LA ERA DEL VACÍO

Anuncio
LA ERA DEL VACÍO.
Capítulo primero: seducción continua.
De las relaciones de producción se ha pasado a las relaciones de seducción. Nos encontramos
con un mundo a la carta. Todo resulta sospechosamente afable. Nos hallamos en la era de la
comunicación continua. ¿No es todo transparente?...
Seducción a la carta.
Existencia a la carta: transparencia de un mundo que se desglosa en infinitud de posibilidades
de consumo a la carta. No se trata de control del ciudadano sino de una personalización, un
pluralismo exagerado. Cada uno elige su propia realidad consumista en virtud de un sinfín de
posibilidades. Consecuencia: más hedonismo, reclusión en el ámbito privado, egoísmo,
atomismo social. Es lo propio de la postmodernidad: la seducción a través de la oferta infinita,
de la personalización. Es al fin y al cabo un mito para recluir al pseudociudadano en su
privacidad. Mientras, se relaja el imperativo en virtud del derecho al bienestar. A nivel laboral
se personaliza también el tiempo: trabajar en casa, por ej.
Las nuevas tecnologías hacen imprevisible lo que está por venir. La seducción en curso es
privática. Internet por ejemplo ofrece nuevas formas de personalización. Todo es más
permisivo, a todos los niveles: educación, sexo... De lo que se trata es de que uno sienta que
se autorrealiza independientemente de la sociedad. Todo se vuelve aséptico: el lenguaje es
eufemístico (del inválido se pasa al discapacitado), se pretende que todo sea fluido.
De lo que se trata es de eliminar el diálogo en el espacio público a través del hedonismo, de la
invitación a él. Nos subimos a un ritmo frenético y personalizado (walkman).
La seducción es destrucción cool a través de la invitación al hedonismo y al atomismo. De lo
que se está abusando es del mito del individuo autónomo, es lo que nos venden con el fin de
controlarnos, de acallarnos. Es la culminación del proceso de individualización moderno pero
con un contenido inédito.
Los discretos encantos de lo político.
También se ha producido una personalización de lo político. El política hace gala de los valores
democráticos en alza: cercanía, transparencia...
Por otro lado se descentraliza el poder. Se apuesta por lo regional, por lo patrimonial. Se teme
la pérdida del terruño, de la identidad comunitarista, al margen de universalismos y
globalidades.
La seducción funciona con la información y no con el misterio; por ello se apuesta por la
autogestión. Uno conoce en todo momento qué es de sus finanzas y de sus negocios.
Sexducción.
El porno como el no hay límites.
El feminismo como personalización sexual.
Todo está destinado a descentralizar, a crear más y más formas de lenguaje para atomizar la
sociedad.
Capítulo segundo: la indiferencia pura.
La deserción de las masas.
Dos desiertos: el nihilista preconizado por Beckett, Hiroshima...Y el de la vida cotidiana. Todos
los valores modernos se han des-sustancializado. Ya nadie cree en las grandes instituciones:
ni en la familia, ni la iglesia, ni los sindicatos... El ciudadano deserta de las instituciones; pero el
sistema se mantiene precisamente por esa apatía. Los últimos sacerdotes lo llevan adelante.
Apatía new-look.
Nietzsche se equivocó. A la muerte de Dios no le siguió la angustia. Bien al contrario: le siguió
la indiferencia. Dios ha muerto y nos importa un bledo. No se busca una nueva tabla de
valores. Se disipan las diferencias entre sentido y sinsentido, bueno y malo; y da igual. El
hedonismo y el consumo y la personalización actúan como ansiolíticos. Nos hallamos en la era
del prozac.
El futuro ha dejado de entusiasmarnos; y esto no implica en absoluto que se haya erigido una
nueva serie de valores. Bien al contrario: ¿quién necesita valores, proyectos universales si vive
recluido en su micromundo de narcisos y bienestares?
