimiento: "Una lucha alrededor de la definición cultural de aquello que hace que una
actividad social sea socialmente necesaria y valiosa". La apreciación social de un grupo
humano tiene que ver con esta distribución de bienes materiales. Infiere el filósofo.
De acuerdo a las viñetas primera y segunda, en este país que es el nuestro, el jugador de
fútbol tiene más reconocimiento y disfruta de mayor prestigio social que los investigadores,
científicos, médicos o educadores. Parece mentira, ¿o no? Uno pensaría que es una
caricatura, un tópico manido, pero es una realidad que ese modelo de distribución muestra con
una evidencia arrolladora.
En nuestro país la salud, la educación, el cuidado de la vida humana y la formación de
ciudadanos con responsabilidad no importan en absoluto, ya que los profesionales que
realizan esas funciones están siendo degradados en su consideración social hasta niveles
marginales, mientras que el fútbol se ha alzado a la cumbre del prestigio, a la cima de la
pirámide de la distribución material, a juzgar por los honorarios de los jugadores.
La sociedad que responde a estos valores está, es fácil inferirlo, enferma. Ha pervertido sus
ideales. Pues, además, y cito de nuevo a Honneth, un grupo cada vez mayor de
desempleados, jóvenes y mayores, carece de la posibilidad de obtener apreciación social al
ser expulsados de la distribución de bienes materiales, mientra que la apreciación se
incrementa exponencialmente en un oficio que no tiene ninguna utilidad social. ¿No la tiene?
Si tenemos por ciertas las aportaciones de Fraser y Honneth habría que postular que Neymar
cumple una función social muy importante, de ahí su prestigio. ¿Cuál sería esta? La respuesta
es clara: contribuir al mantenimiento de la ignorancia.
Para que una sociedad basada en la expropiación de los derechos de la mayoría, a favor de
una minoría cada vez más enriquecida (clase política y especuladora), se sostenga sin graves
conflictos sociales por la búsqueda del reconocimiento simbólico y material de los grupos
expropiados, éstos tienen que pensar que su acceso a ese reconocimiento no pasa por la
igualdad de oportunidades, por la formación y el conocimiento, sino por una cualidad azarosa,
que no depende de su lucha. Esto es, por un don.
El reconocimiento y el triunfo está ligado, piensan, a una cualidad casi genética, irregularmente
repartida; una habilidad natural que en nada depende del trabajo y del esfuerzo previos. Solo
necesitan que venga alguien a descubrir ese don, un avistador que elevará al muchachito
portador de esa cualidad divina a la cima de los privilegios simbólicos y materiales. Será un
nuevo Neymar.
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El don y la olímpica ignorancia
Esta dinámica de ascenso social está muy asentada en el corazón de esta sociedad perversa
que fabrica artistas en base a un don, no a su capacidad creativa, a su continuidad o a su
esfuerzo, y hace populares y famosos (y retribuye por tanto), a todo tipo de sujetos cuyo don
puede ser la desvergüenza, la zafiedad, el desparpajo, la agresividad, incluso.
Al resto, a los que no tienen don, les queda el estudio, el trabajo, la formación rigurosa y lenta,
el menosprecio y el exilio, o la oscura resignación.
De ahí que cuando diez de los mejores alumnos de este país le niegan el saludo a un ministro
que trabaja a favor del estado de cosas que he descrito, en un gesto de protesta política que
los dignifica, y dignifica el ejercicio de su responsabilidad como demócratas -incruento,
sencillo, manifiesto y transparente-; la derecha de este país afirme que son unos
maleducados. Que excelencia y educación no son lo mismo. Vaya por Dios.
Porque los bien educados, para nuestra derecha, solo protestan airadamente contra el árbitro
en el campo de fútbol, o asisten boquiabiertos en gran número, borreguiles y lelos, a la toma
de posesión en el podium del Olimpo, de cualquier Neymar. El resto, quienes lo hacen por sus
ideas políticas, son unos desagradecidos, unos maleducados: tristes cerebros destinados al
ninguneo y al exilio.
(Artículo publicado en diario La Opinión de Murcia el día 22/6/2013:
http://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2013/06/22/don-olimpica-ignorancia/478199.html)
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