La indiferencia pura está alejada de la tan traída y llevada alineación marxista aunque guarde
similitudes con aquella: la diferencia estriba en que el ciudadano es plenamente consciente de
lo que le sucede. Se trata de una nueva conciencia y no de una inconsciencia: la apatía
inducida.
Indiferencia operacional.
Contra lo que pudiera parecer, la apatía no es tanto un defecto de socialización como una
nueva forma de socialización flexible y económica. No se trata de que no estemos motivados,
de que no haya motivaciones; sino con que sufrimos una “anemia emocional”. Esta anemia
emocional, junto con el proceso de personalización, da lugar a la despersonalización y a la
pérdida de identidad aunque pueda parecer paradójico. Y es que, al desertar del espacio
público, el ciudadano se ve sumido en una profunda neurosis en la que ya no se reconoce sino
nuevas y extrañas alianzas que poco o nada tienen que ver con el individuo tal y como fue
concebido en la modernidad.
El “flip”.
¿Qué sucede cuando el proceso de desertización pasa del ámbito público al privado? ¿Es el
suicidio lo que nos espera al cabo del desierto? En absoluto. Al cabo del desierto nos espera le
desesperación definitiva, la depresión, el flip. En su soledad, el hombre se vuelve más
vulnerable. El hombre relajado, desentendido y ajeno está desarmado. Lo nimio se torna
inmenso en su soledad, en su pérdida de referentes.
El desierto no tiene ni principio ni fin porque uno mismo termina siendo el desierto.
Capítulo tercero: Narciso o la estrategia del vacío.
Si cada época busca en una figura mitológica la metáfora de su tiempo, la de Narciso es sin
duda la que nos corresponde. El narcisismo es la última forma de individualismo. La
correspondiente al capitalismo tardó y a la sepultura a la que se ve reducido el ámbito público.
Narciso a medida.
Los ideales de los sesenta quedaron atrás. La apatía ha invadido lo público. Nadie cree ya en
los grandes ideales. Sólo la esfera de lo privado sale victoriosa de esta ola de apatía. Se ha
perdido la noción de continuidad histórica. Se vive por y para el presente. Se vive por y para el
desarrollo autónomo-hedonista pero (y esto es lo más lamentable) para el regocijo en uno
mismo.
La ausencia de nihilismo trágico acompaña a este nihilismo. Aparece la apatía frívola. Este
narcisismo es fruto de la desertización de los valores y los proyectos públicos, del proceso de
personalización que caracteriza a la estrategia de seducción capitalista. Resulta igualmente de
una terapéutica psicológica elaborada en el siglo XIX.
El zombi y el psi.
Junto a la revolución informática, asistimos a una especie de revolución interior, a un
entusiasmo generalizado por el auto-conocimiento y la realización personal. Se trata de la
sensibilidad terapéutica. Narciso trabaja para la liberación del yo. Se mira constantemente con
el fin de adivinar en su subconsciente qué es aquello que lo aliena o que lo reprime. De la
conciencia de clase se pasa a la autoconciencia. La conciencia narcisista sustituye a la política.
Para que la atomización social sea viable, el Yo debe convertirse en la preocupación elemental
del individuo. De esta manera se absorbe a sí mismo. Se glorifica el reino de la expansión del
ego puro al margen del otro, absolutamente heterogéneo, absolutamente otro. El Yo atiende
tan exageradamente a sus más mínimos movimientos anímicos que termina por no verse, por
des-sustancializarse, por perder las referencias, el contexto en el que adquiere identidad.
A nivel público, Narciso, obsesionado por sí mismo, obstaculiza los discursos de movilización
de masas. La invitación, la seducción que lleva a recluirse en el Yo supone la desaparición de
“la era de la voluntad”. La voluntad constituye un obstáculo para el principio de eficacia que rige
el sistema capitalista. Cuanta menos oposición, cuanta menos convulsión, más efectividad. El
mito de la singularidad tiene como fin la dispersión de las voluntades. Lo que se vende como
liberación del Otro no es en realidad sino la disolución de la opinión pública.
Es la caída de la personalidad. Al caer los roles sociales las identidades se disuelven.
El cuerpo reciclado.
Narcisismo aplicado al cuerpo: horror ante la arruga, ante la vejez. Se niega la natural alteridad
del cuerpo. Se pretende que sea un espejo continuo de la personalidad, de la identidad
profunda. El desinterés por las generaciones futuras intensifica el horror a la muerte. La falta de
sentido es lo que hace que nos apeguemos de manera grotesca al cuerpo. Es el imperativo de
la juventud, de la actualidad sustraída al devenir. El cuerpo se ha psicologizado es un fin en sí
mismo para Narciso.
El narcisismo cumple una misión de normalización del cuerpo: la preocupación por él no es
algo espontáneo sino un imperativo social. De esta manera, junto a la des-substancialización
de la persona se produce una des-substancialización del cuerpo.
Un teatro discreto.
Cada vez más encerrados en nosotros mismos, somos incapaces de desarrollar naturalmente
los antiguos roles sociales. Somos simuladores, actores privados de arte.
Se puede expresar todo, pero con discreción. Los roles actúan como barreras entre las que se
cuela un simulacro suave. El intimismo genera la indiferencia. En los sitemas personalizados,
los grandes cismas, las herejías, no tienen ya sentido.
¿Apocalipsis now?
Aunque la sociedad parezca más suave, más tolerante, en realidad nos encontramos en la
guerra de todos contra todos. El abandono por parte del narcisismo de las jerarquías sociales
tempera la jungla humana.
Se ha pasado de la lucha por la competencia a la lucha por el reconocimiento privatizado. Por
ello, la agresividad se ha desplazado al ámbito familiar.
El vacío.
La nueva desesperación se traduce de la siguiente manera: “¡Si al menos pudiera sentir algo!”.
Es la nueva neurosis: la flotación narcisista, la imposibilidad de sentir, el vacío emotivo. La
intensidad emotiva desaparece en todas las instituciones clásicas. Incluso en el sexo se busca
una disociación emocional. El sentimentalismo está pasado de moda. Sólo nos queda el vacío.
Capítulo cuarto: Modernismo y Postmodernismo.
El artista moderno tiene que ser continuamente moderno. Es decir: está destinado a negarse a
sí mismo continuamente. El modernismo es en consecuencia un callejón sin salida.
El modernismo se presenta como lo antagónico a lo burgués, a las normas cardinales de la
sociedad. El modernismo es el correlato artístico del proceso de personalización propio de las
sociedades capitalistas: irreverencia ante el pasado; culto al ego...
Se trata de un movimiento genuinamente democrático que en ocasiones emplea lo subversivo
y lo maravilloso para significar su singularidad.
El mercado artístico es en realidad el responsable de esta liberación del arte de las formas
tradicionales. El arte queda integrado de esta manera en la globalidad.
La consecuencia más evidente de esta personalización del arte es la ya descrita por Ortega y
Gasset en “La deshumanización del arte”: se trata del pronunciado divorcio entre artista y
público. De esta manera surge el fenómeno de lo kisch. La heterogeneidad. El todo vale
aunque no lo entienda siempre y cuando sea nuevo. La novedad por la novedad.
A la vez que personaliza la expresión artística se personaliza también la interpretación de la
misma. De esta manera el arte pierde su función emancipadora, educativa, tal y como la
concibe Schiller.
En el postmodernismo la vanguardia ha perdido su capacidad de provocación y de
emancipación. Los principios del modernismos se han llevado hasta sus últimos extremos,
hasta la reducción al absurdo de sus propios principios.
Asimismo, la mercantilización de la obra de arte así como la aparición de nuevos medios de
expresión conllevan el control del arte. Se domina lo porvenir. Todo resulta blando, previsible y
digerible.
Capítulo cinco: la sociedad humorística.
El fenómeno de lo humorístico invade todas las parcelas sociales, desde la televisión hasta la
Filosofía.
De la comicidad grotesca al humor pop.
Si la Edad Media se caracterizó en lo que al humor se refiere por lo grotesco, por la inversión
de los valores consuetudinarios, por la burla; y la Edad Moderna por el ingenio y la crítica; la
postmodernidad emplea el humor bajo el signo de lo pop. Se trata de insertar el humor en
todas las esferas sociales pero con el único fin de hacer la realidad más aséptica. Es más
similar a la familiaridad que a la crítica o al reverso del desencanto. Se trata de un humor
blando y reiterativo.
Del otro lado, del underground, nos llega un humor obsceno que tampoco está referido a
ningún valor.
Woody Allen es el mejor ejemplo de este nuevo humor narcisista en el que se abandona lo
burlesco. De lo que se trata ahora es de apuntar continuamente a uno mismo. El humor pierde
su objetivo subversivo o crítico para convertirse en un reiterativo juego de espejos blandos.
Se ha olvidado la risa. El estallido de la carcajada ha sido sustituido por una mueca
vergonzante ante la pantalla que nos ofrece un espectáculo cool, apagado, soso. Es lógico si
tenemos en cuenta la apatía, la pérdida de entusiasmo ante la vida.
Metapublicidad.
La publicidad se ríe de sí misma. En los spots es donde más aparece el humor porque ya
carece de importancia que se juegue con el sentido o el sinsentido. De lo único que se trata es
de dejar el nombre de la marca en el cerebro del espectador aunque este sea consciente de
que ese es el único objeto de la publicidad. Si todos sabemos que nos estamos engañando, al
menos hagámoslo con amenidad, con una media sonrisa en la boca. Así, el humor tiene como
fin dulcificar las ideologías, allanar el sentido, hacer digerible el mensaje implícito.
De esta manera la publicidad se publicita a sí misma. Se trata de metapublicidad. Se hace
transparente con el fin de no plantear un dilema, con el fin de hacer creer al espectador que se
le considera lo suficientemente inteligente como para tratar de esconder sus verdaderos
propósitos. Y aquí es donde la espectacularidad y el humorismo actúan como dulcificadores de
la transparencia.
Proceso humorístico y sociedad hedonista.
La función del humor es la de dulcificar los dictados de la sociedad consumista. Dentro del
proceso de personalización, el humor ayuda a elegir con ligereza. El individuo recluido en su
propia imagen no quiere nada de sentidos duros. Necesita de una dulcificación contínua de
todo su entorno para no despertar a una realidad fatal. La invitación al hedonismo y el humor
pop son así inseparables.
Destino humorístico y sociedad postigualitaria.
Gracias al humor, ningún mensaje, ninguna idea deja una huella profunda. De lo que se trata
es de frivolizar para que se siga consumiendo. Se pierde el respeto a los valores aún vigentes
a principios de siglo. Nada de gravedad. Todo se torna paródico. El serio es ridículo. La
confrontación entre partidos o ideas una pantomima.
El arte, la política, incluso los movimientos reivindicativos adquieren un cariz humorístico,
blando.
Narcisismo en “boite”.
La fase humorística lleva al neo-narcisismo. Con la desvirtuación humorística de las
instituciones el yo se convierte en el único protagonista de la postmodernidad. Cuando todo se
ha relativizado por el humorismo las obsesiones narcisistas se acentúan.
Capítulo seis: violencias salvajes, violencias modernas.
El análisis de los grandes movimientos violentos (guerras, genocidios...) han desviado nuestra
atención de un fenómeno puramente postmoderno: la pacificación social, la pérdida del sentido
espectacular de lo violento en las relaciones interpersonales.
Honor y venganza: violencias salvajes.
En las sociedades primitivas son asuntos no económicos los que mueven a la violencia. Tanto
el honor como la venganza son en realidad formas de intercambio social en los que prima la
propia valía dentro del grupo. De la misma manera, en los ritos iniciáticos en los que se infringe
dolor al neófito, la violencia tiene un sentido claro: el de subsumir al individuo en el orden
social, el de estrechar los lazos sociales.
Régimen de la barbarie.
Con este momento nos referimos a la centralización por parte del Estado de las diferentes
formas de escarnio. Se sigue practicando la violencia en virtud de la venganza y de la honra;
pero ahora se pasa de emplear dichas prácticas como forma de intercambio y de socialización
para subsumirlas en la humillación.
La violencia interpersonal decrece.
El proceso de civilización.
Tres son los factores que mejor explican la repulsión del hombre moderno ante la violencia
intersocial de la que somos herederos. Por un lado la centralización estatal, que asegura la paz
de los individuos. Por otro el desarrollo económico, que hace que no haya necesidad de luchar
encarnizadamente por el sustento. Y por encima de ambos factores el proceso de
individualización y de personalización.
El sujeto moderno se siente autónomo, dueño de su propio destino, y como tal se desentiende
de los antiguos ritos socializadores a través de la violencia.
Al buscar el propio provecho y el atomismo se suavizan las relaciones intersociales hasta el
punto de obviar la violencia.
Se ha invertido la inmemorial relación del hombre con la comunidad. La personalización
difumina los antiguos vínculos basados en la violencia.
La escala de la pacificación.
El índice de criminalidad ha disminuido con relación a otras épocas no por motivos éticos sino
por la personalización, porque el individuo vive absorto en sí mismo, ajeno a lo que antes
constituía el foro social. El hedonismo, la auto-observación continua están ligadas a la
repulsión ante la violencia. En la sociedad del bienestar la violencia es un sinsentido.
La sociedad de consumo nos hace por otro lado indiferentes a la opinión o a la actitud del otro.
No se trata sólo de que el narcisismo nos abstraiga, es que además el otro se nos aparece
des-sustancializado, informe, y por tanto irrelevante.
Frente a esta des-sustancialización de la violencia originaria surge una serie de sucedáneos
hard: el amor por el porno, los deportes de riesgo, la violencia virtual...
Crímenes y suicidas: violencias hard.
Como contrapartida, mientras la inmensa mayoría abandona la violencia, los grupos
minoritarios se vuelven más violentos. Los marginados, al encontrarse excluidos de la cultura
cool retornan al estado primigenio de la violencia.
Paralelamente, el creciente número de inadaptados y apartados del sistema hace que se
multiplique el número de suicidios.
Individualismo y revolución.
Si bien la atomización de la sociedad y el individualismo fueron en su origen caldo de cultivo
para las revoluciones del pueblo contra el Estado (y el consiguiente establecimiento del Estado
de Terror), en la actualidad, tras el fracaso de Mayo del 68, todo parece indicar que la era de
las revoluciones sociales es historia. En la sociedad del bienestar, del atolondramiento y de lo
cool parece imposible concebir siquiera un movimiento unánime contra el Estado.
LA ERA DEL VACÍO. COMENTARIO CRÍTICO DEL CAPÍTULO SEGUNDO: “LA
INDIFERENCIA PURA”.
He elegido este capítulo porque considero que es el que mejor se presta a una interpretación a
la luz de lo estudiado en “En las encrucijadas de la modernidad”. Y si bien es cierto que se nos
pedía un análisis crítico de algún “párrafo”, creo que dada la naturaleza marcadamente retórica
de la obra, son pocas las ideas sustantivas contenidas en cada capítulo; de ahí que haya
preferido remitirme a la totalidad de éste.
En primer lugar señalar la coincidencia entre los planteamientos de Lipovetsky y los de Alfonso
de Julios-Campuzano a la hora de denunciar la desertización de lo público en aras de los
principios capitalistas de máxima eficacia. En efecto: una sociedad atomizada, sin foros de
opinión, es mucho más manejable que una sociedad cohesionada y unánime. De hecho,
pienso que la gran virtud de “La era del vacío” es la versatilidad del autor a la hora de
denunciar las diferentes formas a través de las cuales el sistema capitalista logra desertizar lo
público mediante la seducción y el proceso de personalización (si bien es cierto que el libro en
raras ocasiones se acerca al fenómeno de la justicia).
Al principio del mencionado capítulo, Lipovetsky señala (al igual que Alfonso de JuliosCampuzano) cómo los grandes mitos que sustentaron la modernidad se han dessustancializado; y asimismo cómo esta deserción por parte de las masas de los grandes
ideales no ha obstaculizado en absoluto el funcionamiento de la democracia. Efectivamente la
democracia y sus principios se han convertido en una coartada para el desarrollo desmesurado
del capitalismo. La democracia, lejos de suponer una tarea ética, es de hecho un mero
mecanismo que articula a través del derecho relaciones de poder, tal y como afirma Foucault.
Lipovetsky es en este sentido mucho más apocalíptico que Alfonso de Julios-Campuzano. Ya
no se trata de ver qué es recuperable del proyecto ilustrado; de si merece la pena optar por el
comunitarismo o por el liberalismo; “La era del vacío” es una mera denuncia desencantada que
jamás mira más allá de los hechos, que jamás plantea una salida o una solución. El autor
parece estar tan convencido de la irreversibilidad del proceso de atomización social que ni se
plantea la posibilidad de realizar una reforma del sistema de partidos o una rehabilitación de los
foros de opinión. En este sentido es sintomático el último capítulo, en el que desespera de la
posibilidad de una revolución social a la vista de la desertización de lo público.
¿No es Lipovetsky excesivamente apocalíptico? Parece como si la condición postmoderna del
hombre, más que una desviación de la modernidad, fuese una nueva naturaleza irreparable.
Por eso quería llamar la atención sobre el segundo capítulo. En él afirma que el diagnóstico
nietzscheano era erróneo. Que el hombre lleva el desierto dentro de sí y le es indiferente la
falta de sentido, la desertización de lo público, la muerte de Dios...
Como señala el propio autor más adelante, esta indiferencia es sumamente útil para el
funcionamiento del sistema y es fruto del hedonismo y del proceso de personalización (idea
motriz de la obra). Sin embargo, el refugio en lo que el denomina como “psi”, la continua
búsqueda de sucedáneos, la desesperación ante la incapacidad de sentir valores es ya un
atisbo de esperanza.
No. El diagnóstico nietzscheano no era erróneo en absoluto. Al hombre sí le importa vivir en el
sinsentido. La búsqueda de sucedáneos de sentido, la profusión de enfermedades mentales
demuestran a todas luces que el hombre necesita una razón substante y un proyecto colectivo;
así como una sociedad en la que se habilite el diálogo, en la que se configure
intersubjetivamente una identidad y una nueva tabla de valores.
Por otro lado, Lipovetsky parece obviar el auge de nuevas formas de socialización y de
denuncia. Tal vez se deba a que en sus estudios es demasiado genérico a la hora de referirse
a las sociedades capitalistas. El desencanto se ha hecho más que patente en los movimientos
antiglobalizadores. Determinados autores (Ernesto Sábato y Saramago a la cabeza) están
consiguiendo congregar a su alrededor jóvenes dispuestos a luchar por un ideal...Al margen de
la generalizada apatía, el siglo XXI está engendrando nuevos foros de opinión, movimientos
sociales que interrogan a un estado inerte y globalizado.
No. Al final del desierto no está la locura o la rendición. El desierto es un mero tramo. El
desierto tiene fin. No todos llevamos el desierto en los zapatos.
Documentos relacionados
Descargar